¿Por qué no te lanzas?
Miro el techo de mi habitación y no puedo evitar pensar en lo que Alberto ha hecho. No entiendo cómo un “amigo” ha colgado en las redes sociales esa foto. K, no me ha dicho nada al respecto, pero sé que lo sabe y no tarda ni diez minutos en llamar a mi puerta.
—Puedes pasar.
—Tía, ¿estás bien?
Se lanza, literalmente, sobre mi cama y rueda hasta mi lado con la misma cara que puso el tres de agosto de dos mil veintitrés, cuando el imbécil de su hermano me tiró a una piscina sin molestarse en averiguar un pequeño detalle sin importancia; que no sé nadar.
—Estoy… que no es poco.
—Alberto es un puto cerdo.
—Lo sé. Le obligué a borrar la foto. ¿Sabe alguien más que soy yo?
Mi amiga guarda silencio, y eso solo puede significar una cosa.
Aún no he sido capaz de mirar el WhatsApp del grupo, porque no quiero encontrarme con esos comentarios. Ni quiero saber quién ha dicho qué.
—Me siento a punto de explotar. Tenía que haberle pegado más fuerte.
—Olvídate de ese imbécil.
Me aprieta la mano y nos quedamos en silencio. Adivino que hay algo que le ronda la cabeza y no se va a marchar hasta que me lo diga.
—No tengo que olvidar nada, ya sabes lo que opino de los tíos. Un polvo y hasta nunca.
—No entiendo cómo eres capaz de pensar así.
—Pues sencillo, es lo más práctico, no quiero nada serio con nadie. No vale la pena.
—Eso lo dices ahora. Algún día llegará el tío que te haga cambiar de opinión y te tragarás tus palabras.
Suelto una sonora carcajada al comentario de K. A veces es súper graciosa.
—El infierno se congelará antes de que me enamore de un idiota.
—¿Un idiota como mi hermano?
—¡Por Dios! —arrugo la nariz y pongo cara de asco. Es lo que me provoca—. —Tu hermano es la definición andante de la estupidez y el ego sobredimensionado. A ese no lo toco ni con un palo.
—Pues sí que le odias… Si ni siquiera le has dado una oportunidad de conocerle realmente.
Levanto una ceja irónicamente.
—K, créeme. Tú le quieres porque compartís ADN, pero es que, objetivamente, es muy tonto. No puedo negarte que está para hacerle un traje de saliva, pero siento decirte que, es un cretino prepotente. Lo demuestra cada día.
Intenta aguantar la sonrisa, sin lograrlo.
—Pues yo creo que hacéis buena pareja.
—Tú crees que la Rana Gustavo y la Cerda Peggy hacen buena pareja.
—Porque la hacen.
—¡Dios! ¡Son una rana y un cerdo! ¿En qué universo eso tiene sentido?
Las dos nos reímos, y Karol se gira para mirarme seriamente.
—No ha sido tan malo, ¿sabes? Cuando descubrieron que eras tú, todos se disculparon y Alberto se ha llevado una buena bronca.
—Ha sido peor que malo. Sea yo o sea otra, se han comportado como capullos salidos. Las mujeres no somos trozos de carne.
—Ya…
—Ni siquiera quiero leer los mensajes.
—Nadie va a hacer comentario. Todos hemos borrado los mensajes y la foto.
—Karol, me han tratado como un objeto y juré que no iba a volver a permitir que alguien me tratase de esa forma, de nuevo.
—¿Me dejas tu móvil?
—¿Para qué?
—Para hacer lo mismo que hemos hecho todos.
—Total… el daño ya está hecho.
Le entrego el teléfono y veo cómo sale del grupo y lo elimina.
—Listo. Hemos decidido crear otro nuevo, donde no exista la conversación de neandertales. Ahora nos llamamos Salchipapas crew. ¿Te parece bien?
—Me parece ridículo. Considerado, sí, pero ridículo.
