Único
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A pesar del tiempo juntos, la rutina, la costumbre y el trabajo han ido arruinando su relación de pareja.
Minho lleva ocho años casado con Changbin, la persona que, desde el primer momento en que lo vio, iluminó su mundo.
Aunque en ese entonces no eran grandes amigos, se llevaban bien. Después de dos años conociéndose, decidieron ser pareja y, más tarde, casarse. Fue rápido… seguro.
[...]
Changbin, cada mañana, atiende a Minho antes de que él se vaya al trabajo. Después, la casa queda en completo silencio. Solo.
A Changbin no le gusta la soledad; lo vuelve pequeño por dentro. Por eso, algunas veces va a casa de sus amigos o sale con ellos cuando están libres. Pero, aun así, después de ocho años de matrimonio, la rutina sigue siendo exactamente la misma: Minho en el trabajo… y él esperando en casa.
A veces ha considerado decirle lo que siente, decirle que está cansado de quedarse solo todo el día. Pero luego piensa que quizá solo está siendo “sensible por nada”.
Changbin ama a Minho. Lo ama de verdad.
Solo quisiera que su esposo estuviera más tiempo en casa.
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Minho sigue en la oficina. Son las ocho de la noche y todavía no ha salido. Otra vez.
Todo es tan rutinario.
Jisung, uno de sus amigos y compañero de trabajo, entra sin tocar, como siempre.
—Hyung —dice, cruzándose de brazos—. Vamos al bar. Hoy invito yo.
Minho suspira, masajeándose el puente de la nariz.
—No debería… —murmura.
Pero termina aceptando. Como siempre.
Sabe que no debería; sabe que Changbin estará esperándolo, sentado en uno de los sofás, acurrucado en su manta favorita… y le duele.
Pero necesita una forma de escapar de su realidad, del ciclo repetitivo en el que vive.
“Solo un rato”, se dice a sí mismo, como si eso fuera suficiente para justificarse.
Y se marcha al bar con Jisung.
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Changbin está solo en la casa. Otra vez.
La soledad es su única compañía en aquel lugar tan grande.
Se encuentra sentado en el sofá, acurrucado en su manta, esperando a Minho como cada noche.
Son las diez. Sabe que su esposo llegará tarde, quizá a las tres de la mañana, pero eso no le impide esperarlo.
¿Alguna vez ha pensado en la infidelidad de Minho?
Lo ha pensado.
Pero le basta con recordar la mirada de su esposo, la forma en que siempre lo trata con cariño, para convencerse de que Minho jamás sería capaz de engañarlo.
“Me ama”, piensa Changbin. “Y yo lo sé. No hace falta que me lo repita.”
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Al día siguiente, temprano por la mañana, Minho está a su lado, rodeando su cintura con una de sus manos. Changbin sonríe apenas abre los ojos. Ama a su esposo.
No sabe a qué hora llegó Minho anoche, pero no importa.
Se mueve con cuidado para no despertarlo y empieza la misma rutina de cada día. La misma desde hace ocho años…
Solo que, después de los primeros dos años de matrimonio, Minho comenzó a llegar más tarde a casa.
Pero… eso no importa, ¿verdad?
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Minho despierta y no siente el cuerpo cálido de Changbin junto a él. No se preocupa; ya sabe dónde está.
—Debe estar haciendo el desayuno… —murmura, frotándose los ojos.
Siempre era así: Changbin preparando su desayuno, su almuerzo, su café, todo antes de salir hacia el trabajo.
Minho se queda sentado unos segundos. No sabe en qué momento todo empezó a cambiar.
En qué momento llegar tarde se volvió costumbre.
En qué momento se acostumbró a encontrar a su esposo dormido en el sofá, temblando de frío por quedarse despierto esperándolo.
Ha intentado cambiar. De verdad lo ha intentado.
Pero sigue haciéndole lo mismo.
Recordar la noche anterior le provoca un nudo en la garganta.
Apenas entró a la casa, lo primero que hizo fue buscarlo. Y lo vio.
Changbin dormía en el sofá con una manta demasiado fina para el frío de la madrugada.
Minho se acercó, arrodillándose frente a él.
