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Half The World Away | Jeon Jungkook

Summary

«Estás tan lejos de mí ahora, Areum... pero lo peor no es la distancia, es saber que fui yo quien te empujó a irte.»

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Unico

Hay días en los que el mundo parece detenerse, y todo lo que queda es el vacío que dejaste atrás. Días en los que cada recuerdo tuyo me golpea como una ola fría en pleno invierno, y no puedo hacer otra cosa más que quedarme quieto y dejar que me arrastre. Hoy es uno de esos días, Areum. Hoy todo me recuerda a ti.

No sé cuándo exactamente empezó a cambiar lo que sentía por ti. Éramos tan jóvenes, dos amigos que compartían risas y secretos como si fuéramos los únicos habitantes del mundo. Recuerdo cómo tu risa llenaba cualquier espacio, convirtiendo lo más ordinario en algo especial. Me acostumbré a ti de una manera que nunca debí hacerlo, como si fueras una constante en mi vida, algo eterno e inamovible. Fue mi primer error. Creer que nunca te perdería, que siempre estarías ahí.

Lo que sentía por ti... No sé cómo explicarlo. Llegó como un destello de luz entre las grietas, algo tan obvio y a la vez aterrador. Tú también lo sentiste, ¿verdad? Había algo entre nosotros que no podía reducirse a una simple amistad. Algo que creció en miradas prolongadas, en caricias accidentales y en las palabras que nos quedábamos callados por miedo.

Cuando por fin te confesé lo que sentía, no me miraste como lo esperaba. No hubo sorpresa, ni duda, ni rechazo. Tus ojos, esos ojos que siempre hablaban por ti, brillaron con algo que no entendí del todo en ese momento. Esperanza, quizás. Tal vez miedo. Tal vez ambas cosas.

—Pensé que nunca lo dirías —fue todo lo que respondiste. Y luego me sonreíste de esa manera tuya, como si el mundo entero pudiera desmoronarse, pero tú seguirías ahí, tranquila, fuerte, segura.

Intentamos ser algo más que amigos, y al principio fue tan fácil, tan natural, que pensé que estábamos destinados a serlo. Me enamoré de ti más de lo que creía posible. Amaba cada parte de ti, incluso las que tú no amabas. Pero fui un tonto. Un estúpido.

El día que arruiné todo, aún lo recuerdo con una claridad que me atormenta. Era una noche como cualquier otra. Tú habías insistido en quedarte en casa, y yo, en mi eterna necesidad de demostrar que aún era "yo", el chico que no se tomaba nada demasiado en serio, decidí salir con mis amigos. Te prometí que no llegaría tarde, que no pasaría nada. ¿Recuerdas?

Pero algo pasó. Una copa llevó a otra, y la risa se mezcló con las luces brillantes y las sombras de la noche. Luego, ella estaba ahí. Jiwon. Una antigua amiga, alguien que conocí mucho antes de ti. Se acercó, hablamos, y yo... Yo la dejé pasarse de la raya.

No puedo justificarlo, Areum. No hay excusa para lo que hice. Pero te juro, en ese momento no pensé en ti. Esa es la peor parte, ¿no? No pensé en ti. No pensé en cómo se rompería todo lo que habíamos construido. Solo pensé en mí mismo y en mi egoísmo, en una satisfacción momentánea que jamás valdría la pena.

Cuando me di cuenta, era demasiado tarde. Había cruzado una línea que no podía deshacer, un error que nunca podría corregir.

Fuiste tú quien lo descubrió. No sé cómo, pero siempre eras más perceptiva de lo que dejabas ver. Cuando me miraste a los ojos y me preguntaste si era verdad, no pude mentirte. Y fue entonces cuando lo vi: la forma en que se rompió algo dentro de ti. Algo que yo había jurado proteger.

—¿Cómo pudiste? —fue todo lo que dijiste. Tu voz no tembló, pero tus ojos... Tus ojos lo dijeron todo. Dolor, decepción, traición. Era como si yo mismo hubiera tomado un cuchillo y lo hubiera hundido en tu pecho.

—Areum, yo... —Intenté explicarlo, pero las palabras se me atragantaron. ¿Qué podía decir? No había justificación. No había forma de reparar lo que había hecho.

Te fuiste esa noche. No gritaste, no lloraste, no pediste explicaciones. Solo te levantaste, tomaste tus cosas y saliste de mi vida sin mirar atrás.

Desde entonces, me he convertido en un extraño para mí mismo. Cada rincón de mi apartamento me recuerda a ti. La taza de cerámica azul que usabas para tu té de jazmín aún está en el estante, intacta, porque no puedo soportar tocarla. La playlist que solíamos escuchar juntos sigue en mi teléfono, pero ya no puedo reproducirla sin que mi pecho se sienta como una caja vacía.

