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Jeon Jungkook empujó la puerta del loft con el hombro, arrastrando detrás de él un maletón negro que casi pesaba más que sus ganas de empezar aquel año. Entró con una sonrisa amplia, espontánea, de esas que se le formaban sin que él se diera cuenta cada vez que imaginaba un futuro un poco más suyo.
El olor a madera nueva y pintura aún fresca le dio la bienvenida. El loft era pequeño, sí, pero tenía ese encanto íntimo, recogido, que a Jungkook siempre le había hecho sentir en casa. Cerró la puerta con el pie y avanzó despacio por el recibidor, observándolo todo con los ojos muy abiertos detrás de sus gafas de montura fina. El cristal reflejó la luz cálida del salón mientras él empujaba el maletón hacia dentro.
Tenía el cabello negro, ondulado en las puntas por culpa de la humedad del viaje, y llevaba un conjunto completamente negro: vaqueros, camiseta ajustada y una chaqueta fina que aún conservaba el frío de la calle. Caminaba con ese aire callado, elegante sin pretenderlo, tan propio de él.
Aquel año, por fin, iba a vivir más tranquilo. Sin compañeros ruidosos. Sin horarios impuestos. Sin tener que adaptarse a nadie. Un loft para él solo… o eso creía.
—Es perfecto —murmuró, maravillado, mientras recorría el espacio con la mirada.
El salón se abría ante él como un cuadro acogedor; sofá gris de líneas suaves, alfombra mullida, televisión grande apoyada en un mueble bajo. La cocina se encontraba al fondo, integrada en un rincón luminoso, blanca, minimalista, y junto a ella Jungkook notó la puerta del baño, discreta, encajada entre una columna y la nevera. Dejó la maleta que llevaba su play station 5 en el mueble, e hizo una mirada enrededor.
Pero lo que más le llamó la atención fueron las escaleras de madera que ascendían hacia la planta superior. Respiró hondo, con ese cosquilleo infantil de quien está descubriendo un territorio nuevo, y empezó a subir lentamente, apoyando la mano en la barandilla metálica mientras su mirada curiosa se perdía en cada detalle del loft.
Al llegar arriba, el latido del corazón se le aceleró un momento. No por miedo, sino por sorpresa.
Dos camas.
Dos camas de matrimonio, una a la derecha y otra a la izquierda, separadas por un escritorio y una mesita de noche en cada lado. La luz cálida, suave, bañaba el espacio desde dos lámparas de pared con un diseño moderno, y el techo inclinado hacía que todo pareciera más íntimo, casi escondido del mundo. La habitación estaba diseñada de tal forma que, desde la cama de un lado, no se podía ver la otra completamente: los ángulos y las sombras lo impedían. Pero sí se podía escuchar cualquier sonido.
Jungkook arqueó una ceja.
Un error administrativo, pensó. O algún cambio de última hora.
Pero no le dio demasiada importancia. Estaba demasiado cansado para cuestionarlo.
Y, además…
Aquella cama de la izquierda tenía mejor pinta. Más resguardada, más oscura, más suya.
Arrastró el maletón por la tarima, lo dejó caer junto al borde y suspiró, dejándose caer un segundo sobre el colchón.
Sí. Ese sitio iba a ser su refugio.
Lo que Jungkook no sabía, ni podía imaginar siquiera, era que la vida acababa de colocarle la primera pieza de un año que, lejos de ser tranquilo, le cambiaría la vida para siempre.
Jungkook llevaba tres días de antelación respecto al comienzo oficial del curso. Lo había decidido sin dudarlo: necesitaba instalarse con calma, dejar cada cosa en su lugar, tener el control absoluto de su espacio antes de sumergirse en la rutina universitaria.
Apenas dejó su maletón junto a la cama, se puso manos a la obra.
Abrió el armario, más grande de lo que imaginaba, y empezó a colocar su ropa con una precisión casi quirúrgica.
Doblaba cada camiseta formando rectángulos perfectos, alineaba los vaqueros por color y textura, y colgaba las chaquetas negras en perchas idénticas, todas mirando en la misma dirección. El tatuaje de su brazo derecho tensaba la piel cada vez que levantaba una prenda, y las ondas sueltas de su flequillo caían sobre sus gafas mientras él, ajeno a todo, trabajaba en silencio.
Para él, ordenar era casi un ritual.
Una forma de respirar.
Cuando terminó con la ropa, bajó al baño con una pequeña bolsa y empezó a colocar sus productos de skincare en la estantería: limpiador, tónico, serum, crema hidratante, protector solar… Cada frasco alineado con una precisión milimétrica, ordenados por tamaño, luego por frecuencia de uso. El baño quedó impregnado de un aroma suave a té verde y menta.
