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Protesta y Placer

Summary

Donde Checo y sus amigos se manifiestan a contra el cambio climático Donde Max es un policía anti motín

Genre
Erotica
Author
maxthv98
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Unico

El campus de la Universidad de Delft bullía con una energía distinta esa tarde. Sergio, a quien todos llamaban "Checo", ajustaba las correas de su mochila mientras caminaba hacia el invernadero comunitario, el cuartel general del Club de Ecología.

A sus 20 años, la Ingeniería Ambiental no era solo una carrera para él; era una misión personal que lo había traído desde México hasta los Países Bajos.

Al entrar, el olor a tierra mojada y jazmín lo recibió de golpe. Lewis, el estudiante de último año y mentor del grupo, ya estaba de pie sobre un huacal de madera, gesticulando con pasión.

—No se trata solo de los datos que vemos en clase —decía Lewis, su voz resonando con autoridad— El Parlamento está ignorando los problemas ambientales. Si nosotros no hacemos ruido, nadie lo hará.

Checo se sentó junto a Yuki, quien estaba más ocupado tratando de rescatar una planta de tomate moribunda que escuchando el discurso. Cerca de ellos, Charles y Carlos compartían un cuaderno de notas.

Eran la viva imagen de la eficiencia, Charles anotaba las rutas de la marcha mientras Carlos marcaba con un resaltador los puntos estratégicos de seguridad.

—¿Llegue a tiempo? —preguntó Checo, sacando su propia tableta.

—Justo a tiempo, viejo —bromeó Lance desde el fondo, usando el apodo que le habían puesto por su seriedad al estudiar los tratados climáticos.

La discusión se volvió técnica. Como futuros ingenieros y científicos, no querían una protesta vacía. Querían que sus carteles reflejaran soluciones reales.

Charles propuso dividir el grupo en secciones: aire, agua y suelo. Carlos insistió en que debían llevar brazaletes reciclados para identificarse como organizadores. Mientras que Yuki sugirió, con una seriedad sorprendente, que debían llevar semillas para repartir, aunque Lewis le recordó que el objetivo principal era la presión política, no la jardinería urbana.

—Mañana a las diez —sentenció Lewis— Mañana demostramos que esta generación no se va a quedar de brazos cruzados mientras el nivel del mar sube.

●●●●●

Al caer el sol, el departamento de Checo se convirtió en un taller improvisado. No estaba solo; Charles y Carlos habían pasado por allí con cartones rescatados del centro de reciclaje de la facultad. El suelo estaba cubierto de periódicos viejos y latas de pintura ecológica.

Checo estaba arrodillado, trazando con cuidado las letras en su cartel, no quería frases genéricas.

—¿Crees que nos escuchen, Checo? —preguntó Charles, mientras ayudaba a Carlos a pintar una bandera verde gigante.

Checo levantó la vista, con una mancha de pintura azul en la mejilla.

—Tienen que hacerlo, para eso estudiamos esto, ¿no? Para que los números dejen de ser solo papel y se conviertan en política pública. Además, si Lewis pudo convencer al decano de instalar paneles solares en la cafetería, nosotros podemos convencer al Parlamento.

Carlos soltó una carcajada mientras le pasaba un pincel a su novio.

—Bueno, al menos tenemos el cartel más bonito. El de Yuki probablemente solo diga "Tengo hambre y el planeta también", pero el nuestro tiene estilo.

La noche avanzó entre café frío, risas y la satisfacción silenciosa de saber que estaban haciendo lo correcto. Checo terminó su cartel con una frase contundente en neerlandés y español: "Nuestro futuro no es negociable".

A la mañana siguiente, el grupo se reunió en la estación de tren. Lewis llevaba su cámara profesional, Lance cargaba los megáfonos y Yuki, efectivamente, había logrado colar una bolsa llena de pequeñas bombas de semillas en su mochila.

Mientras caminaban hacia la plaza del Parlamento, Checo sintió un nudo de nervios y orgullo en el estómago.

