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Endulza mi vida. Como conquistar a una pastelera empedernida

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Summary

Ángela DuPont lo tenía todo planeado, una carrera brillante en Suiza, una especialización en repostería y un futuro que sabía a éxito. Pero un giro inesperado la obliga a regresar a casa con las maletas llenas de frustración y un sueño a medio hornear. Jhonatan West, en cambio, parece tenerlo todo bajo control, un consultor financiero de renombre, seguro, metódico... hasta que un día se da cuenta de que su vida, tan perfecta sobre el papel, no tiene sabor. Cuando sus caminos se cruzan, la mezcla es explosiva. Entre recetas, desacuerdos y madrugadas compartidas, ambos descubren que los mejores proyectos no siempre se planean, y que a veces el amor llega en la forma más inesperada... con aroma a café recién hecho y glaseado de vainilla. Una historia sobre comenzar de nuevo, sanar desde la dulzura y encontrar el amor donde menos lo esperas.

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. preparar el molde

Jonathan apoyó el codo en el escritorio de su habitación, la misma que había ocupado desde que tenía uso de razón, con los trofeos de fútbol llenos de polvo, algunos de los vinilos de su hermano y una estantería donde aún quedaban unos cuantos libros de secundaria.

Tenía el portátil encendido, con varias pestañas abiertas: tres ofertas laborales, dos mapas de reubicación, y un Excel lleno de cálculos sobre préstamos estudiantiles. Pero no estaba mirando la pantalla.

Estaba mirando hacia fuera, hacia la calle silenciosa, donde la luz de las farolas parecía parpadear con el mismo cansancio que él sin decirlo llevaba en el cuerpo.

Entonces, sin previo aviso, la puerta se abrió de golpe.

—No tocas nunca, ¿verdad? —dijo sin voltear.

—Tocar es para gente aburrida —respondió una voz risueña.

Rebeca, su hermana menor, apareció con una caja desbordada de corbatas en una mano y una taza humeante en la otra. Llevaba pijama de unicornio, pantuflas desiguales y una sonrisa que no se le despegaba ni en los días más grises.

—Papá dice que uses alguna de estas para tu entrevista. No quiere que parezcas un “niño desubicado”.

—¿Y la taza? —preguntó él, bajando por fin la mirada.

—Mamá dijo que el chocolate caliente ayuda a pensar mejor. Yo le puse tres malvaviscos porque sé que te gustan así.

Jonathan tomó la taza entre las manos. El calor subió de inmediato por sus dedos entumecidos.

—Gracias, enana.

—No soy una enana. Ya casi tengo nueve.

La niña dejó la caja en el escritorio y se fue sin esperar más conversación.

Jonathan se quedó solo otra vez, con el vapor dulce del chocolate subiéndole al rostro. esperando con una mescla de incertidumbre y ansias, lo que le deparaba la vida de ahora en adelante.

Paso 1: preparar el molde

Tiempo estimado: El que sea necesario para reencontrarse

Nivel de dificultad: Medio (requiere introspección)

Temperatura emocional: Tibia, con destellos de incertidumbre

Estado inicial: Una vida encajada en la forma equivocada

Instrucciones iniciales:

Antes de comenzar cualquier receta, asegúrate de tener el molde adecuado. No importa si es redondo, cuadrado o con bordes imperfectos: lo importante es que esté limpio, libre de expectativas ajenas, y listo para recibir algo nuevo. Este paso es sobre vaciarse un poco para poder llenarse bien. Jonathan y Ángela aún no lo saben, pero sus moldes están a punto de cambiar para siempre.

---

—¿sabes? hoy conducía mi sedán gris como si fuera un auto de lujo. No por vanidad, sino por costumbre. El volante, desgastado en la parte superior, ha soportado años de trayectos silenciosos, pensamientos enredados y playlist que nadie más escucha. Me gusta manejar solo. Me da tiempo para pensar, para ordenar ideas... o simplemente dejarme llevar por la rutina.

