Kartiga - Cárcel de Blackio

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Summary

Durante una expedición de expansión hacia territorios desconocidos, una flotilla del Imperio de Kartiga descubre un planeta helado y aparentemente abandonado llamado Blackio. Bajo su superficie, los Lobos Blancos son enviados a investigar una antigua instalación que pronto revela ser mucho más que una simple colonia perdida. Mientras los soldados avanzan entre cadáveres, lugares olvidados y criaturas imposibles de comprender, descubren los vestigios de una civilización desaparecida y una presencia que llevaba millones de años aguardando en las profundidades.

Genre
Scifi
Author
Facuvs1891
Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Preludio Tormentuoso

El vacío interestelar del sector septentrional llevaba semanas consumiendo lentamente la paciencia de la flotilla de exploración. No existían rutas comerciales registradas en aquella región, ni balizas de navegación abandonadas, ni colonias humanas olvidadas por el tiempo; tampoco se detectaban firmas energéticas antiguas, restos de guerras interestelares o cualquier indicio de civilización inteligente. Todo lo que rodeaba a la expedición era una inmensidad oscura y silenciosa que parecía extenderse infinitamente en todas direcciones, como si aquella porción del universo hubiese sido deliberadamente apartada del resto de la galaxia. Incluso dentro de los inmensos corredores blindados de las naves de Kartiga, donde el acero negro y las luces blanquecinas transmitían constantemente sensación de seguridad y autoridad militar, comenzaba a instalarse una incomodidad difícil de describir. Muchos tripulantes habían empezado a sentir que el espacio en aquella zona era distinto, más pesado, más hostil, como si el propio vacío tuviese una presencia latente que observaba pacientemente a quienes osaban atravesarlo.

La flotilla comandada por el Comando Mayor Malek Ahmed avanzaba hacia el norte galáctico obedeciendo el nuevo objetivo expansionista de Kartiga, una ambición nacida directamente de la voluntad del Jefe Supremo Mark King y sostenida por la creciente maquinaria militar. El sueño de la unificación humana había dejado de limitarse a Kartiga Prime y a los sistemas colonizados cercanos; ahora el propósito era extender la presencia de la humanidad hasta donde las estrellas permitieran, consolidando nuevos territorios antes de que otras amenazas desconocidas pudiesen ocuparlos primero. Ahmed había sido elegido para aquella misión no solamente por su historial militar impecable, sino porque poseía una frialdad estratégica que lo convertía en uno de los Comandos más eficientes. Bajo su liderazgo, la flotilla había atravesado unos pocos sistemas sin registrar más oposición que planetas muertos y lunas inhabitables, pero incluso él comenzaba a notar cómo aquella región vacía erosionaba lentamente el ánimo de sus hombres.

Desde el puente del Acorazado clase Aegis KRS Adjudicador, nave insignia de la expedición, Ahmed observaba el océano de estrellas a través de las gigantescas pantallas tácticas que reemplazaban los antiguos ventanales panorámicos. El puente poseía una arquitectura intimidante, diseñada más como un santuario militar que como una sala de mando convencional; columnas metálicas recorrían los extremos de la estructura mientras servidores mecánicos y oficiales trabajaban bajo una iluminación tenue que apenas dejaba entrever los enormes símbolos de Kartiga grabados en las paredes internas. El sonido constante de los motores vibraba suavemente bajo el suelo reforzado, mezclándose con las comunicaciones tácticas y el zumbido permanente de los sistemas automatizados de navegación. Todo transcurría bajo una rutina controlada y monótona hasta que una secuencia abrupta de alertas electrónicas irrumpió de golpe en el ambiente, quebrando instantáneamente la calma artificial que dominaba el puente.