Al mirar a su alrededor, vio a sus amigos: Charles y Carlos caminando hombro con hombro, Lewis liderando con paso firme y el resto de sus compañeros de ingeniería listos para alzar la voz.

No eran políticos, ni figuras públicas, eran estudiantes, amigos y jóvenes convencidos de que el mundo que estaban estudiando aún podía salvarse. Cuando llegaron frente al imponente edificio gubernamental y desplegaron sus carteles, el silencio de la mañana fue roto por un solo grito unísono que exigía un mañana mejor.

Lo que comenzó como un pequeño grupo de estudiantes de ingeniería se había transformado en una marea de colores, carteles de cartón reciclado y cánticos rítmicos. Sergio, a la cabeza del contingente del Club de Ecología, sostenía su pancarta con los nudillos blancos. A su lado, Charles y Carlos compartían un megáfono, alternando consignas en un coro coordinado que exigía una transición inmediata a energías renovables.

—¡Menos promesas, más presupuestos! —gritaba Charles, con la voz ya un poco ronca pero llena de determinación.

Lewis y Lance ayudaban a mantener la línea de los estudiantes, asegurándose de que nadie bloqueara el paso peatonal por completo, manteniendo la promesa de una marcha pacífica. Sin embargo, el volumen de la protesta era ensordecedor. Los estudiantes golpeaban tambores improvisados y levantaban carteles que mostraban gráficos de la subida del nivel del mar, una realidad que en los Países Bajos no se tomaba a la ligera.

Yuki, sorprendentemente activo, repartía volantes informativos a los transeúntes con una intensidad que intimidaba a más de uno.

●●●●●

A pocos kilómetros de ahí, el ambiente era radicalmente distinto: gélido y mecánico. El sonido del metal chocando contra el metal llenaba el vestíbulo de la estación de policía. Max Verstappen, líder de la facción antimotines, terminaba de ajustar las correas de sus espinilleras.

—Unidad 33, atención —la voz del comisario retumbó por los altavoces— Tenemos una aglomeración no autorizada frente al Parlamento. Los reportes indican que la multitud está creciendo y obstruyendo los accesos principales. Procedan a asegurar el perímetro.

Max no gesticuló. Se puso el casco, dejando la visera levantada por el momento, y miró a su equipo. Para él, esto era una cuestión de orden y eficiencia; no importaba la causa, sino la estructura.

—Ya oyeron —dijo Max con su característico tono directo— Equipamiento completo, no quiero incidentes, solo control. Vámonos.

El estruendo de las botas pesadas contra el suelo marcó el ritmo mientras subían a las furgonetas blindadas. Max revisaba su reloj de pulsera; cada segundo de retraso era un centímetro más de territorio perdido ante la multitud.

Cuando las furgonetas oscuras frenaron en seco a una calle del Parlamento, el sonido de las sirenas apagó por un momento los cánticos de los universitarios. Las puertas traseras se abrieron y la unidad antimotines descendió con una precisión coreográfica.

Max bajó el último. Al caminar hacia la plaza, lo primero que vio no fue una turba violenta, sino un mar de rostros jóvenes, sudorosos y apasionados. Sus ojos se fijaron en un chico de cabello castaño y mirada intensa que sostenía un cartel.

—Son solo universitarios —murmuró uno de los oficiales detrás de Max, bajando un poco la guardia al ver a una chica pintando flores en el suelo con tiza.

—No te confíes —respondió Max, bajando finalmente su visera negra— La pasión es más impredecible que la violencia. Mantengan la formación.

La unidad avanzó, creando una barrera de policarbonato y acero que contrastaba violentamente con las camisetas de algodón y las mochilas de los estudiantes. Los escudos golpearon el suelo al unísono, creando un eco seco que hizo que algunos manifestantes retrocedieran un paso.

Max se colocó en el centro de la línea, justo frente a donde Checo y sus amigos estaban apostados. Los policías entrelazaron sus brazos y posicionaron los escudos, formando un muro humano infranqueable que separaba la escalinata del Parlamento de la masa estudiantil.