Jungkook cerró la puerta despacio, satisfecho.
De vuelta a la planta de arriba, sacó un pijama negro, uno de sus favoritos, de algodón suave y lo dobló con el mismo cuidado meticuloso que ponía en todo lo que hacía. Lo dejó sobre los pies de la cama, perfectamente centrado, como si fuera parte de una fotografía cuidadosamente preparada.
Después abrió su mochila universitaria y sacó el portátil.
Lo encendió, se acomodó en la cama y, con las piernas cruzadas, abrió los archivos con los temarios del nuevo curso. Aún faltaban días, pero él ya estaba repasando conceptos, subrayando títulos, memorando listas, adelantando lecturas.
Mientras otros estudiantes disfrutaban de sus últimas noches de libertad, Jungkook prefería esto: prepararse, organizarse, asegurarse de que nada se le escapara.
Sabía que mantener su beca y su acceso a aquel loft implicaba seguir sacando matrículas de honor.
Y no iba a permitir que nada ni nadie, se interpusiera en ello.
En un instante de pausa, apoyó la espalda contra la cabecera y miró el loft desde arriba.
Todo estaba en silencio.
Todo estaba bajo control.
Todo era suyo.
Una sonrisa apareció, tranquila, en sus labios.
—Va a ser el mejor año de mi vida —murmuró.
Y lo creyó de verdad.
Sin imaginar que ese silencio, esa tranquilidad, ese orden absoluto…
estaban destinados a romperse muy pronto.
★★★
El tercer día de calma terminó de forma abrupta.
El sonido metálico de una llave girando en la cerradura rompió el silencio perfecto del loft. Jungkook no lo oyó al principio; el agua de la ducha seguía cayendo con constancia, envolviendo el baño en vapor y olor a jabón neutro.
Había terminado de ducharse hacía apenas unos segundos cuando el ruido de la puerta principal cerrándose con firmeza se filtró por el pasillo.
No estaba solo.
Abajo, la escena era completamente distinta al orden pulcro que Jungkook había construido durante tres días.
La puerta se abrió del todo y Kim Taehyung entró como si el lugar le perteneciera desde siempre. Iba vestido con un abrigo largo oscuro, perfectamente planchado, pantalones de vestir y botas limpias. Detrás de él, dos hombres vestidos completamente de negro, sobrios, silenciosos, empujaban cinco maletas de distintos tamaños con movimientos coordinados.
El contraste era evidente: el loft, acogedor y contenido; Taehyung, excesivo incluso cuando no lo intentaba.
—Déjalas ahí —ordenó con desinterés, señalando el centro del salón.
Los dos sirvientes colocaron las maletas con precisión quirúrgica, alineándolas junto al sofá crema y frente al mueble de la televisión. Uno de ellos ajustó ligeramente la posición para que no rozara la mesa baja. El otro hizo un gesto casi imperceptible de aprobación.
—¿Algo más, señor? —preguntó uno de ellos.
Taehyung ni siquiera se giró.
—No. Podéis iros.
Ambos inclinaron ligeramente la cabeza, se despidieron con un “buenas tardes” educado y abandonaron el loft sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado.
El silencio volvió… pero ya no era el mismo.
Taehyung se quedó quieto unos segundos, observando el espacio con el ceño fruncido. Sus ojos recorrieron el salón, la cocina en L, la pequeña isla, las ventanas del lateral izquierdo.
Demasiado pequeño. Chasqueó la lengua con desagrado.
—Mis padres han pagado un dinero innecesario por este cuartucho… —murmuró, más para sí mismo que para nadie—. Esto es ridículamente pequeño.
Avanzó unos pasos, dejó el abrigo sobre el respaldo del sofá sin cuidado alguno y se dirigió hacia las escaleras. Subió los peldaños con visible desgana, agarrándose a la barandilla como si le molestara incluso tocarla.
Al llegar arriba, se detuvo en seco.
Dos camas.
Parpadeó.
Se inclinó ligeramente hacia un lado, luego hacia el otro, como si el ángulo estuviera jugando con su percepción.
—…¿Dos camas? —musitó.
Su expresión pasó del desconcierto al fastidio en cuestión de segundos. No tenía sentido. Él había pagado por un loft individual. Sus padres se habían asegurado de ello. Supuso que debía de tratarse de un error de asignación, algo que aclararía más tarde con la administración.
Resopló.