—Se le ocurrió a Darío.
—Ah.
¿Qué se puede esperar de un tío que sigue anclado en los diecisiete años, teniendo veintiséis?
En fin… supongo que la intención cuenta. Al menos se han esforzado por arreglar el desastre.
—Oye, ¿cuánto tiempo se va a quedar tu hermano?
—¿No te importa que se quede?
—¿Tengo otra opción?
Cierro los ojos y suspiro. Ese experimento va a terminar mal. Lo sé yo, lo sabe ella y, probablemente, lo sepa hasta el gato del vecino.
—¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡No te vas a arrepentir! ¡Ya lo verás!
Me abraza y comienza a dar saltos en mi cama, loca de contenta. Pero la cabrona no ha contestado a mi pregunta.
—Ya… claro…
Saco el portátil de debajo de la cama. Es mi forma educada de indicar que la visita ha terminado. Mi habitación es mi templo y las personas autorizadas a entrar podrían contarse con los dedos de una mano.
—¿Me estás echando?
—Sí. Quiero escribir un rato antes de dormir.
—¿Alguna experiencia calentorra o sobre el adonis que tengo por hermano?
Le lanzo un cojín a la cabeza, que atrapa sin problema mientras se ríe.
—El adonis, como tú lo llamas, no necesita a nadie que le infle más el ego.
—Pero reconoce que está para comérselo.
—Reconozco que sois igual de pesados. Hasta mañana.
—¡Ey!
Vuelve a sentarse en mi cama. ¿No se marchaba? Resoplo, pinzándome el puente de la nariz y cierro el ordenador.
—¿Por qué no escribes en alguna app de internet?
—¿Y qué quieres que escriba?
—Pues tu historia. Tienes mucho que contarle al mundo.
—Claro. Porque al mundo le importa muchísimo mi vida.
—Estoy leyendo a un par de chicas, que me tienen enganchada, en una aplicación para escritoras.
—Pues me alegro por ellas. Yo no voy a escribir públicamente y mucho menos sobre mi vida.
—Sólo piénsalo. Se llama WriteGirls.
Pues como si se llama Fraggle Rock.
—¡Qué sí, pesada!
—Lo digo en serio. Escribes bien.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no me apetece que miles de desconocidos juzguen lo que hago.
Me observa como un perrito herido tirado en una cuneta. Puñetera mirada de cachorro…
—Sabes que ese no es el verdadero motivo.
—Pues entonces ilumíname.
Su sonrisa aparece despacio.
—Ya te he creado un perfil.
—¿Cómo?
—Venga… ¿Por qué no te lanzas?
—Por la ventana, si no paras.
—¡Qué sí, boba! ¿Quieres verlo?
—¡Qué no, boba! No quiero verlo.
Le hago burla y pongo los ojos en blanco. Una de dos, o no entiende mis palabras, o se piensa que estamos en el día de todo al revés, porque me planta su móvil en la cara con “mi usuario” abierto.
—¡Me encanta! ¿Ves todo lo que hay aquí?
—K, es la peor idea del mundo.
—No lo creo. ¡Hasta mañana!
—¡Cierra la puerta!
La muy traidora sale disparada antes de que pueda lanzarle otro cojín. ¡Joder! Qué cansina es esta mujer. Por fin, paz y tranquilidad.
Abro el portátil y vuelvo al documento en el que llevo escribiendo desde hace dos años. Apenas he releído tres líneas cuando entra un correo nuevo.
De: Karol Suárez Costa
Para: Marina Soler Rojas
Escribe en esa página. Yo seré tu fiel seguidora. www.writergirls.com
P.D.: A nadie le amarga un dulce. Espero que así le odies menos. Recuerda que es mi hermano y tú, mi mejor amiga.
Borro el mensaje tras mirar la imagen que me ha mandado de su hermano —sin camiseta y entrenando— más tiempo del que voy a reconocer.
Le respondo antes de pensarlo demasiado.
