Caperucita roja

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Summary

La inocencia apagada en la maldad del mundo

Genre
Horror
Author
Jhostyn
Status
Excerpt
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

El inicio del fin

EL ROMANCE OSCURO DEL BOSQUE


Era una pequeña niña de tez clara y alma puro,

a quien el mundo conocía como Caperucita;

inocencia bordaba su alma de abril,

y su corazón, siempre dispuesto a servir.


Cuando la voz del rumor llegó a su oído:

Tu abuela agoniza, su cuerpo se debilita,

sin vacilar un instante, su alma no lo dudó:

Madre mía, déjame ir; llevaré pan y poción,

que su aliento vuelva, que su vida se sostenga.


La madre, llena de orgullo y de miedo a un tiempo,

le acarició la mejilla con mano temblorosa:

Hija mía, ve con Dios, pero oye mi aliento:

en este mundo, mucha gente mala hay,

cuidado con los hombres que en la oscuridad han de esperan.


Con paso ligero y canto en los labios,

se adentró en el bosque donde el sol no se veía; entre oscuridad  y silencio cada paso marcaba su destino, el bosque callaba lo inevitable, y ella inocente

llegó al puente de piedra que cruza el arroyo helado.


Allí, un hombre de vestidura negra como la noche, en su mano un cigarrillo

con humo azul que dibuja círculos en el aire,

la miró con ojos que no brillaban, sino que acechaban:

Dulce niña, de tez radiante,

¿hacia dónde marchas con tanto fervor?


Ella, con voz clara como cascada de cristal:

Hacia la cabaña de mi abuela querida,

que la enfermedad ha hecho tan frágil,

llevo lo necesario para que su vida perdure.


El hombre sonrió, un gesto sin calor:

Cerca aquí hay una morada, un rincón de alegría,

ven, juguemos un rato, que el tiempo es amor,

Ella negó con la cabeza, firme su propósito:

No puedo demorarme, mi abuela me espera, Pero quizás al regreso podamos jugar.

prométeme que volverás, que no será en vano.

Así fue como el bosque guardo aquellas palabras, como un juramento que aquel hombre no dejaría pasar.

y con paso decidido, prosiguió su camino,

sin ver la sombra que la siguió en silencio.


Llegó a la cabaña vieja, cubierta de musgo,

y encontró a su abuela en la cama acostada;

con manos delicadas, le dio la poción,

y preparó la comida con mucho amor.


Hasta que el sueño cerró los ojos de la anciana,

y el crepúsculo pintó el cielo de carmesí;

Caperucita decidió regresar antes de la noche,

y salió a coger flores para su madre querida.


En ese instante de descuido, la sombra entró furtiva,

y la muerte se llevó a la abuela sin ruido;

se acostó en su cama, cubriéndose con la sábana,

esperando el regreso de la doncella inocente.


Cuando ella entró, dispuesta a despedirse,

un brazo fuerte la agarró y la arrastró lejos;

hacia la cabaña olvidada que el hombre le había dicho,

donde el suelo frío la dejó en la soledad.


Ella lloró y suplicó, con voz rota de miedo:

Déjame ir, por favor, mi madre me espera,

pero él solo rió, un eco sombrío y cruel:

Prometiste jugar conmigo; ahora quítate el manto,

gríta todo lo que quieras: en este bosque inmenso,

nadie escuchará tu llanto.


Allí cayó el peso de un mundo sin misericordia,

un fuego de angustia que quemaba su ser;

su cuerpo temblaba entre rabia y agonía,

cada fibra de su alma lloraba en silencio.

Marcas de una bestialidad sin nombre

dejaron en su piel el sello del dolor;

el aire se volvió pesado, cargado de horror,

y su inocencia se rompió como cristal al suelo.


Lo dejó allí sola, sin pan ni agua,

en la oscuridad que se tragó su aliento;

la noche siguiente volvió con su furia,

apremiando su cuerpo ya quebrado y doliente.

Pero al amanecer, cuando él se marchó distante,

ella decidió huir, aunque cada paso fuera una herida,

aunque su sangre manchara la tierra con su llanto,

aunque su fuerza se desvaneciera en la agonía.


Adolorida, ensangrentada, se arrastró por el suelo,

hasta llegar al puente donde lo había conocido;

allí lo vio venir, con paso seguro y lento,

y su corazón tembló, pero su voluntad no cedió.


Se escondió entre las piedras, entre la maleza alta,

pero él la encontró y la castigó con furia;

cada golpe resonaba en su ser deshecho,

cada palabra era un puñal en su memoria.

Ella, con última fuerza, le mordió la mano,

y corrió como el viento, buscando la salvación.


Nadie te escuchará, nadie vendrá por ti,

gritó él detrás, con daga en la mano;

ella cayó de rodillas al pie de un roble viejo,

listo para recibir la muerte sin reproche.


Pero entonces un disparo resonó en el silencio,

y el hombre cayó al suelo, sin aliento ni movimiento;

un cazador apareció, con ojos de compasión,

y la miró con ternura mientras ella sonreía,

antes de perder la consciencia en su agonía.


Él la tomó entre sus brazos, como un tesoro frágil,

y miró el camino que llevaba al pueblo con luces encendidas claramente cercano;

pero entonces se dio vuelta, hacia lo más profundo del bosque, con corazón frío, quedandosela para si, por eso hay q recordar:

Que en este mundo mucha gente mala hay!.

Fin