One Shot
La libertad creativa nos permite explorar escenarios complejos. Disfruta la historia con una mente abierta y respeto.
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El aire en Villa Serena siempre olía a incienso y a tierra mojada, una combinación que a Jimin le resultaba asfixiante. A sus veintidós años, su vida se limitaba a las cuatro paredes de la florería de su madre, rodeado de crisantemos y rosas que, a diferencia de él, no tenían que esconder su naturaleza para sobrevivir.
Desde que dejó la universidad, su madre, Hye, lo mantenía bajo una vigilancia constante. Pero nada de eso evitó el desastre.
Hacía apenas una semana que el mundo se había detenido para los Park. Hye había entrado al callejón trasero de la florería solo para encontrar a su hijo menor perdido en un beso hambriento con otro chico del pueblo. No hubo gritos en ese momento, solo un silencio gélido que dolió más que cualquier golpe.
Su padre, Minho, aunque pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en la ciudad, había dejado clara su decepción mediante llamadas cortas y cortantes. Incluso su hermano mayor, Namjoon, que siempre parecía tener la vida perfecta junto a Soyeon y el pequeño Taehyung, lo miraba ahora con una mezcla de lástima y desconcierto durante las cenas familiares.
-Estoy cansado de esto.
Jimin miraba las flores mientras apoyaba la barbilla en el mostrador.
-Lastimosamente así es la vida aquí, uno debe acostumbrarse, aunque admito que estoy orgulloso de ti, si mis padres descubrieran lo que me gusta me hubiese desaparecido.
Habló Jin el mejor amigo de Jimin, que por cierto, también era gay, solo que a él no lo habían descubierto.
-A veces siento ganas de desparecer, no dejan de mirarme como a un bicho raro, que me gusten los hombres no hace que deje de ser su hijo.
A Jimin lo frustraba el hecho de que sus padres lo ignoraran o evitaran estar cerca de él como si sus gustos fuesen una enfermedad contagiosa. Incluso su hermano ya ni siquiera quería que fuese a su casa, pues no quería que su pequeño hijo fuese a contraer el "mal".
-Deberíamos irnos a Seúl, dicen que allá hay más libertad para las personas como nosotros, en serio me estoy cansando de vivir así.
Jin soltó un suspiro exagerado mientras tomaba una rosa y comenzaba a quitarle los pétalos.
-No sería mala idea, lo único que no tenemos es dinero para eso.
Ambos comenzaron a reír para después atender a los clientes que comenzaron a llegar.
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El reloj de pared en el comedor de los Park marcaba las ocho de noche. El único sonido que llenaba la habitación era el choque metálico de los cubiertos contra la porcelana. Minho, con el rostro cansado por el viaje desde la ciudad, evitaba mirar a su hijo a los ojos, concentrado en su plato como si fuera lo más importante del mundo.
Hye, sentada con la espalda rígidamente recta, ni siquiera había probado bocado. Sus ojos, antes llenos de ternura para su "pequeño", ahora solo reflejaban una determinación fría y cortante.
-No podemos seguir así, Minho.
Soltó Hye de repente, rompiendo el silencio. Su voz vibró con una mezcla de asco y desesperación.
-El aire en esta casa se siente pesado desde que... desde que la impureza entró por esa puerta.
Jimin apretó el tenedor, bajando la mirada hacia sus nudillos blancos.
-Ma, ya hablamos de esto...
Susurró Jimin, pero su madre lo cortó con un gesto seco de la mano.
-Mañana irás a la parroquia a primera hora.
Sentenció ella, mirando fijamente a su esposo en busca de respaldo.
-Ha llegado un nuevo sacerdote, dicen que es joven, pero que su fe es inquebrantable y que ha obrado milagros devolviendo la rectitud a almas perdidas. El Padre Jungkook.
Minho asintió lentamente, dejando escapar un suspiro pesado.
-Si ese tal Jungkook es tan estricto como dicen, quizás sea lo que necesitas, Jimin.
Añadió su padre con voz ronca.
