Capítulo único
El murmullo de la prensa y el olor a neumáticos quemados ya habían quedado atrás, pero la verdadera carrera de Carlos acababa de empezar, y esta vez no había telemetría que le indicara el camino correcto.
Caminaba por los pasillos del hotel, con los pasos lentos, pesados, arrastrando una indecisión que le oprimía el pecho. La luz tenue de las lámparas en las paredes proyectaba sombras alargadas que parecían burlarse de su debate interno. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿De verdad iba a cruzar esa línea otra vez?
Apenas unas horas antes, después de las practicas, el mundo entero lo observaba. Carlos había intentado mantener su fachada impecable, la del piloto profesional y centrado, pero el paddock siempre era un nido de distracciones y la mayor de ellas llevaba el uniforme rojo con el "cavalino rampante" que él mismo había vestido no hacía mucho.
No pudo evitarlo. En un descuido de las cámaras, cruzó la mirada con su excompañero de Ferrari. Charles. Había sido solo un segundo, pero suficiente. Una mirada sugerente, cargada de una complicidad antigua y peligrosa; de esas que Carlos sabía descifrar a la perfección. Era una invitación silenciosa, un desafío directo a la cordura que le quedaba.
Lo que de verdad le revolvía el estómago y tensaba el nudo en su cabeza no era el deseo —eso ya lo tenía asumido—, sino el escenario completo. Charles no estaba solo. A pocos metros de esa mirada clandestina, el monegasco jugaba el papel de su vida junto a su nueva esposa, Alexandra. Frente a los flashes, eran el matrimonio perfecto, la viva imagen de la familia feliz, riendo mientras mimaban al pequeño Leo, su perro adorado por todo el paddock. Ver esa estampa de perfección doméstica y, al mismo tiempo, recibir ese magnetismo oscuro y privado, hacía que Carlos se sintiera el arquitecto de un desastre inminente.
El teléfono en su bolsillo vibró, interrumpiendo el zumbido de sus pensamientos. Carlos se detuvo a mitad del pasillo y sacó el dispositivo. La pantalla iluminó su rostro cansado, mostrando un mensaje breve, directo y sin remitente necesario:
"Te veo a las 8 en la habitación del hotel, es la 16."
Carlos soltó una risa amarga, un bufido que resonó desierto en el pasillo.
—Claro...
susurró para sí mismo, guardando el teléfono
—Todo tiene que ser muy tú. A tu manera, a tu tiempo, sin importar el caos.
Miró el reloj de su muñeca. Faltaban cinco minutos para la hora. La lógica, la prudencia y el sentido común le gritaban que diera la vuelta, que bajara al gimnasio, mejor fuera al simulador, que se encerrara en su propio cuarto a repasar los datos para la clasificación del día siguiente. Tenía demasiado que perder.
Pero Carlos, el hombre que arriesgaba la vida a más de trescientos kilómetros por hora en cada curva, estaba demasiado acostumbrado a caminar cerca del peligro. Había hecho una carrera de tomar malas decisiones bajo presión, de rozar los muros esperando no estrellarse.
Sintió una oleada de calor, una mezcla de deseo reprimido y pura lujuria que terminó por romper el último hilo de su resistencia. El nudo en su cabeza no se desató, simplemente dejó de importarle. Dejándose arrastrar por la gravedad de esa atracción inevitable, Carlos giró a la izquierda al fondo del pasillo, buscando el número dorado que brillaba a lo lejos:
El 16.
Frente a la puerta de madera oscura, Carlos se quedó inmóvil. El número 16 parecía brillar bajo la luz del pasillo como una advertencia y, al mismo tiempo, como una promesa. Sabía perfectamente que cruzar ese umbral significaba firmar un pacto con el diablo. Si entraba en esa suite, lo que fuera que estuviera a punto de empezar no terminaría con un simple saludo; se extendería, febril y sin frenos, probablemente hasta el amanecer.
Su mente, la parte racional que calculaba los riesgos en la pista, le gritaba que diera la vuelta. Pero su corazón latía a un ritmo completamente distinto, exigiéndole que diera el paso.
—Al diablo —susurró.
Decidió apagar el cerebro, silenciar la culpa y estiró la mano para presionar el timbre.
El sonido apenas acababa de morir cuando la cerradura hizo un clic. La puerta se abrió despacio, revelando a Charles. No llevaba el uniforme del equipo ni ningún traje de gala; vestía ropa cómoda, una camiseta holgada que dejaba intuir la línea de sus hombros y unos pantalones deportivos. Pero lo que verdaderamente detuvo el aire en los pulmones de Carlos fue su expresión: esa sonrisa sutil, cargada de una confianza absoluta, la misma sonrisa que siempre, sin excepción, lograba desarmarlo por completo.
"No me mires así, joder. Ya sé perfectamente lo que quieres de mí."
Penso Carlos, sintiéndose peligrosamente vulnerable bajo esa mirada analítica.
Charles se apoyó ligeramente en el marco de la puerta, sin prisa, recorriéndolo con los ojos de arriba abajo, saboreando el hecho de que el madrileño realmente hubiera acudido a la cita.
—Sabía que vendrías.
Dijo Charles, con una voz suave, casi un arrullo, pero con un tono de absoluta certeza. No era una suposición, era una afirmación de control.
Carlos soltó un hondo suspiro, acumulando el coraje que le quedaba para caminar por el lado salvaje. Dio un paso al frente, obligando a Charles a retroceder sutilmente para dejarlo pasar, y la puerta se cerró detrás de ellos, aislando al mundo exterior.
La suite era amplia, iluminada solo por unas cuantas luces indirectas que creaban un ambiente denso, íntimo. Carlos se quedó de pie en medio de la estancia, con los brazos cruzados en un intento inconsciente de protegerse, mientras Charles se movía a su alrededor con una seguridad casi felina.
