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¡¡No me llames Yakitori!!

Summary

Crossover entre Naruto y High School DxD

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Es casi seguro que mi existencia te resulte ajena, un misterio indescifrable, pero la tuya no guarda secretos ante mí. A lo largo de las eras, las pocas conciencias que han rozado mi presencia me han adjudicado títulos extraídos de mitologías olvidadas: el Sastre de Horizontes, el Escultor del Vacío... mil apelativos que carecen de verdadero peso. Prefiero una palabra más simple, una que define mi naturaleza con precisión: “Prólogo”. Nací en la negrura primordial, en un silencio tan denso que ahogaba cualquier atisbo de materia, mucho antes de que las manecillas del tiempo comenzaran a girar, antes de que las dimensiones se expandieran y la primera chispa de realidad fuera concebida.

Tal vez experimentes cierta intriga sobre el motivo de esta revelación. No hay una razón trascendental detrás de esto. Simplemente he decidido quebrar mi hermético comportamiento habitual para exponerte, por una única ocasión, mi peculiar manera de trabajar. Es probable que surja otra inquietud en tu mente: ¿un ser de mi calibre requiere de un empleo o labor? Absolutamente no. Lo hago por el simple y llano deleite del entretenimiento, un pasatiempo para disipar el tedio cósmico entre letargos que se extienden con facilidad por un millón de años.

Mi diversión radica en algo sumamente sencillo: intervenir en el destino de ciertos individuos clave dentro de la red del multiverso, aquellos seres que sostienen el peso de sus respectivas realidades, con el único fin de contemplar el caos y las desviaciones que provocan mis sutiles alteraciones. En épocas pasadas encontré solaz distorsionando los hilos de un guerrero de cabello alborotado de nombre Son Goku, de un joven entrenador de gorra roja junto a su fiel criatura eléctrica, de un alquimista de metal, y de un muchacho marcado con una cicatriz de rayo. Hubo otros más, cuyos nombres ya se han disipado de mi memoria, probablemente porque la apatía me venció y opté por extinguir sus universos enteros, borrándolos de la trama de la existencia.

En esta ocasión, mi atención se ha posado sobre la vida de Naruto Uzumaki. Sin embargo, no me refiero a la figura original de la que tienes constancia, sino a una de las incontables variantes que orbitan alrededor del eje primario, aquel primer universo del que brotaron las demás. Jamás intervengo en las líneas de tiempo fundacionales; son ellas las que engendran las ramificaciones de forma infinita. Sería una imprudencia descomunal alterar la fuente que nutre mi propio patio de recreo.

Volviendo al escenario actual, este universo que seleccioné de manera aleatoria muestra una similitud casi exacta con el molde original. La Aldea Oculta de la Hoja yace en ruinas, envuelta en columnas de humo negro y lamentos. Los aldeanos corren despavoridos por las avenidas agrietadas, cruzando a través de mi silueta incorpórea como si fuera una brisa invisible; para ellos, simplemente no existo. Se percibe el dolor de quienes lloran la pérdida de sus seres queridos entre los escombros. Es el instante posterior al confinamiento de la gran bestia de nueve colas. Incluso en la fragilidad de un recién nacido, la firma de energía del infante resalta en el entorno, intensa y abrasadora, semejante a una hoguera colosal que consume la penumbra de un bosque silencioso.

Bastó con evocar su imagen para materializarme de inmediato a su lado. El infante yacía en una cuna de madera, sumido en un llanto inconsolable que el carrusel musical sobre su cabeza, con su monótona melodía, era incapaz de mitigar. La estancia permanecía sumida en una penumbra casi absoluta, rota únicamente por la silueta de un shinobi adolescente apostado en una silla en el rincón más sombrío. Se trataba de Kakashi Hatake, quien, al igual que el resto de los mortales, permaneció ajeno a mi presencia. Deslicé la yema de mis dedos sobre la frente del pequeño Naruto con el propósito de apaciguar su incesante llanto; el efecto fue inmediato: sus párpados se cerraron y cayó en un sueño profundo y sereno. Sin embargo, aquel sutil cambio en la atmósfera alteró la guardia del joven ninja. Kakashi se aproximó con sigilo para inspeccionar la cuna, pero al constatar el compás rítmico y pacífico de la respiración del bebé, regresó a su estado de aparente calma.

