Heiwa
La última hoja
Capítulo 1. Heiwa
Mi nombre es Aoi Ren.
La noche en que Heiwa ardió, yo tenía quince años.
Heiwa no era una ciudad. Era campo: un camino de tierra, casas bajas, el olor del arroz y de la leña, y un cielo tan ancho que de día parecía que uno podía correr hasta perderse. Yo hacía eso. Corría al amanecer. Saludaba a los mismos rostros. Volvía con el polvo en las piernas y con la sensación de que el mundo, allá lejos, podía esperar.
Mi casa era pequeña y estaba aparte.
La casa grande —la de mis padres— la habitaba mi abuelo.
Haruto era el shugosha de Heiwa, el guardián. También llevaba las cuentas, las quejas, los permisos y las cosechas. Decían que un hombre así no tenía horas para nadie. Aun así, cuando el sol bajaba, cruzaba el camino con una olla envuelta en tela. Siempre traía comida. Siempre traía a Kurotsuki. Siempre golpeaba la puerta dos veces, nunca una, como si avisarle a un nieto también fuera una forma de protegerlo.
—Come despacio —me decía—. Si te atragantas, ¿quién va a seguir corriendo mañana?
—Tú —respondía yo, por costumbre.
—Yo ya corrí lo mío, Aoi.
La katana no era un secreto. En Heiwa todos la habían visto. Nadie sabía, de verdad, lo que podía hacer. Yo la vi por primera vez sin entenderla: un brillo oscuro al costado de mi abuelo, cuando todavía no sabía nombrar el mundo. Después la vi cada tarde, igual que el vapor de la sopa.
Mi padre no estaba.
Él también había sido shugosha de Heiwa. Y no iba a quedarse ahí. Iba a convertirse en shugo del emperador: un comandante, un jefe militar de la corona. El puesto ya casi tenía su nombre. Pero mi madre enfermó. Entonces dejó el cargo. Dejó el camino hacia el palacio. No lo hizo porque Heiwa le importara poco. Lo hizo por ella.
Había oído hablar de una planta al otro lado del mar: la flor imperial, capaz de sanar casi cualquier cosa. Dijo que, si esa flor existía, él iba a traerla.
Se subió a un barco rumbo a China.
El barco no llegó.
Mi madre todavía vivía cuando él partió. Esperó la flor. Esperó una carta. Esperó pasos en el camino. La enfermedad no tuvo prisa y, aun así, ganó. A mi padre se lo quedó el mar. A ella, la fiebre. Al final solo quedamos Haruto y yo: un abuelo demasiado ocupado, un nieto que vivía en otra casa y un santuario al borde del campo.
Éramos lo único que le quedaba al otro.
Esa tarde discutimos.
Haruto dejó la olla sobre la mesa y, por un momento, no pareció el guardián de nadie. Solo un hombre mayor que no sabía dónde poner las manos.
—Te vi salir otra vez sin comer —dijo—. El campo no te va a sostener el estómago.
—No soy un niño.
—Eres mi nieto. Eso no se quita con la edad.
Me habló de protegerme. De no irme tan lejos. De un futuro que me sonaba ajeno y enorme.
—Algún día serás emperador imperial —dijo.
Yo aparté el plato.
—Tú no eres mi padre. Deja de tratarme como si lo fueras.
Haruto bajó la mirada hacia Kurotsuki. No la desenvainó. Solo apoyó dos dedos en la vaina, como quien toca un recuerdo.
—Tu padre iba a ser shugo del emperador —murmuró—. Iba a mandar ejércitos, no solo esta aldea. Lo dejó cuando tu madre enfermó. Se fue a buscar una flor. Yo le pedí que no cruzara el mar.
—Y se hundió —dije—. Y ella se quedó aquí, esperándolo. Tú te quedaste. Eso no te convierte en él.
Se quedó en silencio. Luego hizo lo que más me dolía: no se enfadó.
—No quiero ser él —contestó—. Quiero que tú no cenes solo. Es distinto.
—Pues lo hago.
—Lo sé. Por eso vengo igual.