Llevo ya siete años como consultor financiero en una firma de renombre en el centro de Minneapolis. Oficinas modernas, trajes impecables, café amargo. Me respetan —claro que sí— incluso me buscan cuando hay decisiones difíciles que tomar. Soy bueno en lo mío. Metódico, rápido, preciso. Pero nunca he terminado de encajar. No salgo con mis compañeros después del trabajo, no hablo de vacaciones soñadas ni presumo relojes caros. Hay algo en mí que se rehúsa a canjear autenticidad por ascensos.

No diría que soy infeliz, pero tampoco estoy seguro de ser feliz. A veces siento que soy solo un engranaje funcional: útil, pero no indispensable. Si un día dejara de ir a la oficina, mi ausencia se notaría solo hasta que encuentren a otro como yo. Alguien que sepa poner orden en el caos ajeno... aunque no tenga ni idea de cómo ordenar su propia vida.

A simple vista, parece que tengo todo bajo control: entreno con disciplina, mi cabeza resuelve problemas antes de que me exploten en la cara, tengo modales, paciencia, compostura. Pero por dentro, hay días en los que siento que estoy parado al borde de algo. No sé cómo nombrarlo. Es una sensación que ni los números ni la lógica me han sabido explicar.

—Y aquí estoy otra vez, contándote todo esto, como si me entendieras —murmuré, agachándome junto al muro de ladrillo donde él siempre se acomodaba a esperar el sol de la mañana.

El gato, un atigrado flacucho con una oreja doblada, parpadeó lentamente y frotó su cabeza contra mi rodilla, como si aprobara mi pequeño monólogo existencial. Le había puesto nombre, aunque jamás se lo dije a nadie: Socio. Porque siempre estaba ahí, escuchando, sin juzgar.

Los empleados del edificio lo alimentaban. A veces le dejaban agua, otras veces trozos de sándwich o salchichas de dudosa procedencia. Yo solía comprarle bolsitas de comida húmeda cuando iba al supermercado. Era mi rutina. Llegar temprano, bajar un momento antes de entrar, y hablar con él. Decirle cosas que no le contaba a nadie. Como lo ridículo que me parecía todo a veces. O las ganas de renunciar. O ese sueño recurrente en el que me iba lejos sin decirle a nadie.

—Hoy me mandaron a una cena con inversionistas —le dije, mientras él se echaba sobre el cemento caliente—. Ocho en punto. Otra noche fingiendo que todo tiene sentido.

Socio bostezó. Tenía la sabiduría de los que no se toman nada demasiado en serio.

—Tienes razón. Me lo estoy tomando muy a pecho —agregué con una sonrisa leve, levantándome para entrar al edificio.

Era absurdo. Y al mismo tiempo, necesario. Hablar con él me recordaba que todavía quedaba algo de mí que no pertenecía por completo a ese mundo brillante y perfectamente ordenado.

—Bueno, socio... —murmuré mientras el gato se estiraba bajo el farol del edificio—. Otro viernes resuelto.

El gato me miró con esos ojos medio sabios, medio aburridos, y soltó un maullido ronco como si aprobara mi resumen.

—Disfruta tu fin de semana. Yo seguro termino leyendo reportes o hablando solo, como ahora.

Le lancé un último vistazo antes de dar media vuelta.

—No mires así... al menos tú no tienes que lidiar con inversionistas con apretón de manos de pescado.

Los viernes siempre han sido mis días favoritos. No por el descanso, ni por alguna expectativa especial. Me gustan porque todo está bajo control, cada reunión, cada documento, cada pausa ocurre cuando debe, como piezas alineadas en un tablero que domino sin esfuerzo.

Y este viernes no fue la excepción.

Desperté a las seis en punto. Ducha rápida. Camisa azul acero. Café solo. Mientras me abrochaba el reloj, revisé los indicadores de mercado en el celular.

La jornada transcurrió tal como la había planeado: reunión con el equipo de análisis, presentación para un nuevo cliente corporativo, y una llamada con un par de inversionistas interesados en un proyecto conjunto. Todo medido. Todo correcto.

Pero por dentro... por dentro todo sonaba vacío. Como si estuviera ejecutando la vida de otro.

