Zero
La alarma empezó a sonar en la habitación. Se removió perezosamente en la cama hasta que, sin más, se sentó y se pasó ambas manos por la cara, intentando quitarse el sueño de encima.
Era hoy. Estaba nervioso y ansioso al mismo tiempo. Iba a Sydney, viviría con sus tres primos mayores e iniciaría octavo grado. El séptimo lo había cursado de forma virtual, así que la idea de volver a clases presenciales lo ponía tenso. Cambiar de un pueblo tranquilo a la ciudad lo hacía dudar, pero también estaba emocionado por conocer nuevas amistades.
Se levantó y se asomó por la ventana. El cielo de Central Tilba estaba nublado.
¿Estaré listo para esto?, se preguntó mientras respiraba el aire fresco de la mañana. La casa era de madera blanca, con un jardín lleno de flores silvestres que su madre cuidaba con amor.
Se vistió rápidamente y bajó a la cocina, donde el aroma a pan tostado y café llenaba el aire.
—Buenos días, mami —dijo, intentando sonar seguro.
Su mamá le sonrió y le dio un abrazo cálido.
—Buenos días, cariño. Hoy es el gran día. ¿nervioso? —preguntó.
El pelinegro negó con la cabeza.
—Desayuna tranquilo, todavía hay mucho tiempo —dijo ella mientras le servía un plato con pan tostado, huevos revueltos y un vaso de jugo de naranja.
Noah asintió y empezó a comer, mirando por la ventana el cielo nublado. ¿Cómo sería vivir en Sydney? ¿Podría adaptarse a la ciudad después de crecer en este pueblo tan tranquilo? Muchas preguntas rondaban su cabeza.
Mientras comía, su mamá se sentó a su lado y le entregó un pequeño paquete.
—Toma, cariño, un poco de dinero para tus gastos. Y usa este teléfono para que puedas llamarme cuando quieras.
El pelinegro se sorprendió.
—Gracias, mamá… no tenías que hacerlo —murmuró. Sabía que la economía en casa no estaba bien.
Su mamá sonrió con ternura.
—Quiero que estés seguro en Sydney. Además, quiero que me mandes fotos de todas tus aventuras.
Justo en ese momento apareció Liam, de diez años, frotándose los ojos.
—¿Ya es hora de irse?
La mamá se rio —Todavía no, cariño. Pero desayuna algo, que hoy es un día importante.
Liam se sentó a la mesa y empezó a comer, mirando a su hermano con ojos somnolientos.
—¿Me vas a extrañar?
El pecoso sonrió y le despeinó el cabello. —Claro que sí, bobo. Pero estaré bien. Y tú tienes que portarte bien con mamá, ¿de acuerdo?
El menor asintió con la boca llena, se rio y siguió comiendo.
La mamá sonrió.
—Sí, los primos ya conocen Sydney. Ellos te cuidarán.
Noah sonrió y asintió, sintiéndose un poco más tranquilo. Sabía que sus primos eran responsables y que se llevaría bien con ellos.
Terminaron de desayunar y fueron a la habitación de Noah para terminar de empacar. La noche anterior ya habían organizado casi todo. Liam estaba emocionado por el viaje y no paraba de hablar sobre lo que quería hacer al llegar.
Mientras tanto, Noah se sentó en su cama y miró alrededor de su habitación. Se sentía un poco triste de dejar su pueblo. Su mamá se sentó a su lado.
—¿Estás listo, cariño?
Asintió.
—Sí, mamá. Estoy listo.
Su mamá lo abrazó fuerte.
—Te amo, bebé. No olvides llamarme todos los días.
Le devolvió el abrazo y le dio un beso en la mejilla.
—No te preocupes por mí, mamá , estaré bien con los primos.
Se levantaron y terminaron de alistar las cosas. La señora Whalen revisó por última vez la casa para asegurarse de que todo estuviera en orden. Finalmente, salieron y se dirigieron al auto.
El viaje a Sydney sería largo, pero con su mamá y Liam acompañándolo no se sentiría tan solo. Mientras conducían por la carretera, el paisaje de Central Tilba se fue desvaneciendo poco a poco en la distancia.
Había vivido toda su vida en aquel pequeño pueblo rural de pocos habitantes, donde todos se conocían. Claro que tenía amigos, su mejor amigo, Archer, se había mudado hacía unos días a otra ciudad. Suponía que se verían en las vacaciones.
Liam se quedó dormido en el asiento trasero. Su mamá sonrió al verlo.
—¿Estarás bien, cariño? —le preguntó, mirándolo con preocupación.
Noah asintió.
—Sí, mamá. Estaré bien.
***
Después de varias horas de viaje, finalmente llegaron a Sydney. Noah se despertó cuando el auto se detuvo en un semáforo y miró alrededor con curiosidad. La ciudad era enorme y bulliciosa, muy diferente a su pueblo tranquilo.
Liam también despertó y pegó la cara a la ventana, emocionado.
—¡Mamá, mira! ¡Es Sydney!
Su mamá sonrió.
—Sí, pequeño. Ahora vamos al apartamento a dejar a tu hermano.
El auto se detuvo frente a un edificio alto en Randwick. Noah bajó y miró a su alrededor, sintiendo un nudo de nerviosismo en el estómago.
Su mamá le tomó de la mano y lo llevó al ascensor.
—Vamos, cariño, los primos ya están ahí —dijo. Liam corrió al lado de ella.
Subieron al cuarto piso. Apenas tocaron, la puerta se abrió casi al instante. Un chico de unos diecisiete años, con cabello castaño oscuro y una sonrisa amable, los recibió.
—Buenas tardes, tía Dani. ¡Hola, primo!
Noah sonrió tímidamente y lo saludó.
Su mamá se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Te dejo con tus primos, cariño. Se bueno y llamame todos los días.
Noah asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Ya no vería a su madre ni a su hermano por un tiempo; ella se quedaría unos días con su tía antes de regresar al pueblo.
—Sí, mamá.
Liam se despidió con un fuerte abrazo.
—Adiós, Nowa. No me olvides.
Noah rio por el apodo y le despeinó el cabello.
—No lo haría. Te quiero —respondió, recibiendo un abrazo aún más fuerte.
Jake se hizo cargo de las maletas mientras la pequeña familia terminaba de despedirse.
—Noah, ven —dijo Jake.
El pecoso cerró la puerta y se acercó al living. Allí, Ethan y Alex estaban sentados jugando un videojuego.
Ethan, el primo mayor, tenía el cabello negro y un poco largo. Alex, el menor de los dos, tenía el cabello castaño como Jake, pero lo llevaba más corto.
Jake los llamó.
—¡Chicos! Noah ya llegó.
Ethan y Alex se acercaron a saludarlo. Noah les respondió con timidez.
Jake se rio —Tranquilo, no somos tan locos como parece. Bueno… no siempre.
—Vamos, te muestro tu habitación —dijo Alex, tomando la mano de Noah y arrastrándolo con él.








