Capítulo 1 • 🍂
El teléfono vibró sobre la mesa de mármol. Yoongi lo miró de reojo y suspiró antes de desbloquear la pantalla.
𝗝𝗜𝗠𝗜𝗡: ¡Yoongi! ¿Ya viste los vuelos? Llego a Corea en tres semanas. ¿Puedes creerlo? 🥺💕
Tres semanas.
Yoongi apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos. No quería pensar en eso. No quería pensar en Jimin, ni en la boda, ni en la mirada expectante de su madre cada vez que mencionaban el apellido Park.
𝗬𝗼𝗼𝗻𝗴𝗶: Sí, qué bien.
Escribió eso y lanzó el teléfono al otro extremo del sofá. Era cortante, lo sabía. Pero no le importaba. O sí, un poco. Porque dos minutos después, el teléfono volvió a vibrar.
𝗝𝗶𝗺𝗶𝗻: ¿Estás bien? Te siento raro últimamente.
𝗝𝗶𝗺𝗶𝗻: ¿Es el estrés de la boda?
𝗝𝗶𝗺𝗶𝗻: No te preocupes, yo me encargo de todo cuando llegue. 🤍
Yoongi frunció el ceño. Demasiados mensajes. Demasiada dulzura. Demasiado todo.
La última vez que vio a Jimin en persona tenían dieciséis años. Jimin era un chico delgado, de sonrisa fácil, que se aferraba a su brazo el día que se fue al aeropuerto. "Te voy a extrañar, Yoongi" le dijo con los ojos brillosos. Y Yoongi solo asintió, porque en ese entonces Jimin era su mejor amigo y no entendía por qué tenía que irse a estudiar al extranjero.
Ahora Jimin volvía. Pero no como su amigo. Como su prometido.
Sus padres habían arreglado el compromiso hacía un año. "Es lo mejor para las dos familias" dijo su padre. "Jimin es un buen partido" dijo su madre. Y cuando Yoongi se negó, su madre sonrió con esa frialdad que tanto odiaba.
"Entonces devuelve las tarjetas, el coche, el departamento. Todo lo que pagamos nosotros. Consigue un trabajo y vive como quieras".
Y Yoongi, cobarde, aceptó. No quería a Jimin. No de esa forma. Para él, Jimin siempre sería el niño que se colaba en su habitación para jugar videojuegos, el adolescente que se dormía en su hombro durante las maratones de películas. Nada más.
Pero ahora tenía que casarse con él.
—Esto es un asc0 —murmuró, pasándose una mano por el cabello.
Entonces miró su teléfono. Vio otro mensaje de Jimin. Y otro. Y otro.
𝗝𝗶𝗺𝗶𝗻: ¿Yoongi?
𝗝𝗶𝗺𝗶𝗻: ¿Te fuiste?
𝗝𝗶𝗺𝗶𝗻: Bueno… hablamos mañana. Que descanses. 💤
Yoongi sintió un nudo en el estómago. No era culpa de Jimin. Jimin no tenía la culpa de nada. Pero no soportaba la idea de tener que fingir interés los próximos treinta años.
Necesitaba un descanso. Aunque fuera pequeño y entonces se le ocurrió algo.
~~~~
Jungkook suspiro mirando los papeles.
—¿Otra vez con las facturas?
Jungkook levantó la vista del montón de papeles que había sobre la pequeña mesa de su estudio. Enfrente, su amigo Yugyeom mordía una manzana con despreocupación.
—El mes pasado me atrasé con el alquiler —respondió Jungkook, frotándose los ojos—Si no pago esta semana, me echan.
—Puta vida —comentó Yugyeom, sin malicia—¿Y en la cafetería no te dan más horas?
Jungkook negó con la cabeza. Trabajaba de nueve a seis sirviendo café, limpiando mesas y sonriendo a clientes que lo trataban como si fuera invisible. El suelgo apenas le alcanzaba para sobrevivir. No para ahorrar. No para darse lujos. Solo para existir.
Su teléfono sonó. Un número desconocido.
—¿Diga?
—¿Jungkook? Soy Yoongi.
Jungkook parpadeó. Yoongi. El amigo rico. El que a veces iba a la cafetería y pedía el café más caro sin mirar el precio. Habían intercambiado números una vez por un trabajo de la universidad, pero hacía años que no hablaban.