-No quiero que avergüences más este apellido frente a tu hermano y su familia. Namjoon tiene un hijo que criar, no necesita que su tío sea el mal ejemplo del pueblo.
-Él te escuchará en el confesionario.
Continuó Hye, ignorando las lágrimas que empezaban a nublar la vista de su hijo.
-Se dice que el Padre Jungkook tiene una forma muy... particular de guiar a los jóvenes. Mañana, antes de abrir la florería, te llevaré yo misma. Y no saldrás de ahí hasta que sientas que el mal ha abandonado tu cuerpo.
-Está bien, iré.
Respondió Jimin, casi sin aliento. La silla de madera chilló contra el suelo cuando Jimin se puso en pie abruptamente. El sonido cortó la voz de su madre como una navaja, pero él no esperó a escuchar una reprimenda. Con la vista nublada y el pecho apretado, subió las escaleras a zancadas hasta refugiarse en su habitación, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en toda la casa.
Se dejó caer contra la madera fría de la puerta, hundiéndose hasta el suelo. El silencio de su cuarto era ahora su único aliado.
-Solo... solo quería que me quisieran como soy.
Susurró para sí mismo, rompiendo en un llanto silencioso que sacudía sus hombros.
Las palabras de su madre sobre el Padre Jungkook y la "limpieza de su alma" daban vueltas en su cabeza como una condena. Jimin recordó la mirada de decepción de su padre y el silencio cómplice de su hermano Namjoon. Se sentía como un extraño en su propia piel, un error en medio de una familia que valoraba la apariencia y la tradición por encima de su propia felicidad.
No quería que lo "curaran", porque no se sentía enfermo. Solo quería que aceptaran que su corazón latía de una forma distinta, que el beso en el callejón no fue un acto de maldad, sino de una libertad que en Villa Serena estaba prohibida.
Se acercó a la ventana y miró hacia la plaza del pueblo. A lo lejos, la silueta de la parroquia se alzaba imponente bajo la luz de la luna, oscura y silenciosa. Sabía que allí, en algún lugar de esa gran construcción de piedra, el Padre Jungkook lo esperaba para "redimirlo".
Jimin no buscaba perdón, pero el miedo a perder a su familia por completo lo obligaría a arrodillarse frente a un extraño a la mañana siguiente. Lo que no imaginaba era que ese hombre, el joven sacerdote del que todos hablaban, se convertiría en el espejo de sus propios deseos prohibidos.
🥀🥀
La mañana siguiente en Villa Serena amaneció con una neblina espesa. El golpe seco de los nudillos de Hye contra la puerta de Jimin fue el despertador que él tanto temía.
-Levántate, Jimin. El Padre Jungkook nos espera antes de la primera misa.
Sentenció su madre desde el otro lado.
El camino hacia la parroquia fue un suplicio de silencio. Jimin caminaba un paso por detrás de su madre, observando cómo ella saludaba con una sonrisa forzada a los pocos vecinos que ya estaban en pie, fingiendo que todo estaba en orden, que su hijo no era "el problema" del que todos murmuraban.
El eco de los pasos de Jimin y su madre resonaba en las altas bóvedas de la parroquia de San Pedro de las Sombras. El frío de las piedras parecía filtrarse por las suelas de los zapatos de Jimin, recordándole que estaba entrando a un territorio donde su naturaleza era considerada un error.
Al llegar al frente, la silueta del Padre Jungkook se recortó contra la luz de los vitrales. Jungkook estaba de espaldas, terminando de acomodar el misal.
-Padre Jungkook.
Llamó Hye con voz trémula, deteniéndose a unos pasos.
-Siento interrumpirlo, pero traigo a mi hijo, Jimin. Como le comenté ayer... necesita ayuda urgente. Por favor, libérelo de este mal que lo atormenta.
El Padre Jungkook no se giró de inmediato. Se tomó un segundo, terminando de colocar un cáliz de plata sobre el altar con una parsimonia casi hipnótica.
-Por supuesto, señora Park.
Respondió Jungkook. Su voz de espaldas sonó cálida, amable y cargada de una serenidad que tranquilizó a la mujer.