Fue entonces cuando cayó en la cuenta de algo más.
Sus maletas seguían abajo.
Soltó una maldición por lo bajo y giró sobre sus talones con brusquedad, bajando las escaleras de dos en dos, visiblemente irritado. Iba demasiado rápido. No miraba por dónde iba. No esperaba a nadie.
Y justo al girar en el último tramo, se estampó contra algo sólido.
O mejor dicho… contra alguien. El impacto fue seco.
—¡Joder! —exclamó Taehyung, retrocediendo un paso.
Jungkook, que acababa de salir del baño, trastabilló hacia atrás. Estaba empapado, con el pelo negro aún goteando agua sobre sus hombros. Una toalla blanca le rodeaba la cintura, apenas sujeta, y con la otra mano se secaba el cabello con una toalla más pequeña.
Abrió los ojos sorprendido, por varios factores, uno por la intromisión, dos porque ese chico no era desconocido para él.
Durante un segundo, o tal vez dos, Jungkook fue incapaz de reaccionar. Su cuerpo respondió antes que su mente, los dedos se tensaron sobre la toalla pequeña, los hombros se endurecieron y el aire se le quedó atrapado en el pecho, como si hubiese olvidado de pronto cómo se respiraba.
No podía ser real.
Durante una fracción de segundo, ninguno habló.
La escena no encajaba. No debía encajar. Aquel espacio era su refugio, su guarida silenciosa, el único lugar donde el pasado no tenía permiso para colarse… y sin embargo, allí estaba él, de pie, tangible, demasiado real.
Jungkook parpadeó una vez, con lentitud, como si al hacerlo la imagen fuese a desvanecerse. Como si Taehyung fuese solo un recuerdo mal enterrado, una jugarreta cruel de su mente cansada. Pero no desapareció. No se desdibujó. Seguía ocupando espacio, robando oxígeno.
El corazón le dio un golpe seco contra las costillas.
—¿Pero qué cojones…? —Taehyung frunció el ceño, recorriéndolo de arriba abajo sin pudor—. ¿Quién eres tú?
—¿Y tú? —respondió Jungkook, todavía desorientado, intentando recuperar el equilibrio—. Oye, mira por donde vas.
Taehyung arqueó una ceja, sorprendido por el tono.
Jungkook dio un paso atrás, ajustándose la toalla en la cintura con un gesto automático. Fue entonces cuando alzó la vista del todo… y el mundo se le detuvo al ser consciente de lo que estaba pasando.
Cabello castaño liso, piel canela, rasgos afilados, mandíbula marcada. Aquella postura arrogante. Aquella mirada.
Kim Taehyung.
Su vecino. Su estándar imposible.
Su crush silencioso desde que tenía once años.
Desde el mismo instante en que los Kim se habían mudado al vecindario había caído rendido a sus pies, sin siquiera conocerse, sin haberse hablado en absoluto.
Jungkook se quedó completamente quieto. La boca entreabierta. Los ojos clavados en él como si acabara de ver un fantasma.
Durante años había intentado borrar esa imagen de su cabeza. Había crecido, había cambiado, había aprendido a ocultar lo que sentía.
Y ahora Taehyung estaba allí. En su loft. En su espacio. En su calma. Como un ángel caído del cielo… solo que con actitud de demonio.
—Eh —dijo Taehyung, notando el silencio—. ¿Estás bien?
Jungkook parpadeó, una vez. Luego otra. Bajó la mirada un segundo, respiró hondo y se recompuso como pudo.
—Soy Jeon Jungkook —dijo al fin, con voz firme pese al temblor interno. —¿Qué haces aquí?
Taehyung lo miró de nuevo, más detenidamente. La toalla. El agua resbalando por el tatuaje del brazo derecho. Las gafas ligeramente empañadas. El contraste entre su aspecto y su forma de hablar.
Chasqueó la lengua.
—¿Qué hago yo aquí? Qué haces tú aquí exactamente, Jeon Jungkook —respondió con desdén—. ¿Eres mi sirviente? Supongo que es lo mínimo que merezco viendo el armario de mierda por el que han pagado mis padres. Sube mis maletas.
El silencio cayó como una bofetada.
Jungkook parpadeó una vez.
Luego otra.
¿Sirviente?
—¿Perdona? —preguntó, incrédulo.
—¿No me has oído? —Taehyung cruzó los brazos—. Sube mis maletas. Y hazme un té.
El aire se volvió denso.
—No soy tu sirviente, para tu información —replicó Jungkook, con el ceño fruncido—. Ni voy a subirte las maletas a ningún lado, Kim. Soy estudiante de esta universidad. Exactamente igual que tú… supongo.
