La Palabra Desde El Trono by quirafa at Inkitt
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La palabra desde el trono

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Summary

Bastó una sola palabra desde el trono para que el rey Altano condenara a los inocentes a una persecución implacable. Mientras un pueblo nómada huye guiado por oscuros augurios para sobrevivir, en las altas montañas un joven guerrero decide romper un aislamiento milenario y desafiar las leyes de sus ancestros para reclamar su libertad. Cuando el destino de los perseguidos y el orgullo de los rebeldes choquen contra el poder de la corona, el orden del mundo se quebrantará para siempre. Descubre una historia de fantasía oscura donde la supervivencia, la magia y la traición se pagan con sangre.

Genre
Fantasy
Author
quirafa
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

CAPÍTULO I. ÍTANOS

CAPÍTULO I. ÍTANOS

La caravana siempre lo recibía con un hedor a rancio. Tabaco, aguardiente y palo santo se mezclaban con la fragancia almizclada de Esmeralda, tan intensa que le cerraba el estómago. Y aun así, desde que comenzó la persecución contra su pueblo, no se atrevía a dar un paso sin la guía de la sacerdotisa.

Avanzó despacio en la penumbra, sintiendo cómo el suelo pegajoso retenía cada pisada. Apartó la cortina, y entró guiado por el destello tembloroso de una vela. Allí estaba ella meciéndose mientras murmuraba cantos ancestrales en un vaivén hipnótico.

—Te estaba esperando —dijo con voz afónica, que sonaba más a profecía que a saludo.

—Acabemos rápido. El pueblo me espera. Y esta vez, más vale que traigas buenas noticias.

—Yo no invento el destino —respondió ella sin alzar la vista—. Solo lo leo en los huesos.

Hacía meses que Esmeralda guiaba a los ítanos, perseguidos sin descanso por el rey Altano. Él los había señalado como culpables de la hambruna, entregándolos al odio de los aldeanos, mientras su corte se atiborraba en festines que hacían crecer sus panzas día tras día.

El patriarca mantuvo la vista fija en la llama de la vela, siguiendo su temblor hasta que el presente empezó a desdibujarse y el recuerdo tiró de él.

Solo bastó una palabra pronunciada desde el trono. Una sola, y aún le quemaba al recordarla. Y pensar que, cada primavera, los esperaban con las puertas abiertas.

Fieles a su camino los ítanos, regresaban con el deshielo. Siempre volvían.

Mucho antes de que el hambre necesitara culpables, los caminos se llenaban de polvo dorado y expectación. Aún podía verlo. Las ventanas abriéndose, los corrales vaciándose, la gente acudiendo al encuentro de los carros.

Las mujeres colgaban telas de colores imposibles entre las varas de madera a modo de recibimiento; rojos vivos, azules hondos, amarillos capaces de desafiar al sol. El aire se impregnaba de pan recién hecho, de vino joven, de cuero y de especias traídas de lugares que ellos no conocían pero intentaban imaginar.

Los violines despertaban primero, probando notas tímidas, hasta que el tambor reclamaba la noche. Entonces los niños corrían entre las ruedas, perseguidos por los perros ítanos, bestias de lomo ancho y mirada casi humana, pacientes guardianes de cada viaje, mientras los aldeanos olvidaban por unas horas el cansancio de la tierra.

Al caer la tarde comenzaba la danza.

Las hogueras arrojaban chispas al cielo, las faldas giraban como incendios alegres y hasta los viejos, apoyados en sus bastones, marcaban el ritmo con los talones. Nadie preguntaba de dónde venía cada cual. Bastaba con saber cantar.

Cómo podían haber llegado a odiarlos.

El mundo, por un instante, no parecía lo bastante grande para todos.

De repente, la llama de la vela crepitó y el recuerdo se deshizo como humo entre los dedos.

Ya no había hogueras ni risas, sino el interior sofocante de la caravana y el olor agrio del presente.

Se dio cuenta de que llevaba un rato en silencio, con la mirada perdida en un tiempo que nadie podía devolver.

—Los huesos nos esperan —murmuró Esmeralda.

Parpadeó. Volvió a verla allí, meciéndose, vieja como la noche, dueña de un futuro que nunca traía descanso.

Esmeralda dejó caer los huesos. No rebotaron; parecieron clavarse en la madera.

—Vienen —dijo.

El patriarca sintió cómo se le helaban las manos.

—Alguien ha hablado.

Levantó la vista hacia ella.

—Están cerca.

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