Chapter 1
En una habitación llena de suspiros, un omega soltaba sollozos erráticos. Sentía el pecho oprimido por un dolor que no se comparaba con el de su alma. Sus caderas dolían y, aunque no sangraban, el agarre fuerte y moreno de unas manos de dedos largos se sentía como si lo hicieran. Sentía que el solo roce le quemaba y el dolor era tan intenso que ningún sonido salía de sus labios, solo sollozos.
La piel nívea del omega estaba llena de mordidas y moretones, que ahora pasaban de un rojo vivo a un color violeta. Su cuerpo estaba adornado con manchas verdes a punto de desaparecer, y otras nuevas ya lo decoraban. Unas manos morenas y delicadas lo tomaron de un brazo y lo levantaron como a un muñeco para cambiarlo de posición. Los ojos oscuros de la alfa, que lo miraban, solo reflejaban enojo y arrepentimiento.
El cabello de la alfa le acarició el rostro. El olor era el de siempre, a brisa; ese perfume que ella usaba en su cabello, que antes amaba y ahora odiaba. Su mirada, que antes lo deseaba, ahora no lo quería. Sus caricias, que anhelaba, ahora le dolían y le causaban repudio. La intimidad con ella, que era maravillosa, ahora era solo abuso. El omega se preguntaba: "¿Por qué me haces esto?".
Él quería saber qué había pasado, por qué ella había cambiado. Quería...
No, él lo sabía. Lo sabía muy bien.
Ambos se conocieron en un momento inesperado. Cuando sus lobos se desearon y supieron que no podían separarse, la vida a su lado se sintió como un cuento de hadas. Pero, ¿en qué momento se distorsionó y se convirtió en una historia de terror?
La alfa lo amaba, ¿entonces por qué ahora abusaba de él? Ella siempre decía que lo amaba y que nunca lo lastimaría. Grande fue su error al creer en esas palabras, y más grande aún al creerle a ella. Pero ese no fue el detonante, el omega lo sabía. Ese no fue el problema. Ella lo miraba como a su todo, pero ahora solo había vacío en sus ojos.
Todo empezó cuando él lo arruinó. Esa noche en la que ella debía llegar tarde, no lo hizo. Él fue el culpable y se había ganado este trato... o eso creía. Sabía que ella no era alguien común y, aun así, se enredó en sus brazos. Sus besos, sus caricias, sus palabras llenas de promesas... Pero, ¡oh, Dios!, grande Dios... debió haberlo sabido, debió haberse detenido. Su mirada no era normal, sus toques a veces se volvían posesivos, pero al verla la deseó tanto que su lobo interior aulló. Pero para ella no fue así. Su unión solo fue un teatro, o al menos eso fue para ella. La manera en que lo miraba, en que trataba de decirle las cosas, en que besaba sus dedos... todo fue un engaño. Debió haberse dado cuenta, pero se cegó a lo que no quería ver. La realidad lo golpeó cuando ambos se unieron y los dejaron solos. Todo ese amor se esfumó tan rápido que no tuvo tiempo de tomarlo en sus manos.
Su mirada se volvió fría y soberbia. Esa noche no lo tocó, no consumó la unión, y lo dejó solo en esa habitación apenas alumbrada por tenues luces. Pero al amanecer, volvía a ser la alfa amorosa. Ese cambio de personalidad se repetía cada vez que llegaba la noche. Días después de haber sonreído y de haberla mirado con devoción —porque él sí sentía amor por esa alfa morena de cabello oscuro y corto, cuya piel era un lienzo con tatuajes—, se dio cuenta de que ella no sentía lo mismo. Todo el tiempo que ella decía quererlo era mentira, todo era una actuación frente a las personas de alto rango que los observaban.
Pero, se preguntarán, ¿qué hizo que todo se fuera al traste? Él era su propiedad; nadie podía tocarlo, ni mirarlo, ni mucho menos hablarle sin antes pedirle permiso a ella. Él no lo sabía, y cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde.
