Retribución En Carnalia by Ben O'Mywill at Inkitt
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Retribución en Carnalia

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Summary

En el Principado de Carnalia la justicia busca la retribución a los ciudadanos. Sofía se enfrentará a un sistema extraño en el que su cuerpo y voluntad se verán puestos a prueba. ¿Podrá mantener la cordura cuando humillación, placer y castigo no se puedan distinguir?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Incluso en mitad de la noche los brazos de los agentes se pegaban a los de Sofía como cera a punto de endurecer, y sus pies levitaban por momentos a lo largo del trayecto oscuro que llevaba a la comisaría.

La primera bocanada de aire al cruzar el umbral le provocó sentimientos encontrados. Alivio por el frescor del aire acondicionado que le permitió por fin respirar profundamente, y el horror de saberse al final del camino, prácticamente dentro de la jaula. Tenía que aceptar que las posibilidades de escapar, si antes eran bajas, ahora habían desaparecido por completo.

La luz blanca y fría de los fluorescentes aumentó la sensación de confusión, acompañada por un bullicio que se tornó en ruido blanco en sus oídos para completar el asalto a sus sentidos. Su cerebro se convirtió en autómata respondiendo a las preguntas del alguacil, su cuerpo en una marioneta a la que dos agentes hicieron desnudar y vestir el atuendo que le habían preparado.

Cuando su lucidez regresó, se encontró sentada en una cama del grosor de una manta doblada, detrás de unas rejas tras las cuales solo podía ver la pared del pasillo que separaba su mundo de pesadilla del mundo real. Revisó su nuevo uniforme, una tela amarilla, fina y semitransparente en forma de camisola al menos dos tallas más grandes que lo que ella necesitaría, y unas alpargatas slip-on de tela bajo las que podía sentir cada imperfección del suelo de su celda.

Sentada en la cama, abrazando las rodillas sobre su pecho, Sofía era consciente de cada ruido, cada titubeo de luz; intentaba encontrar palabras en las conversaciones ahogadas que llegaban hasta ella. Clavaba su mirada en las sombras que se dibujaban en la pared y el suelo del pasillo, deseando que la dejaran en paz, pues estaba segura de que no podrían traer nada bueno.

Y entre terror y terror, en sus enajenaciones de las cosas horribles que podrían destilar de su situación actual, los abusos que sufriría, la humillación, tan solo podía volver en su cabeza a la serie de malas decisiones que la habían traído aquí. Su viaje inesperado al Principado de Carnalia huyendo de su familia, su aversión por buscar ayuda cuando la necesitaba, su desdén por normas y costumbres, y finalmente su soberbia, pensándose por encima de las normas; intocable. Que equivocada estaba, y ahora, pagaría por ello, su futuro acaba de tomar el tinte más oscuro y todo por robar unas joyas cuando lo que en realidad necesitaba era una vida nueva.

Aún seguía en la misma posición cuando dos nuevos agentes vinieron a buscarla. Por suerte, esta vez no la llevaban en volandas, sino que le permitieron caminar por sí misma una vez le habían puesto las esposas. La atadura en sus manos no hizo sino ahondar su vulnerabilidad, con su cuerpo desnudo apenas cubierto por aquella fina tela, y ahora con sus manos inmovilizadas a su espalda.

Descubrió que la mañana había llegado una vez la puerta de la comisaría se abrió, y la calleja oscura por la que había sido traída la noche anterior se mostraba frente a ella, llena de luz y gente ajena a su desgracia. Encogió su cuerpo tanto como sus ataduras le permitían, sintiendo cómo la camisola se hacía más fina ante la presencia de tanta gente. Un momento después suspiró con alivio, pensando que nunca hubiera imaginado sentirse aliviada de sentarse en la parte de atrás de un coche de policía.

Sofía seguía absorta en sus pensamientos, creando en su cabeza todo tipo de escenarios a cual más macabros. ¿Cuál sería la pena? ¿Cómo sería la prisión? Si el estándar de cuidado en este país era pasearla medio desnuda de la cárcel al juzgado, ¿cuánto peor sería cuando fuera condenada?