Frente a mí se materializaron múltiples esferas de luz tenue, cada una proyectando visiones de realidades alternativas de Naruto. En una de ellas, surcaba los mares como un pirata al mando de una tripulación compuesta exclusivamente por mujeres; en otra, vestía uniforme escolar mientras luchaba por sobrevivir en una isla hostil plagada de peligrosos animales; en una tercera, parecía domesticar y dirigir mujeres al estilo de un entrenador de monstruos de bolsillo. Había infinidad de opciones más. Con un leve movimiento de mi mano, desvanecí las proyecciones; el destino final ya estaba decidido. Detuve el flujo del tiempo en la habitación, congelando el parpadeo de las sombras y el polvo en el aire, y tomé al infante en mis brazos, arrullándolo con suavidad.

Procedí a extinguir la esencia del zorro de nueve colas de la trama del cosmos; su alma se desintegró, pero su inmenso flujo de chakra fue asimilado por completo por el torrente sanguíneo de Naruto, fusionándose con sus propias reservas. Posteriormente, sinteticé cada una de las técnicas ninjas conocidas en su mundo, plasmándolas en un extenso pergamino místico que luego reduje y sellé de forma permanente bajo la piel de su brazo, visible únicamente como un intrincado tatuaje que se volvió invisible inmediatamente. Con los preparativos concluidos, rasgué el tejido del espacio para abrir un umbral hacia una dimensión ajena. Deposité con cuidado al niño en el abismo del portal antes de sellar la brecha de un solo golpe.

Mi siguiente tarea consistía en viajar a través de otros planos para decidir qué hilos desenredar o qué estructuras quebrar por completo, mientras esta realidad específica comenzaba a desmoronarse y a desintegrarse lentamente, condenada al colapso por la súbita ausencia de su pilar fundamental. Jamás permanezco el tiempo suficiente para atestiguar los frutos de mis manipulaciones. Aunque mencioné que estas alteraciones me sirven de pasatiempo, te mentí, el verdadero motor de mi distracción no son los universos en sí... eres tú. Tu mirada sobre estas líneas, tu reacción ante el lienzo que despliego; esa es mi auténtica diversión.

...

...

Universo DxD - Inframundo

El cielo artificial del Inframundo se extendía inmenso sobre el horizonte, proyectando una luz templada que imitaba a la perfección el día del mundo humano, un recurso diseñado con delicadeza para facilitar la adaptación de aquellos que habían renacido bajo el yugo de las familias demoníacas. En medio de esta calma simulada, una criatura semejante a un dragón rechoncho y de escamas densas, cuyo volumen rivalizaba con el de un carruaje, interrumpió la paz del firmamento. Se lanzó en picado hacia una pradera colindante con un bosque frondoso, atrapando entre sus poderosas mandíbulas a un goblin despistado. El impacto contra el pasto fue brutal; la bestia aplastó al pequeño ser y le quebró la garganta de un solo bocado. El resto de la horda huyó despavorida hacia la espesura, agitando bastones de madera tosca en una vana muestra de bravuconería, mientras las aves que descansaban en la hierba alzaban el vuelo en un ruidoso aleteo. En el interior del bosque, pequeños duendes apostados en las ramas observaban la carnicería con una mezcla de curiosidad y cautela, y otras alimañas corrían a ocultarse bajo las raíces, atemorizadas tanto por el cazador aéreo como por los invasores fugitivos.

A cierta distancia del lugar del ataque, bajo la techumbre de los árboles, una mujer rubia detuvo sus pasos para fijar la vista en la dirección donde el bando de aves se dispersaba -¿Escuchaste eso? Parece haber sucedido algo...-

Su compañero, un varón de cabellos igualmente dorados, esbozó una expresión de deleite mientras aguzaba el oído. -De seguro fue un animal en plena faena de caza. Tal vez una Quimera o una Cocatriz; esos dos son los depredadores ápice de este bosque, sin rivales capaces de desafiar su dominio en esta zona-

Ella exhaló un suspiro resignado, cruzándose de brazos al contemplar el fervor reflejado en el rostro de su pareja. -Ahí está de nuevo esa fascinación cada vez que hablas de las bestias. Me intriga saber la reacción de los demás demonios al enterarse de que Ignis, el patriarca del mismísimo clan Phenex, es un devoto entusiasta de la fauna del Inframundo-

