Aún cuando te odio

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Summary

Valeria y Elian llevan años atrapados en un matrimonio donde el amor sigue existiendo, pero también los secretos, la desconfianza y heridas que ninguno ha logrado superar. Cuando el pasado comienza a salir a la luz, ambos tendrán que decidir si algunas heridas realmente pueden perdonarse o si amar a alguien no siempre es suficiente para quedarse. Aún cuando te odio es una historia de amor, dolor, secretos y segundas oportunidades.

Genre
Drama
Author
cossmoprime
Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
18+

Lo que queda nosotros

Elian siempre sabía cuándo Valeria mentía.

No porque ella fuera mala haciéndolo. Tampoco porque él tuviera alguna habilidad especial para descubrirla. Después de siete años de matrimonio, simplemente había aprendido cada pequeño gesto de su esposa: la manera en que apretaba los labios cuando estaba incómoda, cómo evitaba mirar directamente a los ojos cuando escondía algo, el movimiento casi imperceptible de sus dedos cuando estaba nerviosa.

Aquella noche, cuando Valeria entró a la casa veintisiete minutos más tarde de lo habitual, Elian levantó los ojos del teléfono.

No preguntó nada.

Eso fue peor.

Valeria cerró la puerta detrás de sí y dejó las llaves sobre el pequeño mueble de la entrada. Afuera llovía con suficiente fuerza como para cubrir las ventanas con pequeñas gotas que deformaban las luces de la calle. Se quitó el abrigo húmedo y lo colgó junto al de su marido.

Podía sentir su mirada desde la sala.

—Había mucho tráfico.

Elian bajó nuevamente la vista hacia el teléfono.

—No te pregunté.

Valeria permaneció unos segundos junto a la entrada.

Hubo un tiempo en que llegar tarde habría provocado algo completamente diferente. Un mensaje preguntándole si estaba bien. Quizás dos. Si tardaba demasiado, probablemente una llamada.

Ahora era aquello.

Silencio.

Uno pesado, calculado, imposible de ignorar.

Valeria caminó hacia la cocina intentando convencerse de que no le importaba. Después de tantos años, debería haberse acostumbrado.

Abrió el refrigerador.

No tenía hambre.

Aun así, se quedó mirando su interior como si pudiera encontrar allí alguna excusa para no regresar a la sala.

—¿Comiste?

La pregunta la sorprendió.

Miró por encima del hombro.

Elian seguía sentado en el sofá.

—No.

Él soltó un suspiro breve, dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó.

A sus treinta y tres años, Elian conservaba prácticamente el mismo aspecto del hombre con el que Valeria se había casado. Quizás un poco más serio. Los años habían endurecido algunas de sus facciones y le habían quitado aquella facilidad para sonreír que alguna vez tuvo, pero seguía siendo él.

Y eso era precisamente lo difícil.

Seguía siendo el hombre que conocía.

Solo que ya no sabía cuál de todas sus versiones encontraría al llegar a casa.

Elian abrió uno de los gabinetes, sacó un plato y sirvió parte de la pasta que había preparado aquella tarde. La calentó sin preguntarle si la quería.

Valeria lo observó moverse por la cocina.

Era absurdo.

Podía pasar horas ignorándola. Podía hacerla sentir como una intrusa dentro de su propia casa.

Pero jamás permitía que se acostara sin comer.

Dejó el plato frente a ella.

—Gracias.

Elian asintió.

Eso fue todo.

Valeria comenzó a comer mientras él limpiaba algo que ya estaba limpio. Una mancha inexistente sobre la encimera. Una taza que había lavado minutos antes.

Ella conocía aquella inquietud.

Estaba molesto.

La pregunta era por qué.

Últimamente siempre parecía estarlo.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó ella.

—Bien.

Valeria esperó.

Nada más.

Hubo una época en que podía pasar una hora contándole cualquier estupidez ocurrida durante el día. El compañero de trabajo que le caía mal. El café horrible de la oficina. Alguna discusión absurda que había escuchado en el estacionamiento.

Ahora sus conversaciones parecían habitaciones donde ambos entraban procurando no tocar nada.

Valeria dejó el tenedor.