—Lo siento, amor… —susurró, acariciando su mejilla helada.
Le dio un beso en la frente, casi como un reflejo. Un perdón silencioso que repetía cada noche.
Lo cargó con cuidado y lo llevó a la habitación. Lo recostó con delicadeza sobre la cama y lo cubrió con las mantas más gruesas.
—No mereces que te deje esperando así… —murmuró en voz baja, sabiendo que Changbin no lo escucharía.
Después de bañarse, volvió a la cama. Se acostó a su lado y lo abrazó fuerte, como si, al aferrarse a él, pudiera evitar que algún día desapareciera.
Minho amaba a Changbin.
Lo sabía.
Pero… no era capaz de cambiar.
[...]
Son las cuatro de la tarde.
Changbin está en casa de Chan, acompañado también por Félix.
Como siempre que se reúnen, comienzan a hablar de sus vidas, de recuerdos del pasado, de momentos felices que todavía los hacen reír.
Pero, como también suele ocurrir, terminan preguntándole por su matrimonio… y por si ya habló con Minho.
Ellos saben la verdad. Changbin se las ha contado en esos momentos en los que sentía que ya no podía más. No buscaba lástima, sino desahogarse, escuchar consejos, saber si estaba exagerando o si realmente algo estaba mal.
Sus amigos siempre han estado allí para apoyarlo y recordarle que no tiene por qué soportar la soledad que lo consume cada día.
Y sí, se molestaron. Se molestaron muchísimo al saber que Minho pasaba más tiempo en el trabajo que en su propio hogar.
Se molestaron porque Changbin no merecía sufrir así.
Changbin necesitaba amor, compañía… no silencio ni abandono.
—Todavía no he podido hablar con él… —susurra Changbin, con la mirada baja—. Minhonnie no tiene tiempo para estar en casa. Apenas desayuna conmigo… —traga saliva, la voz quebrándose—. Extraño mucho al Minho de hace ocho años…
Las lágrimas caen sin que pueda detenerlas.
Félix, al verlo romperse, lo abraza de inmediato.
—No deberías soportar esto, Binnie —murmura, con rabia contenida—. Ese idiota no se merece tus lágrimas.
Chan se sienta más cerca, frunciendo el ceño.
—Yo podría hablar con Jisung —propone—. Él trabaja con Minho, son amigos…
—Changbin… creo que ya es momento de hablar con él. No puedes seguir esperando a que se dé cuenta solo, especialmente cuando parece que ni siquiera se inmuta.
—¡Chan! —lo regaña Félix, dándole un codazo.
—¿Qué? Dije la verdad —responde Chan, sin disculparse.
Changbin aprieta los puños, llorando en silencio contra el pecho de Félix.
—Es que… Minhonnie… parece que no le importo… —solloza—. Chan -hyung, por favor… haz lo que dijiste. Habla con Jisung. Pídele que me ayude a tener un momento para hablar con Minho… por favor…
La súplica de Changbin los desarma.
Félix lo abraza aún más fuerte, sintiendo su cuerpo temblar.
—Te prometo que no vamos a dejarte solo en esto —le dice con absoluta firmeza.
Chan asiente, decidido.
Ya no solo están preocupados…
Ahora están enojados.
Ver a Changbin tan roto, tan dolido por culpa de Minho, les hace hervir la sangre.
Nunca imaginaron que Minho podría convertirse en esto:
un idiota, sí, porque eso era ahora… alguien capaz de quebrar a la persona más dulce que conocían.
Félix y Chan se quedan con Changbin todo el tiempo que hace falta.
Lo cuidan. Lo contienen.
Porque verlo tan destrozado duele.
Porque lo quieren.
Porque Changbin no merece llorar así.
[...]
Como dijo Chan, habló con Jisung después de aquella tarde.
Changbin está un poco nervioso… o con miedo, no lo sabe. Son las cinco de la tarde.
Minho todavía no llega a casa, pero lo llamó diciéndole que a las siete y media estaría allí. Changbin sintió un escalofrío al escucharlo, ya que Minho empleó un tono grave, casi molesto.
Sentía que en cualquier momento su corazón se le saldría; ahora, más que nunca, deseaba que las horas pasaran demasiado lento.