—Estás tenso, Carlitos —comentó Charles, acercándose por detrás.
Su voz se sintió demasiado cerca de la nuca de Carlos, haciéndole dar un ligero escalofrío.
—Todavía estás pensando demasiado.
—¿Y cómo quieres que no piense, Charles? —Carlos se giró para enfrentarlo.
Charles mantenía una postura dominante, con las manos guardadas en los bolsillos, observándolo como quien sabe que tiene todas las cartas ganadoras.
—Vi lo de hoy. Vi las fotos con Alexandra, el perro... el maldito cuadro familiar. ¿Y ahora me citas aquí?
Charles sonrió de lado, una mueca fría pero increíblemente magnética. Dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Carlos hasta que sus pechos casi se rozaron. Carlos, instintivamente, dio medio paso hacia atrás, encontrando el borde de la mesa. Estaba acorralado, y Charles lo sabía.
—Eso es para el mundo, Carlos. Para las cámaras.
Dijo Charles, extendiendo una mano para delinear con el dedo índice la mandíbula tensa del español, obligándolo sutilmente a mantener la cabeza en alto.
—Pero aquí dentro... no hay cámaras. Solo estamos tú y yo. Y tú sabes muy bien qué papel juegas aquí.
La presión del dedo de Charles en su mentón hizo que a Carlos se le secara la boca. Odiaba lo mucho que le gustaba perder el control cuando estaba con él, la forma en que el monegasco asumía el mando sin pedir permiso, guiándolo exactamente a donde quería.
—Eres un egoísta —susurró Carlos, aunque el insulto carecía de fuerza, sonando más como una rendición.
Sus manos, que antes estaban cruzadas, bajaron hasta apoyarse en el borde de la mesa, buscando estabilidad mientras su cuerpo empezaba a ceder ante la cercanía del otro.
—Tal vez —admitió Charles, acortando la distancia final.
Su mano libre bajó firmemente hasta la cintura de Carlos, sujetándolo con un agarre posesivo, dictando el ritmo del encuentro.
—Pero eres tú el que ha llamado a mi puerta. Sabes exactamente lo que te voy a hacer, y lo quieres tanto como yo.
Carlos cerró los ojos por un segundo, tragando saliva. Sentir la fuerza de Charles empujándolo sutilmente contra el mueble, marcando el terreno, anuló la poca resistencia que le quedaba.
Cuando volvió a abrir los ojos, la duda había desaparecido, reemplazada por una sumisión ardiente.
—Cállate y hazlo ya.
Pidió Carlos en un hilo de voz, entregándose por completo a las manos que ya empezaban a guiarlo hacia la penumbra de la habitación.
Charles no esperó un segundo más. Con un movimiento firme y posesivo, sujetó a Carlos por las muñecas y lo arrastró hacia la penumbra de la habitación principal, cerrando el espacio entre ambos de golpe. Lo estampó sutilmente contra la pared contigua y capturó sus labios con un hambre salvaje, un ansia contenida que llevaba cocinándose a fuego lento bajo los reflectores del paddock.
Carlos no opuso resistencia; soltó un quejido ahogado que se perdió en la boca del monegasco y respondió al beso con la misma intensidad. Al profundizar el contacto, Carlos pudo saborear la piel de Charles: una mezcla embriagadora del olor metálico y rudo de la pista que aún se aferraba a su cuello, combinada con un rastro dulce, un sabor a miel que debía ser de algún té previo a las entrevistas. Ese contraste, tan propio de la dualidad de Charles, fue el empujón definitivo que hizo a Carlos descender por completo al lado salvaje.
Charles cortó el beso apenas unos milímetros, manteniendo sus labios rozando los de Carlos, su respiración agitada chocando contra su rostro.
—Una vez que empecemos esto, no vamos a parar, Carlitos —advirtió en un susurro ronco, con la voz cargada de una oscura promesa—. Te preguntaría si estás seguro... pero creo que ya tengo mi respuesta.
Bajando la mirada con una lentitud tortuosa, Charles deslizó una de sus manos por el abdomen de Carlos hasta posarla firmemente sobre la pronunciada y evidente erección que ya marcaba el pantalón deportivo del madrileño.
—Ah...
Carlos no pudo contenerlo; un gemido suave, agudo y desarmado se le escapó de la garganta al sentir la presión exacta y caliente de la palma de Charles. Su cuerpo se arqueó instintivamente hacia el toque, buscando más.
Charles soltó una risa baja, una burla cargada de suficiencia y satisfacción al ver lo rápido que lo había doblegado. Sin darle tiempo a recuperarse, lo empujó por los hombros hacia atrás, tumbándolo con firmeza sobre el colchón de la enorme cama.
Carlos cayó de espaldas, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en la silueta de Charles, que ahora se posicionaba sobre él desde el borde de la cama, desabrochándose lentamente la camiseta sin dejar de mirarlo con superioridad.
Mientras observaba al monegasco dominar el espacio y prepararse para tomar lo que ya consideraba suyo, Carlos lo reconoció internamente con una mezcla de amargura y ardiente sumisión: había vuelto a tropezar. Era la misma piedra de siempre, el mismo error predecible en el que caía una y otra vez.
Pero mientras Charles se posicionaba entre sus piernas, obligándolo a abrirse para él, Carlos supo que no había espacio para la culpa. Para un mal tan perfecto y devastador como Charles Leclerc, no existía ningún ser humano en la Tierra capaz de resistirse o aguantar.
Charles se movió con la precisión de quien conoce perfectamente cada centímetro del terreno que pisa. Sin perder el contacto visual, enganchó los dedos en el elástico del pantalón deportivo de Carlos y, con una maestría salvaje y fluida, se lo bajó de un solo tirón, dejándolo caer al suelo.