Había entablado una pequeña amistad con un chico que estaba a cargo de su seguridad. Era tranquilo y alegre, y el omega se acercó a él al sentirse solo y abandonado, sin nadie con quien hablar. Ella nunca iba a verlo. Lo único que sabía de ella eran los rumores de omegas hermosos llevados a su dormitorio, donde pasaba las noches dándoles placer, mientras ignoraba al omega que estaba atado a ella y que la amaba. Esto lo hirió, y quiso ponerla a prueba. Su más grande error. Si tan solo hubiera sabido que un pequeño error como querer ponerla celosa terminaría con la muerte de ese joven y alegre alfa.
Después de ese momento, todo se volvió oscuro. Ella lo llevó a lo que era su dormitorio, o mejor dicho, el dormitorio de él. "No pensé que serías una golfa", le dijo. Le dolió que sus primeras palabras hacia él fueran tan insultantes. ¿Cómo se atrevía a llamarlo de esa manera, cuando era ella quien se acostaba y pasaba sus noches con otros omegas, y a él, su esposo, ni siquiera lo tocaba?
"Me sentía solo", fue lo que salió de su boca en ese momento. No debió haberlo dicho.
"Entonces, eso podemos arreglarlo". En ese momento, ella se retiró y él la vio acercarse a sus sirvientas para decirles algunas palabras. Más tarde, volvió vestida con ropa cómoda. Su blusa abierta dejaba ver una parte de sus pechos. Los ojos del omega recorrieron su silueta, pero él desvió la mirada hacia otro punto.
"¿Qué haces aquí?".
"Te sentías solo, tú mismo lo dijiste. Entonces haré que no sea así".
Él no entendía a qué se refería, pero al verla entrar en su dormitorio y sentarse en una de las esquinas de la cama, deshaciéndose de la parte superior de su ropa mientras se deslizaba por sus brazos y le mostraba su espalda llena de tatuajes, entendió a qué se refería.
"No quiero. Vete".
"Eres ingenuo si crees que me iré de mi propio dormitorio".
"Este no es tu dormitorio, nunca lo fue. En el momento en que no consumamos el matrimonio y te decidiste a ir a dormir a tu antiguo…".
Ella soltó una pequeña risa. "Omega, tú eres mío, me perteneces. Y si yo quiero que te acerques a mí, lo harás y moverás tu culo hacia aquí".
La alfa abrió las piernas, manteniendo aún sus pantalones puestos, pero sobre estos se notaba una gran protuberancia. El pene de la alfa se encontraba erguido y quería salir de su ropa.
"Pídele que te mueva el culo a esos omegas que llevas a tu dormitorio. Yo no soy ninguna puta que está a tu placer".
La alfa se levantó, caminó hacia el omega y, mientras desabotonaba su pantalón, al estar frente a la piel nívea, le dedicó una sonrisa. Posó su mano en la mejilla blanca de su esposo y se escuchó un ruido sordo en la habitación. El cuerpo del omega había caído al suelo por el impacto en su mejilla. Él se quedó en el piso, intentando ser fuerte para no llorar por el dolor que sentía en su rostro.
"Lámelo", dijo la alfa. Ya se había bajado los pantalones y la ropa interior, mostrándose completamente desnuda frente a él. Se agachó para tomarlo del cabello y acercar su rostro a su verga dura y erecta. "Y cuidado con morder, omega. Si lo haces, el golpe que te acabo de dar no será lo único que sientas".
Miedo. El omega pelinegro sintió miedo de su propia esposa. Se acercó y tomó el miembro en su mano, subiendo y bajando lentamente. La alfa suspiró, pero sabía que eso no era nada aún. El omega acercó sus labios a la punta para lamerlo sin dejar de mover su mano, y después lo introdujo en su boca. Sabía cómo hacerlo, pero nunca lo había hecho. No podía abarcar todo el miembro, era grande, pero una mano se posó en su cabello, forzándolo a comerse toda su verga. La alfa se perdió en embestidas en la boca de su pequeño y lindo esposo, entrando y saliendo con fuerza mientras soltaba pequeños gemidos al escuchar los sollozos ahogados.
La alfa dio una última embestida y su semilla fue esparcida dentro de la linda boca de su esposo. "Trágalo. Si no lo haces, te haré tragarlo por la mala". El omega obedeció.
"Levántate y acuéstate en la cama".