Taehyung parpadeó.
Una vez.
Dos.
Eso no entraba en sus planes.
—¿Cómo has dicho? —preguntó despacio.
—Lo que has oído —dijo Jungkook al fin, obligándose a sostenerle la mirada, aunque el corazón le golpeaba el pecho con una violencia que no recordaba—. Este loft también es mío.
El silencio que siguió fue espeso, casi incómodo. Taehyung bajó los brazos despacio, como si de pronto el cuerpo le pesara más. La soberbia que había marcado su postura inicial se resquebrajó, dando paso a una incredulidad desnuda, casi infantil.
Jungkook apretó la mandíbula. Él mismo seguía intentando encajar la situación, pero no iba a concederle ese terreno.
—Esto debe ser un error.
—Pues no lo parece —replicó, señalando vagamente hacia la escalera con un gesto breve—. Estoy tan sorprendido como tú. Pero ahí arriba hay dos camas, así que supongo que…
No llegó a terminar la frase.
—No pienso compartir este armario al que llaman loft con nadie —lo interrumpió Taehyung con brusquedad, adelantándose un paso, la voz cargada de desdén.
Jungkook notó cómo algo antiguo y peligroso despertaba en su interior. No iba a retroceder. No ahora.
—Pues siento decirte que yo no pienso irme de un lugar que he conseguido con mis notas —respondió con frialdad—. Si quieres marcharte, haz una apelación al consejo o al rectorado.
Taehyung lo observó de arriba abajo entonces, con una mirada afilada, evaluadora. Sus labios se curvaron apenas, en una mueca desagradable.
—Eres un becado, ¿no?
El desprecio apenas disimulado fue como una bofetada. Jungkook no apartó la vista.
—Algunos accedemos a estos privilegios por méritos propios —replicó con calma forzada—. ¿O acaso tú no has accedido de la misma forma?
Por un instante, los ojos de Taehyung centellearon. La incredulidad dio paso a algo más oscuro, más visceral.
—Cállate la boca.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos, cargadas de electricidad. Jungkook no respondió, pero supo, con una certeza incómoda, que aquello no había hecho más que empezar.
Durante los siguientes segundos, ninguno dijo nada.
Dos voluntades chocando en medio de un loft demasiado pequeño.
—No eres nadie para mandarme a callar.
Y así, sin saberlo, acababan de empezar una guerra que ninguno de los dos estaba preparado para perder.
Taehyung fue el primero en romper el silencio, y lo hizo con una media sonrisa ladeada, de esas que no prometían nada bueno.
—Vaya… —dijo despacio, apoyándose con un hombro en la barandilla de la escalera—. Así que el fantasma del loft resulta que tiene agallas.
Jungkook apretó la mandíbula.
—No soy un fantasma. Y deja de mirarme así.
—¿Así cómo? —Taehyung ladeó la cabeza, descaradamente—. ¿Te refieres a mirar? Porque no sabía que estuviera prohibido.
Sus ojos no se molestaron en disimular. Bajaron sin pudor por el torso desnudo de Jungkook, se detuvieron en el agua que aún resbalaba por su pecho, siguieron la línea marcada de sus abdominales y acabaron, inevitablemente, en la toalla ceñida a su cintura.
Demasiado ceñida.
—¿Siempre recibes a tus compañeros de piso medio desnudo o es un privilegio exclusivo? —añadió, con un deje burlón.
—Estoy en mi casa —replicó Jungkook, tenso—. Y salía de ducharme. No tengo que darte explicaciones.
—Uh… carácter —Taehyung sonrió más—. No lo aparentas.
—No aparento muchas cosas —respondió Jungkook, mirándolo por fin de frente—. Y tú aparentas demasiadas.
Eso le arrancó una breve risa a Taehyung.
—Tienes agallas para alguien que va en toalla.
—Y tú demasiada soberbia para alguien que acaba de entrar creyéndose dueño de todo —replicó Jungkook—. Si vamos a compartir espacio, más te vale bajar un poco ese tono.
Taehyung alzó las cejas, divertido.
—¿Compartir? No nos precipitemos. Esto tiene pinta de error administrativo. Uno que voy a corregir.
—Suerte con eso —dijo Jungkook, seco—. Yo llevo aquí tres días. Todo está asignado. Incluida la cama de la izquierda.
Taehyung frunció ligeramente el ceño.
—¿La izquierda?
—Sí —Jungkook se ajustó la toalla de nuevo, consciente de la mirada clavada en él—. La otra es tuya, supongo. Si decides quedarte.
