PRÓLOGO
Park Jimin no dejaba de tamborilear sus uñas esmaltadas de rojo en la mesa blanca del salón de casting. Su atuendo consistía en tacones altos Louboutin, pantalón ajustado y camisa de seda. Su expresión de fastidio ya conocida en la agencia hacía que el personal temiera por las integridad de las aspirantes, levantó la vista apenas lo necesario para mirar a la primera chica.
—Camina otra vez —ordenó.
La chica obedeció, nerviosa, intentando mantener la espalda recta. Jimin la observó de pies a cabeza, luego soltó una risa pequeña.
—Tienes mucho talento, cariño —dijo, inclinando la cabeza— Muchísimo. Pero para un circo.
Algunas modelos bajaron la mirada. Nadie se atrevió a reír. Jimin sí. Marcó algo en su tableta y señaló a la siguiente.
—Tú. Adelante y por favor, no hagas perder mi tiempo. Mi hidratante cuesta más que tu atuendo completo.
La segunda chica caminó por la línea marcada en el piso. Era alta, bonita, pero insegura. Jimin la detuvo con dos dedos. Amaba destruir a personas inseguras.
—Tienes bonita boca —comentó.
La chica sonrió, aliviada.
—Gracias.
—Se nota que la usas mucho —añadió él, mirándole el cuerpo con desagrado — Tal vez demasiado. Retírate.
La chica dejó de sonreír. Jimin ni siquiera se inmutó. La tercera entró con un vestido corto y tacones inestables. Tropezó en el segundo paso. Jimin dejó la tableta sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Te estás burlando de mí? —preguntó.
—No, señor Park, yo...
—¿Entonces cómo te atreves a venir a presentarte así? ¿No tienes espejos en tu casa? ¿O los espejos también renunciaron?
La chica salió llorando. Jimin suspiró como si ella le hubiera arruinado el día.
Otra aspirante hizo una caminata exagerada, con expresión dramática y movimientos de brazos. Jimin aplaudió despacio, con una sonrisa cruel.
—Bravo. Esa actuación merece un Óscar.
La chica se iluminó.
—¿De verdad?
Jimin miró hacia la puerta.
—Sí. Que llamen a Óscar, el de limpieza, para que recoja esta tragedia del piso.
El coordinador del casting se llevó una mano a la boca. Jimin siguió como si nada.
La última chica de ese grupo caminó con seguridad pero el piso crujió un poco bajo sus tacones y Jimin levantó una ceja.
—¿Alguien más sintió que se movió el piso? —preguntó— No sabía que este casting incluía fenómeno sísmico.
La chica se quedó quieta, roja de vergüenza.
—Suficiente —dijo Jimin, poniéndose de pie— Si esta es la nueva generación del modelaje, yo prefiero retirarme joven y hermoso.
Su celular sonó sobre la mesa. Al ver el nombre de su padre, sonrió de forma mimada y contestó mientras caminaba hacia el espejo.
—Papi, estoy trabajando. Dime rápido.
La voz de Park Dongyeon sonó grave y agotada.
—Jimin, ven a casa. Ahora, cariño.
—¿Ahora? Papi, estoy en medio de un casting terrible. Hay gente aquí atentando contra la estética.
—Ven, dulzura. Es importante.
Jimin frunció el ceño. Su padre jamás sonaba así. Cortó la llamada sin despedirse, tomó sus lentes de sol y salió del salón con sus tacones haciendo eco en el piso de mármol, dejando al equipo con el caos que él había creado.
Minutos después conducía su Porsche por las calles de Beverly Hills, molesto porque juraba que había perdido su tiempo con esas aspirantes. Al llegar a la mansión Park, frenó de golpe. Había camiones estacionados frente a la entrada. Hombres con uniformes sacaban cuadros, muebles, lámparas, cajas y piezas de decoración.
Jimin bajó del auto furioso.
—¡Oigan! ¿Qué mierda creen que están haciendo? ¡Esa mesa es italiana! ¡No la arrastren como si fuera basura de motel!
Un hombre revisó una carpeta.
—Joven, tenemos autorización legal.