Las pantallas secundarias comenzaron a llenarse de datos incompletos mientras varios operadores reajustaban los radares gravitacionales y estabilizaban las lecturas provenientes de la periferia del área de exploración. Ahmed levantó lentamente la mirada hacia el núcleo táctico central sin alterar la expresión de su rostro, aunque el leve movimiento de algunos oficiales cercanos evidenció que aquella detección había despertado interés inmediato incluso entre los veteranos más experimentados.

—Informe —ordenó con voz firme y pausada.

Uno de los técnicos tragó saliva antes de responder mientras repasaba frenéticamente las lecturas holográficas.

—Señor, nuestros radares detectaron un sistema estelar no registrado dentro del margen de exploración norte. La firma energética indica una estrella de baja intensidad acompañada de múltiples cuerpos planetarios. La información todavía es parcial debido a interferencias gravitacionales menores.

Ahmed permaneció observando las proyecciones durante varios segundos sin responder. En expediciones de aquel tipo, incluso el hallazgo más insignificante podía transformarse eventualmente en un enclave minero, una estación militar o una futura colonia humana. Sin embargo, algo en aquellas lecturas parecía extrañamente irregular. El sistema no figuraba en ningún archivo astronómico previo y, pese a la relativa cercanía de la flotilla, los sensores mostraban anomalías de interferencia difíciles de explicar.

El Comando Mayor finalmente ordenó realizar un pequeño desvío de la ruta principal. Las enormes naves de la flotilla comenzaron a modificar lentamente su trayectoria mientras los motores reajustaban cálculos orbitales con precisión milimétrica. Durante horas enteras, la oscuridad absoluta del vacío continuó rodeándolos hasta que finalmente el sistema apareció frente a ellos.

La estrella central parecía poco más que un cadáver agonizante suspendido en medio de la nada. Su luz era tenue, enfermiza y débil, incapaz de iluminar adecuadamente los planetas que giraban alrededor suyo. La mayoría de aquellos mundos eran masas congeladas cubiertas por tormentas perpetuas o gigantes rocosos consumidos por temperaturas extremas que hacían imposible cualquier posibilidad de colonización. Todo el sistema transmitía una sensación de abandono natural, como si incluso el propio universo hubiese olvidado su existencia hacía millones de años.

Excepto uno de los planetas.

El tercer cuerpo exterior llamó inmediatamente la atención de los operadores científicos debido a una característica completamente inesperada: pese a las temperaturas extremas y a las condiciones gravitacionales del sistema, aquel mundo conservaba una atmósfera funcional, aunque tenue e inestable. Las lecturas iniciales indicaban tormentas polares permanentes, actividad tectónica limitada y temperaturas capaces de congelar instantáneamente cualquier organismo no protegido, pero la mera existencia de una atmósfera respirable en semejante entorno bastó para captar el interés de todo el puente de mando.

El Contraalmirante Zondark observó las proyecciones tácticas durante algunos instantes antes de dirigirse a Ahmed con evidente cautela.

—Sugiero realizar un escaneo terrestre completo antes de descartar el planeta, señor. Las condiciones son anómalas para un mundo de este tipo.

Ahmed asintió levemente y los sensores orbitales comenzaron inmediatamente el análisis de superficie. Enormes pulsos de escaneo atravesaron lentamente la atmósfera del planeta mientras los sistemas tácticos construían mapas topográficos cada vez más detallados. Cordilleras congeladas, océanos completamente petrificados bajo kilómetros de hielo y extensas llanuras cubiertas por ventiscas perpetuas aparecieron en las pantallas una tras otra sin ofrecer absolutamente nada relevante. Los minutos comenzaron a extenderse de manera incómoda mientras los escáneres repetían el proceso varias veces sobre las mismas regiones sin detectar señales claras de actividad biológica o tecnológica. El silencio en el puente empezó a volverse denso…

Algunos oficiales cruzaban miradas discretas mientras los operadores reiniciaban filtros y corregían interferencias atmosféricas que parecían alterar constantemente las lecturas. Los sensores térmicos mostraban fluctuaciones erráticas, sombras de calor que aparecían durante apenas segundos antes de desaparecer por completo. Los técnicos asumieron inicialmente que se trataba de errores provocados por las tormentas electromagnéticas del planeta, aunque las inconsistencias empezaban a resultar demasiado frecuentes.