Checo dio un paso adelante, quedando a apenas unos centímetros del escudo de Max. Podía ver sus propios ojos reflejados en el casco oscuro del oficial.

El aire entre ellos estaba cargado de tensión: de un lado, la urgencia de un futuro que se desmorona; del otro, el deber inquebrantable de mantener el orden.

—¡Solo queremos ser escuchados! —exclamó Checo, dirigiendo sus palabras directamente al oficial que tenía enfrente, Max— ¡No somos una amenaza, somos la solución!

Max no respondió, notando por primera vez que ese "peligro" que le habían ordenado contener no era más que un grupo de jóvenes con miedo a no tener un mañana.

Checo, que estaba en la primera línea de resistencia con su cartel, no retrocedió ni un centímetro. Al contrario, se plantó con firmeza, dispuesto a encarar a quien fuera que intentara frenar su mensaje.

El oficial frente a él se levanto la viscera, Checo se topó con una mirada que lo dejó mudo. Eran unos ojos de un azul tan gélido y profundo que parecían fuera de lugar en medio del caos de la plaza. El oficial, un hombre joven de mandíbula cuadrada y presencia imponente, mantenía una postura rígida, pero sus ojos recorrieron el rostro de Checo con una intensidad que no era puramente profesional.

Checo sintió una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con la adrenalina de la protesta. Algo en la seriedad de ese hombre, encendió una chispa de curiosidad traviesa en el mexicano.

Sin dejar de sostener su cartel, Checo ajustó su estrategia. Elevó la voz para seguir con la consigna, pero su lenguaje corporal cambió por completo.

—¡El planeta se calienta y el gobierno no hace nada! —gritó Checo, pero justo al terminar la frase, bajó ligeramente el cartel y le lanzó una sonrisa ladeada al oficial de los ojos azules, rematando con un guiño lento y deliberado.

Max parpadeó, visiblemente descolocado. Sus manos, enguantadas y firmes sobre el escudo, se apretaron un poco más. No esperaba que, en medio de un conflicto social, un estudiante de ingeniería ambiental decidiera que era el momento perfecto para ligar.


—¡Queremos soluciones, no represión! —continuó Checo, dando un paso casi imperceptible hacia adelante, quedando a milímetros del escudo— Aunque... con este nivel de seguridad, uno se siente extrañamente bien cuidado, ¿no cree, oficial?

Charles y Carlos, que estaban justo detrás de él, intercambiaron una mirada de absoluta incredulidad.

—Checo, ¿qué estás haciendo? —susurró Charles, jalándole un poco la camiseta— Estamos intentando salvar el planeta, no conseguirte una cita con la autoridad.

—¡Sergio! —siseó Carlos, acercándose a su oído— Bájale a tu calentura, por favor. Estamos a un paso de que nos arresten y tú estás aquí coqueteando con el oficial, ¡ubicate!

Checo los ignoró y mantuvo su mirada fija en los ojos azules de Max, disfrutando de cómo el oficial intentaba mantener la cara de póker mientras sus pupilas se dilataban ligeramente.

La burbuja de tensión romántica se reventó de la peor manera. Desde la parte trasera de la plaza, un grupo de individuos con los rostros cubiertos, ajenos por completo al club de ecología y a la causa universitaria, empezaron a gritar insultos violentos. De pronto, el primer proyectil voló por los aires: un adoquín arrancado del suelo golpeó el escudo de uno de los compañeros de Max.

—¡Provocadores! —gritó Lewis, tratando de calmar a la masa, pero era tarde.

Una lluvia de piedras y botellas empezó a caer sobre la línea policial. La orden de Max fue instantánea y profesional, recuperando su rol de mando en un segundo.

—¡Unidad, despliegue ofensivo! ¡Dispersen la zona! —rugió Max.

El cerco humano se rompió para transformarse en una fuerza de avance. Los estudiantes, asustados por la violencia de los infiltrados y la respuesta policial, comenzaron a correr en todas direcciones.