—¿Legal? Mi papi es Park Dongyeon. Ustedes no tienen autorización ni para respirar cerca de mi casa.
Pero nadie se detuvo. Jimin empujó la puerta principal y entró con el rostro tenso. Encontró a su madre, Park Yuna, llorando en el estudio, su maquillaje estaba corrido. Su padre estaba sentado detrás del escritorio, rodeado de documentos.
—¿Qué está pasando, papi? —exigió Jimin—. ¿Por qué hay personas robándonos?
Dongyeon levantó la mirada. Tenía los ojos rojos.
—Dulzura, siéntate.
—No quiero sentarme. Quiero que saques a esa gente de nuestra casa, papi.
Yuna sollozó más fuerte.
—Nos quitaron todo, bebé. Todo.
Jimin soltó una risa corta.
—Mamá, no seas dramática. Ese es mi trabajo.
Dongyeon respiró hondo.
—Perdí el juicio.
Jimin lo miró sin entender.
—¿Qué juicio?
—El caso de Hampton. Yo era aval del cliente. La sentencia fue millonaria. Se ejecutaron garantías, cuentas, inversiones, propiedades. No pude detenerlo.
Jimin volvió a reír, esta vez más alto.
—No. Eso es imposible. Tú eres el abogado más importante de California.
—Era —corrigió Dongyeon, con dificultad.
—No, papi. Arréglalo.
—Dulzura, entiende lo que digo. Estamos en quiebra.
Jimin negó con la cabeza.
—Arréglalo, papi. Esto no es nada para ti.
Yuna se cubrió la boca con un pañuelo.
—No queda nada, Jimin. Ni las tarjetas, ni la casa, ni los autos. Solo La Rosaleda de mierda.
—¿Qué es La Rosaleda? —preguntó Jimin, molesto.
—La vieja hacienda de mis padres en Texas —respondió Dongyeon— Tenemos que irnos cuanto antes.
Jimin abrió los ojos con horror.
—¿Texas? ¿Estás diciendo que quieres que yo vaya a vivir entre vacas, polvo y gente que usa botas sin tacón por decisión propia?
—No hay otra opción, cariño. Necesito que entiendas la situación ahora.
—Yo tengo mi apartamento, mi trabajo, mi Porsche. Mi vida.
Dongyeon no respondió. Jimin entendió el silencio, pero decidió ignorarlo. Salió de la mansión todavía escuchando el llanto descontrolado de su madre, subió a su Porsche y manejó de vuelta a su apartamento con las manos temblando sobre el volante.
Su novio Jackson estaba esperándolo en la sala. Era un rubio alto, atractivo con una sonrisa perfecta.
—Llegaste tarde —dijo, besando sus labios.
Jimin dejó las llaves sobre la mesa y forzó una sonrisa.
—Mi familia está siendo insoportable. Nada nuevo.
No le contó nada, solo se duchó con agua caliente, hizo su rutina de skincare y se puso su pijama rosa de satén. Luego se acostó junto a su novio y puso una película. Fingió mirar la pantalla. Fingió estar normal. Fingió que todo seguía bajo control.
Entonces tocaron la puerta.
—Ignóralos, ya es tarde para que jodan —murmuró Jimin.
Volvieron a tocar, más fuerte. Jimin se levantó irritado, y abrió. Afuera había dos funcionarios con documentos y un hombre de seguridad.
—Buenas noches, Señor Park, soy el agente Wilson y él es el agente Miller. Vinimos a informarles que debe desalojar la propiedad.
Jimin parpadeó.
—Perdón, ¿qué?
—Este apartamento ha sido incluido en el proceso de embargo de bienes por el juicio en contra del señor Park Dongyeon. Tiene una orden de desalojo inmediato.
—Eso es un error. Este apartamento es mío. Mi papi me lo regaló en mi cumpleaños.
El funcionario le mostró los papeles. Jimin los leyó. Su cara perdió color cuando notó que, en efecto, el apartamento nunca estuvo a su nombre. Estuvo siempre a nombre de su papá.
—No, no pueden hacer esto. —las lágrimas ya amenazaban con salir.
—Si se niega, llamaremos a la policía. Será peor, así que colabore por las buenas.