Carlos soltó un bufido de sorpresa, pero antes de que pudiera procesarlo, Charles ya había bajado. Comenzó a dejar un rastro de besos húmedos y firmes por todas sus piernas, ascendiendo lentamente desde las rodillas.
Cuando los labios de Charles alcanzaron el interior de sus muslos, rozando la piel sumamente sensible de esa zona, Carlos soltó un jadeo sonoro y, cediendo por completo al instinto, relajó las piernas, abriéndose aún más para darle total acceso.
Charles volvió a soltar esa risa baja, ronca y cargada de ego al notar cómo la erección de Carlos, ahora contenida únicamente por la fina tela de su ropa interior, palpitaba con fuerza.
Disfrutando del control absoluto de la situación, Charles se inclinó y comenzó a besarlo justo ahí, a través del tejido, dejando que el calor de su aliento y la presión de su boca torturaran deliciosamente al madrileño. Carlos se llevó las manos a la cabeza, enredando los dedos en las sábanas, conteniendo el aire.
Con una lentitud exasperante, Charles usó los dientes y las manos para deslizar la ropa interior hacia abajo, liberando finalmente la hombría de Carlos, que reaccionó al contacto con el aire frío de la habitación.
Fue entonces cuando el juego se volvió verdaderamente tortuoso. Charles adoptó un ritmo pausado, calculadamente lento. Mientras mantenía una mano firme sobre la cadera de Carlos para anclarlo a la cama, deslizó la otra hacia abajo, buscando su zona trasera. Con movimientos suaves, sutiles pero implacables, comenzó a estimularlo, presionando y preparando el lugar con una paciencia que a Carlos le pareció una auténtica tortura.
—Charles... por favor.
Consiguió articular Carlos, con la voz rota y la respiración completamente desbocada. El contraste entre el vacío que sentía y la lenta estimulación lo estaba volviendo loco. Arqueó la espalda, buscando más presión, pero Charles se limitó a mantener el mismo ritmo pausado.
—Deja de jugar... y hazlo de una vez.
Al escuchar la súplica desarmada y la impaciencia en la voz del español, Charles detuvo el movimiento. Elevó la mirada y le dedicó una sonrisa coqueta, felina, la mirada encendida por el triunfo de haberlo llevado justo al límite donde lo quería.
—¿Tanta prisa tienes, Carlitos? —susurró Charles, incorporándose sobre la cama.
Sin dejar de mirarlo, Charles se puso de pie a un costado del colchón. Con movimientos deliberados y fluidos, se deshizo del resto de su propia ropa, dejando al descubierto su cuerpo atlético y la evidencia de que él estaba tan encendido como el hombre que yacía en la cama. Con total tranquilidad, tomó lo necesario de la mesa de noche y comenzó a prepararse frente a un Carlos impaciente, que lo observaba desde el colchón con los ojos oscuros de deseo, contando los segundos para que el monegasco volviera a reclamar su lugar entre sus piernas.
Una risa ronca, rota por un jadeo profundo, escapó de los labios de Carlos. No pudo evitarlo. Resultaba casi cómico el nivel de sumisión en el que se encontraba, mientras Charles, con una dedicación casi religiosa, se tomaba el tiempo de tocar y adorar cada centímetro de su piel desnuda.
El monegasco había bajado de nuevo la cabeza, y ahora sus labios se concentraban en su zona íntima, introduciendo la lengua con una precisión húmeda y experta para dilatarlo mejor, mientras sus manos tomaban su miembro, con un ritmo constante y firme, lo masturbaban a la par.
La risa de Carlos era pura ironía. Pensaba en lo absurdo de su propia vida: ¿cómo era posible que, en materia de hombres, siempre terminara eligiendo tan mal? Era un auténtico experto en tropezar con la misma piedra, un profesional en repetir los mismos malditos errores.
Pero cualquier rastro de pensamiento filosófico o autocrítica se disipó de golpe, borrado del mapa por una descarga de electricidad pura. Sin previo aviso, Charles se incorporó, lo sujetó con fuerza de las caderas y, de una sola estocada firme, introdujo su miembro por completo dentro de él.
—¡Ah... joder, Charles!
El grito de Carlos en su lengua materna quedó amortiguado contra las sábanas mientras su cuerpo se tensaba por el impacto de ser llenado bruscamente.
Charles se congeló un momento encima de él, regulando su propia respiración, dejando que Carlos se habituara a su tamaño. Sabía perfectamente que no podía ser brusco; a pesar de la intensidad del momento, no quería lastimarlo.
Con cuidado, el monegasco comenzó a moverse con lentitud, un vaivén pausado pero profundo que arrancó los primeros gemidos y jadeos de la garganta de ambos. El sonido de sus cuerpos chocando y el aire pesado de la suite llenaron el espacio.
—Mírate... estás tan estrecho para mí, Carlitos.
Susurró Charles al oído de Carlos con una voz ronca, usando esas palabras sucias y posesivas para estimularlo, buscando hacerlo sentir bien y romper el resto de sus defensas.
—Eres perfecto. Así... siénteme.
Carlos, con los ojos nublados por el placer y la pelvis ardiendo, se aferró a los hombros sudorosos de Charles. La lentitud lo estaba volviendo loco, despertando una urgencia que le quemaba las venas.
—Más... más rápido, Charles. No te detengas —le exigió Carlos entre jadeos, clavando las uñas en su espalda.
Una sonrisa coqueta y triunfante se dibujó en el rostro de Charles. Aumentó la velocidad del impacto, complaciendo la petición con una fuerza renovada.
—Ese es mi chico...
Le respondió Charles con suficiencia, golpeando con más ritmo, tomándolo con la autoridad que tanto le gustaba ejercer.
