01. Mejores amigos
El sonido del motor de la vieja camioneta de Max era una de las pocas constantes en mi vida. No importaba cuántas cosas cambiaran a mi alrededor —el paso de la infancia a la adolescencia, el traslado a otra ciudad, el peso cada vez más real de las responsabilidades—, el chirrido sutil de la transmisiĂłn al meter tercera y el aroma a pino barato que colgaba del retrovisor siempre se sentĂan como volver a casa. O al menos, a lo que solĂa ser mi casa antes de que todo se volviera tan jodidamente confuso.
—Te vas a quedar dormido antes de que crucemos las puertas del campus, Checo —dijo Max, sin apartar la vista de la carretera. Su tono era plano, el habitual en él por las mañanas, pero alcancé a notar ese matiz de diversión en la comisura de sus labios que siempre lograba acelerarme el corazón.
Me acomodĂ© contra la ventana del copiloto, parpadeando con pesadez. El sol apenas empezaba a teñir de naranja el cielo de la ciudad, reflejándose en las estructuras de cristal de la universidad a la que ahora ambos pertenecĂamos. HabĂamos logrado entrar a la misma facultad, en la misma carrera; un plan que trazamos a los quince años en el suelo de su habitaciĂłn, rodeados de carpetas y sueños a medio formar que ahora se materializaban en un horario compartido.
—No me estoy durmiendo —mentĂ, enderezándome y estirando la espalda—. Solo estoy... procesando. Sigo sin creer que nos hayan dado el mismo grupo de proyectos.
—Tuvimos suerte. O tal vez, el coordinador se apiadĂł de mĂ porque le roguĂ© hasta que se cansĂł de mĂ. Y probablemente lo amenacĂ© con incendiar el taller —respondiĂł Max, soltando una pequeña risa.
RodĂ© los ojos, pero una sonrisa involuntaria se instalĂł en mi rostro. Lo mirĂ© de reojo, aprovechando que estaba concentrado en el tráfico. Su perfil habĂa cambiado con los años; la mandĂbula se le habĂa vuelto más afilada, los hombros más anchos, y esa determinaciĂłn innata que siempre lo habĂa caracterizado ahora se traducĂa en una presencia imponente que robaba miradas en los pasillos de la facultad. Sin embargo, para mĂ, se suponĂa que debĂa seguir siendo el mismo chico competitivo que se negaba a perder una carrera de bicicletas en el parque del vecindario, el mismo que compartĂa sus golosinas ácidas conmigo aunque fingiera que le molestaba hacerlo.
Se suponĂa. Pero ya no podĂa seguir engañándome.
El cambio en mis propios sentimientos habia sido tan gradual, tan natural, que de un momento a otro ya no sabĂa exactamente en quĂ© momento los abrazos de felicitaciĂłn tras un exámen aprobado comenzaron a quemarme la piel, ni cuándo sus miradas prolongadas en el sofá de su casa empezaron a cortarme la respiraciĂłn de una manera que no tenĂa nada que ver con la falta de aire. Solo sabĂa que, en algĂşn punto de los Ăşltimos años, mi amor fraternal se habĂa transformado en algo mucho más denso, más complicado.
Me habĂa enamorado de mi mejor amigo, y el peso de ese secreto a veces se sentĂa como caminar con plomo en los zapatos. Y lo peor de todo no era el sentimiento en sĂ, sino sus atenciones. Dios, las atenciones de Max eran mi ruina; confundian a mi estupido corazĂłn que se aferraba a la idea de que significaban algo más.
Max estacionĂł la camioneta en el aparcamiento de la facultad. El campus ya bullĂa con el ir y venir de los estudiantes, un mar de rostros desconocidos que hacĂa que nuestra familiaridad se sintiera como un faro.
—¿Listo? —preguntĂł, apagando el motor. Se girĂł hacia mĂ, y por un segundo, sus ojos azules se fijaron en los mĂos con una intensidad que hizo que me diera un vuelco el corazĂłn.
—Siempre —respondĂ, forzando una ligereza que no sentĂa mientras abrĂa la puerta.
Caminamos juntos hacia el edificio principal. Max caminaba a un ritmo constante, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta oscura, mientras yo iba a su lado, ajustándome la correa de la mochila. Para cualquiera que nos mirara desde fuera, podrĂa decir que Ă©ramos el vivo retrato de la complicidad. Nos movĂamos en perfecta sincronĂa, esquivando los grupos de personas sin perder el paso.
Odiaba lo fácil que me resultaba leer sus micromovimientos: sabĂa cuándo estaba estresado por la forma en que tensaba los hombros, mostrando esa mirada gĂ©lida que tanto me gustaba pero que solĂa repeler a todo el mundo, y cuándo estaba de buen humor caminaba un poco más cerca de mĂ, rozando nuestros brazos de vez en cuando. Suavizando la mirada cuando estaba conmigo.
Pero yo siempre terminaba aterrizando en la misma dolorosa conclusiĂłn: Max hacĂa todo eso porque Ă©ramos mejores amigos. Llevábamos toda la vida juntos. Para Ă©l, cuidar de mĂ, pasar por mĂ todas las mañanas y asegurarse de que comiera bien eran simplemente extensiones de un contrato implĂcito de hermandad. No significaba nada más. No significaba lo que yo deseaba con todas mis fuerzas que significara.
Las primeras semanas de la universidad pasaron como un torbellino de conferencias, lecturas obligatorias y tardes eternas en la biblioteca. A pesar de la exigencia acadĂ©mica, nuestra rutina se mantuvo intacta. Almorzábamos juntos en las mesas de madera del patio. Yo siempre llevaba comida de más porque sabĂa que Ă©l solĂa olvidar su almuerzo cuando estaba demasiado concentrado, y Max, a cambio, siempre me compraba ese chocolate amargo que a mĂ me gustaba para aguantar las clases de la tarde.
«Es solo porque me conoce bien», me repetĂa a mĂ mismo cada vez que el pecho me dolĂa de puro afecto. «Es solo porque es Max».
Holi, aqui D. Otra vez.
Esta es una mini historia, de capitulos muy cortitos. Espero y les guste.
xoxox.