El hombre echó a andar de nuevo, guiando el paso a través de la densa maleza con total tranquilidad. -Seguramente ninguna que deba preocuparnos. Con los líderes excéntricos que gobiernan nuestras tierras hoy en día, mi pasatiempo resulta de lo más inofensivo-

En la mente de la demonio se dibujó la caótica imagen de los Cuatro Grandes Maou actuales; una gota de sudor frío recorrió su sien al evocar las peculiares excentricidades de sus gobernantes. -Supongo que tienes razón...- Aceleró el paso para acortar la distancia con su pareja -¿Entonces me vas a revelar finalmente hacia dónde nos dirigimos?-

Él la observó de soslayo, divertido por su impaciencia. -A ningún sitio en especial. Simplemente deseaba disfrutar de una caminata similar a las que compartíamos antes de nuestro matrimonio... un momento para rememorar aquellos días-

Ella esquivó una gruesa raíz que sobresalía del suelo con un hábil paso, emitiendo un suspiro. -Habríamos podido elegir un paraje más próximo a nuestros terrenos familiares. Me inquieta estar alejada de Riser durante tanto tiempo-

El hombre alzó la mirada hacia las copas de los árboles, restándole importancia al asunto con absoluta tranquilidad. -No seas tan aprensiva, Vesta. Nada malo va a ocurrirle; cuenta con un séquito entero de niñeras y guardias de élite custodiando cada una de sus siestas-

Ella enderezó la postura, sosteniendo su posición protectora con firmeza. -Sigue siendo mi bebé, es natural que la preocupación me persiga. Apenas tiene dos años... No me agrada en lo absoluto dejarlo desatendido-

Una rama baja obligó al patriarca a inclinar la cabeza -Sueles sobreprotegerlos demasiado. Por fortuna, Ruval y Boran crecieron sin mayores contratiempos-

La alusión jocosa provocó que ella descargara un golpe cariñoso pero firme en el hombro de su esposo -¡Silencio! El verdadero responsable de consentirlos siempre fuiste tú. De hecho, fuiste tan persistente que le contagiaste esa extraña fijación por las criaturas a mi querido Boran, tanto que terminó dedicándose a la veterinaria-

Él ensanchó el torso en un ademán de orgullo bien justificado. -¿Y qué tiene de malo eso?-

La mujer se cruzó de brazos, fingiendo una severidad que sus ojos desmentían. -En la enorme cantidad de alimañas y extraños especímenes que introducía a escondidas en nuestra residencia durante su niñez y adolescencia. Eso fue lo verdaderamente problemático-

La marcha los condujo finalmente fuera de la espesura, desembocando en un claro bañado por el arrullo constante de un río de aguas cristalinas que reflejaba la claridad del cielo simulado. Él aprovechó la amplitud del espacio para contemplarla de pies a cabeza con una mirada de clara adoración. -Por cierto, esa combinación de leggings deportivos negros y camiseta entallada te favorece enormemente. Luces espectacular-

Vesta bajó la mirada para inspeccionar su propio atuendo, un tanto insegura ante la ligereza y el ajuste de las prendas. -¿De verdad te parece? Aún no logro habituarme a vestir esta clase de indumentaria tan poco convencional para nosotros-

Ignis acortó la distancia entre ambos, rodeando la cintura de su esposa y apoyando la barbilla sobre su hombro. -Hey, ¿qué tal si le damos otro hermano a Ruval?-

Vesta fijó en él una mirada de absoluta incredulidad, arqueando una ceja dorado con evidente sospecha. -No me digas que tu verdadera intención al traerme a este lugar solitario era consumar tus deseos en plena naturaleza...-

El demonio ensanchó su sonrisa, acortando el espacio entre sus labios con la clara intención de darle un beso, pero el idilio se quebró bruscamente. Un sonido agudo y discordante rasgó la tranquilidad del lugar.

El llanto de un bebé.

Ella se tensó de inmediato, apartándolo para escudriñar la espesura con suma atención. -Ese lamento pertenece a un recién nacido. No debería haber nadie más en este sector del bosque-

Los dos cruzaron el río con agilidad, abriéndose paso entre un muro de arbustos densos y espinosos hasta dar con el origen del ruido.

En medio de un diminuto claro, envuelto en un manto tosco, yacía un pequeño ser de cabello rubio y unas curiosas marcas semejantes a tres delgadas líneas en cada una de sus mejillas, llorando desconsoladamente.