Jimin tragó saliva. Por primera vez no tuvo una respuesta. Miró hacia sus cosas, luego a Jackson, que permanecía en silencio.
—Déjenme guardar mis pertenencias personales —pidió, con la voz quebrada— Por favor. No me pueden lanzar a la calle así sin más.
El agente asintió, le dieron pocos minutos. Jimin corrió al dormitorio y sacó su maleta con brillitos. Metió cremas, perfumes, tacones, ropa de marca, joyas, gafas y sus bragas de encaje. Lloraba mientras intentaba cerrar la maleta a la fuerza. Jackson lo observaba con incomodidad, sin ayudarlo.
Cuando salieron del edificio, Jimin vio una grúa llevándose su Porsche.
—¡No! —gritó, corriendo hacia la calle—. ¡No se lleven mi auto! ¡Él no hizo nada!
El conductor siguió trabajando. Jimin se giró hacia Jackson, desesperado.
—Haz algo. Llévame contigo. Habla con alguien, no puedes dejar que me hagan esto. Tus padres pueden ayudarme y mientras todo se solucione me iré a vivir contigo a tu departamento y así...
Jackson bajó la mirada, y lo interrumpió.
—Jimin, lo siento mucho. Pero esto es una muerte social muy fuerte.
—No me digas que lo sientes. Ayúdame.
—Creo que lo mejor es terminar.
Jimin se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Cuando esto se sepa, será humillante para mí. Mi familia, mis contactos, mi imagen... No puedo ser el novio de alguien que no tiene donde caerse muerto.
Jimin lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Eres una basura.
—No lo hagas más difícil, eres muy hermoso, quizás puedas pescar a algún hombre millonario que no le importe humillarse contigo.
Jimin le dio una bofetada. Jackson apenas giró el rostro, respiró hondo y se subió a su moto.
—Cuídate, Jimin.
—¡Ojalá te caigas en una zanja, idiota!
Jackson se fue. Jimin quedó en la acera, se sentía humillado y ridículo con su pijama rosa en media calle, rodeado de maletas y vergüenza. Afuera, nadie conocía su tragedia, pero Jimin sintió que todos podían verla, en sus ojos rojos y sin maquillaje perfecto encima.
Más tarde llegó al aeropuerto con los ojos hinchados y el corazón desecho. Se acercó al mostrador y pidió un boleto VIP a Texas. Entregó su tarjeta tratando de conservar un poco su dignidad.
Pero cuando la empleada la pasó, su dignidad fue destruida sin piedad.
—Fue rechazada.
Jimin sonrió rígido.
—Inténtalo otra vez. Debe ser un error de sistema.
La tarjeta volvió a fallar. Jimin sintió que varias personas lo miraban y no podía creer cuantas vergüenzas tendría que pasar en una sola noche. Pidió un momento y llamó al banco con manos tensas. Cuando la operadora contestó y puso su reclamo, la respuesta fue clara:tarjeta suspendida.
—Esto no me puede estar pasando a mí, no voy a sobrevivir esta humillación. —susurró.
Entonces recordó a Taehyung y lo llamó. Su mejor amigo contestó desde Francia, con voz dormida.
—¿Quién murió?
—Mi vida, Tae. Mientras tú estás siendo follada como una perra por un Francés de dos metros yo estoy atravesando la peor humillación de mi vida. —dijo Jimin, llorando.
Le contó todo entre frases cortas y gemidos de su llanto. Taehyung guardó silencio unos segundos y luego suspiró.
—Oh, perra, deja de llorar por dinero. Te compro el boleto VIP, pero cuando llegues a Texas quiero pruebas de que sigues viva.
Jimin lloró más.
—Te odio, zorra asquerosa.
—Yo también te amo. Ya te envíe suficiente dinero para que relajes la vagina y dejes el drama.
Compro el boleto minutos después. Jimin subió al avión todavía en pijama, sus maletas con brillitos y el orgullo herido. Se sentó junto a la ventana. Cuando el avión despegó, apretó los labios.
No sabía vivir sin lujo. No sabía vivir sin poder. No sabía vivir en Texas.
Y aun así, ya iba en camino a ese infierno... O a un paraíso distinto.