Capítulo 1
El cielo se rompió el día que todo terminó.
Nadie lo vio venir. Un día la Tierra giraba tranquila bajo el sol; al siguiente, el firmamento se abrió como una herida negra y de ella cayeron los Primordiales. Gigantes de carne, escamas, piedra y sombra. Sus naves no eran de metal, sino de hueso vivo y energía oscura. En menos de setenta y dos horas, las grandes capitales ardieron. Los ejércitos humanos se desintegraron ante criaturas que medían diez metros y hablaban con voces que hacían vibrar los huesos.
Cuando el polvo se asentó, los humanos ya no eran dueños del planeta.
Los Primordiales reclamaron las ciudades altas, las que aún tenían energía y agua limpia. Construyeron las Ciudades Superiores: torres de cristal negro, laberintos flotantes y nidos submarinos. Abajo, en las Ruinas, los humanos sobrevivían entre escombros, radiación residual y monstruos menores que se alimentaban de lo que los grandes dejaban.
Las hembras Primordiales eran estériles. Todas.
Un virus antiguo, una maldición genética, nadie lo sabía con certeza. Lo único claro era que sin descendencia, su civilización moriría en dos generaciones.
Fue entonces cuando nació la Agencia de Enlace Humano-Primordial (AEHP).
Se presentó como salvación: “Entreguen a sus hijas sanas y fértiles. A cambio, sus familias recibirán raciones, protección y un lugar en las Ciudades Superiores.”
La propaganda mostraba imágenes de mujeres sonrientes junto a sus compañeros monstruosos, bebés híbridos gordos y felices. Lo que no mostraba eran las mujeres que nunca regresaban después del parto. Ni las que enloquecían en las torres. Ni las que simplemente desaparecían.
En las Ruinas, las familias lloraban cuando los transportes negros llegaban. Las chicas eran marcadas con un código láser en la muñeca y llevadas a los centros de selección. Algunas iban voluntarias, desesperadas por salvar a un hermano enfermo, a una madre moribunda. Otras eran arrastradas entre gritos.
Elena tenía diecinueve años y ojos color avellana endurecidos por el hambre.
Su hermano pequeño, Mateo, tosía sangre desde hacía tres meses. La fiebre radiativa lo estaba matando. El médico de las Ruinas le había dado dos semanas. Elena sabía qué tenía que hacer: presentarse voluntaria en la Agencia. El pago sería suficiente para el tratamiento experimental que podía salvarlo.
Pero esa noche, mientras esperaba su turno en la fila de registro del Centro de Enlace Sur, el terror la ahogó.
No podía hacerlo.
No podía entregarse a una bestia de tres metros con cuernos que atravesaban acero. No podía imaginar un vientre hinchado con una criatura que no era del todo humana. No podía resignarse a ser un útero andante.
Así que corrió.
Se escabulló por una ventana rota del edificio de selección, cruzó los patios alambrados y se adentró en las Ruinas nocturnas. El corazón le golpeaba las costillas. Detrás oía los gritos de las guardias: “¡Tributo 472 en fuga!”
Corrió entre escombros, respirando el aire cargado de polvo metálico. Tropezó con raíles oxidados, se cortó las palmas con vidrio. Creyó que lo lograría. Creyó que podría esconderse en las cloacas hasta que encontrara otra forma de salvar a Mateo.
No llegó lejos.
Los Carroñeros la esperaban en el cruce de la antigua avenida.
Eran cinco. Monstruos menores: piel grisácea cubierta de pústulas, colmillos torcidos, garras romas. No eran Primordiales nobles. Eran carroñeros de bajo nivel que vivían de lo que los grandes descartaban. Su negocio era sencillo: capturar mujeres fugadas y venderlas de vuelta a la Agencia por créditos y raciones.
El líder, un ser con tres ojos lechosos y una boca demasiado grande, sonrió cuando la vio.
—Miren qué premio —gruñó—. Una voluntaria que cambió de idea.
Elena sacó el cuchillo que había robado, pero eran demasiados. La sujetaron entre risas húmedas. Uno le arrancó la chaqueta. Otro le olió el cuello.
—Huele a miedo y a sangre fresca —dijo el de tres ojos—. La Agencia paga extra por las que están intactas.
Le ataron las manos con alambre oxidado. La arrastraron de vuelta al Centro de Enlace mientras ella pateaba y gritaba. Las otras chicas en la fila bajaron la mirada, avergonzadas y aliviadas de no ser ellas.
Cuando la empujaron dentro del edificio, una funcionaria de la Agencia —una mujer humana de rostro inexpresivo— la miró con lástima.
—Número 472, Elena Vargas. Intento de fuga registrado. —Tecleó algo en su tableta—. Esto sube tu categoría de riesgo. Ahora solo puedes ser asignada a un Primordial de alto nivel.
Elena temblaba, aún con sangre en las palmas.
La funcionaria sonrió sin calidez.
—Felicidades, tributo. Acabas de ser seleccionada para el Gobernador del Sector Norte.
Asterios.
La bestia minotauro.
El capítulo termina aquí, con Elena siendo arrastrada hacia las cámaras de preparación mientras escucha, a lo lejos, el rugido grave y profundo de un cuerno que hace vibrar las pared








