Prólogo
Positivo.
JaeRi sostenía la prueba de embarazo entre sus manos temblorosas, como si fuera el objeto más frágil y sagrado del universo. Dos rayitas rosadas brillaban bajo la luz tenue de su habitación, un veredicto silencioso que cambiaba para siempre el curso de su vida. Era joven, demasiado joven según los estándares del mundo, pero en ese instante no importaba. Una sonrisa radiante, pura y luminosa, se dibujó en sus labios mientras una ola de emoción la invadía por completo.
Imaginó diminutas manitas aferrándose a su dedo, noches en vela llenas de llanto que ella acallaría con besos, y mañanas de risas compartidas. Sobre todo, se imaginó contándoselo a él. A Jungkook. Su Jungkook. El chico que había llenado sus días de color, el que le prometía un futuro donde el amor lo conquistaba todo. “Se va a volver loco de felicidad”, pensó, mordiéndose el labio para contener una carcajada nerviosa. Lo veía ya: sus ojos abriéndose como platos, esa sonrisa torcida que tanto amaba, y luego los brazos fuertes rodeándola, girándola en el aire mientras le susurraba al oído que serían la familia más feliz del mundo.
El sonido del celular rompió la ensoñación como un cristal estallando contra el suelo. JaeRi dio un respingo, y su sonrisa se ensanchó aún más al ver su nombre en la pantalla. Contestó sin dudar, con la voz cargada de cariño.
—Hola, amorcito —dijo, casi cantando las palabras.
Hubo un segundo de silencio. Un silencio pesado, cargado de algo que no pertenecía a su historia.
—JaeRi —la voz de Jungkook sonaba grave, distante, casi irreconocible. No había rastro del tono juguetón ni de las palabras dulces que solía regalarle—. Debemos hablar. Te espero en mi casa.
Y colgó.
El teléfono se deslizó ligeramente entre sus dedos. La sonrisa se congeló en su rostro antes de desvanecerse por completo, como una flor marchitándose bajo un viento helado. Aquello no era normal. Jungkook nunca hablaba así. Jungkook la llamaba “mi vida”, “mi sol”, le enviaba mensajes a mitad del día solo para decirle que la extrañaba. Algo andaba mal. Muy mal.
Aun así, guardó la prueba en el bolsillo de su chaqueta con cuidado reverencial, como si protegiera un secreto demasiado grande para el mundo. Tomó su bolso y salió de casa. La caminata hasta la residencia de Jungkook, que normalmente le parecía corta y agradable, se convirtió en un sendero interminable bajo un cielo que de pronto se había vuelto gris. Cada paso resonaba con una pregunta muda: ¿qué pasó? ¿Por qué esa voz tan fría? Intentaba convencerse de que exageraba, que tal vez solo estaba cansado o tenía algún problema familiar. Pero en el fondo, un nudo apretado se formaba en su estómago.
Al llegar, SunMi, la madre de Jungkook, le abrió la puerta. Su sonrisa habitual estaba ausente; en su lugar había una mirada cargada de pena y culpa que le heló la sangre. JungHyung, el hermano mayor, estaba en el sofá y apenas levantó la mano en un saludo apagado, sin atreverse a mirarla a los ojos. JaeRi sintió que el aire se volvía más denso, más difícil de respirar. ¿Todos sabían algo que ella ignoraba?
Subió las escaleras con el corazón latiéndole en la garganta. No tocó la puerta de la habitación. Entró directamente y lo encontró sentado en el borde de la cama, de espaldas a ella, con los hombros tensos y la cabeza baja. La habitación, testigo de tantas risas, besos robados y promesas susurradas, ahora parecía un lugar frío y extraño.
—Siéntate —dijo él sin volverse del todo, señalando el espacio a su lado.
JaeRi obedeció, pero sus piernas apenas la sostenían. El corazón le martilleaba con tanta fuerza que estaba segura de que él podía escucharlo. Miles de escenarios felices se desmoronaban en su mente, reemplazados por sombras.