Ahmed comenzaba a perder interés cuando las alarmas tácticas cambiaron abruptamente de frecuencia.

Uno de los operadores se incorporó de golpe observando la pantalla frente a él con visible tensión.

—Señor… tenemos contacto biológico.

El puente entero quedó en silencio absoluto.

Las proyecciones holográficas ampliaron inmediatamente una región montañosa ubicada cerca del hemisferio norte del planeta. Las señales detectadas eran débiles e increíblemente inestables, como si los organismos registrados estuviesen desapareciendo y reapareciendo constantemente ante los sensores orbitales. Durante algunos segundos, las lecturas parecían confirmar actividad vital organizada; instantes después, todo desaparecía nuevamente como si nunca hubiese existido nada allí abajo.

Ahmed observó fijamente la proyección sin apartar la vista.

—¿Cantidad?

—Indeterminada, señor. Las señales son demasiado erráticas, pero todas parecen concentrarse en un único punto focal dentro de la cordillera.

El Comando Mayor giró lentamente hacia Zondark.

—Buen consejo, Contraalmirante.

Pese a ello, algo continuaba perturbando a Ahmed. Las anomalías no parecían naturales. Incluso los sensores militares más antiguos de Kartiga eran perfectamente capaces de diferenciar interferencias climáticas de actividad biológica real, y aquellas lecturas no terminaban de encajar con ninguna de las dos categorías.

Sin embargo, la misión principal de la flotilla no podía retrasarse indefinidamente por un único planeta congelado perdido en medio del vacío galáctico. Tras varios minutos de deliberación táctica, Ahmed tomó una decisión definitiva. Una Corbeta permanecería en órbita supervisando las operaciones mientras el grueso de la expedición continuaría avanzando hacia el norte estelar. El reconocimiento terrestre quedaría en manos de una fuerza reducida especializada en entornos extremos. La elección fue inmediata, ya que, casualmente, la legión de los Lobos Blancos había cedido un pelotón de tropas por si acontecía este tipo de situaciones. Los Lobos Blancos son clones especializados específicamente para operaciones polares, supervivencia prolongada y combate en condiciones ambientales imposibles para soldados convencionales. Entre todas las fuerzas de Kartiga, probablemente no existía otra unidad más preparada para afrontar un entorno semejante.

El pelotón desplegado estaría compuesto por setenta y dos soldados bajo el mando del Subteniente Aquilo, un oficial joven pero reconocido dentro de la legión por su disciplina extrema y su capacidad para mantener cohesión táctica incluso bajo condiciones psicológicas severas.

Aquilo supervisó personalmente los preparativos finales del despliegue mientras los setenta y dos soldados del pelotón terminaban de abordar la lanzadera clase Dahoe asignada para la operación terrestre. El inmenso hangar inferior del KRS Adjudicador estaba envuelto por una mezcla constante de vapor industrial, humo proveniente de los motores auxiliares y una iluminación rojiza que convertía cada rincón del lugar en un escenario opresivo y mecánico. Filas enteras de robots automatizados recorrían las plataformas trasladando contenedores de munición, baterías de energía y suministros térmicos mientras las sirenas de descompresión resonaban intermitentemente en las alturas metálicas del hangar. En medio de aquel entorno dominado por acero negro y maquinaria militar, los Lobos Blancos se desplazaban con una coordinación impecable, avanzando hacia la Dahoe en silencio casi absoluto, como si todos comprendieran inconscientemente que aquella misión poseía algo distinto a cualquier otra operación de reconocimiento rutinaria. Incluso entre clones diseñados para la disciplina total, el ambiente se sentía extraño; no había nerviosismo visible ni señales claras de miedo, pero sí una tensión silenciosa que parecía extenderse lentamente entre los escuadrones conforme se acercaba el momento del descenso.