Un fuerte impulso maternal dominó la voluntad de Vesta, quien se acercó y se arrodilló de inmediato para alzar al pequeño entre sus brazos con infinita delicadeza.

Ignis había intentado sujetarla del hombro para detenerla, pero sus reflejos no fueron suficientes ante la determinación de su esposa. -Vesta... ¿se puede saber qué estás haciendo?-

Ella le dirigió una mirada severa mientras acunaba al infante contra su pecho, buscando calmar su llanto con un suave balanceo -¿Acaso pretendes que lo ignore en el suelo como si no fuera nada?-

Él suspiró profundamente, consciente de que intentar razonar con ella cuando el instinto maternal tomaba el control era una batalla de antemano perdida. -No me refiero a eso. Observa el suelo bajo tus pies-

Ella desvió la vista hacia el terreno y descubrió un intrincado patrón rúnico tallado de manera imponente en la tierra, un enorme círculo mágico que aún desprendía un tenue resplandor de energía desconocida. -¿Cómo es posible que haya pasado por alto algo semejante?-

El patriarca se aproximó, examinando el círculo con cautela antes de centrar su atención en el pequeño. El bebé cesó su llanto, abriendo los párpados para revelar unos iris de un azul tan intenso como el de su propia estirpe. Una sonrisa involuntaria se dibujó en los labios de Ignis. -No parece una trampa, o de lo contrario ya se habría activado ante nuestra presencia... Además, míralo bien. Tiene el aspecto de un Phenex...-

La mujer frunció levemente el ceño, acariciando con suavidad la mejilla del recién nacido. Su cuerpo se cubrió por una fracción de segundo de unas pequeñas llamas de color dorado que logró disipar tras un profundo suspiro de indignación. -Ha nacido hace unas pocas horas, de eso no cabe duda... Qué desalmados tan ruines serían capaces de abandonarlo en estas condiciones. Si nuestro paseo no nos hubiera traído aquí, habría sido alimento de un animal-

Ignis escudriñó la espesura que los rodeaba, buscando huellas, ramas rotas o cualquier rastro de quienes hubieran abandonado al infante en aquel claro. La búsqueda resultó infructuosa; no había el menor indicio de presencia ajena, como si el niño se hubiese materializado directamente de la nada. Además, el momento de su aparición debió de coincidir casi con su llegada al río. Con un llanto tan sonoro, cualquier bestia o depredador de los alrededores habría acudido mucho antes si el pequeño hubiese permanecido allí durante más tiempo.

Él extendió la mano, uniendo sus dedos a los de su esposa sobre la suave mejilla del recién nacido. En ese instante exacto, la realidad pareció sacudirse. El intrincado grabado rúnico bajo sus pies resplandeció con una intensidad cegadora. Una marea de energía cálida los envolvió por completo; ambos experimentaron la sutil sensación de que una parte íntima de su propia esencia vital era extraída con suavidad para fundirse en la anatomía del niño. No hubo dolor alguno, sino una profunda y armoniosa comunión de almas. Al disiparse el destello, el infante emitió un tierno arrullo.

Los dos adultos se contemplaron mutuamente, invadidos por el desconcierto, pero al posar de nuevo la vista en el pequeño, descubrieron que un vínculo inquebrantable, ausente segundos atrás, se había arraigado en sus corazones. Un instinto de protección paterna, fiero y visceral, se apoderó por completo de Ignis.

Vesta estrechó al bebé contra su pecho, con la mirada empañada por unas lágrimas de felicidad que brotaron sin previo aviso -¿Q-qué fue lo que ocurrió? ¿Por qué motivo lo siento tan mío, como si de verdad hubiese nacido de mí?-

Él permaneció en silencio unos instantes, abrumado por la misma e inexplicable certeza que los unía al infante. -Yo experimento exactamente lo mismo. Es como si fuera mi propio hijo de sangre-

Ella separó ligeramente al infante para contemplar sus facciones con asombro -¿Qué es lo que has hecho, pequeño?-

Como respuesta, el recién nacido emitió otro suave arrullo al tiempo que un par de diminutas alas de fuego doradas brotaron de su espalda. La intensa llamarada desintegró al instante la tosca manta que lo cubría antes de desvanecerse en el aire sin causar daño alguno.