—¿Te pasa algo?

Elian finalmente la miró.

Sus ojos recorrieron su rostro durante unos segundos.

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Valeria estuvo a punto de insistir.

No lo hizo.

Había aprendido que algunas preguntas solo empeoraban las cosas.

Terminó de cenar mientras él desaparecía por el pasillo. Escuchó sus pasos subir las escaleras y luego el sonido de la puerta de la habitación.

Solo entonces sintió que podía respirar normalmente.

A las once y cuarenta y siete, Valeria seguía despierta.

Estaba acostada de lado, mirando hacia la ventana.

Elian estaba detrás de ella.

Había suficiente espacio entre ambos para colocar otra persona en medio.

No siempre había sido así.

Valeria recordaba cuando dormir separados por unos centímetros parecía imposible. Elian tenía la costumbre de buscarla incluso dormido. Una mano alrededor de su cintura. Una pierna atravesada sobre las suyas. A veces ella despertaba prácticamente atrapada debajo de él y tenía que empujarlo para poder levantarse.

Entonces se quejaba.

Ahora habría dado cualquier cosa por volver a sentirse atrapada.

Cerró los ojos.

No debía pensar en eso.

Había aprendido que recordar demasiado era una manera bastante efectiva de arruinarse la noche.

Sintió movimiento detrás de ella.

El colchón cedió ligeramente.

Pensó que Elian se levantaría.

En cambio, unos segundos después, sintió su brazo rodeándole la cintura.

Valeria abrió los ojos.

No se movió.

Él tampoco dijo nada.

Simplemente la acercó.

Su cuerpo quedó pegado a su espalda y, durante unos segundos, todo pareció terriblemente familiar.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Aquello era lo que más odiaba.

No sus silencios.

No su mal humor.

Ni siquiera aquella distancia que aparecía sin explicación.

Era esto.

Los momentos en los que Elian regresaba.

Porque le recordaban que todavía estaba ahí.

Valeria colocó lentamente la mano sobre la de él.

Elian entrelazó sus dedos.

Por un instante, ella permitió que una esperanza ridícula apareciera.

Quizás mañana estaría mejor.

Quizás estaban pasando por una mala etapa.

Quizás siete años de matrimonio simplemente hacían eso con las personas.

Quizás todavía podían encontrarse.

Entonces Elian habló.

—¿Dónde estabas?

La esperanza desapareció.

Valeria permaneció inmóvil.

—Te dije que había tráfico.

Sintió cómo los dedos de él dejaban de moverse entre los suyos.

Silencio.

Después retiró el brazo.

El espacio regresó entre ambos.

Valeria cerró los ojos.

Esta vez no intentó detenerlo.

A la mañana siguiente, Elian ya no estaba cuando despertó.

Sobre la encimera había café.

El suyo.

Dos cucharadas de azúcar y un poco más de leche de la que probablemente necesitaba.

Valeria sostuvo la taza entre las manos durante unos segundos.

A veces pensaba que su matrimonio sobrevivía gracias a pequeños actos como aquel.

Un café preparado antes de irse.

El tanque del auto que aparecía lleno sin que ella lo pidiera.

Su medicamento sobre la mesa cuando olvidaba tomarlo.

La manta que misteriosamente terminaba sobre ella cuando se quedaba dormida en el sofá.

Elian seguía cuidándola.

Simplemente había dejado de hacerla sentir querida mientras lo hacía.

Valeria bebió un poco de café y miró el reloj.

Tenía la mañana libre.

Decidió aprovechar para ordenar el despacho.

Elian odiaba que moviera sus cosas, pero el lugar llevaba semanas convertido en un desastre. Había documentos sobre el escritorio, carpetas apiladas junto a la impresora y varias cajas que seguían allí desde que habían reorganizado la casa.

Puso música desde el teléfono y comenzó por los estantes.

Durante casi una hora no ocurrió nada particularmente interesante.

Hasta que intentó guardar una carpeta dentro del último cajón del escritorio.

No cerraba.

Valeria empujó otra vez.

Algo bloqueaba el fondo.

Suspiró, sacó varias carpetas y metió la mano buscando lo que estuviera atascado.