En medio del frenesí, de los espasmos de placer y el vaivén salvaje que sacudía la enorme estructura de la cama, la mirada de Carlos se desvió por una milésima de segundo hacia el suelo. Justo al lado del colchón, vio el pantalón deportivo de Charles. Minutos antes, Charles se lo había quitado de prisa y, en un gesto deliberado, se había sacado el anillo de matrimonio —la alianza que lo ataba a Alexandra— para guardarlo en el bolsillo antes de arrojar la prenda descuidadamente sobre la cama.
Ahora, debido al movimiento rítmico y violento de los cuerpos, el pantalón deportivo había resbalado de las sábanas, terminando tirado en la alfombra, con el anillo oculto y olvidado en la oscuridad del tejido.
Carlos sintió una punzada de realidad, pero decidió dejarlo pasar. Decidió ignorar el simbolismo de esa joya escondida y la farsa del matrimonio perfecto que Charles había dejado fuera de esa habitación. En ese instante, bajo el peso del cuerpo de Charles y con el placer reclamando cada fibra de su ser, lo único que importaba era el amanecer que aún quedaba por delante.
Los movimientos se volvieron definitivamente bruscos, perdiendo cualquier rastro de la delicadeza inicial. La sutileza se disolvió en el aire pesado de la suite mientras sus bocas se atacaban de nuevo en un beso salvaje, húmedo y para nada casto, un choque de lenguas que buscaba asfixiar los gemidos que ya no podían contener.
En un arrebato de urgencia y buscando cambiar el ángulo del placer, Charles sujetó a Carlos firmemente por las caderas y, con un giro rápido y coordinado, invirtió las posiciones. Carlos quedó encima de él, sentado sobre su regazo, con las piernas a horcajadas.
No hubo necesidad de palabras. Entendiendo perfectamente su rol en ese instante, Carlos se apoyó con las manos en el pecho firme de Charles y comenzó a cabalgarlo sin piedad. Charles, desde abajo, no se quedó estático; arqueaba la pelvis hacia arriba, embistiéndose más rápido y profundo en cada elevación. El cambio de ritmo fue demoledor. Con cada choque directo y seco del trasero de Carlos contra la base del miembro duro de Charles, ambos veían estrellas, arrastrados por una oleada de espasmos que amenazaba con hacerlos perder el conocimiento.
La suite número 16 quedó completamente sumida en una sinfonía obscena y descarada. Ya no importaba la discreción, ni los pasillos del hotel, ni el mundo exterior. El espacio se llenó con el eco de sus gemidos, que resonaban libres y sin censura en las paredes. A eso se sumaba el crujido rítmico y violento de la estructura de la cama, que rechinaba sobre el piso y golpeaba con fuerza contra la pared con cada embestida, acompañado por el sonido húmedo y constante de los testículos de Charles impactando firmemente contra el trasero de Carlos.
Carlos echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y el cabello empapado en sudor, completamente entregado al ritmo frenético que él mismo dictaba arriba, mientras las manos de Charles se clavaban en sus glúteos, guiando el descenso y asegurándose de que cada centímetro entrara hasta el fondo en esa danza salvaje que parecía no tener fin.
Mientras daba un brinco tras otro sobre el regazo del monegasco, Carlos se preguntaba, en un último rastro de lucidez, cómo demonios había terminado así. ¿En qué momento exacto habían vuelto a la misma tendencia destructiva? Pero las respuestas no llegaban, borradas por el placer que Charles le provocaba, haciéndolo gritar con una fuerza descarada cada vez que sentía alcanzar el cielo con las estocadas profundas que lo partían por dentro.
Su propio miembro, duro como una roca, golpeaba rítmicamente contra su propio abdomen con cada movimiento, una tortura visual y física que lo estaba volviendo loco.
Estaban tan completamente absortos en su noche, tan encerrados en el universo de la suite 16, que ni siquiera se percataron de los golpes firmes en la puerta principal. Afuera, el personal de recepción llamaba con insistencia tras haber recibido las airadas quejas de los huéspedes de la habitación número 17, quienes ya no aguantaban el escándalo que salía de allí.
Y era lógico. Carlos no estaba siendo nada silencioso. De hecho, momentos antes, en un intento desesperado de cordura por callar sus propios gritos, Carlos había agarrado una almohada para ahogar sus gemidos contra ella. Pero Charles, con esa posesividad salvaje que lo dominaba esa noche, se la quitó de las manos con un tirón brusco y la arrojó al suelo.
—No te contengas, Carlos.
Le había ordenado Charles con la respiración desbocada, volteándolo de nuevo para dejarlo debajo de él, atrapando sus piernas sobre sus hombros.
—Quiero que me escuches. Quiero que todos en este maldito hotel sepan que soy yo el que te está haciendo sentir tan bien.
Ahora, con Charles encima dictando un ritmo frenético e implacable, la mente de Carlos estaba completamente fundida. La lógica del paddock, las quejas de los vecinos y el peligro de ser descubiertos ya no existían. Su cerebro se había reducido a puro instinto, incapaz de procesar nada más que el segundo orgasmo que Charles le estaba preparando con cada embestida.
Charles parecía imparable esa noche, poseído por una energía inagotable, como si toda la frustración de las apariencias y la farsa mediática se estuviera drenando en ese colchón; como si Alexandra, con toda su perfección de esposa ideal, no pudiera satisfacerlo ni una milésima parte de lo que solo Carlos, con su cuerpo y su entrega sumisa, sabía hacerle sentir.
La transición entre las posiciones había sido abrupta, guiada por la urgencia de Charles de reclamar cada rincón de su cuerpo. Carlos se encontraba ahora boca abajo sobre el colchón, con las sábanas revueltas y el trasero ligeramente levantado, expuesto por completo a la anatomía del monegasco. Tenía la cabeza hundida en la almohada, intentando desesperadamente sofocar la intensidad de lo que estaba sintiendo, pero el control no le pertenecía.