En mi celular tenía un par de mensajes. Uno era de Lesley, mi madrastra, una foto de su última ecografía:

“Aún no sabemos el sexo, pero ve pensando en nombres.”

Sonreí, apenas. Luego miré el reloj, faltaban cuatro horas para otra cena donde fingiría estar fascinado con términos como “capital semilla” y “proyecciones a diez años.”

El restaurante uno de los más exclusivos de Minneapolis. La vicepresidenta de la empresa estaba allí, junto a dos inversionistas coreanos y un político local que buscaba meterse en el proyecto. Dije lo justo. Sonreí lo suficiente. Pedí vino francés, asentí en los momentos indicados, y sostuve conversaciones que parecían relevantes.

Mas tarde esa noche aun me encontraba sentado a la mesa con la copa de vino en mi mano, casi intacta y ni hablar del filete de salmón. Los inversionistas reían fuerte, chocaban vasos, hablaban de cifras que yo mismo había validado unas horas antes, como si fueran ideas suyas. Mi jefe, un tipo bronceado artificialmente y con un reloj de diez mil dólares, hablaba sin dejarme decir ni una palabra.

—...gracias a nuestra visión estratégica —decía—, podemos garantizar un retorno del dieciocho por ciento para el tercer trimestre.

Tomé un bocado de mi filete. Frío. Igual que mi entusiasmo por estar allí. No me sorprendía que mi jefe se llevara el crédito; eso pasaba siempre.

Lo que sí me sorprendió fue que, por primera vez, no sentí ni una chispa de rabia. Solo... cansancio.

Un silencio sordo en el pecho.

¿Esto es todo? —pensé—. ¿Voy a hacer esto veinte años más?

La cena se alargó más de lo necesario, así que en un momento me disculpe y mire a todos con una sonrisa automática, luego caminé hasta el baño del restaurante buscando un poco de aire. No sé si fue el cansancio, la distracción o el hecho de que simplemente no miré bien el letrero en la puerta, pero entré en el baño equivocado.

Y ahí estaba ella.

Una chica joven de unos veinticinco, tal vez, con el maquillaje un poco corrido y la mirada de quien está sosteniendo algo que se desmorona.

—¡Perdón! —alcancé a decir, sorprendido—. Claramente me equivoqué de baño.

Ella se giró bruscamente. Me miró como si hubiera irrumpido en un santuario.

—¿Qué parte del cartel de “damas” no entendiste? —dijo, cruzándose de brazos.

—La parte en que mi jefe no para de hablar y yo solo quería cinco minutos de paz —respondí, con una seriedad que apenas ocultaba el cansancio. No me esperaba que se quedara callada. Tampoco que me mirara sin fastidio, sin miedo, sin pena.

Solo con esa expresión... empática.

—¿Tú también tuviste una noche de porquería? —preguntó.

—Más que una noche. ¿Tú?

—Una semana. Bueno... un semestre. Bah —suspiró, girándose hacia el espejo.

El grifo seguía abierto. El murmullo del agua llenaba el silencio. La observé por un instante; no por curiosidad, sino por empatía. Y, sin pensarlo demasiado, dije:

—Mira, no tengo idea de por qué estás llorando, pero a mí me parece que, si el mundo se te está cayendo encima, significa que al menos estabas construyendo algo. No todo el mundo se atreve.

Ella me miró sorprendida.

—¿Eso fue... una frase motivacional? —arqueó una ceja.

—Nah —sonreí apenas—. Fue improvisada. Pero si te funciona, te la regalo.

Y salí de ahí.

Me fui del restaurante todavía con esa sensación extraña en el pecho. El aire frío de Minneapolis me golpeó de frente, como si quisiera despertarme de lo que acababa de pasar. Crucé el estacionamiento sin prisa, dándole vueltas a la conversación de hace un momento escuchado... y a ella.

Esa chica con la mirada rota y la voz firme.