Para su desgracia, la realidad inmediata superó la ficción que había creado. Cuando los agentes abrieron el vehículo, el murmullo de gente y coches superaba con creces al que había escuchado a la puerta de la comisaría. Las pequeñas piedras de la carretera y acera se clavaban en las plantas de sus pies a través de las delgadas suelas, mientras recorría los pocos metros que la separaban de la entrada del juzgado. Sofía sentiría la molestia luego, tal vez. Ahora, estaba sobrecogida por las miradas de elegantes hombres y mujeres mientras abrían paso para ella y su escolta, y su cerebro no tenía capacidad para más.

Fue depositada en una sala con dos simples sillas de madera y una mesa entre ellas. Al menos ahora sus manos, aún esposadas, se encontraban al frente. No se movió cuando la puerta se abrió, ni enfocó su mirada cuando alguien se sentó en la silla de enfrente. Oía palabras, “abogada”, “juicio”, “consecuencias”, pero no podía ordenarlas en su cerebro para formar una frase con sentido. Un golpe seco rompió por fin la cáscara que aislaba su entendimiento. Sobresaltada, Sofía vio por primera vez a la mujer frente a ella. La miraba sin ternura, sin dulzura, pero también sin dureza o reproche. Era una mirada practicada, profesional, de alguien que seguramente jugara bien al póquer. Vestía una blusa blanca bajo una americana rosa, y una falda ajustada a juego por encima de la rodilla. Tenía las piernas cruzadas, y un tacón de cono que oscilaba arriba y abajo, como si fuera el motor de su paciencia.

Sofía miraba sus ropas con envidia, e instantáneamente fue consciente del roce de su camisola en sus pezones endurecidos por el frío aire acondicionado.

—No has escuchado ni una palabra de lo que he dicho, ¿verdad?

Sofía sacudió la cabeza en negación.

—Entiendo que estés afectada, pero el juez nos va a llamar de un momento a otro y me temo que no tienes tiempo para lamentaciones, sobre todo si quieres salir de esta de la manera menos dolorosa posible.

La mujer abrió una carpeta marrón dejando ver un taco de papeles perfectamente organizados. El primero de todos, que Sofía podía ver desde su silla, era una fotografía de las joyas que había intentado robar la noche anterior.

—A ver, mi nombre es Vanesa Escote, y soy la abogada que el Principado te ha asignado —Vanesa pasó algunas de las páginas de manera ruidosa—. Sofía Hermoso. Pone aquí que llevas una semana en el Principado, y te han pillado con joyas por valor de cuarenta mil besetas.

Los ojos de Sofía se humedecieron ligeramente. Se dio cuenta de que era la primera vez que lloraba. ¿Quizá el shock paralizante había pasado? Las lágrimas caían por sus mejillas en rápida sucesión, pero el resto de ella no se había dado cuenta aún. Su garganta no estaba cerrada, su respiración era agitada, pero no distinta de unos minutos antes. Sus labios tampoco temblaron cuando empezó a contestar.

—Sí, pero…

—Déjame que te interrumpa ahí, antes de que digas nada más, porque de verdad no tenemos tiempo que perder. He leído el expediente, no hay duda ninguna de tu culpabilidad, ni tecnicismo por el que te vayas a escapar. Aquí viene la parte mala, Sofía. Carnalia tiene leyes muy severas. Gracias a ello tenemos una criminalidad muy baja, y nuestra cárcel está casi vacía. Esto es porque la gente comete pocas infracciones, pero también porque el sistema judicial de Carnalia se basa en la retribución como forma de reeducación.

Dos golpes secos en la puerta seguidos del chirrido al abrirla interrumpieron la explicación. Vanesa, emitió un suave murmullo de fastidio, se giró en su silla e indicó aceptación con su cabeza. La puerta se cerró de nuevo y Vanesa se puso en pie.

—Al final hemos tenido aún menos tiempo del que me esperaba. —Se acercó a Sofía y la cogió del codo ayudándole a levantarse—. No te preocupes, si abres un poco tu mente podrás hacer que esto sea tan solo un mal recuerdo, un escarmiento. Quizá ni siquiera eso, quizá sea una experiencia de la que aprendas y sirva de base para una vida feliz y plena.