Me tocó la cabeza. Un gesto corto, torpe, de alguien que pasa el día firmando papeles y de noche todavía recuerda que le queda un nieto.
—Si un día me voy, Aoi, no olvides que esta casa grande también es tuya. Y que yo, aunque llegue tarde, siempre voy a llegar.
No supe qué responder. Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Él no la volvió a golpear.
El cielo, afuera, estaba en calma.
La noche no avisó.
Primero fue el fuego.
Después, los gritos.
Salí descalzo. El aire ya no olía a campo. Olía a madera quemada. Heiwa —un nombre que significa paz— ardía como si alguien hubiera decidido borrar la palabra.
Corrí.
A la izquierda estaba la casa de la señora que siempre me daba agua cuando volvía sudado. Yacía en el umbral, caída de lado. Tenía un tajo largo en el brazo y otro más hondo en el costado; la sangre le empapaba la ropa y se le iba entre los dedos. La puerta seguía abierta. Nadie más contestó.
Más adelante estaba el hombre del huerto, el que me preguntaba si algún día de verdad me iría a China. Intentó levantarse y no pudo. Le sangraba la pierna, abierta de la rodilla al muslo, y una herida en el pecho le subía y le bajaba con cada respiración. Me vio pasar. Ya no preguntó nada.
Yo no sabía luchar.
Solo sabía correr.
Esa noche corrí entre vecinos a los que por la mañana les había dicho «hasta luego», y el hasta luego se había quedado sin dueño.
La casa grande cayó de un modo distinto. No fue solo fuego. Fue como si el lugar donde mi padre había decidido irse y donde mi abuelo todavía vivía no mereciera quedarse en pie. Las vigas crujieron. El techo se dobló. Vi el umbral por el que Haruto salía cada tarde con la olla y la katana, y ya no había umbral.
Entonces lo vi a él.
No vi su cara.
Vi una armadura de samurái completa, ancha, demasiado firme para ser un hombre común. Dos katanas. Una máscara de demonio que convertía la noche en una boca cerrada. El cielo seguía alto y sereno encima de nosotros, como si no le importara lo que ocurría abajo.
No traía a nadie.
No necesitaba a nadie.
Haruto era el único en Heiwa preparado para detenerlo. Se interpuso.
—¡Aoi, no te acerques!
Las hojas chocaron. El sonido fue breve y feo. Mi abuelo ya no era joven. El otro parecía no cansarse. Una de las katanas del enmascarado le abrió el hombro izquierdo; la tela se volvió oscura enseguida. Haruto aguantó. Retrocedió. Volvió a entrar. La segunda herida le cruzó el costado, honda, y lo mandó de rodillas. Aun así, no soltó a Kurotsuki.
El hombre de la máscara no celebró. Giró hacia el santuario.
Hacia ella.
—¡Abuelo!
Haruto gateó hasta quedar sentado contra lo que quedaba de un muro. Me buscó con la mano que aún podía mover. La otra se le quedaba apretada contra el costado, donde la sangre se le escapaba entre los dedos y le manchaba el pantalón, la tierra y la vaina.
—Aoi. Ven. Ven aquí.
Me arrodillé. Me temblaban las rodillas.
—Estás herido. Te puedo…
No supe terminar. No tenía con qué curarlo.
—Mírame. Solo mírame.
Le tomé el rostro. Estaba frío y, al mismo tiempo, lleno de esa prisa última de quien todavía quiere entregar algo.
—Esta hoja no es solo acero —dijo—. Es una reliquia de hace cientos de años. Tu padre soltó el cargo de shugo para salvar a tu madre. Yo tomé el de shugosha para guardar lo que quedaba. Ahora te la doy a ti.
Intenté devolvérsela.
—Yo no sé luchar.
—No te la doy para que ganes una guerra esta noche. Te la doy para que llegues al santuario. Ahí está tu madre. Él va hacia allá. Todavía puedes llegar.
—No quiero dejarte.
Haruto sonrió, apenas, con un hilo de sangre en la comisura.