Sintiendo la resistencia de Carlos a entregarse al ruido, Charles estiró la mano, enredó los dedos con fuerza en el cabello castaño del madrileño y lo jaló hacia atrás sin contemplaciones. Obligó a Carlos a levantar su enrojecido y sudoroso rostro, exponiendo la vulnerabilidad de sus facciones bajo la luz tenue de la habitación.
Al perder el refugio de la almohada, los gemidos obscenos y descarados salieron libres de su boca abierta, de la cual ya se deslizaba un fino hilo de saliva que brillaba sobre su barbilla. Carlos tenía los ojos llorosos, empañados por las lágrimas del esfuerzo físico, y la mirada completamente perdida, flotando en el vacío del placer puro.
Charles no le dio tregua. Aprovechando el ángulo perfecto que ofrecía la posición, comenzó a moverse con una maestría implacable, calibrando la dirección de cada embestida para golpear de lleno, una y otra vez, ese punto dulce en la ya lastimada próstata de Carlos.
—¡Ah... Ch-Charles...! ¡Mmmgh... s-sí!
Carlos ya no era capaz de articular una sola palabra coherente; su vocabulario se había reducido a gemir, gruñir y jadear el nombre de Charles con una devoción casi dolorosa cada vez que sentía el impacto rozar su límite.
El sudor corría por el torso de Charles, goteando sobre la espalda expuesta de Carlos con cada vaivén frenético. La deliciosa sensación que la estrechez del madrileño le provocaba a Charles lo estaba volviendo loco, arrancándole a él también gruñidos animales, gemidos roncos que revelaban lo cerca que estaba de perder los estribos. Era una respuesta física y visceral, una conexión brutal que Charles jamás en su vida había podido sentir con Alexandra, por más que intentara forzar la perfección en su vida pública.
—Mierda, Carlos...
Gruñó Charles al oído del español, con el aliento quemándole la oreja y la voz rota por la excitación.
—Aprietas tanto... me vas a volver loco, maldita sea. No hay nadie que me apriete como tú, nadie.
Charles incrementó la velocidad, sujetando con ambas manos las caderas de Carlos, dejando las marcas de sus dedos en la piel bronceada mientras golpeaba el fondo con una fuerza casi violenta, haciendo que el cuerpo de Carlos se sacudiera hacia el frente en cada impacto.
—Eres mi muñeco, ¿me oyes?.
Le soltó Charles entre gemidos exigentes, totalmente poseído por el derecho que se autoimponía sobre él
—Solo me perteneces a mí, Carlitos. Todo este maldito cuerpo, tu boca, tu trasero... tu miembro es mío. Todo es mío hoy.
El calor acumulado en el vientre bajo de Carlos se estaba volviendo insoportable, una tensión eléctrica que bajaba directamente hacia su miembro. Completamente duro, rozaba contra la tela de la cama con cada embestida que Charles le propinaba desde atrás, humedeciéndose a un ritmo alarmante por el líquido preseminal que ya brotaba de la punta a borbotones. Carlos sentía el clímax en la punta de los dedos, la liberación a solo un par de movimientos de distancia.
Un ligero espasmo involuntario, un apriete sumamente estrecho de la entrada de Carlos alrededor del miembro de Charles, delató sus intenciones. El monegasco, con la experiencia grabada en la piel, se dio cuenta de inmediato de que el español estaba a punto de llegar. Y Charles aún no quería que lo hiciera.
En un movimiento rápido, brusco y coordinado, Charles lo tomó de la cintura y lo volteó por completo sobre el colchón para que quedara boca arriba. Carlos cayó de espaldas con la respiración rota, permitiéndole a Charles apreciar el maravilloso desastre en el que lo había convertido.
El orgullo se le instaló en el pecho al monegasco: ver al hombre que ante el mundo siempre se mostraba fuerte, decidido, implacable, dueño de un cuerpo musculoso y varonil, convertido ahora en un manojo de gemidos y jadeos, completamente perdido, era su mayor triunfo. El cerebro de Carlos estaba fundido; lo único que existía en su universo era el placer que Charles le dictaba.
—Charles... Charles, por favor, me voy a venir... ya no aguantó —alcanzó a articular Carlos con la voz temblorosa, arqueando la pelvis buscando el roce que lo liberara.
Pero Charles tenía otros planes. Con un movimiento rápido y posesivo, atrapó con su mano el miembro de Carlos, que se sentía completamente duro como una roca. Lo apretó con fuerza, sellando la salida y colocando firmemente su dedo pulgar sobre la punta para retener y bloquear el orgasmo, justo en el momento en que volvía a empujarse con fuerza dentro de él.
La negación del clímax golpeó a Carlos con una crueldad deliciosa. Sus ojos se llenaron de lágrimas de pura frustración y excitación, sacudiendo la cabeza sobre la almohada.
—¡No, Charles! ¡Suéltame, déjame venirme, por lo que más quieras!.
Le rogó, lloroso, con la voz rota por la tortura de estar al borde del abismo sin poder caer.
—Aún no, Carlitos—. Le susurró Charles desde arriba, mirándolo con ojos oscuros y una sonrisa implacable, mientras continuaba embistiéndolo sin piedad. —Sé una buena zorra y aguanta para mí. Quiero que sufras un poco más.
Charles mantuvo el castigo durante un rato que a Carlos le pareció una eternidad, llevándolo a un estado de hipersensibilidad donde cada golpe directo en su interior lo hacía estremecerse por completo. Solo cuando el monegasco sintió que el cuerpo de Carlos ya no podía soportar más tensión, relajó el agarre de su mano y retiró el pulgar de la punta.
