Capítulo único La Alegría
De las tres posibilidades que me dieron, escogí la de ser feliz para toda la vida, independientemente de que los hechos no casaran con la realidad. Ya no lloraría más; ya lo había hecho bastante durante toda mi vida.
La vida siguió su rumbo y ahí estaba yo, con mi risa contagiosa. Al principio toda la gente alababa mi simpatía, pero poco a poco les pareció que mis formas eran indignas: me reía de todo lo malo que les sucedía, a saber: enfermedades, caídas, muertes; siempre estaba feliz y de eso me jactaba. Así fui perdiendo amistades.
Pero el punto de inflexión fue cuando a mi madre le detectaron un cáncer terminal. Ni por ella parecía tener respeto. En las visitas, en las pruebas... vamos, en ningún momento podía parar de reír. A veces parecía el mismo demonio; sí, ese con el que había hecho el contrato.
Pero en los momentos más tristes de mi familia, empecé a ver una belleza indeleble. ¡Qué bonito era verles juntos llorar, abrazarse y todas esas muestras de amor que las familias se dan para mantenerse unidas! Mi prima tenía unos ojos maravillosos y, cuando les daba la luz, parecían dos esmeraldas sacadas de un riachuelo frío y calmado. Y mi tía, qué guapa estaba con el pelo alborotado, y yo ahí estaba fuera en la calle, riendo y sin poder sentir ese dolor placentero.
Llegó el día del funeral, al que yo no asistí.
Estaba en una habitación encerrado, riendo y riendo.
Estaba feliz, pero aislado.
Entonces es cuando aprendí que la vida no se diseñó para estar alegre eternamente, sino que es una combinación de alegría y pena, y que, como el héroe y el antihéroe, se necesitan mutuamente y que la desaparición de un estado conllevaría la desaparición del otro.