La lanzadera esperaba inmóvil sobre la plataforma de despliegue, sostenida todavía por enormes anclajes hidráulicos que vibraban suavemente debido a la potencia de los motores en fase de precalentamiento. Su estructura angular y robusta estaba cubierta por placas térmicas ennegrecidas y cicatrices producidas por antiguos aterrizajes de combate, dándole un aspecto mucho más cercano al de una máquina de guerra industrial que al de un simple transporte militar. Aquilo caminó lentamente frente a sus hombres mientras revisaba los últimos reportes tácticos proyectados en su visor. Los soldados terminaban de asegurar filtros, municiones y sistemas térmicos en completo orden, aunque algunos intercambios breves comenzaron a escucharse entre ciertos miembros de los escuadrones mientras esperaban autorización final de embarque.

—No habíamos visto interferencias orbitales como estas —murmuró uno de los clones mientras ajustaba el sello de su casco—. Los sensores cambian demasiado rápido.

Otro soldado levantó apenas la mirada antes de responder con voz seca.

—Tal vez el planeta simplemente quiera que nos marchemos.

Varios soldados cercanos soltaron una leve risa apagada, más por costumbre que por verdadera diversión. El humor entre clones solía ser áspero y breve, una manera simple de reducir tensión antes de operaciones potencialmente letales. Sin embargo, aquella pequeña broma no consiguió aliviar realmente el ambiente. La mayoría volvió rápidamente al silencio, concentrándose nuevamente en sus armas o en las pantallas tácticas integradas en sus antebrazos.

Aquilo se detuvo frente al Cabo Harlas, quien terminaba de revisar un módulo portátil de ingeniería energética sujeto a su espalda.

—Quiero escaneos completos en todos los sistemas de energía —ordenó el Subteniente sin levantar demasiado la voz—. Si las interferencias afectan el equipo en superficie, necesitaremos soluciones inmediatas.

Harlas asintió mientras cerraba el compartimento blindado del dispositivo.

—Entendido, señor. Aunque si las lecturas orbitales eran correctas, quizá el clima sea el menor de nuestros problemas.

Aquilo permaneció observándolo unos segundos.

—¿Alguna objeción a la misión, Cabo?

—No, señor. Solo tengo la sensación de que estamos entrando en un lugar del que nos arrepentiremos.

El Subteniente no respondió inmediatamente. En otras circunstancias habría considerado aquel comentario impropio de un soldado bajo su mando, pero lo cierto era que una parte de él compartía parcialmente aquella sensación desde el momento en que detectaron las señales biológicas sobre el planeta. Aun así, su deber no consistía en cuestionar operaciones, sino en completarlas.

Cuando finalmente llegó la autorización de despliegue, las enormes compuertas del hangar comenzaron a abrirse lentamente hacia el vacío espacial. Un profundo zumbido mecánico recorrió toda la estructura del Adjudicador mientras los campos de contención atmosférica se activaban sobre el límite del hangar, separando el interior presurizado de la inmensidad oscura del espacio exterior. Más allá de la barrera energética, el planeta congelado giraba lentamente bajo la luz enfermiza de la estrella del sistema, mostrando enormes masas blancas cubiertas por tormentas permanentes que incluso desde órbita transmitían una sensación inquietante. Al mismo tiempo, el grueso de la flotilla empezaba ya a retomar su ruta original hacia el norte galáctico. Las gigantescas siluetas de los acorazados y destructores comenzaron a alejarse lentamente, sus motores brillando como pequeños soles azulados en medio del vacío mientras desaparecían progresivamente entre la oscuridad.