—Vaya —Taehyung chasqueó la lengua—. El empollón organizado también es territorial.
—Y el niño rico es tan desagradable como parece —respondió Jungkook sin pestañear.
Durante un segundo, la sonrisa de Taehyung se tensó.
—Ten cuidado, Jeon —dijo entonces, dando un paso más cerca—. No sabes con quién estás hablando.
—Claro que lo sé —respondió Jungkook, sin retroceder—. Kim Taehyung.
Eso fue lo que lo descolocó.
—¿Nos conocemos? —preguntó Taehyung, entornando los ojos.
—Digamos que sí —contestó Jungkook, escueto—. Aunque tú no lo sepas.
Taehyung lo observó con más atención ahora. No como antes. No como un estorbo.
Algo en la forma en que Jungkook sostenía la mirada, en cómo no bajaba la cabeza pese a estar medio desnudo, le llamó peligrosamente la atención.
—Curioso —murmuró—. Porque yo suelo recordar a la gente interesante.
—Entonces será que no lo soy —dijo Jungkook, aunque algo en su voz tembló apenas—. Ahora, si no te importa, voy a vestirme.
Hizo ademán de subir un escalón, pero Taehyung se movió al mismo tiempo, bloqueándole el paso sin tocarlo. La cercanía fue suficiente para que el aire cambiara.
—¿Siempre huyes así? —preguntó Taehyung en voz baja—. Es una pena… estaba empezando a gustarme la vista.
Jungkook tragó saliva.
—Quítate.
—O qué —Taehyung sonrió, desafiante—. ¿Me vas a echar?
—Te vas a dar cuenta muy pronto —respondió Jungkook, mirándolo fijamente— de que no soy tan fácil de pisar.
Por primera vez desde que había entrado en el loft, Taehyung no respondió de inmediato.
Solo lo miró.
Largo.
Intenso.
Demasiado interesado.
Finalmente se apartó, dejándole pasar.
—Esto va a ser… interesante —dijo, casi para sí.
Jungkook subió las escaleras sin mirar atrás, pero con el corazón golpeándole las costillas.
Taehyung se quedó abajo, observándolo desaparecer piso arriba, con una sonrisa lenta formándose en los labios.
Definitivamente…
ese loft acababa de volverse mucho más entretenido.
Jungkook apareció de nuevo en el salón vestido completamente de negro. Pantalón ajustado, camiseta de manga larga que se ceñía a su torso y una sudadera ligera abierta. Las gafas descansaban sobre su nariz, dándole ese aire serio y concentrado que parecía blindarlo contra el mundo.
O contra Taehyung.
Se sentó en el sofá crema con naturalidad, cruzó una pierna sobre la otra y abrió el libro grueso que llevaba leyendo desde hacía días. Las páginas estaban llenas de anotaciones y post-its de colores. Hundió los ojos en el texto como si nada más existiera.
Taehyung, desde la cocina, lo observó de reojo.
Pululaba.
Literalmente.
Abría armarios, los cerraba con fastidio, apoyaba la cadera en la encimera, suspiraba exageradamente. No estaba acostumbrado a no ser el centro de atención. Mucho menos a que alguien lo ignorase con tanta eficacia.
El estómago le rugió. Y esa fue la gota que colmó el vaso.
—Oye —dijo al fin, rompiendo el silencio—. Cocíname algo, Jeon.
Jungkook ni siquiera levantó la cabeza de inmediato. Pasó una página con calma. Demasiada calma.
—¿Qué parte de “no soy tu sirviente” no has entendido bien? —respondió por fin, alzando lentamente la mirada por encima del borde del libro—. Cocínate lo que te dé la gana.
Taehyung chasqueó la lengua.
—Qué carácter tienes para alguien tan callado.
Se giró hacia la nevera, la abrió… y su expresión se torció al instante.
Kimchi.
Tuppers perfectamente ordenados con comida picante.
Verduras, arroz, cosas sanas.
—¿Esto qué es? —gruñó—. ¿Una prueba de supervivencia?
—Comida —replicó Jungkook sin inmutarse—. De la de verdad.
—Eso quema más que alimenta.
—No es culpa mía que tengas el estómago delicado.
Taehyung cerró la nevera de un golpe suave, apoyó ambas manos en la puerta y respiró hondo. Luego se giró hacia él.
—Vas a cenar, ¿no?
—Sí.
—Haz más cena para mí entonces.
Jungkook alzó una ceja.
—¿Has asignado ya los roles que vamos a tener en esta casa o cómo va la cosa?