La liberación fue devastadora. Carlos llegó a su orgasmo de una manera increíblemente sonora, soltando un grito desgarbado que inundó la habitación mientras su esperma, caliente y espeso, salía disparado a chorros, manchando su propio abdomen y las sábanas.
Charles ensanchó su sonrisa al ver la cantidad de semen que decoraba el cuerpo del madrileño. Al bajar la mirada hacia los testículos de Carlos, notablemente gordos e hinchados por la acumulación, dedujo de inmediato que el español llevaba mucho tiempo sin estar con nadie.
—Mírate... —comentó Charles con suficiencia, sin detener el vaivén de sus caderas—. Así me gusta. Sabía que te estabas guardando para mí. Que sepa todo el mundo que solo me perteneces a mí.
Carlos dejó caer la cabeza, con el pecho subiendo y bajando violentamente, pensando de forma ingenua que la tortura había terminado y que finalmente podría descansar. Pero el calvario placentero apenas cambiaba de fase. Charles, lejos de ablandarse, volvió a acelerar el ritmo, moviéndose con una energía renovada debido a que él aún no había alcanzado su propia culminación.
Se inclinó sobre el cuerpo exhausto del madrileño, atrapando sus labios antes de susurrarle directamente contra la boca:
—Esto aún no ha terminado, mi amor. Ahora te toca aguantar el mío.
Carlos volvió a soltar un gemido agudo, una mezcla de súplica y rendición absoluta, al sentir la brutal sobreestimulación de Charles moviéndose dentro de su cuerpo recién venido, obligándolo a descender de nuevo al rincón más salvaje de la noche.
Los minutos se diluyeron en el aire denso y saturado de la suite. El autocontrol que Charles tanto presumía terminó por desmoronarse por completo, y ahora era él quien gemía fuerte, rítmico y sonoro a la par de Carlos, incapaz de contener la marea de sensaciones que lo arrastraba.
—Charles... para, por dios... me duele, está doliendo mucho...
Suplicó Carlos con la voz completamente quebrada, girando la cabeza de un lado a otro sobre la almohada empapada de sudor, abrumado por la implacable fricción en su sensible interior.
—No me voy a detener, Carlos... mierda, no puedo.
Le respondió Charles en un gruñido sucio, con la respiración desbocada y los ojos fijos en el cuerpo del español.
— Mírate cómo estás... pides que pare pero tu maldito cuerpo me ruega que te parta en dos.
Desde su posición dominante, Charles bajó la mirada y vio que el miembro de Carlos, a pesar de haber eyaculado hacía poco, volvía a estar erecto, sumamente duro, hinchado y enrojecido debido al flujo de sangre y la brutal estimulación. Justo abajo, sus testículos se veían grandes, pesados, tensos, redondos y con un tono rojizo por el calor del acto. El cuadro era una tentación demasiado grande para el monegasco, quien extendió su mano libre para atraparlos por completo, comenzando a amasar, apretar y acariciar sus bolsas con una posesividad salvaje.
Con la otra mano, Charles la plantó firmemente en el centro del pecho de Carlos, empujándolo contra el colchón. El madrileño, en un último e inconsciente instinto de supervivencia, intentó empujarlo hacia atrás para soltarse, pero fue un intento inútil; la excitación exagerada y extrema que estaba experimentando le había drenado las fuerzas, volviéndolo débil, completamente indefenso ante el peso del otro.
Lo único que Carlos podía hacer era sentir. Sentir el gran miembro de Charles entrar y salir de su hipersensible entrada, experimentando de forma nítida cada longitud del recorrido, el roce de la cabeza hinchada abriéndose paso y el relieve de las venas marcadas contra sus paredes internas. A ese castigo se sumaba el sonido obsceno, húmedo y sordo de las bolas también hinchadas de Charles golpeando con violencia el trasero de Carlos en cada estocada, todo mientras la mano del monegasco seguía estrujando y acariciando sus bolas abajo.
Charles, por su parte, sentía que tocaba el cielo. El interior de Carlos, sobreestimulado y caliente, se contraía de forma errática, succionando su miembro con una estrechez deliciosa, un agarre natural que le exprimía la cordura.
—¡Ah... Dios, Carlos...! Eres una maldita delicia... me estás apretando tanto... —Charles soltó un gemido animal, perdiendo los estribos por completo.
Ya no quedaba el menor rastro del Charles Leclerc sereno, elegante y calculador que el mundo conocía en las conferencias de prensa. En ese instante, era como si el Charles animal de la pista, ese competidor agresivo y despiadado que no soltaba a su presa, se hubiera apoderado de él sobre la cama. Sus embestidas se volvieron rústicas, brutales y descontroladas, haciendo que la pesada estructura del mueble rechinara con tal violencia que parecía un milagro que no se rompiera bajo el destructivo vaivén de sus cuerpos.
Ese segundo orgasmo sacudió el cuerpo de Carlos con una violencia tal que lo dejó completamente desarmado, con los músculos de las piernas temblando de forma incontrolable debido a la intensa estimulación.
Sin embargo, Charles parecía no tener fin; su ritmo no decayó. Carlos, con la voz rota y entre sollozos de puro agotamiento y placer, le pedía otra vez que parara, que ya no podía más, pero el monegasco estaba demasiado sumido en su propio éxtasis como para hacerle caso. Con los ojos oscurecidos por la lujuria, Charles continuó ignorando las súplicas, susurrándole palabras sucias al oído mientras aumentaba la velocidad y la fuerza de las estocadas, llevándolo a un terreno de sensibilidad extrema.
Cuando Charles sintió que finalmente estaba a punto de alcanzar su propia culminación, buscó asegurar el clímax de ambos de una manera devastadora. Con una mano firme, tomó el miembro de Carlos, que seguía increíblemente duro, enrojecido y pulsante por el constante roce.