Muchos de los soldados observaron aquella escena desde el interior de la Dahoe sin pronunciar palabra. La visión de la flotilla alejándose generó una sensación incómoda incluso entre clones entrenados para operar en aislamiento extremo. Hasta ese momento seguían formando parte de una fuerza militar gigantesca. Ahora, en cambio, comenzaban a comprender que pronto quedarían prácticamente solos sobre un mundo completamente desconocido. Solamente una Corbeta permanecería en órbita para brindar apoyo remoto, y aun así las anomalías atmosféricas amenazaban constantemente la estabilidad de las comunicaciones.

Uno de los soldados del segundo escuadrón observó cómo el Adjudicador desaparecía lentamente detrás de la tormenta proyectada en los visores laterales de la lanzadera.

—No me gusta perder contacto visual con la flota —comentó.

—¿Te preocupa quedarte atrapado aquí abajo, Rolloge? —preguntó otro clon mientras aseguraba el cargador de su rifle.

—Me preocupa que arriba decidan que no vale la pena volver por nosotros.

Aquella vez nadie respondió con bromas.

Los anclajes hidráulicos finalmente liberaron la Dahoe y la lanzadera descendió lentamente fuera del hangar antes de orientar su morro hacia el planeta congelado. Durante varios minutos el interior permaneció dominado únicamente por el rugido grave de los motores y las constantes correcciones automáticas de trayectoria emitidas por la inteligencia de navegación. Las luces rojas de despliegue parpadeaban rítmicamente sobre las armaduras blancas y grises de los Lobos Blancos, otorgándoles un aspecto espectral dentro del compartimento principal. Aquilo permanecía de pie cerca de la compuerta frontal observando los datos de descenso proyectados sobre su visor táctico mientras escuchaba las actualizaciones del piloto.

Las primeras turbulencias comenzaron apenas la lanzadera atravesó las capas superiores de la atmósfera y, casi de inmediato, la situación se volvió considerablemente peor de lo esperado. La Dahoe entera vibró violentamente bajo una serie de corrientes de aire impredecibles que golpeaban el fuselaje desde múltiples direcciones al mismo tiempo. El metal rechinó de manera alarmante alrededor de toda la estructura y varias alarmas comenzaron a sonar dentro de la cabina mientras el piloto luchaba por mantener estabilidad.

—Las lecturas climáticas no coinciden con esto —gruñó la voz del piloto a través del comunicador interno—. Las corrientes cambian demasiado rápido... es como si la tormenta se estuviera moviendo alrededor de nosotros.

Una nueva sacudida estremeció la nave con tanta violencia que varios soldados debieron sujetarse con ambas manos de las agarraderas laterales para evitar ser lanzados fuera de sus asientos. El ruido producido por el viento contra el fuselaje era ensordecedor, semejante al lamento constante de una criatura gigantesca rodeando la nave. Pequeñas capas de hielo comenzaron a formarse incluso sobre ciertos sectores internos de la compuerta debido al descenso abrupto de temperatura.

Harlas observó brevemente las paredes metálicas que crujían alrededor suyo antes de hablar por el canal interno del escuadrón.

—Si esta cosa se parte antes de aterrizar, espero que alguno recuerde cómo rezar.

—Los Lobos Blancos no rezan —respondió otro soldado desde el fondo del compartimento.

—Entonces sería un buen momento para empezar.

Aquilo permaneció en silencio mientras escuchaba el intercambio. Aunque las palabras parecían simples comentarios de rutina, notaba claramente cómo la tensión aumentaba entre sus hombres. Las interferencias atmosféricas tampoco ayudaban; las comunicaciones con la Corbeta comenzaban a degradarse rápidamente conforme descendían. Primero aparecieron pequeñas distorsiones estáticas, luego fragmentos incompletos de transmisión y finalmente largos segundos de silencio absoluto entre cada intento de conexión.

—Corbeta Valkor, aquí Dahoe-7, ¿me reciben? —repitió varias veces el operador de comunicaciones sin obtener más respuesta que ruido blanco.

Aquilo giró levemente hacia él.

—¿Estado del enlace?