-Es mi deber guiar a las ovejas que han perdido el rumbo. No se preocupe, yo me encargaré de que encuentre la luz.
Fue entonces cuando el sacerdote se giró.
El aire pareció abandonar los pulmones de Jimin de golpe. Jungkook no era el hombre mayor y severo que él había imaginado. Era joven, poseía una mandíbula fuerte y unos labios que parecían contradecir la castidad de su hábito. Sus ojos, oscuros como el azabache, se posaron directamente sobre Jimin.
Jungkook no lo miró con lástima, ni con el juicio que Jimin recibía en casa. Lo recorrió de arriba abajo, lentamente, con una mirada intensa que pareció quemar la ropa de Jimin a su paso. Desde su cabello negro y despeinado hasta la curva de su cintura, Jungkook lo analizó con una atención casi predadora antes de volver a sus ojos.
-No se preocupe señora Park yo me encargo.
Jungkook carraspeó mientras acomodaba su ropa. Hye asintió con una sonrisa para después despedirse y salir de allí.
Dió un paso hacia Jimin, acortando la distancia.
-Entra al confesionario, Jimin.
Dijo Jungkook. Esta vez no fue una invitación, sino una orden susurrada que hizo que las piernas de Jimin flaquearan.
-Entra y espérame ahí. Tenemos mucho de qué hablar.
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El sonido de la puerta del confesionario cerrándose tras de sí fue como el cierre de una celda. Jimin se hundió en la penumbra, arrodillándose sobre el cuero gastado. Podía oír el latido de su propio corazón, rápido y errático, retumbando en sus oídos.
Segundos después, la madera crujió al otro lado. El peso de Jungkook al sentarse se sintió real, casi físico. Jimin vio, a través de la rejilla, cómo la sombra del sacerdote se acomodaba. El espacio era tan pequeño que podía jurar que sentía el calor emanando del cuerpo de Jungkook al otro lado del panel.
El silencio se prolongó, volviéndose asfixiante. Jimin abrió la boca para hablar, pero el aire se le quedó atascado en la garganta. Fue Jungkook quien rompió la quietud, y su voz, ahora despojada de la amabilidad que le mostró a Hye, sonó como un susurro prohibido.
-El silencio es el mejor lugar para que la verdad salga a flote, Jimin.
Dijo el Padre Jungkook, pegando sus labios a la rejilla.
-Tu madre dice que tienes un mal dentro. Yo solo veo a un chico que está temblando. Dime... ¿qué es eso que hiciste y que te tiene tan asustado?
Jimin apretó las manos sobre sus rodillas, bajando la cabeza.
-Me... me besé con un chico, Padre.
Soltó en un hilo de voz.
-Ella dice que es pecado, que Dios me va a castigar. Yo solo quería... sentir algo real.
Hubo un movimiento al otro lado. Jimin pudo ver la silueta de la mano de Jungkook apoyándose contra la madera, muy cerca de donde él estaba.
-Sentir algo real?
Repitió Jungkook, y hubo una nota de algo indescifrable en su tono.
-Y qué sentiste, Jimin? Sentiste que el cielo se abría o que el infierno te reclamaba? Porque aquí, en la oscuridad de este confesionario, las leyes de los hombres de afuera no importan.
Jimin alzó la vista, tratando de distinguir los ojos de Jungkook a través de la rejilla.
-Me sentí vivo, cuando sus fuertes manos apretaron mi cintura fue como si todo dejara de existir.
Un silencio se hizo presente y Jimin al ver que el padre no hablaba continuó.
-La verdad, he llegado mucho más lejos que solo un beso, pero ella no lo sabe, si lo hiciera lo más probable es que le diera un infarto.
-Qué tan lejos has llegado ?
La voz del Padre Jungkook cada vez se volvía más ronca y fuerte.
-Pues...muy lejos, cuando iba a la universidad llegué acostarme con un chico y fue genial, fue la primera vez que me sentí vivo.
Jimin hizo una pausa preguntándose si era buena idea seguir, pero al final su madre lo había llevado para que se confesara así que suponía que no debía haber problemas.