Ya son las siete, y su corazón empieza a latir desenfrenado, como si quisiera escapar de su pecho, mientras su pierna se mueve de forma exagerada.
Changbin tiene miedo; piensa que, de seguro, Minho podría terminar con él, y no le gusta la idea, porque ama demasiado a su esposo y no soportaría algo así.
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Minho está a un paso de entrar a aquella casa, tan grande, tan vacía, pero con la persona que más ama ahí dentro.
Entra, y lo primero que ve es a su esposo sentado en aquel sofá de siempre.
Changbin voltea, y sus miradas se cruzan por un momento.
Ve a Changbin encogerse cuando él se acerca lentamente, y eso no le gusta.
—Changbin, querías hablar conmigo, ¿verdad? —habla con voz grave, sin quererlo, sentándose a un lado de su esposo.
—Yo… yo, yo sí —no sabe qué decir y termina asintiendo—.
Tiene miedo, y no debería. Minho nunca le haría daño, pero su tono de voz lo asusta.
—Vamos, habla. No te voy a hacer nada, Binnie —dice suavemente, para no asustar más a su esposo.
Cuando Jisung le dijo que Chan, amigo de su esposo, había hablado con él para pedirle que fuera a casa y hablara con Changbin, se sorprendió. No lo esperaba.
¿Por qué Changbin quería hablar con él? ¿Y por qué no decírselo directamente?
Changbin lo mira con esa mirada tan linda y tierna que no puede evitar sonreír, recordando por qué se enamoró de su esposo.
—Te amo, Binnie —termina diciendo Minho, abrazándolo y escondiendo su rostro en el cuello del menor—. Te amo.
Changbin siente cómo su corazón late con fuerza y sonríe. Sonríe porque su esposo, después de tanto tiempo, le dice esas palabras y lo abraza.
—Yo también te amo, Minhonnie. Te amo demasiado —responde, cruzando sus miradas otra vez.
Minho graba ese momento en su mente y lo besa, como si no hubiera un mañana, como si Changbin pudiera desvanecerse en cualquier momento.
Changbin le corresponde. Sabe que deberían hablar, pero ha extrañado tanto a su esposo que se permite sentirlo, tenerlo cerca.
Se separan del beso al necesitar un poco de aire. Minho lo observa y sonríe al verlo tan sonrojado; Changbin es tan lindo.
—Supongo que esto no era lo que querías, ¿cierto? —pregunta con una sonrisa burlona, recordando por qué había llegado temprano después de tantos años.
—Tonto —responde Changbin, golpeando suavemente el pecho de Minho, y sonríe.
Pero después de eso todo queda en silencio.
Un silencio incómodo. Malo.
Es momento de que Changbin hable.
—Minhonnie… —dice apenas, mirándolo por un momento—. Yo… yo quería…
Las palabras no salen. Minho lo observa con atención, provocando que Changbin se ponga nervioso, aunque no debería estarlo, ¿verdad?
Si no habla hoy, ¿cuándo?
No soporta que Minho no esté en casa, no soporta estar solo.
Es ahora. Como dijo Chan. Ya es momento. No puede esperar más; ha pasado demasiado tiempo.
—Minhonnie, te amo mucho y lo haré siempre, pero… —está nervioso; sus manitas aprietan con fuerza el pantalón rosa que lleva—.
—Pero no puedo soportar que no estés en casa. No puedo soportar estar solo, sin verte, sin pasar un día juntos. Duele… duele mucho.
No puede evitar que las lágrimas escapen.
Minho lo observa y no dice nada. Es como si no estuviera allí. Lo mira con tanta atención que asusta.
Changbin continúa, con la voz quebrada:
—Extraño al Minho de hace ocho años. Aquel chico que me enamoró con sus sonrisas tan tiernas, como si fuera un conejito, con sus bromas. Extraño que me digas cuánto me amas, que me abraces, que me sonrías… que pases tiempo conmigo.
—Trato de entenderte. El trabajo es asfixiante y sé que no debe ser fácil, pero… solo te pido un poco de tiempo. Solo un poquito, por favor, Minhonnie…
Llora, y esta vez Minho se levanta y se acuclilla frente a él, tomando sus mejillas y mirándolo con una expresión triste, perdida.