Taehyung sonrió despacio.
—Roles… suena bien.
—No juegues conmigo.
El ambiente se tensó.
Taehyung se acercó unos pasos, lo justo para entrar en su campo visual. Jungkook levantó la vista del libro de nuevo, serio, sin rastro de nerviosismo… aunque por dentro estaba todo menos tranquilo.
—Te alteras fácil para alguien que presume de control —dijo Taehyung—. Pensaba que los empollones eran más… obedientes.
—Y yo pensaba que los niños ricos sabían valerse por sí mismos —respondió Jungkook—. Pero mira.
Taehyung rió por lo bajo.
—No sabes cocinar, ¿verdad?
—Sé cocinar para mí —replicó Jungkook—. No para ti.
—Entonces es egoísmo.
—Entonces es coherencia.
Se miraron.
Demasiado tiempo.
Taehyung dejó que su mirada descendiera sin ningún tipo de pudor. El cuello de Jungkook. Sus hombros. El pecho marcado bajo la camiseta negra. El brazo tatuado, parcialmente cubierto por la manga, que Taehyung ya había memorizado sin darse cuenta.
—No confundas mi paciencia con debilidad, Kim.
El silencio volvió a caer, espeso.
Finalmente, Jungkook suspiró, pasó una mano por su nuca y se giró hacia la cocina.
Taehyung se apoyó en la encimera de la cocina, con los brazos cruzados, observando a Jungkook moverse por aquel espacio reducido como si llevara años haciéndolo suyo. No había torpeza en sus gestos. Todo lo contrario. Cada movimiento era preciso, medido, casi metódico.
Sacó una sartén, preparó los ingredientes sin prisas, se ató el delantal que había encontrado en un cajón y comenzó a cocinar en silencio.
Demasiado tranquilo.
Taehyung frunció ligeramente el ceño. No estaba acostumbrado a aquello.
Ningún hombre, nunca, había reaccionado así a su presencia. Bastaba su apellido, su forma de vestir, la seguridad con la que caminaba, para que las miradas se volvieran insistentes, para que las sonrisas se alargaran más de lo debido. Siempre había sido así. Siempre.
Y, sin embargo, Jeon Jungkook parecía… inmune.
No buscaba su atención.
No intentaba impresionarlo.
No se ponía nervioso.
Era como si Taehyung no existiera.
Aquello le resultaba profundamente irritante.
Mientras Jungkook removía algo en la sartén, Taehyung se sorprendió siguiéndole el perfil. El cabello negro y ondulado cayéndole ligeramente sobre la frente, las gafas deslizándose apenas por el puente de su nariz cuando inclinaba la cabeza, la concentración absoluta en lo que estaba haciendo.
Tragó saliva sin darse cuenta.
Apartó la mirada de inmediato, molesto consigo mismo.
Ridículo.
¿Qué le pasaba?
La pregunta apareció sin querer.
¿Tenía pareja?
La sola idea le produjo una punzada desagradable en el estómago. Una sensación áspera, injustificada… y absurda.
¿Novia?
Eso ya era directamente un asco.
—Espero que sepas que no pienso tolerar que metas a tu novia en este lugar.
La frase salió de su boca antes de que pudiera detenerla.
Jungkook se quedó quieto un segundo, la espátula suspendida en el aire. Luego ladeó la cabeza, divertido, y alzó una ceja.
—¿Perdón?
—Lo que has oído —respondió Taehyung, recomponiéndose—. Este loft es pequeño. No quiero gente ajena pululando por aquí.
—Vaya —Jungkook soltó una risa baja—. Entonces supongo que hay que crear normas de convivencia.
Taehyung apretó la mandíbula.
—Exacto.
—Perfecto —dijo Jungkook, retomando lo que estaba haciendo—. Empieza tú.
Taehyung se irguió un poco más.
—Nada de mujeres en esta casa.
Jungkook se giró lentamente para mirarlo, claramente sorprendido. Lo observó durante unos segundos y luego negó con la cabeza, divertido.
—Esa es la norma más estúpida que he oído en mi vida.
—¿La aceptas o no?
Jungkook se encogió de hombros.
—Por mí, bien.
Eso sí que no lo esperaba.
—¿Así de fácil? —preguntó Taehyung, desconfiado.
—Así de fácil —respondió Jungkook.
Taehyung lo miró con atención.
—¿No tienes novia?
—No.
La respuesta fue seca. Directa.
—Entonces no habrá problema —dijo, fingiendo indiferencia—. Yo tampoco traeré…mujeres.
Jungkook arqueó una ceja.