Charles comenzó a frotar la punta con movimientos rápidos y deliberados. La brutal sobreestimulación golpeó a Carlos como una descarga eléctrica, haciéndolo llorar abiertamente por el placer doloroso que quemaba su lastimado miembro.
—¡Charles, para, por favor... me duele, siento ganas de... de hacer pipí!
Alcanzó a gritar Carlos, completamente abrumado por la presión en su uretra.
Antes de que pudiera procesarlo, el cuerpo del madrileño colapsó en un espasmo involuntario acompañado de otro grito, liberando un violento "squirt" masculino que salpicó las sábanas justo en el mismo instante en que Charles alcanzaba su ansiado y demoledor orgasmo.
Charles se hundió por última vez hasta el fondo, llenando el interior de Carlos con su semen caliente en una estocada final que los hizo gritar a ambos, uniendo sus voces en un eco de puro placer salvaje.
Tras unos segundos de pesadez, Charles salió lentamente del cuerpo tembloroso de Carlos. El madrileño yacía boca arriba, incapaz de articular una sola palabra; de su boca solo brotaban gemidos ahogados y jadeos erráticos. Tenía las piernas completamente abiertas, rígidas y sacudidas por temblores constantes, mientras el placer residual seguía recorriendo su sistema nervioso como pequeñas réplicas de un terremoto.
Incorporándose sobre las rodillas, Charles contempló la escena con un orgullo primitivo y absoluto. Observó la entrada de Carlos, visiblemente dilatada y enrojecida por el castigo de la noche, y vio cómo su propia esperma blanca comenzaba a escurrir a borbotones, deslizándose lentamente entre los muslos abiertos del español hasta manchar el colchón.
Una idea absurda y posesiva cruzó la mente de Charles al ver el desastre que había provocado: pensó que, si la biología fuera distinta, en ese mismísimo momento Carlos habría quedado embarazado de él. Esa idea lo hacía querer volver a tomarlo pero no quería hacerle daño al de piel canela.
Abajo, Carlos continuaba con la mirada completamente perdida, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta y el cerebro hecho puré tras la tortuosa e implacable estimulación a la que Charles lo había sometido hasta el amanecer.
El frenesí salvaje de la noche se disipó de golpe, dejando en la suite un silencio denso, interrumpido solo por la respiración entrecortada de ambos. Al ver el estado en el que había dejado a Carlos, el instinto de posesión de Charles se transformó de inmediato en una necesidad de protección.
Se levantó de la cama con agilidad y fue rápidamente al baño para regresar con abundante papel. Con una delicadeza que contrastaba por completo con la brutalidad de sus movimientos anteriores, comenzó a limpiar los muslos y la piel enrojecida de Carlos, asegurándose de quitar cualquier rastro del desastre que habían provocado. Después, con la misma eficiencia, desenganchó las sábanas sucias de la cama, acomodó las limpias y ayudó al madrileño a acomodarse para luego taparlo con suavidad hasta los hombros.
Instantes después, Charles se deslizó nuevamente bajo las mantas. Se pegó al cuerpo de Carlos, rodeándolo firmemente con sus brazos, dejando que sus pieles desnudas volvieran a encontrarse, pero esta vez bajo un calor reconfortante. Comenzó a llenarlo de mimos, dejando suaves caricias en sus brazos y besos tibios en su nuca, cuidándolo después de esa intensa noche de sexo.
Fue en ese momento cuando el cerebro de Carlos comenzó a volver en sí, emergiendo lentamente de la neblina del placer y el cansancio extremo. Sintiendo los brazos de Charles aferrándolo contra su pecho, la última barrera de su cordura se derrumbó.
—Te amo...
Susurró Carlos en un hilo de voz, tan suave que casi pareció un suspiro, justo antes de que sus ojos se cerraran por completo y cayera rendido ante el sueño.
Charles no se movió; simplemente afianzó el agarre, cobijándolo con su propio cuerpo mientras el ambiente caliente y lujurioso de la habitación terminaba de transformarse en uno pacífico, suave y protector. Carlos se sumergió en un sueño profundo, y justo en la frontera de la inconsciencia, juró escuchar una voz ronca que le respondía al oído. Entre sus sueños, Carlos juró que Charles también le había dicho que lo amaba.
La luz de la mañana en Las Vegas se filtró implacable por las rendijas de las cortinas, iluminando la suite 16 y trayendo consigo el peso de la realidad. Ya no estaban atrapados en esa burbuja de penumbra y deseo; estaban en un hotel de Las Vegas, el fin de semana unos de los Grandes Premios más mediáticos del año, y en pocas horas debían enfrentarse a la carrera.
Carlos abrió los ojos lentamente, sintiendo el cuerpo molido y la mente sumida en una extraña resaca emocional. Al incorporarse sobre las sábanas limpias, observó a Charles. El monegasco ya estaba de pie, vistiéndose con una parsimonia y una tranquilidad que borraban por completo al hombre salvaje de la noche anterior. Parecía haber ejecutado un frío reinicio en su cabeza.
—Charles... —la voz de Carlos sonó ronca, rompiendo el silencio—. Lo de ayer... ¿qué significa lo de ayer?
Charles se terminó de abotonar la camisa del equipo, se giró y lo miró con una expresión neutral, casi profesional. La calidez y las caricias de la madrugada se habían esfumado.
—Fue solo una noche, Carlos. No pienses de más.
Respondió con una calma que heló la sangre del madrileño
—Te espero en el paddock. Tal vez pase más tarde a saludarte por el garaje de Williams, pero ya sabes... ni una palabra de esto a nadie. Ambos tenemos una reputación que mantener aquí dentro.