Ambos demonios contemplaron el suelo en absoluto silencio mientras los últimos vestigios de la tela chamuscada caían a la hierba.

Vesta alzó la vista hacia su esposo, sumida en el asombro. -¿Es de verdad un Phenex?-

Él negó lentamente con la cabeza, analizando la situación con detenimiento. -No de origen... Posee nuestra naturaleza, pero tengo la certeza de que no era así antes de que el destello nos envolviera- Fijó la mirada en las runas que comenzaban a apagarse en la tierra. -Ese grabado rúnico tiene que ser el causante de todo esto-

Vesta mordió levemente su labio inferior, sumida en una profunda reflexión sobre los acontecimientos recientes. -Es como si, por obra de esa magia desconocida, nos hubiésemos convertido en sus verdaderos padres biológicos-

Ignis se agachó para recoger el fragmento de tela chamuscada que yacía sobre la hierba. Al inspeccionarlo bajo la claridad del claro, distinguió unos trazos tallados con premura sobre el tejido. -Parece escritura humana... caracteres japoneses. ¿N... Naruto?-

Vesta fijó la vista en los caracteres antes de reanudar el suave vaivén para arrullar al pequeño. -Debe de ser su nombre... ¿pero japonés? Su fisonomía no coincide en absoluto con la de los habitantes de esa región del mundo humano-

El hombre exhaló un suspiro resignado mientras guardaba el retazo en uno de sus bolsillos. -Al menos contamos con un apelativo para identificarlo-

Ella acarició con ternura la mejilla del infante, quien finalmente había conciliado el sueño tras el tumulto de los últimos acontecimientos. -No tengo la menor intención de mantener un nombre impuesto por unos desalmados capaces de dejarlo a su suerte en este bosque. Le otorgaré una identidad nueva a mi hijo-

Ignis detuvo su mirada en ella, un tanto sorprendido por la firmeza en sus palabras. -¿Tu hijo?-

Las cejas de la mujer se juntaron en una expresión de absoluta determinación. -Por supuesto. Es mío. No permitiré que nadie me lo arrebate; a partir de este instante, formará parte de nuestro hogar. ¿Acaso tienes alguna objeción al respecto?-

Él se frotó con suavidad el puente de la nariz, buscando ordenar sus ideas ante la inquebrantable postura de su esposa. -Tranquilízate, yo tampoco tengo el deseo de alejarlo de nuestro lado... Pero dudo enormemente de la teoría del abandono. No existe huella alguna en la maleza circundante. Es como si hubiese aparecido de manera súbita en el preciso momento de nuestro arribo. He dedicado gran parte de mi existencia a rastrear y estudiar a los animales, y te aseguro que es imposible no dejar rastro alguno-

La indignación en el rostro de Vesta se disipó de inmediato, siendo reemplazada por una profunda incertidumbre. -Entonces... ¿existe la posibilidad de que haya sido teletransportado aquí de algún modo?-

Él asintió con gravedad, sosteniendo su sospecha. -Es una hipótesis sumamente factible-

La demonio guardó silencio durante unos instantes, estrechando al infante contra su pecho con una posesividad que hacía honor a su linaje infernal. -Eso ya carece de importancia. Ahora nos pertenece-

Ignis extendió una mano para acariciar con delicadeza la fina cabellera dorada del niño. -Concuerdo contigo... Sin embargo, conservemos ese nombre por respeto a sus verdaderos progenitores. En caso de que sean inocentes, es muy probable que ahora mismo lo estén buscando desesperadamente-

Vesta asintió con evidente desgana, resignándose ante la lógica de su esposo. -¿Y qué clase de explicación inventaremos para presentarlo ante el resto del clan como nuestro propio descendiente?-

Una sonrisa astuta se dibujó en el rostro del patriarca. -Ya tengo diseñada una estrategia adecuada... ¿Qué te parece la historia de un embarazo imprevisto mantenido en estricto secreto y un viaje en el mundo humano?-

Vesta elevó una ceja, asimilando la audacia de la propuesta.

...

...

