Taken
El frío de la recta final del otoño calaba hondo en el campus universitario, tiñendo las hojas de los robles de un naranja que terminaba en un marrón crujiente, cubriendo los caminos adoquinados con una fina capa de escarcha matutina.
Sergio ya sabía lo que era caminar por esos senderos con el corazón pesado, arrastrando los pies, con la mirada al suelo, sintiendo que el cielo gris se desplomaba sobre sus hombros.
Pero hoy no era uno de esos días.
Hoy, Sergio llevaba una bufanda de lana gruesa, de un gris claro que no era suya, sino del chico que ahora lo hacía sonreír de verdad. Todavía conservaba ese aroma a limpio: a hierbabuena y miel que era tan característico de él.
Traía las mejillas encendidas por la caminata, y los apuntes de la facultad de arquitectura apretados contra el pecho, pero, por encima de todo, traía una paz que durante mucho tiempo creyó perdida.
Se sentó en una de las mesas de madera del patio central, colocando su termo de café y los apuntes sobre la misma. Faltaba media hora para que él terminara su exámen de ingeniería civil, el plan era estudiar juntos en la biblioteca y luego ir a cenar algo rápido al apartamento que compartía con unos amigos.
Sergio sonrió al mirar la pantalla de su teléfono. Tenía un mensaje de hacía apenas unos minutos:
«Te veo en el lugar de siempre, Pecas. Te llevo un pan dulce de la cafetería, sé que los de aquí te gustan mucho. Y apuesto a que no has comido nada»
La calidez que experimentó en el pecho fue inmediata. Con él todo era diferente, transparente y asombrosamente sencillo. No había juegos mentales, no tenía que pedir las cosas, no había silencios de castigo que duraban días enteros. Ni existía esa constante y asfixiante necesidad de ganarse el derecho a ser querido.
—Hola, Sergio.
La voz llegó desde atrás, rompiendo la burbuja de tranquilidad con la precisión de una aguja sobre un globo. El estómago de Sergio dio un vuelco violento, no por emoción, sino por un reflejo condicionado de pura ansiedad que a su cuerpo aún le costaba olvidar. Se tensó de inmediato, reconociendo el tono aterciopelado, la pronunciación impecable y ese matiz de estudiada melancolía.
Se giró lentamente.
Estaba de pie a un par de metros, vistiendo un abrigo que parecía de diseñador, con el cabello perfectamente arreglado y las manos metidas en los bolsillos. Tenía esa mirada que Sergio alguna vez consideró magnética, pero que ahora, con la distancia del tiempo y la madurez, solo le pareció profundamente calculadora. Era la mirada del dueño que regresaba a revisar una propiedad que asumió que siempre estaría disponible.
—Lewis —dijo Sergio, manteniendo la voz lo más neutral posible, aunque por dentro sintió un escalofrío de incomodidad—. ¿Qué haces aquí? Tu facultad está al otro lado del campus.
—Estaba caminando y pensé en ti. Bueno, en realidad, llevo días pensando en ti —Lewis dio un paso adelante, acortando la distancia con esa familiaridad invasiva que antes solía desarmar a Sergio. Se sentó en el banco de madera, justo frente a él, obligándolo a sostenerle la mirada—. Te he extrañado, Checo. Mucho. Más de lo que te imaginas.
Sergio sintió una opresión en la garganta, pero no se movió. Unos meses atrás, esas palabras habrían sido el bálsamo que desesperadamente buscaba tras una de sus tantas rupturas. Unos meses atrás, habría dejado caer todo lo que tenía en las manos solo para escuchar a Lewis decir que lo extrañaba.
Pero el tiempo pasa, las heridas sanan, y las personas, a veces, abren los ojos.
—Lewis, por favor. No empieces con eso —pidió Sergio, soltando un suspiro cansado—. Lo nuestro se terminó. Y creo que quedó muy claro el por qué.
—Sé que cometí errores, Sergio. No fui el mejor novio del mundo, lo admito —Lewis suavizó la voz, adoptando esa postura de vulnerabilidad ensayada que ahora también reconocía. Intentó estirar la mano sobre la mesa para tocar los dedos de Sergio, pero este la retiró rápidamente, cruzando los brazos—. Estaba estresado, las clases, las expectativas de mi familia... me alejé y te traté mal. Pero te juro que he cambiado. Estar sin ti me hizo darme cuenta de lo que perdí. No puedo dejar de pensar en lo bien que estábamos juntos. En lo felices que éramos.