—Inestable, señor. Las tormentas están bloqueando casi todas las frecuencias orbitales.

El Subteniente observó nuevamente las lecturas tácticas. Aquello significaba que, una vez en superficie, podrían quedar completamente incomunicados. Y esa idea comenzaba a pesar demasiado.

La Dahoe finalmente atravesó las capas inferiores de la tormenta y el paisaje exterior apareció frente a ellos como una visión infernal cubierta por nieve y oscuridad. Montañas gigantescas emergían entre las ventiscas mientras enormes columnas de hielo eran arrastradas por vientos tan violentos que incluso los sensores ópticos tenían dificultades para mantener estabilidad visual. No había rastros de vida. Ninguna estructura visible. Ninguna fuente de calor significativa. El aterrizaje fue brutal.

La lanzadera impactó contra el suelo congelado levantando una gigantesca nube de nieve mientras los motores estabilizadores rugían desesperadamente para evitar que el viento arrastrara la nave. Apenas la compuerta descendió, el frío golpeó a los soldados con una violencia casi física. Las ventiscas atravesaban el exterior como cuchillas invisibles, haciendo vibrar incluso las placas reforzadas de las armaduras tácticas.

Los Lobos Blancos comenzaron a desplegarse inmediatamente con una coordinación impecable. Los sensores térmicos y sistemas de visión nocturna se activaron al instante mientras los escuadrones adoptaban formación de combate compuesta por dos rombos perfectamente sincronizados. Cada clon verificó el terreno antes de avanzar, palpando la superficie congelada con las botas reforzadas para detectar posibles grietas o capas inestables bajo la nieve.

Sin embargo, apenas comenzaron a marchar, una sensación incómoda empezó a extenderse entre todos. No era el frío. No era el viento. Era algo mucho peor…

Varios soldados comenzaron a reportar pequeñas anomalías en sus sensores: movimientos térmicos breves que desaparecían inmediatamente, sombras desplazándose más allá de la tormenta o interferencias repentinas en los visores. Cada vez que alguien giraba para verificar visualmente, no encontraba absolutamente nada excepto nieve y oscuridad.

Uno de los clones redujo ligeramente el paso antes de hablar por el canal interno.

—¿Alguien más siente esto?

—¿Sentir qué? —preguntó otro soldado.

El primero tardó unos segundos en responder.

—Como si hubiese algo caminando junto a nosotros.

El silencio posterior resultó mucho más incómodo que cualquier respuesta. Incluso Aquilo notó cómo varios soldados tensaban aún más sus rifles mientras avanzaban a través de la tormenta.

Y entonces apareció la instalación.

Primero fue solamente una sombra gigantesca emergiendo entre las ventiscas, pero conforme los Lobos Blancos se acercaron, la magnitud real de la estructura comenzó a hacerse visible. Enormes muros metálicos y de hormigón sobresalían parcialmente desde el interior de una montaña, acompañados por dársenas aéreas destruidas, antenas colapsadas y estructuras industriales cubiertas casi por completo de hielo. No había luces. No existía ninguna señal visible de actividad. Toda la fachada parecía abandonada desde hacía décadas, quizá siglos. Aun así, las señales biológicas provenían de aquel lugar.

A medida que los Lobos Blancos avanzaban hacia el perímetro inmediato de la instalación, la sensación de inquietud que se había mantenido latente desde el aterrizaje comenzó a transformarse lentamente en algo mucho más tangible. Las luces tácticas montadas sobre los rifles apenas conseguían atravesar la densidad de la ventisca, iluminando fragmentos dispersos de estructuras metálicas semienterradas bajo nieve y hielo acumulados durante incontables medidas de tiempo. El viento continuaba golpeando con violencia las armaduras de los clones, produciendo un silbido grave y constante alrededor de los cascos que terminaba mezclándose con el ruido distante de las estructuras industriales crujiendo bajo las temperaturas extremas. Sin embargo, cuanto más se aproximaban a la entrada principal del complejo, más evidente se volvía que aquel lugar no había sido simplemente abandonado. Había ocurrido algo allí. Algo brutal. Algo tan devastador que incluso el propio entorno parecía haberse contaminado con la sensación de muerte.

