Prólogo
La lluvia caía con una fuerza implacable, convirtiendo el bosque en un laberinto de barro y sombras. El sonido de las sirenas rompía el silencio de la madrugada mientras varios vehículos avanzaban por un camino estrecho que apenas parecía existir.
Las luces azul y rojo se reflejaban sobre los troncos mojados, iluminando por instantes una vieja cabaña escondida entre los árboles.
Nadie hablaba.
Solo se escuchaban órdenes apresuradas, el golpeteo de las botas contra el suelo y el incesante murmullo de la tormenta.
La puerta de la cabaña cedió de golpe.
Varias personas entraron al mismo tiempo.
Durante unos segundos, el silencio fue absoluto.
Después...
—¡Aquí!
La voz resonó con urgencia.
Alguien comenzó a correr por un estrecho pasillo de madera.
Las paredes estaban deterioradas por la humedad y el aire olía a encierro. Había una mesa volcada, una taza rota en el suelo y una ventana cubierta con gruesas tablas que impedían el paso de la luz.
Una respiración agitada rompió el silencio.
No era de miedo.
Era de desesperación.
Una figura atravesó el pasillo casi sin detenerse, como si el cuerpo avanzara por instinto y el corazón hubiera tomado el control mucho antes.
Al llegar a la última habitación, todo pareció detenerse.
El tiempo.
La lluvia.
El ruido de las sirenas.
Todo.
Solo quedó un silencio tan profundo que dolía.
Las manos de aquella persona comenzaron a temblar.
Frente a ella, una camilla era preparada a toda velocidad.
—Necesito ayuda aquí.
—¡Rápido!
—Todavía...
La última palabra se perdió entre el ruido de los equipos médicos.
Nadie terminaba las frases.
No hacía falta.
Bastaba con mirar los rostros para comprender que la situación era crítica.
Una mano ensangrentada buscó otra con desesperación.
La encontró.
La sostuvo con cuidado.
Como si tuviera miedo de hacerle daño.
La lluvia seguía entrando por la puerta abierta, mezclándose con las lágrimas que resbalaban por un rostro imposible de distinguir entre la oscuridad.
No hubo grandes discursos.
No hubo promesas heroicas.
Solo un susurro tan débil que casi se perdió con el viento.
—No te atrevas a dejarme...
Un monitor comenzó a emitir un pitido constante.
Las miradas se cruzaron.
Las órdenes volvieron a llenar el lugar.
La camilla salió de la cabaña bajo la lluvia.
Las puertas de una ambulancia se cerraron de golpe.
Las sirenas volvieron a romper la noche.
Y el bosque recuperó el silencio.
Como si jamás hubiera sido testigo de aquella tragedia.