Sergio sintió un impulso casi físico de reír, una risa amarga que se quedó atrapada en su garganta.
«¿Lo bien que estaban juntos?»
Su mente, de forma inevitable, hizo un rápido y doloroso viaje al pasado.
Recordó las noches enteras que pasó despierto en su propia cama, llorando en silencio, tratando de no despertar a sus compañeros de piso, mientras miraba la pantalla del teléfono, esperando un mensaje de texto o una llamada que nunca llegaba porque Lewis había decidido que Sergio no merecía su atención esa semana. Recordó la forma en que Lewis lo hacía sentir insignificante, diminuto, minimizando sus logros en la carrera, criticando su forma de hablar, de vestir, o haciéndole bromas pesadas e hirientes frente a sus amigos de su facultad para luego decirle que «era demasiado sensible» o que «no aguantaba nada» si Sergio se mostraba visiblemente herido.
Recordó el desgaste emocional de una relación donde él siempre tenía que pedir su atención. Donde él siempre tenía que rogar por perdón, incluso cuando era Lewis quien cancelaba los planes a último minuto para salir con otras personas, dejándolo plantado y con la cena enfriándose en la mesa, con el corazón roto.
Era un ciclo interminable de idas y venidas. Lewis lo empujaba, lo ignoraba, lo destrozaba emocionalmente hasta que Sergio, con las pocas fuerzas que le quedaban, decidía marcharse. Y en el momento exacto en el que Sergio empezaba a respirar de nuevo, Lewis regresaba con promesas doradas, ramos de flores caros y esa misma mirada de arrepentimiento que estaba usando justo ahora.
—Estábamos bien cuando las cosas se hacían exactamente como tú querías, Lewis —respondió Sergio, con una determinación en su voz que sorprendió al propio británico—. No me hables del pasado como si hubiera sido un cuento de hadas. Los dos sabemos perfectamente que para mi fue un infierno.
—Sé que te lastimé, y no tienes idea de cuánto me arrepiento —insistió, inclinándose más hacia él, sus ojos oscuros fijos en los de Sergio, intentando encontrar ese viejo destello de devoción absoluta que le solía tener—. Pero mírame, Checo. Estoy aquí, frente a ti. Te estoy buscando. Te estoy pidiendo una oportunidad real para arreglarlo. Nadie te conoce como yo. Nadie te va a entender como yo lo hacía. Déjame invitarte a cenar esta noche, hablemos. Por los viejos tiempos.
Sergio guardó silencio durante unos segundos. Observó el rostro de Lewis. Analizando sus facciones, la perfecta curva de su sonrisa —que ahora sabía era ensayada—, la intensidad de sus palabras. Y fue en ese instante que se dio cuenta, con un alivio indescriptible que le recorrió la espina dorsal, de que ya no sentía absolutamente nada. Ni rabia, ni dolor, ni ese anhelo desesperado de ser aprobado. El hilo invisible que Lewis usaba para manejarlo a su antojo se había roto por completo. Estaba libre.
—No voy a ir a cenar contigo, Lewis. Ni hoy, ni nunca —dijo Sergio con total tranquilidad.
Lewis frunció el ceño ligeramente, una pequeña grieta en su fachada de seguridad. No estaba acostumbrado a que Sergio le dijera que no. Jamás, en los tres años que duró su tormentosa historia, Sergio se había mantenido tan firme ante sus intentos de reconciliación.
—¿Por qué eres tan injusto conmigo? —preguntó Lewis, endureciendo un poco el tono, la manipulación asomando la cabeza—. Pensé que lo nuestro significaba algo para ti. ¿Vas a tirar todo lo que construimos a la basura por un orgullo tonto?
—No es orgullo, Lewis. Es dignidad —respondió Sergio, mirándolo fijamente—. Y el problema es que estás asumiendo que sigo siendo el mismo chico que dejaste llorando en el suelo de su apartamento hace meses. Rogándote que no te fueras —soltó con acritud—. Pero ya no lo soy. Además... estoy saliendo con alguien más.
La mandíbula de Lewis se tensó notablemente. Sus ojos se entrecerraron y la falsa dulzura desapareció en un parpadeo, reemplazada por esa fría arrogancia que Sergio recordaba tan bien y que tanto daño le había hecho.