Cada palabra fue como un impacto directo. Carlos se quedó inmóvil en la cama, sintiéndose profundamente fuera de lugar, como un intruso en una habitación que horas antes había sido su territorio.
Mientras se duchaba ya en su habitación, dejando que el agua caliente relajara sus músculos todavía resentidos por la intensidad del encuentro, no pudo evitar que la mente se le inundara de dudas. Nunca en su vida algo se le había escapado tanto de las manos. Realmente había creído que había sentimientos reales detrás de esa entrega.
De pronto, los flashbacks de la madrugada comenzaron a atormentarlo: los susurros de Charles asegurando que era suyo, el recuerdo difuso de ese "te amo" que juró haber escuchado... Todo se transformó en su cabeza en palabras vacías, meras herramientas de manipulación que el monegasco había usado para obtener exactamente lo que quería.
El golpe de realidad fue brutal: en el universo de la Fórmula 1, todo era temporal. Pero lo que más le dolía a Carlos era saber que esa temporalidad no la había decidido él; la había dictado Charles con una frialdad matemática.
Una hora después, Carlos llegó al paddock vistiendo los colores de Williams. Intentaba mantener la cabeza alta y la mirada fija, pero el destino lo obligó a enfrentarse a su peor pesadilla a los pocos metros.
A lo lejos, vio aparecer a Charles. Caminaba con absoluta naturalidad, luciendo una sonrisa impecable mientras iba firmemente agarrado de la mano de Alexandra. Ella venía llegando de un evento de la marca Rhode y, debido a la distancia de la agenda de la noche anterior, se había quedado a dormir en el yate.
Carlos sabía, por los comentarios del paddock, que Alexandra se había pasado el evento hablando maravillas de su esposo ante las demás wags, sin imaginarse ni por un segundo que el hombre que ahora le sostenía la mano —el mismo que volvía a lucir ese brillante anillo de matrimonio que la noche anterior había rodado por el suelo— acababa de tener la noche de su vida con el español.
Carlos se detuvo a un costado del camino, observándolos. Sintió los ojos humedecerse, al borde de las lágrimas, y el pecho comprimido por el peso de un corazón roto. Era invisible para el mundo en ese instante, un espectador de la farsa perfecta de Charles. Sin embargo, en medio del dolor y la humillación de verse ignorado, Carlos miró al monegasco y, con una honestidad brutal que le avergonzaba, reconoció su propia debilidad: sabía perfectamente que si Charles volvía a enviarle un mensaje, si volvía a llamarlo, él no sería capaz de negarse.
La adrenalina del Gran Premio de Las Vegas finalmente había bajado. Carlos había cruzado la meta en un impecable tercer lugar, dándole a Williams un podio histórico que se había celebrado con champán, abrazos efusivos con Alex Albon y gritos de euforia de todo el garaje. Charles, por su parte, se había llevado la victoria, desatando la locura en los tifosis.
Pero los flashes ya se habían apagado.
Ahora, Carlos se encontraba en la total tranquilidad de su propia habitación de hotel. Vestido con ropa cómoda y limpia, estaba sentado al borde de la cama, devorando una merecida y grasienta hamburguesa con papas fritas, mientras miraba de reojo un programa basura de la televisión local que apenas le prestaba atención. Se sentía extrañamente en paz; el éxito en la pista había anestesiado un poco el dolor en su pecho.
Entonces, el sonido de unos golpes firmes en la puerta rompió el silencio de la estancia.
Carlos frunció el ceño, dejó el resto de la comida sobre la mesa auxiliar y se limpió las manos antes de caminar hacia la entrada. Al abrir la puerta, el aire se le congeló en la garganta.
Allí estaba Charles.
El monegasco vestía una camisa negra semiabotonada que revelaba la línea de su pecho, unos pantalones oscuros bien ceñidos y traía el cabello ligeramente despeinado. Pero lo que verdaderamente hizo que el estómago de Carlos diera un vuelco fue su expresión: esa sonrisa sutil, pecaminosa y cargada de una confianza absoluta que lo invitaba a mandar todo al demonio una vez más.
—Hola, Carlitos.
Con una voz suave que arrastró su nombre con deliberada lentitud. Dio un paso al frente, invadiendo el umbral.
—Quería saber si... ¿quieres celebrar conmigo tu podio?
Carlos se quedó sin palabras, sosteniéndole la mirada mientras sentía cómo el corazón le empezaba a latir con fuerza en los oídos. Charles acortó la distancia, clavando sus ojos verdes en los suyos.
—Quiero que esta noche seas aparte mi trofeo por el primer lugar.
Susurró Charles, con un tono ronco que no admitía un no por respuesta.
El impacto de sus palabras fue inmediato. Carlos sintió que las piernas le temblaban de forma incontrolable, tal como la madrugada anterior. Una oleada de calor comenzó a subir por todo su cuerpo, encendiendo cada fibra de su piel y quemando la poca resistencia que le quedaba. Su cerebro se desconectó por completo, borrando la frialdad de la mañana, a Alexandra, el paddock y las promesas rotas. No importaba nada.
Carlos dio un paso atrás, abriendo la puerta por completo en una invitación silenciosa para dejarlo pasar.
Charles sonrió con suficiencia, cruzando el umbral hacia el interior de la habitación. Pero antes de girar la cerradura con seguro y colgar el letrero de "No molestar" en el picaporte exterior, Charles llevó su mano derecha hacia la izquierda. Con un movimiento pausado, casi ritual, se deslizó el anillo de matrimonio del dedo y lo guardó en el bolsillo de su pantalón.
La puerta se cerró con un clic definitivo, aislando el mundo exterior y entregándolos, una vez más, a la inevitable penumbra de la noche.
Les quiere OpheliaHorror 🖤❤️