El omega se levantó, su cuerpo temblaba. Se dirigió a la cama, obedeciendo la orden en silencio, y se acostó sobre las suaves sábanas que se sentían como un nido. Esperó, su corazón latiendo con fuerza en el pecho, mientras la alfa se acercaba a la cama, el sonido de sus pasos resonando en el silencio opresivo de la habitación. El temor se apoderó de él; no sabía qué le esperaba ahora.
La alfa se subió a la cama, subiendo sobre el omega, inmovilizándolo, presionando su cuerpo contra el de él. El omega cerró los ojos, preparándose para lo peor, pero no llegó. En su lugar, sintió los labios de la alfa en su cuello. No era el beso tierno y amoroso de antes, sino uno lleno de desprecio.
El omega sintió cómo la mano de la alfa desabotonaba su pantalón, el temor que ya sentía se intensificó. Escuchó el sonido de la tela al ser rasgada. No tenía fuerzas para oponerse. La alfa lo penetró sin ninguna preparación, sin importar el dolor. El omega soltó un grito ahogado mientras la alfa embestía, cada embestida un recordatorio del desprecio que sentía por él.
"¿Esto es lo que querías? ¿Esto es lo que esperabas?", la alfa gruñó, su voz llena de ira. "Querías mi atención. Ahora la tienes. ¿Te sientes satisfecho?".
El omega no respondió, simplemente se quedó ahí, roto y vacío, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. El dolor físico era inmenso, pero el dolor emocional era peor. La alfa se corrió, soltando un gemido de placer, y salió de él sin ninguna consideración.
"Recuerda esto, omega. Nunca, nunca más me desobedezcas. Nunca me engañes. Me perteneces. Eres mío y de nadie más", dijo la alfa, levantándose y vistiéndose, con la misma mirada fría de la noche.
El omega se quedó en la cama, su cuerpo dolorido y su corazón roto. Las palabras de la alfa resonaban en sus oídos. Se sentía como un objeto, no como una persona. Se sentía solo, abandonado y sin esperanza. La vida que una vez fue un cuento de hadas, ahora era una pesadilla de la que no podía despertar.
No sabía cuánto tiempo se quedó ahí, acostado en la cama, mirando al techo, sin lágrimas que derramar. El sol entró por la ventana, pero no pudo traer consigo la esperanza. Su corazón estaba lleno de un vacío que la luz no podía llenar. Se levantó, cojeando, y se dirigió al baño. Al mirarse en el espejo, vio a un desconocido. No reconocía a la persona que estaba frente a él. La piel nívea, que una vez fue radiante, ahora estaba llena de moretones. Los ojos, que una vez brillaron con vida, ahora estaban vacíos y muertos.
Se lavó la boca, intentando deshacerse del sabor amargo de la humillación. Se lavó el cuerpo, pero no podía deshacerse de la sensación de suciedad. El omega se sentó en el suelo, las lágrimas que no había podido derramar antes, ahora caían sin control. Lloró por la vida que perdió, por la persona que fue, y por el amor que pensó que era real.
Los días se convirtieron en semanas y, si el omega dijera que todo se detuvo, sería mentira. Pensó que con probarlo una noche, la alfa lo dejaría en paz, pero todo empeoró. El pequeño golpe en su mejilla no fue el único que recibió.
Sus días se volvieron un martirio cuando no los veían. Después del abuso de esa noche, la alfa se mudó de la nada al dormitorio del omega, con la excusa de que ahora pasaría las noches con su esposo. Días después, frente a unas sirvientas, el omega cometió un error. Para algunos sería pequeño, pero para la alfa era grave, tal vez porque no quería que se corrieran chismes que llegaran a oídos de quien no debían saber.
Fue un error. El omega no sabía que no estaban solos y que sus sirvientas se acercaban a lo lejos, y en ese momento le levantó la voz.
"¡No te atrevas a llamarme así! No soy tu puta. ¡Tú eres la que se acuesta con todos!", gritó, con la voz quebrada por la frustración y el dolor.
Un silencio tenso se apoderó de la habitación. Las sirvientas se detuvieron en la puerta, con los ojos bien abiertos. La alfa se giró, con una expresión de sorpresa que rápidamente se transformó en una de furia helada. Sus ojos oscuros lo taladraron, y el omega supo que había cometido un grave error.
