Möra Mortis

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Summary

LALE Y SU VERDAD trata sobre Lale, una joven fotógrafa de Salina Cruz, que recibe un reconocimiento por su trabajo y debe presentar una fotografía con un profundo valor sentimental. El problema es que Lale no sabe cuál fotografía podría representar algo así. En busca de respuestas, visita a su abuela y encuentra unas cartas antiguas guardadas en una caja. Poco a poco, esas cartas comienzan a revelar una verdad incompleta y dolorosa relacionada con su nombre, su infancia y sus padres. A veces, para encontrar la fotografía que cuenta nuestra historia, primero tenemos que descubrir la verdad que hay detrás de ella.

Genre
Fantasy
Author
Möra
Status
12d ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

RECONOCIMIENTO

LALE Y SU VERDAD


Una sensación de alivio cálido me recorrió la columna cuando leí el correo en la pantalla de mi portátil. Había sido seleccionada.


Lo leí una vez. Después, otra. No porque no entendiera las palabras, sino porque me costaba asimilar que fuera mi nombre el que figuraba ahí.


Lale.


Mi nombre, acompañado de un título que había imaginado tantas veces que ahora parecía pertenecerle a una desconocida. Había sido elegida para recibir un reconocimiento como una de las jóvenes fotógrafas destacadas de Salina Cruz.

Sonreí. Creo que hasta solté una pequeña risa, aunque estaba completamente sola. Al avanzar en la lectura, la emoción dio paso a un nudo de duda. Para recibir el galardón debía presentar una fotografía que poseyera un valor sentimental profundo para mí. Ahí se me borró la sonrisa.


—¿Y qué mierda voy a presentar? —murmuré para la habitación vacía.


Eché un vistazo alrededor. Había imágenes por todas partes: algunas impresas e pegadas en la pared, otras durmiendo en carpetas digitales. Una taza vieja. El collar desgastado que perteneció a mi madre. Un retrato de mi abuela en su juventud. Incluso una toma borrosa del puerto capturada una tarde desde el malecón, cuando el sol caía a plomo sobre el mar y el viento costero despeinaba con furia el paisaje.


Todo poseía un significado. Ese era precisamente el dilema. Para mí, hasta el objeto más insignificante podía albergar una carga desmedida. Tenía una semana para decidir. O eso creía. Dos días después fui a casa de mi abuela. La tarde estaba densa, húmeda, y el aire de Salina Cruz arrastraba ese aroma salino que se impregna en la piel y en la ropa. El viento soplaba con fuerza desde la costa, haciendo crujir las ramas de los árboles mientras el murmullo del puerto se fundía con el bullicio de la ciudad. Al llegar, encontré la puerta entreabierta, como de costumbre.


—¿Abuela?


—Estoy en la cocina, mija.


El sonido rítmico de una cuchara metálica chocar contra la loza marcaba el pulso del silencio.


—¿Qué haces?


—Pues café. ¿Qué más voy a estar haciendo a esta hora?


—No sé —sonreí—. Podrías estar conspirando.


—A mi edad ya no se conspira, Lale. Me duele demasiado la espalda.


Me senté frente a ella. Durante unos segundos guardé silencio, pero su mirada inquisitiva me descubrió al instante.


—¿Qué pasó?


—Nada... Bueno, sí. Sí pasó algo.


Mientras el aroma del café recién preparado inundaba la estancia, le hablé sobre el reconocimiento, la fotografía que debía elegir y el temor absurdo de no encontrar ninguna con el peso suficiente. Mi abuela escuchó sin interrumpir, sopesando cada palabra.


—Entonces no busques la fotografía más bonita —dijo finalmente, dejando la taza sobre la mesa.


—¿Y cuál se supone que busque?


—La que no puedas mirar sin sentir que se te remueve algo por dentro.


No respondí. Por alguna razón, esa frase se me quedó grabada mucho después de apurar el último trago. Me quedé contemplando el poso del café mientras afuera el viento azotaba con suavidad el cristal de la ventana.


—¿Y si no tengo ninguna así? —insistí—. Una que... no sé, que me desgarre un poco.


—Ay, Lale. Tú siempre has sentido demasiado por todo.


—Eso no me ayuda en nada, abuela.


—Sí ayuda. Lo que pasa es que todavía no te das cuenta.


Se levantó para recoger unos utensilios y me quedé observándola. Había una cadencia familiar en la forma en que habitaba esa casa, aun cuando mis propios recuerdos de la infancia ahí eran nebulosos. La luz dorada del atardecer se filtraba por la ventana y fue a posarse sobre una pequeña caja de madera colocada en lo alto de un mueble. La había visto miles de veces, pero jamás me había preguntado qué albergaba.


Hasta ese instante.


—¿Qué hay ahí?


—Cosas viejas —respondió sin girarse.

—Eso no me dice nada.


—Cartas, papeles... tonterías que acumula el tiempo.


—¿Puedo verlas?


Tardó en responder. Su tono bajó un peldaño:


—Si quieres.


Quizá debí haberme detenido ahí.

Abrí la caja. Un efluvio a papel antiguo y olvido se desprendió de inmediato; un olor seco, dulzón, similar al de los libros guardados en la penumbra. Había sobres amarillentos, recibos, notas arrugadas y retratos en blanco y negro. Descarté un par de documentos hasta dar con un sobre liso, sin remitente.


—Abuela... ¿esto es tuyo?