—¿Yoongi? ¿Qué onda?
—Necesito un favor. Y te voy a pagar bien.
Jungkook se enderezó en la silla. Yugyeom levantó una ceja.
—Dime.
...
Una hora después, Jungkook estaba sentado en el asiento del pasajero del auto de Yoongi, mirando un teléfono que no era el suyo.
—Solo tienes que responderle los mensajes —explicó Yoongi, con los brazos cruzados— Jimin vive en París. No va a notar la diferencia.
—¿No va a notar la diferencia? —Jungkook soltó una risa incrédula—¿Y si quiere llamarte? ¿O si nota que escribo distinto?
—Nunca llama. Solo mensajes. Y mira —Yoongi tomó el teléfono y le mostró la conversación—¿Ves? Yo escribo así. Cortante. Sin emojis. Sin cariños. Tú solo sé frío y ya.
Jungkook leyó los mensajes. Él no conocía a Jimin, pero lo que vio le dio un poco de pena. Jimin escribía con corazones, con emojis, con entusiasmo. Y Yoongi respondía con un "ok" o un "sí". A veces ni eso.
—¿Por qué no le dices la verdad? —preguntó Jungkook, devolviendo el teléfono—Que no quieres casarte con él.
Yoongi lo miró con cansancio.
—Porque si lo hago, me quedo sin nada. Mis padres me cortan las tarjetas, me quitan el auto, la casa... todo. Y yo no sé hacer otra cosa que gastar dinero que no es mía.
Jungkook quiso decirle que eso sonaba patético. Pero se calló. Porque Yoongi acababa de ofrecerle una cantidad de dinero que él ganaba en tres meses de trabajo.
—Solo por hablarle —dijo Yoongi—Nada más. Hasta que se cancele la boda o yo encuentre otra salida.
—¿Y si él se da cuenta?
—No se va a dar cuenta. Confía en mí.
Jungkook mordió el labio. Miró el teléfono. Pensó en el alquiler. En las facturas. En su vida de mierda sirviendo café.
—Está bien —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía— Lo haré.
Yoongi sonrió por primera vez en toda la conversación.
—Bien. Ahora tienes que aprender cosas de mí. Por si pregunta.
Y empezó a hablar. Le dijo que estudiaba administración mentira, apenas iba a clases, que odiaba el pescado verdad, que le gustaba el jazz mentira, prefería el hip-hop y que su color favorito era el negro eso sí era cierto.
Jungkook tomó notas mentalmente, aunque una parte de él sabía que estaba a punto de meterse en algo mucho más grande que un simple "favor".
~~~~~
En un departamento pequeño pero elegante en París, Jimin sostenía su teléfono con una mano y una taza de té con la otra.
𝗬𝗼𝗼𝗻𝗴𝗶: Sí, qué bien.
Releyó el mensaje. Solo tres palabras. Sin emojis, sin calidez.
Pero Jimin sonrió igual.
Porque Yoongi siempre había sido así. Incluso cuando eran niños, Yoongi no era de muchas palabras. Demostraba con acciones, no con mensajes. Una vez, cuando Jimin cumplió doce años, Yoongi le regaló un osito de peluche que había ganado en una máquina de garra después de intentarlo cuarenta veces. No dijo "te quiero". Solo lo dejó en su mochila y se fue.
Ese recuerdo hizo que los ojos de Jimin se humedecieran.
—Dentro de tres semanas —susurró para sí mismo, tocando la pantalla como si pudiera alcanzar a Yoongi a través de ella—Por fin voy a verte.
Habían pasado nueve años desde que se fue a París. Nueve años de mensajes esporádicos, de llamadas cortas, de extrañar en silencio. Jimin nunca le confesó lo que sentía porque tenía miedo. Miedo al rechazo. Miedo a que Yoongi no lo viera como él lo veía.
Pero ahora todo eso iba a cambiar.
Ahora iban a casarse.
Jimin apoyó el teléfono sobre su pecho y cerró los ojos. Imaginó la boda. Imaginó a Yoongi esperándolo al final del pasillo. Imaginó por fin poder decirle "te amo" sin que fuera demasiado tarde.
No sabía que, a miles de kilómetros de distancia, no era Yoongi quien tenía su teléfono entre las manos.
Ahora era otro.