—¡Corran! —ordenó Carlos, empujando a Charles y a Yuki hacia una zona segura.

Checo soltó su cartel, que fue pisoteado por la multitud, y emprendió la huida. Sus pulmones ardían por el esfuerzo mientras esquivaba bicicletas y macetas en las calles estrechas cercanas al Parlamento. Se metió por una calle peatonal, buscando perderse entre los turistas confundidos.

Se detuvo un segundo para recuperar el aliento, apoyado contra una pared de ladrillos. Al voltear la cabeza para ver si sus amigos estaban a salvo, su corazón dio un vuelco. A unos veinte metros, corriendo con una agilidad sorprendente a pesar del peso de su equipo táctico, venía el oficial de los ojos azules.

Max no estaba persiguiendo a los que lanzaron las piedras; venía directo por él.

Checo soltó una risa nerviosa entrecortada.

—Vaya, sí que eres persistente —murmuró para sí mismo antes de volver a correr, sintiendo los pasos pesados de las botas de Max cada vez más cerca.

El coqueteo de la plaza se había convertido en una cacería privada por las calles de La Haya.

●●●●●

El eco de las botas de Max resonaba contra las paredes de ladrillo, un ritmo constante que perseguía la figura ágil de Sergio. Checo corría con una agilidad casi felina, echando miradas fugaces por encima del hombro, asegurándose de que el oficial no le perdiera el rastro. No estaba huyendo por miedo; estaba trazando una ruta.

Con cada giro brusco en las esquinas de La Haya, se adentraba más en el corazón de un sector industrial en desuso, buscando ese rincón específico que había visto durante sus recorridos de ingeniería: un callejón estrecho, sin salida y sumido en una penumbra cómplice.

Max, por su parte, sentía el peso de su equipo táctico, pero su condición física era impecable. Se dio cuenta rápidamente de que el universitario no estaba buscando una salida hacia la avenida principal, el chico de las pecas lo estaba guiando. Una parte de su mente policial le advertía que podría ser una emboscada, pero el recuerdo de aquel guiño en la plaza y la chispa de desafío en los ojos de Checo lo empujaron a seguir. El instinto de caza se mezcló con una curiosidad eléctrica.

Checo llegó al fondo del callejón, donde una verja oxidada le cerraba el paso. Se detuvo en seco, fingiendo recuperar el aliento de forma errática, y se pegó contra la pared fría. Escuchó los pasos de Max ralentizarse al entrar al callejón. El oficial ya no corría; caminaba con la confianza de quien tiene a su presa acorralada.

—Parece que te quedaste sin camino, universitario —dijo Max, su voz sonando profunda y autoritaria en el espacio cerrado.

Checo se giró lentamente, alzando las manos en un gesto de falsa rendición. Sus ojos brillaban en la oscuridad.

—Por favor, oficial... no quiero ir a la comisaría. Mis padres me matarían si se enteran de que terminé en una celda por una protesta, haría... lo que fuera para que esto quedara entre nosotros.

Max se detuvo a un par de metros. Con un movimiento seco, se desabrochó el cierre del casco y se lo quitó, dejando caer el protector al suelo con un golpe sordo. Su cabello rubio estaba empapado de sudor y sus ojos azules ardían con una intensidad depredadora. Se acercó lentamente, reduciendo el espacio hasta que Checo pudo sentir el calor que emanaba del chaleco táctico.

—¿Lo que sea? —preguntó Max, su voz bajando a un susurro peligroso— ¿Incluso después de la falta de respeto que mostraste frente al Parlamento? Vi cómo me mirabas, vi cómo me coqueteabas mientras tus amigos gritaban consignas.

—Entonces sabes exactamente lo que quiero —respondió Checo, bajando la mirada a los labios de Max y luego subiéndola con desafío.

Max no esperó más. Soltó su cinturón de utilidad y, con una mano firme, tomó a Checo por la nuca, enterrando los dedos en su cabello castaño. Lo estampó contra la pared de ladrillos y lo besó de forma salvaje, un choque de dientes y lenguas que sabía a adrenalina y deseo acumulado. No hubo delicadeza; fue una explosión de necesidad bruta.