-Cuando nuestros cuerpos desnudos se rozaron fue como si una corriente eléctrica me recorriera por completo, nunca el cuerpo desnudo de una chica había despertado cosas así en mi.
Jimin mordió su labio inferior mientras jugaba con sus dedos.
-Tanto te gustó?
Preguntó el padre en un susurro que hizo que la piel de Jimin se erizara.
-Si...tal vez esté mal, pero me encantó...
Jimin suspiró removiéndose algo incómodo.
-Te encantó que sus manos recorrieran todo tu cuerpo?
Eso tomó a Jimin desprevenido, sintió que el calor subía por su cuello ante la pregunta tan directa del sacerdote. El aire en el pequeño cubículo se sentía cada vez más escaso, más pesado.
-Sí...
Susurró Jimin, cerrando los ojos y dejando que el recuerdo lo invadiera.
-Me encantó sentir su piel contra la mía, la fuerza con la que me sujetaba... sentir que un hombre me deseaba de esa manera.
Del otro lado de la rejilla, se escuchó un suspiro pesado, casi un gruñido contenido. Jungkook se pegó tanto a la madera que Jimin podía oír el roce de la tela de su sotana.
-Y ahora mismo, Jimin?
La voz de Jungkook era ahora una vibración profunda que parecía acariciar el oído de Jimin.
-Aquí, en la casa de Dios, donde se supone que debes arrepentirte... sientes ese mismo deseo? Sientes esa corriente eléctrica recorriéndote mientras me cuentas cómo otro hombre te poseía?
Jimin tragó saliva, abriendo los ojos. A través de la rejilla, la mirada de Jungkook era un incendio en medio de la oscuridad.
-No debería decir esto...pero siento todo mi cuerpo temblar al decirle esto a usted.
Jimin pudo escuchar claramente como el padre dejaba salir una risita.
-Y qué harías si te dijera que el escucharte hablar así me tiene duro ?
El silencio que siguió a esa declaración fue tan pesado que Jimin juró que podía escuchar el crujir de la madera bajo el peso de ambos. Las palabras del Padre Jungkook quedaron flotando en el aire, prohibidas y calientes, como un pecado que ya no tenía vuelta atrás.
Jimin abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en la silueta de Jungkook tras la rejilla. No esperaba eso. Esperaba un castigo, una penitencia de mil rezos, pero no una confesión tan cruda de parte de quien se suponía debía salvarlo.
-Qué... qué dijo?
Susurró Jimin, con el corazón martilleando contra su pecho. Jungkook se pegó aún más a la rejilla. Jimin pudo ver el brillo de sus ojos, oscuros y dilatados, fijos en sus labios.
-Lo que escuchaste, Jimin.
La voz de Jungkook bajó a un registro tan grave que hizo que el vientre de Jimin se contrajera.
-Me traen a un chico que habla de cuerpos desnudos y manos que lo aprietan, y esperas que me quede aquí sentado recitando salmos, tu voz... la forma en que describes cómo te gusta que te toquen...
Jungkook hizo una pausa, y Jimin escuchó el roce de la tela de la sotana, un movimiento inquieto del otro lado.
-Dime, Jimin.
Continuó el padre, y su aliento cálido se filtró por los agujeros de la madera, rozando el rostro del chico.
-Te asusta saber que el hombre que tiene tu salvación en sus manos está ahora mismo deseando hacerte todo eso que ese chico te hizo, y mucho más?
Jimin sintió un calor abrasador recorrerle la columna. La mención de que el Padre Jungkook estaba "duro" por su culpa despertó una curiosidad prohibida y un deseo que nunca antes había sentido con tanta fuerza.
-No... no me asusta.
Logró decir Jimin, humedeciendo sus labios con la lengua.
-Me hace sentir... extraño. Me hace querer saber qué más está pensando, Padre.
De repente, Jimin escuchó el sonido de un pestillo deslizándose. No era la puerta de salida, sino la pequeña compuerta de la rejilla que Jungkook abrió por completo, eliminando la barrera visual entre ellos. Ahora, sin la red de madera de por medio, los ojos de Jungkook devoraban los labios de Jimin con una intensidad aterradora.