He intentado seguir adelante, Areum, pero no hay un solo día en el que no me arrepienta de lo que hice. Cada vez que cierro los ojos, veo tu rostro y me pregunto cómo habría sido si no te hubiera fallado. Si hubiera sido el hombre que merecías.

Escuché que estás bien. Que sigues con tu vida, lejos de mí. Eso es lo que siempre me ha dolido más: saber que tú sigues adelante mientras yo estoy aquí, atrapado en los recuerdos, en el "qué pudo haber sido".

Nunca fui valiente como tú. Nunca supe cómo lidiar con el peso de las decisiones, con las consecuencias. Pero tú... Tú tenías una fuerza que siempre admiré, y aunque esa fuerza fue lo que te permitió marcharte, también es lo que me deja un rayo de esperanza.

Espero que algún día encuentres a alguien que te ame como yo debería haberlo hecho. Alguien que nunca te haga sentir menos de lo que eres. Porque tú, Areum, eras todo. Y yo, en mi estupidez, dejé que te marcharas.

Si pudiera volver atrás, si pudiera cambiar ese momento, lo haría sin dudar. Pero el tiempo no funciona así, y ahora solo me queda este vacío, esta soledad que yo mismo creé.

Dicen que el arrepentimiento es el castigo más cruel, porque nunca termina. Si eso es cierto, entonces este es el infierno que merezco. Un infierno donde tu ausencia es mi única compañía, y mi única certeza es que te perdí para siempre.

A veces me encuentro hablándole al aire, como si estuvieras frente a mí, como si el eco de mis palabras pudiera alcanzarte de alguna manera.

—Ya no eres mi novia —susurro en la soledad de mi apartamento, y cada vez que lo hago, siento un nudo en la garganta que no desaparece. Me odio por decirlo, pero es la verdad. Ya no eres mía, Areum. Y la culpa es completamente mía.

Cuando éramos solo amigos, las cosas eran más fáciles, más claras. Me acuerdo de las tardes en el parque, cuando peleábamos por quién ganaría en cualquier juego absurdo que inventábamos. Siempre decías que yo era un tramposo, y yo te respondía que solo era competitivo. Esa sonrisa tuya, burlona pero dulce, me desarmaba.

¿Recuerdas la vez que nos quedamos hablando hasta el amanecer en el tejado de mi edificio? Era verano, y la ciudad estaba en calma. Me contaste tus sueños, tus miedos, las cosas que nadie más sabía. Ese fue el momento en el que supe que no podía dejar de mirarte como algo más que una amiga. Pero, ¿de qué sirve recordar todo eso ahora?

Todo lo que compartimos, todo lo que construimos... Lo eché a perder por un error que nunca podré reparar. La traición pesa más cada día, y la ausencia de tu voz en mi vida es como un castigo que no deja de sangrar. Ya no estás aquí para regañarme, para reírte de mis bromas tontas, para apoyarme cuando todo parece ir mal. Lo arruiné todo, Areum. Te perdí, y contigo, perdí la mejor parte de mí mismo.

Una noche, mientras intentaba mantenerme ocupado mirando la televisión sin realmente prestarle atención, uno de mis amigos, Taehyung, me llamó.

—Jungkook, ¿hasta cuándo vas a seguir encerrado? —preguntó con un tono de preocupación disfrazado de burla—. Tienes que salir. Estás hundiéndote en ese agujero y nadie puede sacarte si no dejas que lo hagan.

Al principio quise rechazar la invitación. ¿Para qué salir? ¿Para fingir que estoy bien? Pero insistió tanto que al final acepté. Tal vez necesitaba el ruido, algo que llenara el silencio insoportable que había dejado tu ausencia.

Acabamos en un bar, uno de esos lugares llenos de risas falsas y canciones demasiado altas. No quería estar ahí, pero Taehyung no me dejó irme.

—Solo unas cuantas cervezas —dijo, como si el alcohol pudiera lavar los pecados o, al menos, ahogar los recuerdos por un rato.

Pero no funcionó. Ninguna bebida podía borrar el rostro de Areum de mi mente. Ningún trago podía suavizar la culpa que me consumía. Así que bebí más. Y más. Hasta que la música dejó de importar y mi mente se llenó de un remolino de memorias: su sonrisa, su voz, su risa... Y luego, la forma en que me miró el día que lo arruiné todo. Ese dolor en sus ojos me perseguía incluso aquí, rodeado de gente que no sabía nada de mí, de ella, de nosotros.

En algún momento, mientras el alcohol comenzaba a nublar mi visión, sentí que alguien se sentaba a mi lado. La reconocí antes de que hablara. Jiwon.

—Jungkook, hace mucho que no hablamos —dijo, con una sonrisa que me hizo hervir la sangre.