—¿Parece que debo darte las gracias por ello?
—Deberías.
—Mientras no invadas mi espacio, haz lo que quieras.
Taehyung se quedó callado, observándolo de nuevo. Jungkook parecía completamente ajeno a la pequeña batalla silenciosa que se libraba en su cabeza.
—Parece que llevas años cocinando —comentó al cabo de un rato.
—No todos tenemos a alguien que lo haga por nosotros.
No fue un reproche directo. Pero le dolió igual.
Jungkook terminó su bol de ramyeon en silencio, sentado en el sofá, con las piernas recogidas y el libro cerrado a un lado. El picante le calentaba el cuerpo, pero no era eso lo que le mantenía inquieto. Era la presencia constante de Taehyung, pululando por el loft como si no acabara de encontrar su sitio.
O como si se negara a hacerlo.
Cuando Jungkook se levantó para dejar el bol en el fregadero, Taehyung ya estaba con el móvil en la mano, apoyado de espaldas a la encimera. No había cocinado nada. No había vuelto a abrir la nevera. Simplemente había pedido algo a domicilio, rápido y caro, como si el dinero fuese una extensión natural de su cuerpo.
Jungkook no pudo evitar fijarse cuando Taehyung sacó la tarjeta negra para pagar al repartidor.
No dijo nada.
Pero lo vio todo.
—Buenas noches —dijo el repartidor antes de marcharse.
—Buenas noches —respondió Taehyung, cerrando la puerta sin más.
El olor de la comida inundó el salón. Algo occidental, grasiento, pesado. Jungkook torció ligeramente el gesto, no por desprecio, sino porque aquella ostentación innecesaria le resultaba… ruidosa.
—¿Siempre pagas así? —preguntó sin mirarlo, mientras limpiaba su bol.
—¿Así cómo? —respondió Taehyung, distraído.
—Déjalo, no importa.
Taehyung alzó la vista del móvil, sorprendido.
—No sabía que te molestara.
—No me molesta —respondió Jungkook—. Me da igual.
No era del todo verdad.
Taehyung se encogió de hombros y se sentó en el sofá, abriendo su comida. Jungkook terminó de recoger y, sin decir nada más, subió las escaleras.
Necesitaba distancia.
Altura.
Aire.
Entró en su lado del piso superior, dejó la puerta abierta y encendió el portátil sobre el escritorio. La luz de la pantalla iluminó la habitación de forma fría y constante. Se sentó en la cama, apoyó la espalda en el cabecero y abrió una carpeta con apuntes.
Intentó concentrarse.
Lo intentó de verdad.
Pero su mente no dejaba de traicionarlo.
Porque Kim Taehyung vivía ahora con él.
Porque dormía a unos pocos metros, tras un simple tabique.
Porque seguía siendo exactamente igual de guapo que cuando eran niños… o incluso más.
Y porque era, además, estúpidamente atractivo.
Jungkook apretó los labios.
Es estúpido, pensó.
Siempre lo ha sido.
Se dijo que aquel enamoramiento silencioso, infantil y absurdo, se disiparía pronto. Que bastaría convivir con él. Verlo de cerca. Descubrir sus defectos. Su arrogancia. Su incapacidad para freír un huevo.
Eso lo curaría.
Abajo, Taehyung comía distraído, con el móvil en la mano. Chateaba con alguien que parecía tener facilidad para sacarle risas suaves, casi perezosas. Cada vibración, cada pequeño sonido del teléfono, llegaba amortiguado hasta arriba.
Pero Jungkook los oía.
Y le molestaban más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cerró el portátil de golpe y se levantó. Se cambió la ropa por su pijama negro, doblado con cuidado a los pies de la cama. Se sentó de nuevo, esta vez con la espalda recta, respirando hondo.
La noche cayó lentamente sobre el loft. Las luces se apagaron una a una. El silencio, sin embargo, no llegó.
Las risitas seguían.
El brillo del móvil de Taehyung se filtraba débilmente por la escalera. Jungkook cerró los ojos, los abrió, volvió a cerrarlos.
Nada.
—¿Puedes callarte de una vez?
Su voz sonó más tensa de lo que pretendía.
Se incorporó un poco sobre la cama, mirando hacia el otro lado del tabique, como si pudiera atravesarlo con la mirada. Al otro lado, Taehyung estaba tumbado boca arriba, el móvil sobre su pecho, escribiendo con una mano.
—¿Perdón? —respondió, sin mucha prisa.
—Llevas toda la noche con el teléfono —añadió Jungkook—. Mañana empezamos la universidad.