—Te amo, Binnie… te amo demasiado —es lo primero que dice, antes de darle un beso corto—.
—Perdón…
No puede decir más. ¿Qué podría decir?
Prometer que pasará más tiempo en casa sería una mentira. Una mentira cruel.
Se levanta y observa a Changbin ahí, en aquel sofá de siempre, con el corazón destrozado.
—Te amo, pero no puedo prometer algo que no puedo cumplir, Changbinnie. Te amo, pero no puedo cambiar nada.
Este es el Minho de siempre… solo que ya no es joven, ya no tiene la misma energía ni las mismas ganas de hacer muchas cosas.
Changbinnie, ha pasado tanto tiempo desde la última vez que conversamos… y déjame decirte que lo extrañé, pero eso no cambiará nada.
—Binnie… —duda—.
No quiere decirlo, pero termina soltándolo—.
—¿No crees que es mejor terminar?
Si sigues conmigo, tendrás que soportar a este Minho que llega tarde a casa, que apenas te mira. Tendrás que soportar todo eso, y no creo que puedas.
Te amo, de verdad te amo, pero… es tan difícil salir de esto. Estoy tan acostumbrado a esta mierda…
Minho no lo mira. Se aleja sin esperar respuesta, sin querer ver rota a la persona que más ama.
Changbin llora.
Llora de impotencia y de dolor.
Eso era exactamente lo que no quería que pasara.
¿Y ahora?
¿Seguirá soportando este dolor si se queda con él… o será mejor terminar, como Minho lo propuso?
No lo sabe.
Solo sabe que no quiere perder a la persona que más ama.
No quiere quedarse solo, porque sin Minho siente que su vida no tiene sentido.
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Minho está en la habitación, recostado en la puerta y llorando, tapando su rostro con sus manos como si eso quitara lo que dijo, como si eso quitara el dolor que siente al escuchar a Changbin llorar.
Le duele, pero no puede ni quiere cambiar. Es tan difícil.
Changbin no se merece estar con una persona como él. Changbin merece a alguien que lo ame y lo proteja. Minho lo ama, pero no lo suficiente.
[...]
El tiempo ha pasado: tres años desde que Minho propuso la idea; tres desde que Changbin, con los ojos rojos, decidió que sí, que terminaría con él, a pesar de que no quería.
Tres años en los que ninguno de los dos ha podido avanzar ni seguir con su vida.
Minho está recostado en el sofá, en aquel sofá en el que su esposo solía esperarlo. No se ha mudado. No quiso. No quiso dejar ir el lugar donde compartió tantos años con el menor.
Estando allí, recuerda el primer año de casados: ambos felices, con muchos sueños por cumplir, tan jóvenes y enérgicos.
O la primera vez que estrenaron aquel sofá. Minho sonríe con melancolía al recordarlo.
Changbin lo había besado y empujado suavemente contra el respaldo; según el menor, solo era para desestresarlo del trabajo.
Se besaron como si no hubiera un mañana. Changbin procuró dejarlo sin aliento, y lo consiguió. Lo tuvo comiendo de su mano.
Ambos desnudos, con la respiración agitada y los ojos oscurecidos por el deseo.
—Minhonnie… te amo —le había dicho Changbin, antes de bajar suavemente por su miembro.
Minho solo suspiró, y sus manos buscaron refugio en las caderas del menor.
Los gemidos de Changbin eran como cánticos, sus movimientos hipnóticos.
Todo Changbin era hermoso.
Todo terminó con un casto beso, sonrisas adornando sus rostros y cuerpos sudorosos.
—Eres tan lindo, Changbinnie… tan perfecto —había dicho Minho, con una sonrisa enamorada.
Changbin lo besó y respondió:
—Tú eres lindo, tan perfecto para alguien tan imperfecto como yo. Minhonnie, te amo mucho, muchísimo. En serio lo hago.
Minho, al recordarlo, solo oculto su rostro, deseando no soltar más lágrimas.
En qué momento todo había cambiado tanto.