—Eso es lo más parecido a quererme que me has dicho en meses. Está bien. Yo también te quiero, nieto. Por eso no te pido que te quedes a verme caer. Te pido que no dejes sola a tu madre.
Puso a Kurotsuki contra mi pecho. Cerró mis dedos sobre la empuñadura con la fuerza que le quedaba.
—Algún día serás emperador imperial. Hoy solo sé el muchacho de Heiwa. Ve.
Detrás de mí, la armadura ya se perdía entre el humo, camino al campo sagrado.
El miedo me apretó la garganta. Aun así, corrí.
Llegué tarde por un suspiro.
El santuario no desapareció. Quedó a medias. El techo se había abierto. Una columna yacía partida. Las ofrendas estaban por el suelo, mezcladas con piedra nueva y piedra vieja. El aire olía a incienso roto y a polvo. En el centro, la lápida de mi madre seguía en pie: rayada, pero en pie.
El hombre de la máscara alzó una katana y partió el arco de entrada. La madera cayó como un animal rendido. No gritaba. No pedía que lo miraran. Destruía con la misma calma con la que otro habría caminado.
—¡Detente! —dije, y mi voz salió más delgada de lo que yo quería.
Se volvió.
No corrí hacia él como un guerrero. Corrí porque Haruto me lo había pedido. Kurotsuki pesaba mal en mi mano. La desenvainé tarde. Él dio un solo paso y la hoja, lista para matarme, bajó en línea recta hacia mi pecho.
No la detuve.
Me tiré al suelo.
El golpe reventó contra la lápida de mi madre. La piedra echó chispas y un pedazo se desprendió junto a mi cabeza. El filo pasó tan cerca que sentí el aire cortado en la mejilla. Si no hubiera habido tumba, no habría habido Aoi.
Me encogí detrás del nombre grabado. El corazón me golpeaba contra la tierra. Entre la grieta de la piedra vi la máscara inclinarse.
—Tú solo sabes correr —dijo—. ¿Acaso alguien muerto te va a salvar?
Apreté la empuñadura con las dos manos. No salí.
—No me está salvando —contesté—. Yo vine a salvarla a ella.
Hubo un silencio breve, como si la máscara sopesara si valía la pena agacharse a terminar el trabajo.
—Una lápida no pelea —siguió—. Y tú tampoco. Te escondes donde ella ya no puede verte.
—No la toques más.
—No necesito tocarla más.
Se enderezó. La segunda katana volvió a su sitio con un clic seco. Miró el santuario destrozado a medias —el techo abierto, el arco en el suelo, la ofrenda deshecha— y no alzó los brazos. No pidió que Heiwa lo recordara. No buscó mi miedo como un premio.
Simplemente se fue.
Sus pasos se alejaron hacia la oscuridad, tan firmes como habían llegado. Yo me quedé detrás de la lápida, con la mejilla ardiendo y Kurotsuki inútil contra el pecho, hasta que el fuego de la aldea fue solo un resplandor bajo y el hombre de la máscara dejó de existir entre los árboles.
El amanecer llegó sucio de humo.
Heiwa no desapareció por completo. Quedaron vivos. Quedaron escombros. El santuario siguió en pie a duras penas, como un cuerpo herido que todavía respira. Yo no me fui de la aldea. Todavía no.
Antes de ayudar a nadie, antes de contar el dinero, antes de pensar en barcos, en China o en la flor que mi padre nunca encontró, volví junto a Haruto.
Estaba donde lo había dejado el mundo. El hombro y el costado ya no sangraban igual: la noche se había encargado de eso. Me agaché.
—Abuelo.
No le dije que no era mi padre.
Eso ya lo había dicho.
Llegué al santuario. No supe defenderlo. Me escondí detrás de mi madre. El enemigo se fue solo, como si yo no hubiera sido nadie.
Aun así, Haruto me había pedido que llegara.
Y yo había llegado.
Apreté la empuñadura.
Esa mañana entendí que a veces la última hoja no es una espada.
Es la última vez que uno mira a alguien y todavía puede cumplirle una parte, aunque la otra se le haya roto en las manos.
Prometí.
Esta vez, sin esconderme.