-Puedo demostrártelo con acciones, te gustaría?
Jimin sintió que el mundo se detenía. Bajó la mirada un segundo hacia los labios de Jungkook y luego volvió a sus ojos, asintiendo casi imperceptiblemente.
-Sí...
Susurró Jimin, apenas un aliento.
-Demuéstremelo.
Jungkook no se movió de inmediato. Disfrutó de ver a Jimin vulnerable, esperando por él. Lentamente, extendió su mano a través del hueco. Sus dedos largos y firmes no fueron directamente a su boca, sino que rozaron con una lentitud tortuosa el cuello de Jimin, justo sobre la pulsación acelerada de su carótida.
-Tu corazón va a mil, Jimin.
Comentó Jungkook con esa voz ronca que parecía una caricia física.
-Es miedo a Dios o es que tu cuerpo sabe lo que le voy a hacer?
Jungkook deslizó su pulgar hacia arriba, atrapando el labio inferior de Jimin y tirando de él hacia abajo, exponiendo la humedad rosada de su boca. Jimin soltó un jadeo, cerrando los ojos ante el contacto.
-No tengo miedo...
Logró decir Jimin, aunque su voz temblaba.
-Mírame cuando me hables.
Le ordenó Jungkook con una firmeza que hizo que a Jimin se le aflojaran las piernas.
Cuando Jimin abrió los ojos, Jungkook inclinó la cabeza, acercando sus labios a la oreja del chico a través de la abertura.
-Si abro esta puerta y te hago entrar aquí conmigo, ya no habrá confesión que te salve, Jimin. Te voy a tocar de formas que te harán olvidar tu propio nombre. Te voy a apretar tanto que mañana, cuando tu madre te mire, solo podrás pensar en mis manos sobre tu piel.
Jungkook se alejó lo justo para clavarle la mirada de nuevo.
-Aún quieres que pase a las acciones?
Jimin, totalmente hipnotizado por la autoridad y el deseo que emanaba el hombre, solo pudo llevar su propia mano hacia la rejilla, rozando los nudillos de Jungkook con timidez pero con determinación.
-Abra la puerta, Padre...
Suplicó en un susurro.
-Por favor.
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El sonido de la puerta lateral del confesionario abriéndose fue apenas un susurro de madera vieja.
Al cruzar al lado del sacerdote, el espacio se volvió claustrofóbico de una manera deliciosa. El calor emanaba de Jungkook como un horno encendido. Jimin apenas tuvo tiempo de poner un pie dentro cuando sintió una mano firme y grande cerrarse alrededor de su muñeca.
Jungkook tiró de él con una fuerza que no admitía réplicas.
En un movimiento rápido y coordinado, Jimin se encontró siendo elevado y bajado de nuevo, esta vez sentado directamente sobre el regazo del sacerdote, a horcajadas. Sus rodillas quedaron presionadas contra los costados de la cintura de Jungkook, y sus caderas encajaron perfectamente sobre los muslos cubiertos por la tela negra de la sotana.
Jimin soltó un jadeo, instintivamente llevando sus manos a los hombros anchos de Jungkook para no perder el equilibrio. La cercanía era total; podía sentir la dureza de la que Jungkook hablaba presionando directamente contra su propia intimidad, separada solo por las capas de ropa que ahora se sentían como una molestia.
Jungkook no perdió el tiempo. Sus manos bajaron hasta las caderas de Jimin, apretándolas con una posesividad que dejó claro que, en ese pequeño espacio, él era el único dueño.
-Mírate...
Susurró Jungkook, su rostro a escasos centímetros del de Jimin.
-Viniste buscando redención y aquí estás, sentado sobre un hombre consagrado a Dios, temblando porque finalmente tienes lo que querías.
Jimin bajó la mirada a los labios de Jungkook, sintiéndose mareado por el aroma a incienso y la intensidad de la situación.
-Usted... usted dijo que me lo demostraría.
Logró decir Jimin, su voz vibrando por la fricción de sus cuerpos.