—Debemos hablar… de nosotros —continuó Jungkook, y finalmente giró el rostro hacia ella. Sus ojos, esos ojos que siempre la habían mirado con adoración, ahora solo contenían una tristeza profunda y resignada.
JaeRi sintió cómo el mundo se detenía. El aire abandonó sus pulmones. Abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
—Nosotros debemos terminar, JaeRi —dijo él en voz baja, casi rota.
El golpe fue brutal. Un dolor agudo, físico, le atravesó el pecho como si le hubieran arrancado el corazón de cuajo. Las lágrimas brotaron sin permiso, calientes y silenciosas al principio, luego imparables. En su mente se desató una tormenta: ¿cómo iba a criar a un bebé sola? ¿Qué diría su familia? ¿Jungkook se habría enterado de alguna forma y ahora huía de la responsabilidad? ¿Todo lo que habían vivido juntos no significaba nada?
—¿Por qué…? —logró susurrar, con la voz quebrada.
Jungkook bajó la mirada, incapaz de sostener la suya por mucho tiempo.
—Me iré a Los Ángeles. Mañana. Terminaré la universidad allá. Esto… no puede seguir, JaeRi. Lo siento.
El “mañana” cayó sobre ella como una sentencia de muerte. ¿Mañana? ¿Después de una semana sabiéndolo y solo ahora se lo decía? El dolor se transformó en un vacío inmenso, un abismo negro que lo devoraba todo: los recuerdos de sus manos entrelazadas, las noches hablando hasta el amanecer, las promesas de un futuro juntos. Todo se desintegraba.
Se puso de pie tambaleante, las lágrimas ya corrían por sus mejillas sin control.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó, aunque temía la respuesta.
—Una semana.
JaeRi soltó una risa amarga entre sollozos, una risa rota que no parecía suya.
—Una semana… Y recién hoy decides decírmelo. Acabas de destrozarme, Jungkook. Me has roto en pedazos y ni siquiera te das cuenta del daño que estás causando. Yo… yo venía feliz. Venía a contarte algo hermoso y tú… tú me estás matando.
Él se levantó e intentó abrazarla, pero JaeRi retrocedió como si su toque quemara.
—No quiero tu pena —escupió entre lágrimas—. No quiero que me mires como si fuera algo frágil que hay que compadecer. Me voy.
Caminó hacia la puerta, pero él la detuvo sujetándola suavemente del antebrazo.
—No te vayas así… Mírate. Por favor.
—Eso ya no es tu problema —respondió ella, soltándose con un movimiento brusco—. Ya no soy tu problema.
Bajó las escaleras casi corriendo. SunMi y JungHyung la esperaban abajo con rostros compungidos, llenos de esa lástima que tanto detestaba. No dijo nada. Solo abrió la puerta y salió al aire fresco de la tarde, que ahora le parecía helado e indiferente.
El camino de regreso a casa fue un borrón de lágrimas y pensamientos caóticos. Cada paso dolía. Se llevó una mano al vientre aún plano, protegiendo instintivamente a esa pequeña vida que crecía dentro de ella. Ya no eran dos. Ahora eran ella y ese ser que ni siquiera tenía nombre.
Jungkook ya no estaría. No habría besos en la frente, ni manos sosteniéndola durante las noches de miedo, ni planes de cuna y nombres bonitos. Estaba sola. Completamente sola frente a un futuro que de pronto se presentaba oscuro, incierto y terriblemente pesado.
Pero en medio de esa tristeza que amenazaba con ahogarla, una pequeña llama de determinación comenzó a arder. Por ese bebé. Por ella misma. Tendría que contárselo a sus padres, enfrentar las miradas, los juicios y el miedo. Tendría que reconstruir su corazón roto en mil pedazos y aprender a ser fuerte por dos.
La prueba de embarazo seguía en su bolsillo, ahora más pesada que nunca. Positivo. Una sola palabra que lo había cambiado todo.
Y mientras caminaba bajo el cielo que se teñía de naranja melancólico, JaeRi lloró por el amor que acababa de perder, por el futuro que se le había arrebatado y por la madre que, quisiera o no, ya estaba empezando a ser.