Checo soltó un gemido ahogado contra la boca del oficial, sus manos buscando desesperadamente las hebillas del uniforme de Max. La resistencia del equipo táctico solo aumentaba la urgencia. Max gruñó, bajando sus manos para levantar a Checo por los muslos, obligándolo a enroscar sus piernas alrededor de su cintura mientras lo mantenía suspendido contra el muro.

—Vas a aprender a no jugar con la autoridad —masculló Max contra su cuello, dejando marcas rojas que Checo no podría ocultar al día siguiente.

Con una brusquedad eficiente, Max liberó a Checo de sus pantalones y se deshizo de los suyos lo suficiente para permitir el contacto. Sin preámbulos, el encuentro se volvió exigente. Max embistió con una fuerza que hizo que la cabeza de Checo golpeara rítmicamente contra el ladrillo. El mexicano echó la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco, buscando aire mientras el placer lo invadía como una ola de placer.

Checo soltó un jadeo sonoro, su espalda golpeando contra la fría pared de ladrillos mientras sentía cómo Max lo reclamaba con una potencia que le hizo perder el aliento. Fue un sexo desprovisto de la suavidad del romance y lleno de la posesividad del momento. Max no buscaba delicadeza; sus estocadas eran rítmicas y violentas, cada una más profunda que la anterior, buscando marcar el territorio que Checo le había ofrecido en la plaza.

Checo echó la cabeza hacia atrás, con los ojos nublados y la boca abierta para soltar un grito que habría resonado en todo el distrito, pero Max fue más rápido. El oficial estrelló sus labios contra los de Checo, sellando sus bocas en un beso salvaje que le robó el aire y ahogó sus gemidos. Max succionó su lengua con la misma fuerza con la que lo penetraba, convirtiendo el grito de placer en un murmullo sordo que vibraba entre sus pechos.

La fricción era constante; el roce del equipo táctico de Max contra la piel sensible de Checo y el sonido de la carne chocando en la penumbra creaban una sinfonía caótica. Max apretó más el agarre, enterrando los dedos en su piel para profundizar cada embestida, obligando al universitario a recibir cada centímetro de su urgencia.

Checo estaba completamente a su merced, temblando bajo el peso del oficial, con las uñas enterradas en los hombros del uniforme oscuro. Cada vez que intentaba apartar la cara para respirar, Max lo sujetaba de la mandíbula, forzándolo a mantener el beso, manteniendo el control absoluto sobre su voz y su cuerpo.

El clímax llegó como una descarga eléctrica que los dejó a ambos sin aire. Max dio un último empuje brutal, tensando todos los músculos de su cuerpo mientras Checo se arqueaba contra él, con las piernas apretando sus costados hasta que el mundo se detuvo por un instante.

Max lo mantuvo en el aire unos segundos más, dejando que sus respiraciones entrecortadas se sincronizaran en el silencio del callejón, antes de bajarlo lentamente, dejando que los pies de Checo tocaran el suelo con debilidad.

El callejón recuperó su silencio sepulcral, apenas interrumpido por el sonido de las respiraciones pesadas que chocaban en la penumbra. Max, con la eficiencia de quien está acostumbrado a rearmarse tras el combate, se ajustó el uniforme táctico con movimientos precisos. Miró a Checo, que todavía estaba apoyado contra la pared de ladrillos, con la camiseta arrugada, el cabello en un desorden total y esa mirada de satisfacción que no podía borrar de su rostro pecoso.

Max se acercó un paso más, pero esta vez no fue para someterlo. Extendió la mano en un gesto mudo. Checo, entendiendo la señal, sacó su celular con manos todavía un poco temblorosas. El oficial tecleó su número rápidamente en la agenda y se lo devolvió.

—No te voy a llevar arrestado hoy, universitario —dijo Max, su voz recuperando ese tono bajo y firme, pero con un matiz de suavidad que no había mostrado antes— Pero si no me llamas esta noche, iré a buscarte a tu facultad y ahí sí que no habrá trato preferencial. Por cierto, me llamo Max.