—¿Con alguien más? —soltó una risa seca, despectiva—. ¿Con quién? ¿Con el chico rubio de ingeniería? ¿El extranjero? ¿Verstappen? Por favor, Sergio. Lo he visto contigo por el campus. No tiene la menor idea de cómo tratar a alguien como tú. No tiene clase. Y apuesto a que estás usando a ese tipo solo para intentar olvidarme, para llenar el vacío que dejé, pero los dos sabemos que no va a funcionar. Es una simple distracción.
—No te atrevas a hablar de Max —advirtió Sergio, y por primera vez su voz adquirió un matiz peligroso, defensivo—. No tienes el menor derecho a mencionar su nombre. Tú no sabes absolutamente nada de él, y definitivamente no sabes nada de lo que yo siento cuando estoy a su lado.
—Sé que me amas a mí —declaró Lewis con una seguridad pasmosa, poniéndose de pie y cruzándose de brazos, mirando a Sergio desde arriba—. Sé que si insisto un poco más, vas a ceder. Siempre lo haces, Checo. Me dejas ir, juegas al tipo duro e indiferente durante unas semanas, pero en cuanto te miro, regresas arrastrándote a mis brazos. Lo que tienes con ese neerlandés es solo esa necesidad de remplazarme porque te sentías solo y miserable. Te apuesto lo que quieras a que pasas las noches pensando en mí mientras estás con él.
Sergio sintió que una oleada de indignación le subía por el pecho, pero no permitió que se convirtiera en lágrimas o en gritos. Se levantó despacio del banco, quedando cara a cara con Lewis. La bufanda de Max, suave y cálida alrededor de su cuello, se sintió en ese momento como un escudo invisible.
Fue en ese preciso momento cuando escuchó unos pasos firmes aproximándose sobre la escarcha. No tuvo que girarse para saber quién era. El andar decidido y seguro, el crujido de las botas contra el suelo y esa presencia imponente que siempre, de alguna manera casi mágica, lograba calmar el caos de su mente.
Max se detuvo a un par de metros de la mesa. Traía su mochila al hombro, una chaqueta de mezclilla oscura y, tal como había prometido, una bolsa de papel de la cafetería en una mano. Sus ojos azules, usualmente brillantes, suaves y amables cuando miraban a Sergio, se volvieron instantáneamente en dos piezas de hielo al posarse sobre Lewis.
Max no era tonto. Conocía perfectamente la historia. Había pasado meses enteros ayudando a Sergio a recoger los pedazos de su autoestima destrozada, sosteniéndolo durante las noches de insomnio, velando su sueño cuando había pesadillas, escuchándolo llorar y hablar de los fantasmas de una relación tóxica que casi le cuesta su salud mental junto con la carrera universitaria. No necesitaba que nadie le explicara quién era el tipo que estaba parado frente a su novio.
—¿Pasa algo aquí, Pecas? —preguntó Max. Su voz era baja, controlada, pero cargada de una tensión que hizo que un par de estudiantes que pasaban cerca apresuraran el paso.
Lewis miró a Max de arriba abajo, con una soberbia mal disimulada. Sonrió de medio lado, adoptando una postura que pretendía ser intimidante, aunque Max le sacaba media cabeza de altura y una complexión física mucho más robusta.
—Solo estaba teniendo una conversación privada con mi chico, Verstappen —dijo Lewis, enfatizando deliberadamente la palabra «mi»—. No creo que esto te incumba. Lárgate.
Max dio un paso al frente, con los puños apretados, pero antes de que pudiera decir o hacer algo, Sergio extendió una mano y la posó firmemente sobre el pecho del neerlandés. El contacto fue inmediato y eléctrico. Max desvió la mirada hacia Sergio, la rigidez de su cuerpo disminuyó un poco al notar la calma y la determinación en los ojos del mexicano.
—No, Max. Está bien. Déjame esto a mí, por favor —pidió Sergio con voz suave, pero inquebrantable.
Luego, se giró por completo hacia Lewis, dándole la espalda a cualquier atisbo de duda. Sintiendo la mano de Max posarse en su cintura desde atrás, como un pilar de apoyo.
Sergio respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire frío de la mañana y el aroma de la bufanda de Max. Miró a Lewis directamente a los ojos. Era hora de poner el último clavo en el ataúd de ese pasado enfermizo.
