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— nota de la autora —
esto empezó siendo una lista de dioses para un proyecto de escritura y terminó siendo el mundo que vive en mi cabeza. si lo estás leyendo es porque te lo pasé yo, o porque lo encontraste en algún lugar. en cualquier caso, bienvenido/a a islamshwka.
advertencia: hay partes que me hicieron llorar mientras las escribía. no lo digo para presumir. lo digo para que sepas que lo hice en serio.
El Latido que Empezó Todo
narrador: Onimas, el señor de las encrucijadas
antes del barro. antes del fuego que arde sin consumirse. antes de que los nombres tuvieran eco en ninguna garganta. existían los Cruces.
no eran lugares. eran latidos.
imagina un corazón tan vasto que no late dentro de un pecho, sino que ES el pecho de todo lo que existe. eso eran los Cruces. pulsos. umbrales. el espacio entre un aliento y el siguiente del cosmos.
(sé que suena raro. intenté buscar otra manera de explicarlo y no pude. eso es lo que son.)
en el origen, y cuando digo origen no hablo de un día porque no había soles, ni de un año porque no había tiempo, solo estaba Onimas.
Onimas, el que abre caminos. Onimas, el señor de las encrucijadas. Onimas, el que mira hacia todos lados porque ningún lado existe aún.
durante edades que no pueden contarse porque no había quien contara, Onimas flotó en la oscuridad primera. no estaba solo porque la soledad requiere compañía ausente, y nunca había habido compañía. estaba completo, pero de una manera que no sabía que era incompleta.
hasta que sintió algo.
no fue un pensamiento. los pensamientos llegaron después. fue un temblor. algo en su interior, ¿alma? ¿entrañas? ¿los dioses tienen entrañas? algo se movió.
los humanos, miles de años después, llamarían a eso intuición. los poetas, presentimiento. los sabios, la primera pregunta.
Onimas lo llamó duda.
la primera duda del cosmos.
¿Y si todo podía ser de otra manera?
¿Y si el vacío que lo envolvía no necesitaba llenarse, sino cruzarse?
¿Y si él mismo no era un punto, sino una dirección?
la duda creció. no como tumor porque los dioses no enferman. creció como semilla. y las semillas, incluso en el vacío, buscan tierra.
Onimas extendió los brazos. no sabía que los tenía hasta que los movió. donde sus manos encontraron la nada, la nada se partió.
no fue un sonido. fue un pliegue. como cuando doblas una tela que no sabías que existía y descubres que tiene otro lado. el vacío se dobló sobre sí mismo, y en el doblez apareció algo que nunca había existido:
un entre.
entre una nada y otra nada, apareció un camino. entre un silencio y otro, apareció un eco. entre un no-ser y otro no-ser, apareció la posibilidad.
así nacieron los Cruces. heridas en el tejido del universo, sí. pero heridas que no sangraban tiempo. sangraban posibilidad. y la posibilidad, al caer sobre el vacío, empezó a solidificarse en algo que los dioses, mucho después, llamarían realidad.
Onimas observó su obra y sintió orgullo. y también sintió algo más: la duda no se había ido. había creado caminos, sí. pero ¿hacia dónde llevaban? ¿quién los recorrería?
entonces hizo lo único que podía hacer: se miró a sí mismo. hundió las manos en su propio pecho y buscó algo que pudiera señalar el camino.
encontró un cristal.
no lo había creado. no lo había heredado. simplemente estaba ahí, como una semilla en la fruta. era transparente, pero al mirarlo, Onimas no veía a través. veía dentro. veía su propio deseo.
y el cristal, al sentir que lo miraban, comenzó a girar. una aguja apareció en su centro y tembló, buscando algo. pero no señalaba el norte. no había norte. señalaba el deseo más profundo de quien la sostenía.
Onimas sostuvo la Brújula de Cristal y vio la aguja girar y girar, incapaz de decidirse. porque su deseo más profundo era tener muchos deseos. quería todos los caminos. quería no tener que elegir.
la aguja tembló.
Onimas sonrió, y esa fue la primera sonrisa del cosmos.
—Entonces habrá muchos —susurró—. Y cada uno elegirá por mí.
de su aliento nacieron los primeros dioses. no como hijos. los hijos vienen de otro. estos vinieron de él mismo, pero no eran él. eran sus direcciones. eran la respuesta de la brújula a su propia indecisión.
Tharros fue el primero. salió de un suspiro cargado de calor. era el hambre. el fuego que no ilumina sino que devora. la potencia pura, la fuerza sin dirección. cuando abrió los ojos, miró a Onimas y dijo:
—¿Qué como?
—Todavía nada —respondió Onimas—. Pero tendrás que aprender a esperar.
Tharros gruñó. ya entonces, el hambre lo consumía.
Tem fue el segundo. salió de un aliento lento, pesado. era la raíz. lo que busca profundidad. lo que quiere permanecer. cuando abrió los ojos, no dijo nada. solo miró hacia abajo, hacia donde no había tierra, y esperó.
Marin fue el tercero. salió de un aliento húmedo, casi una lágrima que Onimas no sabía que había derramado. era el olvido. el agua que borra. cuando abrió los ojos, parpadeó y dijo:
—Ya olvidé por qué nací.
—No importa —dijo Onimas—. Naciste para que otros olviden.
Marin asintió, aunque ya empezaba a olvidar sus propias palabras.
Onimas les mostró la Brújula de Cristal.
—Mirad. Esta aguja no se decide. Por eso os creé. Cada uno será una dirección.
miró a Tharros: —Tú serás el hacia. El impulso.
miró a Tem: —Tú serás el desde. El origen.
miró a Marin: —Tú serás el a través. El olvido que permite comenzar de nuevo.
y se fueron. Tharros corrió quemando todo, dejando estelas de brasas que siglos después serían estrellas. Tem se hundió buscando el fondo. Marin se extendió como agua, borrando huellas.
Onimas los observó alejarse y por primera vez sintió algo que no era duda.
sintió compañía ausente.
los humanos, milenios después, llamarían a eso soledad.
un día la aguja tembló hacia un punto que nunca antes había señalado. Onimas miró. allí, donde Tharros había quemado el vacío, donde Tem había esperado, donde Marin había olvidado, algo nuevo estaba gestándose. algo que no era dios.
Onimas no sabía qué era. pero la Brújula lo sabía. y por primera vez, la aguja no tembló indecisa.
señaló firme. hacia lo que algún día serían los humanos. hacia lo que algún día sería el amor, la guerra, la muerte.
hacia lo que algún día sería Azucena.
Onimas guardó la Brújula en su pecho y sonrió de nuevo. el universo tenía caminos. ahora solo faltaba que alguien los recorriera.
y alguien lo haría. siempre hay alguien dispuesto a caminar.
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los ancianos de islamshwka dicen:algunos dicen que Onimas viene de ‘oni’ (camino) y ‘mas’ (corazón). otros dicen que es una palabra más antigua que significa ‘el que mira y ve direcciones’. sobre la Brújula de Cristal, los ancianos cuentan que no está perdida. que Onimas la escondió en el pecho del primer humano. y que por eso todos llevamos dentro un deseo profundo que tiembla. ese temblor, dicen los poetas, es lo que llamamos vida.
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