prólogo !!
EXO - Heaven
❛ El cielo te lo dio todo
Y este mundo te dio a mi
Dejarte a mi lado
No puedo escapar al cielo
¿Quieres encerrarte?
Te abrazaré ❜
No quería llorar. Se negaba a hacerlo mientras escuchaba las burlas a su alrededor. No quería sentirse patética, aunque en el fondo ya estaba convencida de que lo era; se lo repetían tan seguido que aquella idea había quedado grabada en su mente.
Ruth era una niña que no destacaba en nada. No era bonita, era gordita, su piel era morena y, aunque no era tan diferente de los otros niños, para sus compañeros eso bastaba para señalarla como algo negativo. Sus rasgos también eran distintos, lo que hacía que algunos pensaran que no pertenecía allí. No es que todas esas características la hicieran "fea", pero los demás ya lo habían decidido por ella. A Ruth no le importaba demasiado su apariencia... hasta que las palabras de otros comenzaron a darle importancia.
-Oye, niña, comes demasiado. Guarden sus almuerzos o la cerdita podría robárselos -dijo una niña, mientras Ruth terminaba tranquilamente su comida.
¿Qué tenía de malo disfrutar los dulces? Eso la hacía feliz, pero a sus compañeros parecía molestarles incluso eso.
Las niñas y los niños no le hablaban, a menos que fuera para burlarse o molestarla. Ruth intentaba ser amable, quería tener amigos, pero parecía que su personalidad tampoco era suficiente para ellos. Entonces pensó que, si era inteligente, quizá podrían aceptarla. Sin embargo, tampoco destacaba en eso.
-Ruth, ¿cuánto es 6 × 6? -preguntó el profesor a la niña de cabellos castaños y mejillas regordetas.
-Ah... ¿12? -respondió con duda.
Las risas no tardaron en llenar el salón.
Ese día entendió algo: no era agraciada, no era lista y no le agradaba a la gente. A los ojos de los demás, era una niña sin talento. Comparada con su hermana gemela, Rumi, no era más que una copia defectuosa.
Rumi era delgada, y por eso sus rasgos parecían más delicados; la consideraban más bonita. Pero eso no era todo: estaba en una clase más avanzada porque era muy inteligente. Rumi siempre la hacía ver como una tonta, y Ruth sabía que jamás podría compararse con ella.
Aun así, Ruth era una niña alegre. Disfrutaba de los cuentos y las historias fantasiosas. Soñaba con relatos de romance en los que la protagonista conocía a un gran amor que la aceptaba y la quería tal como era.
-Y entonces, el príncipe le declaró su amor a la bella dama y juntos decidieron enfrentarse a la oscuridad... -decía mientras juntaba dos muñecos y continuaba su historia.
-No seas ingenua, Ruth. Los príncipes y las historias de amor no existen. Mira a papá y mamá. Sé más lista y busca una forma de resolver tus problemas en lugar de esperar a que un estúpido príncipe te salve -le dijo su hermana con su habitual tono de superioridad.
Ruth sabía que Rumi tenía razón. Siempre la tenía. Los príncipes no eran reales, y una niña como ella jamás podría convertirse en princesa. Nadie quería ser su amigo; era aún más imposible que tuviera una historia de amor. Por más que lo intentara, nunca lograba agradarle a nadie.
-Oye, Ruth, ¿verdad? Ven a almorzar con nosotros. Iremos al patio -le dijo de pronto una niña de un grado superior.
Los ojos de Ruth se iluminaron. Era la primera vez que alguien la invitaba.
-¡Sí! -respondió con entusiasmo, siguiéndolos sin sospechar lo que ocurriría después.
Por eso, aunque intentó contener las lágrimas, le fue imposible cuando comprendió que todo había sido una broma cruel. La invitación solo había sido una excusa para humillarla.
-¿Qué pasa, cerdita? Creí que comías cualquier cosa, como los puercos. Vamos, cómete la basura -dijo un niño mientras pateaba los desperdicios que habían sacado del cesto para acercarlos a ella.
Ruth, llorando, miró la basura y luego levantó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. ¿Por qué hacían eso? No lo entendía. Ella solo quería tener amigos como los demás.
-¡No quiero! ¡No voy a hacerlo! ¡Déjenme tranquila! -gritó entre sollozos.
-Mírenla, además de gorda, llorona -se burló otro mientras se acercaba y le jalaba el cabello.
-Cómete la basura.
Ruth negó con la cabeza, llorando. La niña que la sujetaba le empujó la cabeza hacia el suelo, contra los desperdicios. Intentó zafarse, pero eran más grandes y fuertes que ella.
-¡Oigan! ¿Qué están haciendo? -se escuchó de pronto.
Ese momento siempre lo recordaría como si fuera una escena de película romántica. Todo se tiñó de rosa en su memoria. Solo vio a un niño de cabellos naranjas lanzarse impulsivamente contra uno de los bravucones y propinarle un fuerte puñetazo.
Lo miró con asombro y, por primera vez, pensó que su hermana estaba equivocada. Tal vez los príncipes sí existían. O al menos eso creyó cuando tenía siete años y conoció a Nahoya Kawata.
Aunque la realidad no fue tan maravillosa como parecía. Los agresores eran mayores, y otro niño idéntico al de cabellos naranjas -pero de cabello azul- corrió a ayudarlo. Aun así, la diferencia de tamaño jugaba en su contra.
-¡Déjenlos! -gritó Ruth, mordiéndole el brazo a uno de los bravucones que golpeaba al niño que la había defendido.
Los tres intentaron enfrentarse a los mayores, pero terminaron en el suelo, derrotados. Ruth lloraba por el dolor; el chico de cabello azul contenía las lágrimas, y el de cabello naranja parecía furioso.
-Ush... deja de llorar. Ni siquiera Souya es tan chillón -dijo el de cabello naranja.
-¿Cómo no voy a llorar? ¡Nos acaban de pegar! ¡Eres un tonto! -respondió Ruth entre lágrimas.
El chico soltó un suspiro y miró a su hermano, como preguntándose qué podían hacer para que la niña dejara de llorar. Pero Souya también estaba a punto de llorar, así que no resultaba de mucha ayuda.
Incómodo, el niño revisó sus bolsillos y encontró un dulce que su madre le había dado antes de salir de casa. Se lo extendió a la pequeña de cabello castaño.
-Ya... no llores. Todo pasará -le dijo.
Ruth detuvo su llanto y lo miró con los ojos húmedos y las mejillas sonrojadas.
Tal vez no era el príncipe de un cuento de hadas como el que había imaginado, pero en ese momento sintió que, por primera vez, alguien realmente la veía.