La miré, y por un momento no supe qué decir. En otro tiempo, tal vez, habría intentado ser cortés, pero esa noche no tenía nada para ella.

—Vete —le solté, con la voz más firme que pude.

Jiwon frunció el ceño, pero no se movió.

—¿Por qué estás actuando así? Solo quiero hablar.

El sonido de su voz me provocó un dolor punzante en el pecho. No podía soportarlo. No podía mirarla sin recordar lo que había hecho, sin recordar cómo todo comenzó a derrumbarse por mi culpa, por su presencia y, sobre todo, por mi debilidad.

—No quiero verte, Jiwon. ¿No lo entiendes? —Mi voz se alzó, y algunas personas en el bar comenzaron a mirarnos. Pero no me importó.

—¿Qué te pasa? —preguntó, cruzándose de brazos, como si ella fuera la víctima en todo esto.

Y fue entonces cuando exploté. Todo lo que había estado reprimiendo durante semanas salió en un torrente de palabras que no pude detener.

—¡Por tu culpa la perdí! ¡Por mi culpa la perdí! —grité, sin preocuparme de quién me estaba escuchando. Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos, y no pude evitarlo más. Rompí en llanto, allí mismo, frente a todos.

—Areum era todo para mí, ¿entiendes? —continué, mi voz quebrándose. Las palabras salían a trompicones, entrecortadas por los sollozos que ya no podía controlar. Me odié por mostrarme tan vulnerable, pero no pude detenerme. La culpa era demasiado. La tristeza era demasiado.

—Y ahora... ahora ella se ha ido. Por tu culpa, por mi culpa, por mi maldito egoísmo. Era la mujer de mi vida, Jiwon. Y la perdí.

Ella no dijo nada. Tal vez no esperaba que reaccionara así. Tal vez no sabía qué hacer con un hombre roto frente a ella. Finalmente, se levantó y se fue, dejándome solo con mis pensamientos y mis lágrimas.

Taehyung apareció poco después, con una expresión de preocupación. Me ayudó a salir del bar, sosteniéndome cuando mis piernas amenazaban con fallar. No dijo nada durante el trayecto de regreso a casa, y yo tampoco. ¿Qué podía decir?

Cuando llegué a mi apartamento, me desplomé en el sofá. El eco de mis palabras seguía resonando en mi mente: Era la mujer de mi vida. Y lo peor es que era verdad. Areum era mi todo, y ahora ya no era nada mío.

Me quedé mirando el techo, deseando poder retroceder el tiempo. Pero el tiempo es cruel, Areum. No te devuelve lo que pierdes, no importa cuánto lo lamentes.

La culpa, la tristeza, la decepción... Todo sigue aquí, como una sombra que no se desvanece. Y yo sé que esta es mi penitencia. Este vacío, esta soledad, esta vida sin ti. Es lo que merezco por haberte traicionado, por haberte dejado ir.

Si alguna vez llegas a escuchar esto, si alguna vez lees estas palabras, quiero que sepas algo: Lo siento, Areum. Te amé, y aún te amo. Y aunque ya no seas mía, siempre serás la mejor parte de mí.

Pero yo... Yo solo soy un hombre que no supo cuidarte. Un hombre que no supo valorar lo que tenía hasta que lo perdió.

Y ahora, todo lo que me queda es el recuerdo de lo que fuimos y la sombra de lo que nunca seremos.

El primer día que volví al trabajo después de aquella noche en el bar fue como caminar hacia mi propia ejecución. No quería estar ahí. No quería enfrentar las miradas curiosas ni las preguntas silenciosas que todos llevaban en sus ojos. Sabían que algo me había pasado. Era obvio. No era el mismo Jungkook que siempre tenía una sonrisa lista, una broma en los labios, una confianza que parecía inquebrantable. Todo eso se había desmoronado junto con nosotros, Areum.

No llevaba ni una hora sentado en mi escritorio cuando escuché tu nombre.

—¿Supiste que Areum se fue del país?

Me quedé congelado. No necesitaba levantar la vista para saber quién lo había dicho. Dos de mis compañeros estaban charlando cerca de la máquina de café, sin darse cuenta de que sus palabras eran como dagas para mí.

—Sí, escuché que se fue a Francia —dijo uno.

—¿Francia? No sabía que planeaba irse tan lejos.

—No creo que fuera algo planeado. Dicen que necesitaba un cambio de aires, que algo pasó aquí...

Ahogué un sollozo y me obligué a enfocarme en la pantalla de mi computadora, aunque no podía leer una sola palabra. Francia. Sabía que te habías ido, Areum, pero no sabía a dónde. Ahora lo sabía. Estabas lejos, a un mundo de distancia de mí, y eso me dolía más de lo que podía soportar.