La noticia del “nacimiento” del nuevo vástago del clan Phenex se propagó con la fuerza de un maremoto, primero entre los miembros de su propia estirpe y, poco después, por cada rincón del Inframundo. Ninguno de los clanes nobles osó cuestionar la veracidad del acontecimiento. Naruto presentaba indicios físicos inequívocos de haber nacido apenas unas diez horas atrás y sus rasgos gritaban Phenex por todos lados. Además, Vesta poseía una reputación bien ganada por su temperamento juguetón y propenso a las travesuras; para todos resultaba sumamente creíble que hubiese ocultado los indicios de su gravidez mediante un intrincado hechizo de ocultamiento con el único propósito de dar a luz en el mundo humano junto a su esposo, preservando la sorpresa hasta el último instante.

Ignis también realizó una rigurosa prueba de consanguinidad en la privacidad de su laboratorio. Los resultados fueron asombrosos y confirmaron sus sospechas: el círculo rúnico del bosque había obrado un milagro genético. Naruto compartía el ADN de ambos cónyuges, convirtiéndose en su legítimo hijo de carne y sangre, si bien el análisis también reveló los tenues vestigios de dos secuencias genéticas de origen desconocido. Al patriarca no le importó en lo más mínimo aquel misterioso detalle secundario; el infante ya era, ante los ojos del mundo y de su propio corazón, su cuarto descendiente.

Naruto Phenex.

Durante las jornadas subsiguientes, los líderes de las familias más influyentes del Inframundo acudieron a presentar sus respetos. En esa ocasión, el salón principal de la fastuosa mansión albergaba a Zeoticus Gremory y a su esposa, Venelana, quienes compartían una alegría similar al haber sido bendecidos apenas una semana antes con el nacimiento de su hija, a quien llamaron Rias.

Venelana se inclinó con sumo cuidado sobre la cuna de madera noble donde descansaba el pequeño Naruto, quien en ese momento vestía un peculiar tutú de zorro. Sosteniendo con firmeza a la pequeña Rias entre sus brazos para evitar cualquier descuido, una expresión de enternecimiento iluminó su rostro. -¡Ay, pero qué criatura tan adorable con esas marcas de bigotes! Dan ganas de estrecharlo contra el pecho como si fuera un peluche-

Vesta contempló la escena con una amplia sonrisa de orgullo maternal, complacida por las palabras de su invitada.

A un costado de la cuna, el pequeño Riser permanecía sentado en una silla alta, observando a su nuevo hermano menor con una mezcla de curiosidad e inocencia infantil. Sus hermanos mayores, Ruval y Boran, habían partido horas antes para atender sus respectivas responsabilidades en el clan, aunque sus visitas a la residencia familiar se habían vuelto notablemente más recurrentes, entusiasmados con la idea de acoger al nuevo miembro de la familia.

Dado que la cuna poseía dimensiones generosas, Venelana depositó con sumo cuidado a Rias junto a Naruto. Los dos lactantes se observaron mutuamente con curiosidad infantil antes de que el cansancio venciera sus párpados, sumiéndose en un pacífico letargo. La matriarca Gremory desvió entonces la mirada hacia su amiga, ensayando un fingido mohín de aflicción. -Fuiste verdaderamente desconsiderada. Habríamos podido compartir tantas actividades juntas durante nuestros respectivos embarazos, pero preferiste dar prioridad a tu disparatada ocurrencia-

Un leve rubor coloreó las mejillas de la aludida, quien desvió la vista con timidez. -Lo lamento... Desde hace mucho tiempo albergaba la ilusión de preparar una revelación semejante-

Venelana entornó los ojos, asintiendo con resignación. -Sí, te conozco demasiado bien... Aunque me causa curiosidad, ¿por qué motivo elegiste un nombre de origen japonés?-

La dueña de casa sonrió con ternura, extendiendo una mano para acariciar los rizos de su tercer hijo, Riser, sin apartar la vista del recién nacido. -Simplemente, esa palabra resonó con fuerza en mi mente de forma imprevista y tomé la decisión de usarla para él-

Venelana aceptó de buen grado la explicación y volvió a contemplar a los pequeños durmientes. Sin embargo, al fijar la vista en el rostro sereno de Naruto, un dolor agudo y punzante rasgó la parte más profunda de su alma; una oleada de nostalgia y tristeza indescriptibles la embargó por un instante para luego disiparse por completo, dejando tras de sí una solitaria lágrima que se deslizó desde uno de sus ojos de tono violeta.