Antes de marcharse, Max acortó la distancia, tomó el rostro de Checo entre sus manos enguantadas y depositó un beso tierno y pausado en sus labios. Fue un contraste absoluto con la brutalidad de hacía unos minutos. Sin decir nada más, el oficial se colocó el casco, ocultando de nuevo esos ojos azules bajo la visera negra, y desapareció calle arriba, perdiéndose en la ciudad.

Checo caminó hacia su departamento como si estuviera flotando. Sus piernas se sentían como gelatina y cada vez que el viento frío de los Países Bajos le rozaba el cuello, recordaba el calor de las manos de Max. Se miraba en los reflejos de los escaparates y no podía evitar sonrojarse al notar que tenía los labios ligeramente hinchados y una chispa de travesura en los ojos que no solía tener después de una clase de termodinámica.

"Vaya manifestación... ojala se repita", pensó, soltando una risita nerviosa.

Había salido de casa para salvar el planeta y había terminado siendo "atrapado" por el líder de los antimotines de una forma que ningún libro de ingeniería ambiental podría explicar. Solo podía pensar en la sensación de Max sobre él y en esos ojos azules que, por un momento, habían dejado de ver una amenaza para ver algo mucho más interesante.

Llegó a su departamento, se quitó la ropa con cuidado y se lanzó a la cama, mirando el techo y preguntándose donde estará su "oficial favorito".

Casi a la medianoche, cuando Checo estaba a punto de quedarse dormido repasando mentalmente cada segundo en el callejón, su celular vibró con una insistencia violenta.

—¿Bueno? —contestó Checo con voz somnolienta.

—¡Sergio! ¡Por el amor de Dios, Sergio! —la voz de Charles sonaba aguda y al borde de un colapso nervioso— ¿Dónde demonios estás? ¡Estamos en la cárcel!

Checo se sentó de golpe en la cama, el corazón dándole un vuelco.

—¿Qué? ¿Cómo que en la cárcel?

De fondo, se escuchaba un caos absoluto. La voz de Carlos gritaba algo sobre sus derechos civiles y el derecho a la libre expresión, mientras que la voz de un oficial intentaba callarlo sin éxito.

—¡Nos atraparon cuando intentábamos buscarte! —chilló Charles—. ¡Carlos intentó sobornar a un policía con una barra de granola y ahora creen que estamos bajo la influencia de algo raro! ¡Y Yuki... oh Dios, Yuki está intentando morder los barrotes porque dice que tiene hambre y que la cena de la comisaría es un insulto a la gastronomía!

—¡Diles que soy hijo de diplomáticos! —se escuchaba gritar a Lance de fondo, seguido de un sonido de esposas chocando— ¡No, espera, mejor no digas nada! ¡Checo, sácanos de aquí, Lewis está intentando darles una conferencia sobre ética a los policías y nos van a dar cadena perpetua solo para que se calle!

Checo se pasó una mano por la cara, debatiéndose entre la preocupación y el deseo de soltar una carcajada épica.

—Está bien, tranquilícense... ¿En qué estación están?

—¡En la central! —respondió Charles en un susurro desesperado— Por favor, ven ya. Carlos acaba de decirle al comisario que su uniforme es de una temporada pasada y el ambiente se está poniendo muy tenso.

Checo colgó el teléfono, saltó de la cama y se puso lo primero que encontró. Salió corriendo por la puerta, dándose cuenta de la ironía de la situación.

Él, que había tenido el encuentro más cercano y placentero con la autoridad, era el único que estaba libre, mientras que sus amigos "pacíficos" estaban convirtiendo la comisaría en un circo.

Mientras corría hacia la estación, Checo solo podía rogar por una cosa: que el oficial a cargo de la recepción no fuera Max, porque si lo veía aparecer para rescatar a ese grupo de locos, su reputación de "estudiante serio" se iría directo al caño.

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