Intenté respirar profundo, pero cada vez que escuchaba tu nombre, cada vez que alguien mencionaba lo lejos que estabas, el nudo en mi garganta se hacía más grande. Tu ausencia era como un vacío constante, un recordatorio de todo lo que había perdido.

La mañana pasó lentamente, cada minuto arrastrándose como si quisiera torturarme. Cada pausa para el café, cada conversación, parecía inevitablemente llevarme de vuelta a ti. Era como si el universo entero estuviera conspirando para recordarme que no estabas aquí, que nunca volverías.

Cuando finalmente terminé la jornada y llegué a casa, me dejé caer en el sofá. Estaba agotado, pero no de trabajar, sino de sentir. De cargar con este peso, con esta culpa, con este vacío que tú dejaste atrás.

Me llevé las manos al rostro y sentí las lágrimas correr por mis mejillas. No quería llorar, no otra vez. Pero la tristeza era como una corriente imparable, una ola que me arrastraba cada vez más lejos de la orilla.

—Estarás bien —murmuré, casi en un susurro. Era lo único que podía decirte, aunque no estuvieras aquí para escucharlo. Tal vez lo decía más para convencerme a mí mismo. Porque sabía que tú sí habías seguido adelante, Areum. Lo sabía. Tú eras fuerte, más fuerte de lo que yo jamás seré. Y aunque me doliera admitirlo, tal vez el mejor lugar para ti era lejos de mí.

Me imaginé tu vida en Francia. Podía verte caminando por calles llenas de luces, rodeada de gente nueva, de paisajes nuevos. Podía imaginarte sonriendo, tal vez incluso riendo, con la misma facilidad que solías hacerlo aquí. Y aunque esa imagen debería haberme consolado, no hizo más que aumentar el dolor. Porque esa sonrisa ya no era para mí.

Me repetí esas palabras una y otra vez: Estarás bien. Pero cada vez que lo hacía, un pedazo de mí se rompía un poco más. No podía evitarlo. Mi mente siempre volvía al mismo pensamiento: ¿Y yo? ¿Qué hago yo con este vacío?

Abrí mi teléfono y deslicé el dedo por nuestras viejas fotos. Ahí estabas tú, con tu sonrisa de siempre, esa que podía iluminar hasta el día más oscuro. Cada imagen era un recordatorio de lo que habíamos sido, de lo que yo destruí con mi egoísmo y mis errores.

Una de las fotos me golpeó más fuerte que el resto. Fue de aquel día en la playa, cuando me obligaste a quitarme los zapatos y caminar por la arena contigo. Me quejé todo el camino, diciendo que era incómodo, que no entendía qué tenía de especial. Y tú, con esa paciencia infinita que siempre tenías conmigo, solo te reíste.

—¿Qué tiene de especial? Todo —me habías dicho, mientras el viento jugaba con tu cabello—. La arena, el mar, el sol... Todo esto está aquí ahora, y tal vez mañana ya no lo esté. Tienes que aprender a apreciar las cosas mientras las tienes, Jungkook.

No entendí lo que quisiste decir en ese momento. No lo entendí hasta ahora, cuando ya era demasiado tarde.

Apagué el teléfono y me dejé caer en la cama. Cerré los ojos, pero en lugar de dormir, mi mente empezó a vagar de nuevo hacia ti.

Estás a un mundo de distancia de mí, pensé, y las lágrimas comenzaron a caer de nuevo. No solo era Francia. No solo eran los miles de kilómetros que nos separaban. Era todo. Era la distancia que yo había creado entre nosotros con mi traición. Era la brecha que nunca podría cerrar, sin importar cuánto lo intentara.

Me odié por ello. Me odié por todo. Por haber sido tan ciego, tan egoísta. Por no haberte valorado lo suficiente. Por dejar que alguien como Jiwon se interpusiera entre nosotros, aunque fuera por un instante. Porque un solo instante bastó para destruir lo que teníamos, lo que yo más amaba.

Tal vez algún día tú leas esto, Areum. Tal vez algún día entiendas cuánto me arrepiento, cuánto te extraño. Pero también sé que eso no cambiará nada. Tú sigues adelante, mientras yo me quedo aquí, atrapado en este lugar, en este momento, en este dolor.

El mundo sigue girando, pero para mí, se detuvo el día que te fuiste.

Esa noche, antes de que el sueño finalmente me venciera, me prometí algo: nunca volveré a fallarle a nadie como te fallé a ti. Porque tú merecías lo mejor de mí, Areum. Y yo solo te di lo peor.

Ahora todo lo que me queda es tu ausencia, un recuerdo constante de lo que perdí y nunca recuperaré.

Porque tú, Areum, estás a un mundo de distancia de mí. Y ese es el precio de mi error.

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