Jungkook soltó una risa ronca, una que nació desde lo profundo de su pecho y que Jimin sintió vibrar en sus propios muslos.
-Y lo haré, Jimin. Pero quiero que sientas cada segundo de esta confesión de placer.
Sin previo aviso, Jungkook subió una de sus manos por la espalda de Jimin, presionándolo con fuerza contra su pecho mientras la otra mano se deslizaba peligrosamente por la espalda baja.
Jungkook no esperó un segundo más. Con Jimin atrapado contra su cuerpo, enterró el rostro en la curva del cuello del chico, dejando escapar un suspiro caliente que erizó cada vello de la piel de Jimin.
-Hueles a flores.
Murmuró contra su piel, su voz sonando como un rugido sordo.
-A las flores de la florería de tu madre... pero aquí dentro, solo vas a oler a mí.
Sin previo aviso, Jungkook succionó con fuerza la piel sensible justo debajo de la oreja de Jimin. El chico soltó un gemido agudo que rebotó en las paredes de madera, y Jungkook se apresuró a morder la zona, marcándolo con una posesividad feroz. Sus manos no se quedaron quietas; mientras una mantenía a Jimin pegado a su pecho, la otra se deslizó con determinación bajo la camiseta de Jimin.
El contacto de la palma fría de Jungkook contra la piel ardiente del abdomen de Jimin hizo que este se arqueara, soltando un suspiro tembloroso.
-Ahí está...
Susurró Jungkook, subiendo su mano hasta sentir los latidos desbocados del corazón de Jimin.
-Tu cuerpo no miente, Jimin. Te gusta que te toque así, ¿verdad? Te gusta sentir que no tienes escapatoria.
Jungkook subió sus besos por la mandíbula de Jimin hasta llegar a la comisura de sus labios, pero no lo besó de inmediato. Se quedó ahí, rozándolos, atormentándolo, mientras su mano bajo la ropa empezaba a bajar lentamente hacia el cinturón de Jimin, buscando la fricción que ambos necesitaban.
-Dímelo.
Exigió Jungkook, apretando la cintura de Jimin con sus dedos, hundiéndolos en su carne.
-Dime qué quieres que hagan estas manos pecadoras contigo.
-Quiero... quiero que no pare, Padre...
Logró articular Jimin entre jadeos.
-Por favor, tóqueme más.
Jungkook soltó un gruñido de satisfacción y, finalmente, capturó los labios de Jimin en un beso profundo y hambriento, mientras su mano desabrochaba con destreza el primer botón del pantalón del chico.
El espacio del confesionario parecía encogerse con cada jadeo. Jungkook no esperó a que las dudas aparecieran; con un movimiento experto y brusco, terminó de deshacerse de los obstáculos de tela liberando el miembro de Jimin.
~Ahg, padre ~
Jimin gimió al sentir las grandes manos del padre Jungkook en su miembro.
-Se nota que te gusta, mira como te retuerces.
Jungkook lo miró con una sonrisa para después volverlo a besar mientras continuaba masturbándolo.
-Si..me gusta~quiero más ~
Susurro Jimin encima de los labios del sacerdote. Jungkook se separó un poco para llevar sus dedos a la boca del chico.
-Chupa.
Ordenó con voz grave haciendo que Jimin obedeciera al instante comenzando a chuparle los dedos llenándolos de saliva.
-Quitemos por completo este pantalón que estorba.
Jimin asintió ante sus palabras y se puso de pie rápidamente quitándose toda la ropa quedando desnudo.
-Usted también Padre, déjeme ver su cuerpo.
Jungkook no se hizo de rogar y también quitó las prendas que cubrían su cuerpo.
-Ven y siéntate.
Palmeó sus muslos y Jimin como todo un chico obediente volvió a sentarse a horcajadas.
El contacto de sus cuerpos desnudos fue como el choque de dos corrientes eléctricas en medio de una tormenta. No había rastro de la frialdad de la iglesia cuando el pecho firme de Jungkook presionó los pezones sensibles de Jimin; era una calidez sofocante, una suavidad húmeda por el sudor que hacía que cada centímetro de piel se sintiera hipersensible, como si nunca antes hubieran sido tocados de verdad.
