Prólogo.
La seda imperial negra se tiñó de sangre rápidamente. No era un tejido cualquiera, parecía absorber el líquido en un silencio absoluto, como si ocultara el dolor del momento.
Los mortales solían llorar siete días la muerte de un rey. Los inmortales, en cambio, sabían que cargarían con ese luto para siempre. En las gradas, el Panteón de los dioses miraba todo en silencio, congelados no por la victoria de los humanos, sino por la traición que acababa de ocurrir ante sus ojos.
Hades estaba tirado en la arena, inmóvil. Su cuerpo estaba destrozado, pero seguía viéndose imponente, demostrando lo que significaba ser el Rey del Inframundo hasta el último segundo. El hermano mayor de Zeus había caído defendiendo el honor de los dioses.
De pronto, rompiendo todas las reglas, el sonido de los pasos de Qin resonó en el lugar.
El primer Emperador de China caminó con paso firme. Había ganado el combate, pero no sentía ninguna victoria; solo sentía una profunda soledad, la misma que arrastraba desde que era un niño. Como el Alfa orgulloso que era, no se arrodilló. Con los ojos cubiertos por sus vendas, estiró las manos y tocó la piel congelada del dios con sus dedos llenos de sangre.
—El Rey no necesita protección —dijo en un susurro que sonó como una promesa—. Él es la protección.
Ante la mirada horrorizada de todo el Valhalla, Qin levantó el cuerpo de Hades. No lo hacía por respeto, sino por un deseo completamente egoísta: no quería dejar ir al único ser que realmente parecía entender lo que costaba llevar una corona.
El castigo de Zeus no tardó en llegar en forma de rayos, pero eso no fue lo peor. Lo verdaderamente terrible ocurrió dentro de unos laboratorios ocultos, donde se realizaron sacrificios prohibidos para desafiar a la muerte.
El cadáver de Hades se movió. Cuando abrió los ojos, ya no eran los del rey sabio que todos conocían. Sus ojos violetas brillaban con una fuerza salvaje, violenta y dominante, una energía que los dioses jamás habían visto en ninguna casta. Para el cielo era una aberración; para Qin, un milagro.
El Emperador lo miró, debatiéndose entre la alegría y el miedo, mientras el aura del renacido llenaba la habitación, aplastándolo. El aire se volvió tan pesado que las feromonas del dios le quemaron la garganta al Alfa. Qin terminó estrellado contra la pared por la pura presión, y su mente colapsó: ¿Qué demonios había revivido? ¿Qué clase de monstruo tenía enfrente?
La voz de Hades, gruesa y profunda, se clavó directo en su cabeza:
—Soy lo que el Inframundo exige. Soy un Enigma. Y tú, mi pequeño Alfa... Estás condenado a vivir bajo mi sombra.
El hombre que había unificado China y conquistado los cielos se encontró, por primera vez, completamente indefenso ante alguien. Y con un miedo que se colaba por sus venas, Qin entendió que haber ganado el Ragnarok solo había sido el inicio de su propia condena.