—¿Y? —Taehyung sonrió para sí—. No sabía que fueras mi padre.
—No lo soy —replicó Jungkook—. Pero tampoco tengo intención de empezar el curso sin dormir por tu culpa.
Taehyung se quedó en silencio unos segundos. Luego dejó el móvil a un lado… aunque no lo apagó.
★★★
La mañana llegó demasiado pronto.
Taehyung abrió los ojos con una sensación incómoda, tensa, casi dolorosa. Tardó apenas unos segundos en comprender la terrible erección que tenía, y una mueca de fastidio cruzó su rostro. Aquello no era habitual. No a esas alturas de su vida, no cuando siempre había tenido cómo y con quién aliviarse.
Se removió en la cama, atrapado entre las sábanas de algodón y su pijama de seda azul y blanco a rayas, que ahora resultaba demasiado ajustado, demasiado consciente de su cuerpo.
—Genial… —murmuró, cerrando los ojos con fuerza.
No.
No era genial.
Porque al otro lado del tabique, Jungkook ya estaba despierto.
Taehyung lo supo antes incluso de oírlo. El leve movimiento. El sonido amortiguado de la ropa. El ritmo tranquilo, ordenado, casi irritantemente metódico con el que el chico de gafas comenzaba el día.
No se atrevió a levantarse.
No así.
Se quedó boca arriba, respirando hondo, intentando pensar en cualquier cosa que no fuera Jungkook. Cualquier cosa que no fuera el recuerdo de su cuerpo mojado la noche anterior. De su espalda recta. De la calma con la que se movía, como si el mundo no pudiera alterarlo.
Esto era ridículo, se dijo.
Es solo atracción física. Pasará.
Pero entonces ocurrió.
La luz del amanecer dibujó una sombra en el tabique.
Taehyung permaneció inmóvil en la cama, con la respiración contenida, cuando percibió movimiento al otro lado del tabique.
No necesitaba mirar, pero la tentación fue superior.
La luz que entraba desde la ventana proyectaba la sombra de Jungkook con una nitidez insultante. Su silueta tonificada se movía despacio, sin prisa, como si el mundo no le debiera nada. Taehyung siguió cada gesto con una atención que le molestó reconocer, la forma en que alzaba los brazos para colocarse la camiseta, cómo la tela se deslizaba por su torso, marcando hombros y pecho antes de desaparecer; el leve giro de caderas al buscar algo, la pausa breve, casi distraída, antes de inclinarse para ponerse las botas.
Todo era innecesariamente… elegante.
—Míralo —se dijo en silencio, con amargura—. Tan tranquilo.
Apretó la mandíbula. Aquello era absurdo. Jungkook no estaba haciendo nada fuera de lo normal. Vestirse. Respirar. Existir. Y, sin embargo, Taehyung sentía una irritación creciente, una mezcla incómoda entre fascinación y rabia.
Rabia porque no debía importarle, rabia porque le importaba.
La sombra se detuvo un segundo. Jungkook parecía ajustar algo, quizá las gafas, quizá el reloj. Ese instante suspendido fue suficiente para que Taehyung se descubriera observando con una intensidad impropia, como si temiera perderse un detalle.
Cuando la silueta se alejó y los pasos comenzaron a descender por la escalera, Taehyung soltó el aire de golpe, como si hubiera estado conteniéndolo todo ese tiempo.
—Imbécil… —murmuró, pasándose una mano por el rostro.
Se incorporó despacio, todavía con esa sensación molesta instalada en el cuerpo. No era deseo puro, no todavía. Era algo más traicionero: curiosidad, una atracción que no pedía permiso y que, para su desgracia, no encontraba respuesta.
Bajó al salón minutos después. Jungkook ya no estaba. Ni una palabra. Ni una mirada. Solo el eco de su presencia reciente, como si el aire aún lo recordara.
Eso le enfadó más de lo que quería admitir.
—Genial —masculló—. Fantástico comienzo.
Se quedó de pie en mitad del loft, rodeado de cajas caras, muebles minimalistas y un silencio que no le pertenecía. Por primera vez desde que tenía memoria, alguien no parecía impresionado por su apellido, su dinero o su presencia.
Y ese alguien dormía a pocos metros de él.
Taehyung sonrió sin humor.
No sabía qué era peor, que Jungkook le resultara tan irritantemente atractivo… o que pareciera completamente ajeno a ello.
Y con esa certeza incómoda, casi peligrosa, terminó su primer día en aquel lugar que ya intuía que iba a cambiarlo todo.