Jungkook mojó más sus dedos con su saliva y los llevó al agujero de Jimin metiendo uno para después meter el otro.
~Agh~
Jimin se aferró a los hombros de Jungkook mientras movía sus caderas buscando más, sus labios volvieron a unirse en un beso hambriento.
-Quiero sentirte dentro de mi Padre Jungkook.
Jadeó Jimin mientras seguía moviendo sus caderas contra los dedos de Jungkook el cual los sacó rápidamente al escucharlo.
Jungkook sujetó las caderas de Jimin con sus manos grandes, sus dedos hundiéndose en los muslos del chico con una fuerza que dejaría marca.
-Agárrate de mí, Jimin.
Gruñó Jungkook contra sus labios, su voz era una vibración pura de necesidad.
-Siéntelo... siente cómo nos condenamos juntos.
Sin más preámbulos, Jungkook guió a Jimin para que bajara con todo su peso, uniendo sus cuerpos en una estocada lenta y profunda que hizo que Jimin echara la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco. El impacto fue tan intenso que Jimin solo pudo aferrarse a los hombros del sacerdote, enterrando sus uñas en la piel mientras sus cuerpos encajaban por fin sin secretos.
-Padre!
Exclamó Jimin en un susurro desesperado, el nombre prohibido saliendo como una súplica mientras empezaba a moverse rítmicamente sobre el regazo de Jungkook.
-Mírame...
Le ordenó Jungkook, con el sudor perlando su frente mientras empezaba a empujar hacia arriba con fuerza.
-Mírame a los ojos mientras te hago mío. No hay Dios aquí, Jimin, solo estamos tú y yo, y este hambre que me está quemando por dentro.
Jungkook no tenía piedad. El ritmo se volvió frenético, el sonido de la carne chocando y los jadeos pesados llenando el cubículo de madera. Cada vez que Jimin bajaba, Jungkook lo recibía con un empuje ascendente que lo hacía ver estrellas.
Las manos del sacerdote bajaron de sus caderas hacia su trasero, apretándolo y guiando el movimiento, mientras sus bocas volvían a buscarse en besos desordenados, hambrientos y llenos de una lujuria que llevaba años reprimida.
El sonido de la madera crujiendo bajo el peso de ambos se mezclaba con el eco de sus respiraciones desbocadas. Jungkook mantenía un control férreo sobre las caderas de Jimin, marcando un ritmo ascendente que no permitía descansos, obligándolo a recibir cada embestida con toda la profundidad posible.
~Agh~ así ~Justo ahí Padre~
Jimin se aferraba al cuello de Jungkook , sintiendo cómo el sudor de ambos se mezclaban . Cada vez que bajaba sobre él, sentía que el mundo desaparecía; no había iglesia, no había pueblo, solo esa presión ardiente que lo llenaba por completo y lo hacía perder el sentido de la realidad."
-Dime que se siente mejor que cualquier rezo.
Jungkook enterró el rostro en el hombro de Jimin, dejando escapar un gruñido animal mientras sus manos se cerraban con más fuerza en su carne.
-Pecar contigo es la única forma en la que quiero salvarme, Jimin. No te detengas, maldita sea, no te detengas.
El aire se volvió eléctrico y el pecho de Jimin subía y bajaba violentamente. La fricción constante y el ritmo implacable de Jungkook lo llevaron al borde del abismo. Cerró los ojos con fuerza, apretando los muslos alrededor de la cintura del sacerdote mientras sentía que una ola de calor blanco lo recorría desde la base de la columna hasta la punta de los dedos.
Jungkook apretó los dientes, con los músculos de los brazos en tensión máxima mientras sentía que Jimin llegaba a su límite.
-Todo para mí, Jimin... dómelo todo.
Susurró antes de perderse en el mismo fuego que el chico, dejando que su esencia se derramara como una ofrenda prohibida en la oscuridad del confesionario.