Las lágrimas seguían deslizándose por las mejillas de Sofía, dejando marcas oscuras en la camisola. Vanesa sacó un pañuelo de tela de su maletín y lo depositó entre las manos esposadas de Sofía, atrapándolas con las suyas.

—En Carnalia la justicia es casi inmediata. En casos como el tuyo no va a haber un juicio en sí, sino que el juez ya ha determinado tu culpabilidad. Te va a ofrecer dos opciones, una pena menor sin retribución y una mayor con retribución. Eso significa que puedes —Vanesa dudó un instante buscando la palabra correcta— pagar tu deuda con la sociedad y reducir tu pena. Elige esa. Los primeros pagos son normalmente muy básicos, sobre todo para una mujer bonita como tú.

La puerta se abrió de nuevo, esta vez sin aviso. Sofía se secó las lágrimas de la cara antes de empezar a andar y pasar entre los policías que esperaban a ambos lados de la puerta, dando vueltas en su cabeza a lo que Vanesa le acababa de decir. ¿Pagar? ¿Elegir la sentencia mayor? ¿Y qué mierda tiene que ver que yo sea bonita o fea?

Al salir al pasillo, y ahora que había recuperado al menos una pizca de su cordura, Sofía contempló el lugar en el que se encontraba. Ignoraba cuántos pasillos, vestíbulos o salas había atravesado cuando llegó al juzgado, y se sintió apabullada por la cantidad de gente que llenaba cada estancia, la mayoría con atuendos formales, elegantes y cálidos. Sofía era consciente de las cabezas que se giraban a su paso, pero no era capaz de dirimir si eran miradas de reproche, pena o deseo.

El sol se filtraba por las muchas ventanas que se extendían por las paredes, pero no lograba moderar el mordisco del aire acondicionado, ni siquiera calentar las baldosas lo suficiente para no sentir su frío a través de las suelas de sus pantuflas.

Tras unos minutos de lenta procesión, los agentes que caminaban delante y detrás de ella se pusieron a las puertas de un gran ventanal, y Vanesa la cogió del brazo para indicarle que ese era el lugar al que debían ir.

Sofía no pudo ver el balcón en el exterior hasta que hubo cruzado el umbral, y aún entonces, sus ojos tuvieron que pasar de abiertos como platos por la sorpresa a entrecerrarse, deslumbrados.

La terraza era amplia y estaba rodeada de una baranda metálica de barrotes sólidos. A la izquierda había un sillón de tejido semejante al terciopelo y amplios brazos de madera tallada. El respaldo era alto y daba al asiento un aspecto cómodo y señorial.

Vanesa guió a Sofía hasta la baranda, donde los agentes rehicieron sus esposas entre las barras de hierro. Sofía descubrió de inmediato cuánto habían sido calentadas por el sol, y por qué era muy mala idea tocarlas. Tampoco podía erguir su cuerpo por completo limitada por la altura de su atadura. Levantó la mirada siguiendo el murmullo que llegaba a sus oídos. Estaba tan solo en un primer piso, y el grupo de gente que empezó a acumularse enfrente de ella estaba tan cerca que parecía irreal. Les oía, pero distinguía solo palabras sueltas. Les veía, pero no podía fijar su vista en ningún rasgo específico, y cuanto más crecía la masa, más difícil le resultaba reparar en detalles concretos. Tal vez sería porque era su propio cuerpo el que necesitaba más atención. El sol y el bochorno no tardaron en comenzar a humedecer su piel, haciéndola consciente de los puntos de sus curvas en los que la camisola se pegaba y transparentaba. El viento que corría era tan cálido que no le refrescaba, pero sí que movía sus faldas amenazando con descubrir sus vergüenzas para la inesperada audiencia. Y por si todo aquello no fuera suficiente tenía el estrés físico de mantener la posición de tensión y el psicológico de saberse expuesta en todos los sentidos.

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1. Capítulo 1
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