Tiene cara de chimpancé estreñido. No mandes spam a mi correo, cansina.
Su respuesta llega acompañada de varios emoticonos riéndose, esta vez al WhatsApp.
No contesto.
Durante un rato intento concentrarme en lo que estaba escribiendo, pero las frases no terminan de funcionar. Las borro, las reescribo, las vuelvo a borrar. Así durante cuarenta minutos.
Me quedo mirando la pantalla negra unos segundos, consciente de que esta noche las palabras no están dispuestas a colaborar. Intento convencerme de que debería acostarme de una vez, pero entonces, la maldita aplicación me viene a la mente.
Resoplo irritada, mientras abro el navegador. No tengo ninguna intención de publicar nada ni de compartir mi vida con un montón de desconocidas; solo quiero echar un vistazo, comprobar qué tiene de especial y confirmar que mi amiga está exagerando, como hace siempre. Además, siento cierta curiosidad por saber qué clase de historias consiguen engancharla hasta el punto de convertirse en una pesada profesional.
También hay un pequeño componente de venganza poética contra todos aquellos de los que escribo. Mientras ellos siguen con sus vidas, tan tranquilos y convencidos de que nunca tendrán que rendir cuentas por nada, yo podría crear algo que fuera completamente mío, algo que nadie pudiera manipular ni retorcer a su conveniencia. Quizá abrir esa página sea una forma de recuperar el control. Una forma de exponer lo ocurrido y, por qué no, de reírme de ello a mi manera.
Al fin y al cabo, llevo años escribiendo para mí misma.
Mi estómago ruge con tanta fuerza que rompe cualquier pretensión de momento trascendental.
—Muy oportuno.
La épica puede esperar.
Cierro el portátil y recorro el corto camino hasta la cocina, convencida de que todavía queda pizza. Abro la caja y, para mi sorpresa, ¡no queda nada! Solo bordes mordisqueados. Fastidiada, opto por mis cereales, esos que chocolatean la leche… pero, ¡tampoco quedan!
—Si los compré hace dos días.
Pues me toca beberme la leche a palo seco, con el asco que me da beberla sola.
Saco el cartón del frigorífico… ¿vacío? Y entonces sé quién ha sido. ¡No me lo puedo creer! Sin preocuparme por ser silenciosa, abro la puerta de la habitación de invitados.
¡Este imbécil me va a oír! Nadie se come mis choco-krispis y se va de rositas. Hay límites que no deberían cruzarse jamás.
La habitación está en penumbra y no veo nada, así que, al segundo paso que doy, choco con algo y me doy una buena hostia contra el suelo.
—¡Coño! Pero, ¿qué cojones?
Menudo golpe. El dolor me recorre la rodilla y las palmas de las manos mientras intento averiguar con qué demonios acabo de tropezar.
Joder.
¿Este tío no sabe recoger sus cosas? ¿Tiene que dejarlo todo tirado por el medio?
Mientras trato de ponerme en pie, la puerta del baño se abre y la habitación se inunda de luz artificial.
—¿Qué haces arrastrándote por el suelo de mi habitación, en bragas, a estas horas?
Uno, dos y tres… yo me calmaré. Cuatro, cinco y seis… todos lo veréis.
Lo miro y descubro que está en pelotas, o sea, como su madre le trajo al mundo; con el pelo chorreando agua sobre los ojos y una mini toalla que descansa en sus oblicuos y que tapar, tapa lo justo. Levanto la cabeza, bien alto, obviando la situación en la que nos encontramos, y entrecierro los ojos, señalándolo con mi dedo acusador.
—¿Qué te pasa? ¿Qué puto problema tienes?, ¿eh? ¿No sabes recoger tus cosas? ¡Y evita acercarte a mi comida! Los krispis de chocolate son míos. ¿Qué eres, una puñetera aspiradora con patas?