"¿Qué dijiste, omega?", su voz era un susurro peligroso, pero resonó en la habitación como un trueno.
El omega retrocedió, su corazón latiendo con fuerza. Se arrepintió de inmediato de sus palabras. Vio a las sirvientas bajar la mirada, temerosas de presenciar la tormenta que se avecinaba.
"Yo... yo lo lamento", tartamudeó, intentando enmendar su error.
La alfa se acercó lentamente, cada paso una amenaza. Agarró su brazo, con una fuerza que hizo que el omega se quejara. Lo arrastró a su oficina y cerró la puerta de golpe, dejando a las sirvientas fuera.
"No te atrevas a levantarme la voz. No te atrevas a insultarme. Te he dado una vida de lujo, una vida de comodidad. Te di un lugar en mi casa, mi nombre. ¿Y así es como me lo agradeces? ¡Insultándome frente a mis sirvientes!", la alfa gritó, su voz llena de ira. "Me has humillado, y eso no te lo perdonaré. ¿Crees que eres libre de decir lo que te plazca? Te equivocas. Eres mío y de nadie más. Eres mi propiedad, y ahora te enseñaré a respetar a tu ama".
Y fue ahí donde el omega deseó poder retroceder el tiempo, no haberse enamorado de esa alfa, ni haberse dejado engañar por sus hermosos ojos. El omega tembló, queriendo desesperadamente alejarse de ella.
La alfa lo soltó bruscamente, haciéndolo tropezar y caer al suelo. Sus ojos, antes un mar de profundidad y encanto, ahora ardían con una furia fría y descontrolada. El omega intentó arrastrarse hacia atrás, buscando una salida, pero la alfa era más rápida. De un movimiento ágil, se abalanzó sobre él.
Las manos de la alfa se cerraron alrededor de su cuello, no con la intención de asfixiarlo por completo, sino de recordarle su fragilidad, de mostrarle quién tenía el control absoluto. El omega intentó soltar un gemido, pero el agarre apretaba su garganta, cortando el aire. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, llenos de un terror primario mientras veía la determinación implacable en el rostro de la alfa.
El cuerpo de la alfa se presionó contra el suyo, inmovilizándolo contra el frío suelo de la oficina. No había deseo en su toque, solo una brutal afirmación de poder. El omega sintió el peso de la mano de la alfa impactar contra su mejilla, una y otra vez, con una fuerza que le hizo ver estrellas. El sonido seco de cada golpe resonó en sus oídos, acompañado de un zumbido. La boca se le llenó de un sabor metálico y, al sentir el labio partido, supo que la sangre comenzaba a fluir.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, no de tristeza, sino de puro dolor y desesperación. Intentó levantar sus manos para protegerse, pero sus brazos fueron sometidos sin esfuerzo. La alfa lo mantuvo abajo, dominando cada centímetro de su cuerpo con una facilidad aterradora.
"¿Aprendiste la lección, omega? ¿Entendiste quién manda aquí?", siseó la alfa, su aliento caliente contra el rostro maltratado del omega. En sus ojos, el omega vio un vacío, una ausencia total de la persona que alguna vez amó. Era una depredadora, y él, su presa. La humillación era tan palpable como el dolor físico.
Finalmente, la alfa se apartó con la misma brusquedad con la que había llegado, dejándolo tirado en el suelo, sollozando en silencio. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, cada músculo adolorido, cada parte de su ser gritando por piedad. El olor a miedo y sangre llenaba la oficina, mezclándose con el potente aroma a alfa dominante. Él era solo un cuerpo roto, una lección aprendida con la crueldad.
Y esto, finalmente, nos lleva a la escena del inicio. Ustedes se preguntarán, "¿pero dijiste que hubo un momento en el que te entregabas a ella?". Sí, lo hubo.
Después de ese tiempo tormentoso, llegó una brisa de calma. Hice lo que pude para evitar sentir de nuevo los golpes en mi cuerpo. Ella se tranquilizó y comenzó a buscarme para pasar tiempo juntos, hablando o haciendo actividades. Poco a poco, fui conociéndola y ella a mí. De un momento a otro, sucedió: empecé a verla de otra manera. Por primera vez, la deseé, y quise que ella me tomara y me besara.