No hubo respuesta. Deslicé el contenido hacia afuera: era una fotografía pequeña, de bordes desgastados. La imagen mostraba a una mujer joven sosteniendo una flor azul entre las manos. La contemplé durante varios segundos. No la conocía, pero una incómoda punzada de familiaridad me oprimió el pecho. Al darle la vuelta, descubrí una anotación manuscrita con tinta gastada:


“Nunca te arrepientas.”


Un nudo se me formó en el estómago.


—Abuela... ¿quién es ella?


—Guarda eso, Lale —murmuró, casi en un soplo.


—¿Por qué?


—Porque no tienes que estar escarbando en esas cosas.


—¿Qué cosas?


Cuando se giró a mirarme, vi algo que jamás había presenciado en ella: miedo. No un miedo hacia mí, sino hacia el pedazo de papel que sostenía en mis dedos. Volví la vista a la imagen. La mujer llevaba en las manos la misma flor que mi madre solía trazar en sus cuadernos cuando yo era pequeña. Y de pronto, un recuerdo enterrado emergió mi padre diciéndome que esa flor simbolizaba la promesa de jamás arrepentirse de lo que se había amado con el alma. Una de esas frases poéticas que los niños oyen sin comprender del todo... hasta que crecen.


—¿Ella es mi mamá?


El silencio flotó en la habitación como una condena. Mi abuela se dejó caer lentamente sobre la silla.


—Lale...


—Dime la verdad. Por favor.


—No sabes lo que estás removiendo

.

—Entonces explícamelo.


Cerró los ojos con pesadez.


—Tu madre no te abandonó.


El aire en la cocina pareció volverse espeso, insuficiente.


—¿Qué?


—Ella nunca quiso dejarte.


Mis ojos regresaron con desesperación a la imagen. La mujer sonreía suavemente hacia la lente, pero esta vez me percaté de un detalle en el encuadre: en una esquina, oculta parcialmente, aparecía la silueta de una niña pequeña. No se le veía el rostro, pero lucía un diminuto collar rojo con forma de corazón. De manera instintiva, me llevé los dedos a la clavícula y toque la fina cadena que me había acompañado desde que tenía uso de razón. El mismo collar.


Con las manos temblándole, escarbé con prisa dentro de la caja hasta dar con una hoja doblada en cuatro. La abrí. La tinta estaba corrida por antiguas gotas de agua, pero mi nombre completo destacaba con nitidez al final del papel: Lale Morus Cruz.


—¿Por qué está mi nombre aquí? —pregunté, sintiendo que el suelo cedía a mis pies—. ¡Abuela, respóndeme!


Ella comenzó a sollozar en silencio. Y fue ahí cuando comprendí que aquella fotografía no era un simple recuerdo hallado por azar; era la prueba de que se había construido una mentira para mantener la mitad de mi existencia en las sombras.


Miré la flor azul de nuevo. Jamás arrepentirse. Entendí que no se trataba de olvidar la herida, sino de abrazar el dolor que trae consigo la verdad.

Cuando llegó el día del reconocimiento, el recinto desbordaba de personas, murmullos y destellos de una luz demasiado blanca. Había fotografías por todas partes: algunas suspendidas en las paredes, otras proyectadas en una pantalla gigante mientras una voz distante explicaba el origen de cada obra. Pese al bullicio, me sentí extrañamente cómoda... hasta que sonó el primer disparo de una cámara.

Ese simple sonido me devolvió de golpe a la fotografía de la caja. Aparecieron en mi mente la mujer, la flor azul y la niña oculta en la esquina. Me pregunté cuántas personas habrían observado esa misma imagen a lo largo del tiempo sin intuir jamás todo lo que escondía. Entonces pronunciaron mi nombre:


—Lale Morus Cruz.


Los aplausos rompieron el aire. Caminé hacia el frente intentando ignorar las lentes que de pronto convergieron sobre mí.


—Mira hacia la izquierda, por favor. Ahora a la derecha —indicó alguien entre la multitud.


Otro destello.


Esta vez sonreí. Curiosamente, ya no me molestó que alguien capturara mi rostro. Quizá porque finalmente lo había comprendido: una fotografía no solo conserva lo que ocurrió, a veces resguarda lo que todavía no somos capaces de entender.

Mientras el chasquido de los obturadores continuaba resonando, volví a pensar en la niña del pequeño collar rojo. Quizá ella tampoco imaginó que, años después, alguien encontraría su retrato y empezaría a hacerse preguntas. Quizá algunas imágenes solo aguardan en silencio el momento correcto para contar su historia.


No era la fotografía más perfecta que había expuesto en mi vida. Ni siquiera era una que hubiera capturado yo misma. Pero poseía una gravedad insoportable. La coloqué sobre el panel de exhibición y tomé aire. Durante días había intentado descifrar el resto de la carta sin éxito; aún faltaban piezas esenciales para armar el rompecabezas. Sin embargo, ya sabía lo suficiente para no volver a dar la espalda.


Volví a mirar la estampa: la flor azul, la mujer, la niña. Mi nombre trazado en el reverso.

Comprendí por qué la había elegido. No porque hablara de mi pasado, sino porque se había convertido en un espejo de mi presente: sobre las cosas que amé en la inconsciencia, sobre los ausentes que me configuraron y sobre la verdad que aún me aguardaba al final del camino.

Debajo del marco, en la cartela explicativa, escribí una sola línea:


“Hay recuerdos que no nos pertenecen hasta que descubrimos la verdad que esconden.”


Por primera vez, el miedo a la incertidumbre se disipó. No me sentía del todo libre todavía no, pero sí lo bastante emancipada como para reclamar la historia que me habían ocultado.

La verdad seguía inconclusa, y yo estaba dispuesta a llegar hasta el final.