—¿De verdad te crees con el derecho de venir aquí a reclamarme? ¿Quien te crees que eres? —empezó Sergio, con una voz clara y segura, que resonó en el patio—. ¿De verdad tienes el descaro de venir aquí, después de meses de silencio, a decirme que me extrañas y a asumir que voy a dejarlo todo por ti? ¿Quien chingados te crees que eres?
Lewis parpadeó, desconcertado por la absoluta falta de miedo o sumisión en la voz de Sergio.
—Checo, yo solo quería...
—¡No me importa lo que querías!—lo interrumpió Sergio, dando un paso adelante, obligando a Lewis a retroceder sutilmente—. Recuerdo perfectamente cada maldita vez que me dejaste de lado. Recuerdo los días que pasé esperando una llamada, una señal, cualquier cosa que me demostrara que te importaba un poco. Pero tú siempre estabas demasiado ocupado, siendo demasiado importante para molestarte en cuidar lo que teníamos. Me tirabas como si fuera basura y luego esperabas que estuviera disponible con los brazos abiertos cuando decidías regresar porque estabas aburrido o porque nadie más te inflaba el ego como yo lo hacia.
Max observaba en silencio, con una mezcla de orgullo y profunda admiración pintada en el rostro, manteniendo su mano libre apoyada en la cintura de Sergio en una señal silenciosa de apoyo incondicional.
—Ahora vienes aquí con tus discursos ensayados de poeta arrepentido, con tus promesas estúpidas de que has cambiado —continuó Sergio, con una sonrisa que denotaba pura lástima por lo pequeño que ahora se veía Lewis—. Dices que me extrañas, que te diste cuenta de lo que valgo. Pero la verdad es que solo me extrañas porque ya no tienes quien te infle el pinche ego.
—Sergio, estás siendo injusto...
Lewis intentó hablar, pero la mirada gélida de unos ojos azules, la humillación de ser expuesto ante ellos y la seguridad que Sergio desprendía ahora lo dejó paralizado.
—Solo me buscaste porque te enteraste de que soy feliz con alguien más y tu maldito orgullo no puede soportar que yo haya seguido adelante sin ti —Continuó Sergio—. Le duele a tu vanidad ver que encontré un hombre de verdad, alguien que de verdad me cuida, que se interesa por mi y aplaude mis logros. Encontré a alguien que si quiere estar conmigo sin necesidad de rogarle, que me respeta frente a sus amigos... Alguien que si sabe como amarme.
El silencio que siguió a las palabras de Sergio fue sepulcral. Lewis se quedó completamente helado, con la boca ligeramente abierta, incapaz de articular una sola palabra de réplica. La verdad de las palabras de Sergio le había dado directo en el centro de su vanidad, desmantelando cualquier intento de manipulación. Por primera vez, Lewis Hamilton se dio cuenta de que había perdido el control por completo. Y que jamás, bajo ninguna circunstancia, volvería a recuperarlo.
—Así que por favor... No te me vuelvas a acercar en tu puta vida.
Sergio no esperó una respuesta. Ni una disculpa. No la necesitaba. Se giró hacia Max, y toda la rigidez de su rostro se disolvió en una sonrisa genuina, llena de un amor puro y tranquilo.
—Vámonos, Maxie. Se nos va a hacer tarde para estudiar —dijo Sergio, agarrando sus cosas y entrelazando sus dedos con los del Neerlandés.
Max miró a Lewis una última vez, una mirada de advertencia final que dejó claro que si volvía a acercarse, las cosas no terminarían con palabras.
Luego, Max suavizó su expresión por completo al mirar a Sergio. Apretando su mano con firmeza.
—Vámonos, Pecas —respondió Max, con su tono dulce, depositando un beso en su mejilla.
Caminaron juntos por el sendero adoquinado, alejándose del patio central y dejando a Lewis atrás, estático, completamente solo bajo el cielo gris del campus.
Sergio no miró atrás ni una sola vez. Mientras caminaba al lado de Max, sintiendo el calor de su mano y escuchándolo hablar sobre lo difícil que había estado su examen. Sergio supo que la tormenta finalmente había terminado.
Estaba a salvo. Estaba con Max. Y, por primera vez en su vida, estaba exactamente donde merecía estar.
Holi, aquí D.
Este es un OS que salio cuando estaba escuchando Taken de 1D.
Espero les guste <3
xoxox.