El silencio regresó a la cabina de madera, roto solo por los latidos erráticos de dos corazones que acababan de cometer el sacrilegio más dulce. Jungkook apoyó su frente contra la de Jimin, aún jadeando, mientras sus dedos acariciaban con una ternura inesperada las mejillas húmedas del chico.
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Los meses siguientes en el pueblo fueron de una paz hipócrita. Para la familia Park, el cambio en Jimin era un "milagro" que le atribuían a la mano santa del Padre Jungkook. Veían a su hijo salir todas las tardes hacia la parroquia con una sonrisa renovada y una luz en la mirada que antes no existía. Hye incluso se jactaba ante las vecinas de lo devoto que se había vuelto su hijo, siempre dispuesto a "ayudar con las labores del altar" hasta altas horas de la noche.
Lo que nadie sospechaba era que, tras las pesadas puertas de roble y bajo el aroma sagrado del incienso, los rezos eran reemplazados por jadeos y las sotanas por el roce febril de la piel desnuda. En la penumbra de la sacristía o en la soledad del confesionario, Jimin y Jungkook unían sus cuerpos una y otra vez, encontrando su propio cielo en medio de lo que otros llamaban infierno. Jungkook ya no buscaba a Dios en los libros, sino en la curva de la espalda de Jimin y en la entrega absoluta de sus encuentros.
Pero un pueblo pequeño no puede contener un amor tan grande por mucho tiempo.
Una madrugada, cuando la neblina aún cubría las calles, Jimin terminó de empacar lo necesario. Su mejor amigo, Jin, lo esperaba en los límites del pueblo con el motor del coche encendido. Jin era el único que conocía la verdad y el único que los ayudaría a escapar de esa prisión de apariencias.
La carta que Jimin dejó sobre la mesa de la cocina era breve y piadosa. En ella, les decía que el Padre Jungkook había sido trasladado a una parroquia importante en Seúl y que él se iría con él para seguir trabajando bajo su guía espiritual. Sus padres lloraron de orgullo, creyendo que su hijo se convertía en el hombre que ellos siempre desearon.
Sin embargo, al cruzar el cartel de salida del pueblo, Jungkook se despojó del clériman blanco de su cuello y lo dejó caer en la carretera.
Meses después, el sol de la tarde iluminaba un pequeño y acogedor apartamento en el corazón de Seúl. Ya no había confesionarios de madera vieja ni miradas de juicio. Jungkook, ahora vestido con una simple camiseta negra que dejaba ver su verdadera fuerza, preparaba café mientras Jimin terminaba de decorar la sala.
Ya no eran un sacerdote y un pecador. Eran simplemente dos hombres que habían sobrevivido a la tormenta.
Jungkook se acercó a Jimin por la espalda, rodeando su cintura con la misma firmeza con la que lo hizo aquella primera vez en la iglesia, pero ahora sin la urgencia del miedo. Le besó el hombro con ternura, disfrutando de la paz de poder amarlo a plena luz del día.
-En qué piensas?
Susurró Jungkook contra su oído.
Jimin se giró en sus brazos, entrelazando sus dedos tras la nuca de su pareja, sonriendo con una libertad que le inundaba el alma.
-En que mi madre tenía razón.
Dijo Jimin entre risas.
-Realmente me salvaste, Jungkook. Solo que no de la forma en que ella pensaba.
Jungkook lo besó con calma, sellando una promesa que ya no necesitaba de templos ni de altares. Finalmente, estaban en casa. Lo que comenzó con confesiones de placer terminó en un amor que sería para siempre.
🥀Fin 🥀









@RosiKookMin
Que magnífica historia. Llena de verdades ocultas y amores prohibidos.
En cualquier plano astral, en cualquier universo cuando se encuentran JM y JK serán el Jikook.
la verdad, escribiste una realidad, cuántos sacerdotes hay en el mundo que abandonan su santidad para volverse mundanos como uno? ellos también sienten, unos son "tapados "
otros simplemente a las lejos buscan desahogos físicos, te lo digo porque he visto, yo no los juzgo, aplaudo su proceder y te felicito por este one shot, muy hermoso, gracias