Una noche, mientras ambos compartíamos una taza de té en nuestro dormitorio y ella me hablaba de algunos encargos que había hecho durante el día, me levanté de mi asiento, me acerqué a ella y la besé. En ese punto, ya no era necesario hacerme el lindo para ella. "Alfa, te deseo", le dije.
Esa noche, la alfa lo tomó. La pasión que se había acumulado en él, el anhelo que había mantenido oculto, por fin salió a la luz. Se entregó por completo, sin miedo, sin reservas, y ella lo recibió. Los besos que antes eran un recordatorio de su dolor, ahora se volvieron una promesa de un futuro incierto. Esa noche, en los brazos de la alfa, el omega encontró un efímero momento de paz en su tormentosa relación.
Y así siguió la relación por unos meses más. Pero un día, sin previo aviso, todo volvió a ser como antes. La alfa regresó a esa faceta que él había temido y creído que nunca volvería a ver. La paz se rompió, y el ciclo de abuso y control se reanudó, dejando al omega de nuevo en la oscuridad de una relación que fluctuaba entre el deseo y el tormento.
Todo había vuelto a ser como antes. La calma que había logrado durante meses, esa fugaz esperanza de que las cosas cambiarían, se había desvanecido. El ciclo de violencia y reconciliación, que lo había consumido por tanto tiempo, se reinició de manera inesperada.
El detonante fue un simple malentendido. La alfa había salido por la noche y él, creyendo que ella llegaría tarde, decidió tomar un paseo por los jardines de la propiedad. La noche era templada, y el omega disfrutaba del silencio y la tranquilidad. No esperaba encontrarse con nadie, y menos con su esposo.
Sin embargo, la alfa había regresado a casa antes de lo previsto. Al no encontrar al omega en el dormitorio, supo exactamente dónde buscarlo. Se encontró a su esposo riendo y charlando animadamente con un joven alfa, uno de los guardias de seguridad. El omega, sin saber que ella los observaba, no se percató del creciente enojo en sus ojos. Él solo se sentía feliz por un momento, sin saber que esa felicidad le costaría muy caro.
La alfa no necesitó más. Los celos, el instinto de posesión y la desconfianza que siempre la habían atormentado, se apoderaron de ella. Vio la escena, no como un simple encuentro, sino como una traición. Creyó que el omega la había vuelto a engañar, que había roto la frágil paz que habían construido.
La ira la consumió, y el arrepentimiento se mezcló con el enojo. Se acercó al omega, con su aroma a alfa dominante y un aura de ira que lo hizo temblar. El guardia de seguridad, al sentir la presencia de la alfa, se alejó de inmediato. La alfa tomó al omega por el brazo, sin decir una palabra, y lo arrastró de regreso a su dormitorio.
Una vez allí, la furia de la alfa se desató. Lo tomó de la manera más cruel y violenta que el omega había experimentado, recordándole que le pertenecía y que cualquier intento de independencia sería castigado. Fue una lección de posesión, una manifestación brutal de su poder. Y esto, tristemente, nos lleva al inicio de la historia, donde el omega, aterrorizado y humillado, se encuentra una vez más en las garras de su alfa.
El omega cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, las lágrimas corriéndole por las mejillas. Se dio cuenta de que no había sido el malentendido lo que provocó su dolor, sino su propia ceguera. Él había buscado el amor en una persona que solo ofrecía posesión. Había confundido la intensidad con la pasión y el control con la protección. Ahora, solo le quedaba enfrentar la verdad: su prisión no era solo física, sino también emocional, construida con los ladrillos de la esperanza y la decepción. Y mientras yacía en el suelo, supo que, para liberarse, primero tendría que dejar de amar a su carcelera.









Both the emotional depth of the story and your writing style are highly impressive. Your words are chosen so thoughtfully that each scene slowly unfolds like a picture. The effect of the writing stays with the reader even after finishing. Truly remarkable work. Being an artist, I can easily picture this story turning into something special as a visual project.