Prólogo
¿Alguna vez soñé? ¿O acaso viví lo que creí que era una pesadilla? Siempre me jacté de saber elegir mis propios terrores, pero este... este me devoró por completo.
Recuerdo la playa. Una isla asfixiada por una tormenta a pleno mediodía. El cielo era una costra gris a punto de reventar. La angustia me apretaba la garganta; tenía el presentimiento animal de que el océano se levantaría de un momento a otro para tragarnos. Conduje por una carretera flanqueada por la ciénega y el mar abierto, aguas oscuras que ya parecían hambrientas, hasta llegar a ese inmenso hotel de siete pisos. A mi lado iba Samuel Jhonson. Mi amado Samuel. Un marine retirado, marcado por una bala en la pierna que le arrebató su carrera, y que en ese momento temblaba. Su ansiedad era un eco de mi propio pánico. Temía que no sobreviviéramos al diluvio, y Dios sabe que tenía razón.
El hotel estaba desierto. Solo estábamos nosotros, el peso del bulto que él cargaba, sus absurdos tenis color rosado con negro, y el miedo. En medio del caos, encontré una pequeña balsa de rescate. Nos aferramos a ella con los nudillos blancos.
—Sube —le ordené, sintiendo el primer escalofrío del agua alrededor de los tobillos—. Esto se va a inundar.
El agua trepaba por los muros con una velocidad antinatural. Subimos por las escaleras, tragando el terror, sabiendo que el edificio entero se convertiría en una tumba submarina y que tendríamos que resistir en esa balsa por quién sabe cuánto tiempo. En el sexto piso, a escasos centímetros de que la marea nos alcanzara, los vimos. Un grupo de cinco almas acorraladas: dos hombres, una mujer y dos niños pequeños. Cinco condenas más esperando la muerte.
El agua ya nos lamía las suelas. El miedo amenazaba con paralizarme, pero de pronto, un instinto frío y calculador tomó el control. El valor nació de la desesperación pura.
—Aún estamos secos —le dije a Samuel, obligando a mi voz a sonar firme sobre el rugido de la tormenta—. Quítate los zapatos. Busca una bolsa de plástico, necesitamos estar descalzos. Deja la ropa, es tela dry-fit, nos servirá. Escúchame bien: no hay comida. Tenemos que ser más astutos que el mar si no queremos hundirnos. Cuando llegue el momento, subirás a la balsa con los niños. Tendrán que aguantar.
Samuel me miró con los ojos rotos y asintió. Entonces, la marea nos alcanzó. El hotel colapsó bajo el océano.
El impacto fue brutal. El agua helada nos golpeó, arrastrándonos al abismo líquido. Quedamos a la deriva, pataleando, intentando aferrarnos desesperadamente a la pequeña goma de la balsa. Pero éramos demasiados. El peso nos estaba hundiendo a todos. Miré al horizonte: nada. Solo agua negra, fría e infinita.
En ese instante, la desesperación desapareció. Fue reemplazada por una claridad aterradora. La aceptación.
Le entregué a Samuel un balde que había logrado rescatar de la corriente.
—Toma esto —le grité, clavando mi mirada en la suya por última vez—. Tienes que vaciar el agua de lluvia de la balsa para que no se hundan.
Tragué saliva, con un sabor amargo a sal y a despedida.
—Te amo.
Y abrí las manos. Me solté.
Me alejé del grupo. Al principio, el instinto me hizo bracear, luchar contra la corriente, intentar mantener la cabeza fuera de esa inmensidad negra. Pero el océano es demasiado pesado. Mis músculos ardieron hasta desgarrarse. El cansancio me llenó las venas de plomo y, finalmente, me rendí al abismo. El agua entró a la fuerza por mi boca y mi nariz, quemando mis pulmones, asfixiándome desde adentro en una agonía desesperante mientras el mundo se apagaba en el fondo del mar.
Alguna vez soñé. Alguna vez respiré. Alguna vez sentí la angustia desgarrándome el pecho y la tortura física del ahogo.
Pero hoy... parada en la oscuridad, viendo a los vivos desde el otro lado... ya solo siento furia.









Bueno, muy bueno. Debo decir que lo único que no me gustó que da a entender que ella ahora es un espíritu y eso me da miedo. 😆