Me subí al auto, encendí el motor y dejé que el murmullo del aire acondicionado llenara el silencio. No puse música. Solo conduje por las calles casi vacías, pasando semáforos en verde que no parecían dirigidos a nadie más que a mí. Luces, edificios, autopistas... la ciudad seguía su vida. Yo, por alguna razón, sentía que la mía acababa de desviarse un poco.

Treinta minutos después aparqué frente a mi edificio. Subí al ascensor sin mirar mi reflejo en las puertas metálicas —no estaba de humor para enfrentarme a ese profesional impecable que todos conocían y que yo, últimamente, apenas soportaba.

Entré al departamento y dejé las llaves en el cuenco junto a la puerta. Me quité la corbata con un suspiro largo, como si me soltara del cuello todo el día que llevaba encima.

En mi teléfono había cuatro correos por revisar, dos mensajes de mi jefe preguntando por un informe... y una notificación de mi banco. Todo en orden. Todo perfecto. Ordenado. Exitoso.

Y vacío como una oficina a las nueve de la noche. No lo pensé mucho antes de sacar mi teléfono y enviarle un mensaje a Lesley

“¿Estás despierta?”

Estaba casi seguro de que la respuesta sería un “sí“. No me equivoqué, Lesley padecía de insomnio durante su embarazo y, apenas vio el mensaje, decidió llamarme.

—Hola... —su voz sonaba suave, pero atenta—. ¿Cómo te fue?

—Digamos que fue una noche interesante... —respondí, dejándome caer más en el sofá—. ¿Y papá?

—Dormido como un tronco —dijo con un suspiro divertido.

Ambos reímos bajito. Había algo en hablar con ella que siempre me relajaba, como si la simple existencia de Lesly fuera un recordatorio de que aún había espacios seguros en el mundo.

Lesly no era “mi madrastra”. Nunca lo sentí así. Para mí, era simplemente... Lesly. La persona que había entrado en mi vida sin obligarse a encajar, sin exigir lugar, y aun así terminó ocupando uno de los más importantes.

Hablamos primero de su trabajo.

Me contó que estaba preparando la inducción para la persona que sería su reemplazo durante la licencia de maternidad, que había armado un manual tan completo que su jefe le dijo que parecía una tesis.

—Es que nadie entiende que, si no dejo todo perfecto, voy a pasarme la licencia pensando en el desastre que dejé —se quejó con esa mezcla suya de humor y perfeccionismo.

La escuché reír.

Era increíblemente relajante en oírla hablar, en ese tono cálido que me hacía sentir que podía contarle lo que fuera... incluso mis peores días.

—Y luego... —siguió, con un bostezo pequeño— cuando pasé por la farmacia para comprar la crema que el doctor Lewis me recomendó para la hinchazón, terminé antojándome de papitas fritas con queso Filadelfia.

—Eso suena... específico —dije, conteniendo una carcajada.

—Jhon, no te burles. Mi hijo o hija quiere lo que quiere. Y si quiere papitas con queso Filadelfia, pues yo se las doy.

Sacudí la cabeza, sonriendo.

Momentos como ese me recordaban por qué le escribía a ella cuando el mundo parecía volverse un poco más pesado.

Porque con Lesly nunca tenía que pretender nada. No tenía que ser el hijo perfecto, ni el profesional impecable, ni el hermano mayor responsable.

Con ella solo era yo, y eso... era un alivio enorme.

Cundo colgamos la llamada, me dejé caer de lleno en el sofá sin siquiera prender la televisión. Cerré los ojos. Y entonces, sin aviso, volvió la imagen de ella: ojos llorosos, orgullosa incluso en medio de la tristeza, y esa forma tan particular de levantar una ceja cuando me escuchó hablar.

“¿Eso fue una frase motivacional?”

Solté una risa baja. Qué carácter.

¿Y qué diablos hacía yo en el baño de damas, dándome permiso de hablarle a una desconocida?

Tal vez porque, por primera vez en meses, alguien no esperaba nada de mí.

Tal vez porque esa desconocida no tenía idea de quién era yo... y, aun así, me miró como si pudiera ver más allá de todo, y eso me había golpeado más fuerte que cualquier agotamiento.7

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