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En cambio, Changbin decidió que era mejor ir a vivir con sus amigos, pero nada le hacía olvidar a Minho.
Algunas veces, cuando salía simplemente a tomar aire, cada lugar al que iba le recordaba a Minho.
Ahora estaba en aquel parque donde el mayor se le confesó. Ambos eran tan jóvenes entonces.
Minho y él tenían 22 y 20 años, respectivamente.
El mayor lo llevó con la excusa de que allí se reunirían con otros amigos para ir a un nuevo bar recién inaugurado. Y él le creyó. ¿Por qué? Porque sí.
Nunca pensó ver globos en forma de corazón, ni aquellos caminitos de pétalos de rosa, ni el cartel que decía:
"Changbin, mi pequeño Binnie. Mi persona favorita, el que alegra mis días, el que les da sentido. ¿Quisieras ser mi novio, o mejor dicho, aceptarías a este hombre imperfecto como tu pareja?"
Nunca se había sentido tan feliz en su vida.
Minho estaba allí, con un lindo traje, tan presentable, sosteniendo un ramo de rosas.
Recordaba verlo nervioso, con una ligera sonrisa en su rostro y sus ojitos mirándolo a él, solo a él.
Había estado tan sorprendido que no respondió de inmediato; en lugar de eso, corrió hacia el mayor y lo abrazó con fuerza.
—Minhonnie, claro que acepto. Acepto ser tu novio. Gracias —había dicho.
Minho se puso tan contento que Changbin no pudo evitar contemplar aquella imagen tan hermosa.
Ese recuerdo lo hizo llorar. Decidió que era mejor irse de allí.
Aunque no había lugar que no le recordara a Minho.
[...]
¿Cuándo fue el momento en que ambos decidieron que era mejor terminar con este dolor de una vez por todas?
Minho sostuvo las pastillas, miró la foto sobre su cómoda y sonrió al verla. Era una foto de ellos casados: Changbin llevaba un lindo traje blanco entallado, y él uno negro. Ambos se veían tan felices.
Ahora no quedaba nada, solo la soledad de su departamento.
Recuerdos en cada rincón de aquel lugar.
Al final, tomó las pastillas y, con lágrimas empapando su rostro, le envió un mensaje a Changbin.
Lloró.
Lloró porque él mismo arruinó aquel matrimonio, alejando a la persona que más amaba.
Esperaba que Changbin hubiera logrado ser feliz lejos de él.
De seguro lo era, ¿verdad?
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Changbin ya no podía más.
Sus amigos, aunque le decían que todo pasaría, nada cambiaba. Todo seguía igual. Seguía amando a Minho, seguía recordándolo.
En serio quería creer que el dolor desaparecería, pero habían pasado tres malditos años… años dolorosos en los que extrañaba a Minho.
Vio cada foto que tenía junto al mayor en su celular.
Fotos que no pudo borrar, porque era lo único que le quedaba de Minho: solo recuerdos.
Apagó su celular y decidió acabar con todo. No podía soportar más tiempo.
Seguía amando a Minho, pero el mayor parecía ya no amarlo, ¿verdad?
Por eso nunca volvió a buscarlo, ni siquiera a llamarlo.
Cerró sus ojitos, conteniendo el dolor de la navaja rasgando su piel, aunque más doloroso aún era soportar la idea de que Minho ya no lo amaba.
Se recostó en la suave cama, dejando que la oscuridad lo envolviera.
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Changbin nunca llegó a ver el mensaje de Minho.
Y Minho nunca supo que Changbin decidió no volver a abrir sus ojitos, al igual que él.
Ambos se amaban, pero…
¿no fue suficiente, verdad?
El mensaje que Minho le envió a Changbin —el mensaje que nunca fue visto por el menor— decía:
«Changbinnie, espero que seas feliz.
De verdad. Deseo que estés bien, que hayas encontrado la felicidad que siempre mereciste.
Te amo. Sé que soy egoísta al decírtelo ahora, cuando quizá ya estés bien sin mí, pero necesitaba hacerlo.
Perdóname… a este tonto que alguna vez fue tu esposo.
Te amo, Binnie.
Y lo haré eternamente.»
Fin