Vesta advirtió de inmediato el rastro húmedo en el rostro de su amiga y se aproximó con preocupación. -¿Te encuentras bien? ¿Qué acaba de sucederte?-

La matriarca Gremory sacudió levemente la cabeza, disipando los vestigios de aquella extraña emoción mientras percibía la mirada atenta e inquisitiva del pequeño Riser desde su asiento. -No es nada de qué preocuparse... Es solo que la felicidad por nuestro porvenir me ha conmovido-

Vesta la observó con detenimiento antes de asentir con suavidad. -Comprendo perfectamente ese sentimiento-

A cierta distancia de las cunas, en un área más apartada del gran salón, los dos patriarcas mantenían una animada conversación acompañados de unas copas de licor fino.

Zeoticus depositó el vaso vacío sobre la mesa de madera tallada, exhalando un suspiro de satisfacción ante el fuerte buqué de la bebida. -Dime con franqueza, Ignis, ¿cuál es tu secreto para concebir descendencia con tanta facilidad, considerando las notorias dificultades de natalidad de nuestra especie? A duras penas he logrado engendrar dos hijos en un lapso de más de setecientos años, y tú ya celebras la llegada del cuarto-

Ignis le dirigió una mirada cargada de picardía. Su unión con Vesta apenas alcanzaba los doscientos años, una cuarta parte de la trayectoria que Zeoticus y Venelana llevaban juntos, pero aun así ya contaban con el doble de descendientes, una cifra que con el transcurso de los años probablemente continuaría en aumento. -Ya conoces la naturaleza de los Phenex. Simplemente comparto una estrecha e ininterrumpida intimidad con mi esposa, prácticamente a diario... Eso es más que suficiente-

Zeoticus contempló la botella de licor antes de servirse una generosa porción adicional. -La última ocasión en que compartí ese tipo de cercanía con Venelana fue el día en que concebimos a Rias-

El patriarca Phenex estuvo a punto de atragantarse con su trago, tosiendo levemente para recuperar la compostura. -Entonces, ¿cuál es el misterio que intentas descifrar? Esa es la causa evidente por la cual tienen tan pocos vástagos-

Zeoticus esbozó una sonrisa franca ante la reacción de su amigo -No me refería a una falta de actividad en general. No tengo reparo en admitir que mi intimidad con Venelana es escasa; de hecho, a lo largo de estos últimos siglos, dudo que hayamos compartido el lecho más de diez veces-

Ignis se aproximó un poco más, intrigado por la revelación. -¿De verdad? Vaya sorpresa, yo sería incapaz de tolerar una situación semejante-

El líder del clan Gremory se encogió levemente de hombros. -Cuento con un harén personal, si lo recuerdas. De ahí surgía mi inquietud; mantengo una vida sexual muy activa con ellas, pero ninguna ha logrado quedar embarazada...- Dio un sorbo a su trago antes de apoyar el vaso sobre la superficie de madera. -En una ocasión, sintiéndome culpable por disfrutar de tales placeres de forma unilateral, le sugerí a Venelana que ella también podía formar su propio harén si así lo deseaba. Su respuesta inmediata fue una bofetada monumental-

Ignis contuvo a duras penas una carcajada, sacudiendo la cabeza con diversión. -Me habría encantado presenciar ese glorioso momento-

Zeoticus le devolvió una mirada cómplice. -No me cabe la menor duda-

El anfitrión se recostó contra el mullido respaldo de su asiento, sopesando la situación. -No sabría darte una explicación científica a tu duda. Supongo que mi esposa goza de una fertilidad excepcional, o tal vez yo sea extraordinario en ese aspecto-

Zeoticus soltó un suave bufido de incredulidad y desvió la mirada hacia el extremo del salón donde descansaban los lactantes, visualizándolos en su etapa adulta. En ese instante, una audaz propuesta cobró forma en su mente. -La prodigiosa capacidad de regeneración y la fertilidad innata de los Phenex, combinadas con la colosal reserva de poder demoníaco de los Gremory y la posibilidad de heredar el poder de la destrucción de los Bael...-

Ignis detuvo el vaso a escasos centímetros de sus labios, frunciendo el ceño con desconcierto. -¿Hacia dónde pretendes dirigir esa línea de razonamiento?-

Zeoticus giró el rostro hacia él, revelando una absoluta seriedad en sus facciones. -Ha surgido una idea muy interesante en mi cabeza. ¿Qué te parece si nos trasladamos a tu despacho privado para discutirla con la debida reserva?-

...

...


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