—Procura respetar la intimidad de las personas, Nessy. Aparte de maleducada, eres un grano en el culo, malhablado y sin modales.
—Sería tu almorrana, si con eso puedo joderte la existencia.
—Tranquila, Nessy. Ya la jodes con tu presencia.
—Le vas a llamar Nessy a tu puta…
—¡Eh! ¡Cuidado con lo que dices!
Se acerca con el cuerpo en tensión y el ceño fruncido, dispuesto a continuar con una pelea en la que no ganaremos ninguno de los dos.
Yo no retrocedo, porque soy valiente. O idiota… Probablemente las dos cosas.
—¡Aparta de mi camino, media neurona! Y otra cosa; si vuelves a comerte mis cereales y a dejar el cartón de leche vacío en la nevera, no lo voy a repetir más veces, juro que quemo tus trofeos. —Digo, señalando lo único que ha tenido huevos a colocar.
¡Será pedante!
—No me extraña que estés amargada. Necesitas un buen polvo para que se te quiten las tonterías.
Parpadeo incrédula. ¿Cómo? ¿He escuchado bien?
Me giro hacia él antes de salir por la puerta, le saco el dedo del medio, mandándole a tomar por culo y le fulmino con la mirada más asesina que tengo.
—Que te jodan. Espero que te den una paliza en el ring, la próxima vez.
Su cara es un poema. Le he dado dónde más duele, pero es que él a mí también.
Por los gritos que hemos dado, Karol aparece restregándose los ojos. Parece haber salido de hibernar. La miro y resoplo.
—¿Qué pasa? Me habéis despertado. Es la una y cuarto de la noche. ¡Por Dios!
—¡Pasa, que éste…!
—¿Media neurona? —Continúa “media neurona”, cabreado y desnudo.
—¡Se ha comido mi comida! ¡Y mira cómo lo tiene todo! Mira, K, yo no puedo. Me voy porque esto me supera.
—Pero tía, vamos a hablar las cosas.
—Deja que se marche. Con un poco de suerte engaña a algún gilipollas, para que le quite las telarañas y, de paso, la mala leche.
—¡Álex! ¡Para tú también! —Media neurona, da un portazo en nuestras narices, cortando así la pelea.
Mira, yo esto no. Pero que no. A dar por saco a otra parte. Con lo a gusto que estábamos K y yo solas.
—Mar, son sólo unos cereales. ¿Era necesario armar esta pelea?
—No son sólo los cereales. Es un maldito chulo, y como me vuelva a llamar por ese apodo estúpido, se lo hago tragar.
—Hablaré con él.
—¿Para qué se esfume?
—Para que no te moleste. Sabes que lo está pasando mal. Se va a perder esta temporada entera. El K1 es su vida.
—Esta casa es mi vida, la tranquilidad es mi vida, estar alejada de este tipo de imbéciles es mi vida… ¡pero nooo! Tenías que ofrecerle la habitación contigua a la mía. Mira, es tu hermano, lo entiendo, pero yo no puedo vivir con él.
—¡Claro! Se me olvidaba... aquí es Marina la solitaria, Marina la que se ha quedado sin desayuno, Marina la que no puede soportar a un tío… ¡Joder! Vale ya. Pagamos lo mismo, es la casa de ambas. Cuando traías a ese estúpido que solo sabía fumar porros y mirarme el culo, no decías nada. ¡Pues no! ¡Se acabó! Mi hermano se queda.
—¡Pues muy bien! Tranquila, que la que se va de esta casa soy yo.
Me meto en mi habitación dando un portazo, sintiéndome fatal. K y yo jamás discutimos, y ahora es una tras otra. Abro la puerta de nuevo. Esto no ha terminado.
—Por cierto, también me dejó sin cena y ese estúpido que has mencionado, es agua pasada. ¡No viene a cuento que saques el tema a relucir!
—Venías de cenar. No me fastidies.
¿Veis por lo que quiero a los tíos lejos? Solo traen problemas.