Sus dedos tocaron papel.

Sacó un sobre.

No tenía nada escrito por fuera.

Pensó que serían documentos del trabajo.

Lo abrió.

La primera página tenía el nombre completo de su marido.

Continuó leyendo sin demasiado interés.

Hasta encontrar el suyo.

Valeria frunció el ceño.

Leyó nuevamente.

Luego otra vez.

Su respiración se hizo más lenta.

No entendía.

Había estados de cuenta.

Una cuenta bancaria que no reconocía.

Transferencias.

Copias de documentos de la casa.

Información sobre inversiones.

Después encontró impresiones de mensajes.

Mensajes suyos.

Conversaciones que había tenido con su hermana. Con amigas. Fragmentos aislados, algunos de hacía más de un año.

Valeria comenzó a pasar las páginas más rápido.

Su corazón golpeaba con fuerza.

Había fechas.

Anotaciones.

Fotografías.

Una copia del registro de llamadas de varios meses atrás.

Y finalmente, debajo de todo aquello, una tarjeta.

El nombre de un abogado.

Debajo, escrito en letras pequeñas:

Derecho familiar y divorcio.

Valeria dejó de respirar.

Durante varios segundos solo pudo mirar aquella palabra.

Divorcio.

Volvió a revisar las hojas.

Esta vez todo parecía diferente.

Las cuentas.

Las transferencias.

Los documentos.

Sus mensajes.

Elian no estaba organizando sus finanzas.

Estaba preparándose.

Para dejarla.

O peor.

Para asegurarse de que, cuando lo hiciera, ella no pudiera defenderse.

Un ruido la hizo levantar la cabeza.

La puerta principal.

Valeria miró el reloj.

No.

Elian no debía regresar hasta la tarde.

Escuchó las llaves.

Luego la puerta.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Guardó la tarjeta dentro del sobre.

Las hojas.

Las fotografías.

Todo.

Intentó recordar exactamente cómo estaban acomodadas las carpetas. Una azul. Dos negras. El sobre debajo.

Sus manos temblaban.

Escuchó los pasos acercándose.

Cerró el cajón.

Agarró la carpeta que había estado organizando y se puso de pie justo cuando Elian apareció en la puerta.

Valeria sintió que el corazón se le detenía.

Él la miró.

Después miró el escritorio.

Durante un segundo interminable, ninguno habló.

—¿Qué haces?

Valeria sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Ordenando.

Los ojos de Elian bajaron hacia el cajón.

Luego regresaron a ella.

Valeria esperó.

Estaba segura de que podía escucharle el corazón.

Pero la expresión de Elian no cambió.

Se acercó.

Un paso.

Después otro.

Valeria tuvo que obligarse a no retroceder.

Él se detuvo frente a ella.

Demasiado cerca.

La observó durante unos segundos con esa manera suya de mirarla que últimamente hacía que Valeria sintiera que estaba siendo interrogada incluso cuando no había preguntas.

Entonces Elian levantó una mano.

Valeria contuvo el aire.

Él apartó suavemente un mechón de cabello de su rostro.

Sus dedos rozaron su mejilla.

Y la besó.

Fue un beso corto.

Familiar.

Tan normal que resultó mucho más perturbador que cualquier discusión.

Cuando se separó, mantuvo el rostro cerca del suyo.

—Pensé que podíamos cenar juntos esta noche.

Valeria lo miró.

Hacía menos de un minuto había descubierto que su marido llevaba meses preparándose para divorciarse de ella.

Y él acababa de besarla.

—Claro.

Elian sonrió ligeramente.

Aquella sonrisa que aparecía tan pocas veces últimamente.

—¿Qué quieres comer?

Valeria sintió algo romperse silenciosamente dentro de ella.

Pero sonrió también.

—Lo que tú quieras, amor.

Elian salió del despacho.

Valeria esperó hasta dejar de escuchar sus pasos.

Entonces miró el cajón.

Por primera vez en siete años de matrimonio, comprendió que quizás no conocía al hombre con el que dormía cada noche.

Lo que Valeria todavía no sabía era que Elian llevaba mucho más tiempo pensando exactamente lo mismo de ella.

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