Las primeras señales aparecieron bajo sus propias botas. Pequeñas protuberancias sobresalían irregularmente entre la nieve endurecida del suelo, obligando a varios soldados a reducir el paso mientras enfocaban sus luces hacia abajo. Al principio parecían simples rocas cubiertas de hielo o restos industriales enterrados por el tiempo, pero uno de los clones del segundo rombo se agachó lentamente y apartó parte de la nieve con la culata de su rifle. Lo que emergió debajo provocó un silencio inmediato entre los soldados cercanos. Era un cuerpo. O al menos lo que alguna vez había sido uno.

La criatura se encontraba completamente petrificada por el frío, fusionada parcialmente con el suelo congelado hasta el punto de resultar irreconocible. Sus extremidades parecían retorcidas en posiciones imposibles y gran parte de su anatomía estaba deformada por fracturas internas tan severas que daba la impresión de que el propio esqueleto hubiese intentado desgarrar la carne desde dentro. Algunos rasgos recordaban vagamente a un humano, aunque ciertas proporciones del torso y la estructura craneal resultaban demasiado extrañas para asegurarlo.

No era el único… A medida que avanzaban, comenzaron a aparecer más cuerpos semienterrados bajo la nieve. Docenas de ellos. Algunos vestían restos de trajes presurizados completamente destruidos; otros parecían no haber llevado ningún tipo de protección. Muchos se encontraban parcialmente fusionados unos con otros debido al hielo y al paso del tiempo, formando masas orgánicas irreconocibles atrapadas eternamente bajo la tormenta. Ninguno mostraba heridas claras de combate convencional. No había impactos de proyectiles ni marcas visibles de explosivos.

Aquello resultaba mucho peor. Uno de los soldados observó en silencio uno de los cadáveres antes de hablar por el canal interno.

—No parecen muertos por congelamiento.

Otro clon respondió mientras apuntaba lentamente su rifle hacia la oscuridad.

—Entonces espero no descubrir qué los mató realmente.

Aquilo no interrumpió la conversación. Él mismo se había detenido brevemente frente a uno de los cuerpos más grandes, observando cómo varias placas metálicas parecían haber sido abiertas desde adentro mediante una fuerza imposible de calcular. Había visto suficientes cadáveres durante simulaciones de campañas militares como para reconocer cuando algo no encajaba, y aquellos restos biológicos transmitían exactamente esa sensación. Ni siquiera parecían víctimas de una batalla; más bien daban la impresión de haber intentado escapar desesperadamente de algo que nunca llegaron a comprender.

El avance continuó hacia las enormes dársenas aéreas ubicadas frente a la entrada principal del complejo. La magnitud de aquellas estructuras se volvió mucho más evidente conforme las luces tácticas comenzaron a recorrerlas lentamente. Antiguas plataformas de aterrizaje sobresalían desde la montaña como gigantescas heridas industriales cubiertas por capas interminables de hielo, mientras múltiples vehículos permanecían abandonados en posiciones caóticas alrededor del área. Algunas aeronaves habían quedado incrustadas contra muros metálicos como si hubiesen intentado despegar en medio de una evacuación desesperada; otras aparecían literalmente abiertas a la mitad, con el metal retorcido de maneras antinaturales imposibles de asociar con explosiones o impactos convencionales. Incluso los materiales dispersos alrededor parecían afectados por aquella misma deformidad extraña, contenedores blindados aplastados desde adentro, puertas de acero dobladas hacia afuera, fragmentos de maquinaria industrial atravesados por marcas irregulares imposibles de identificar, todo era un caos.

Harlas observó uno de los vehículos destruidos mientras caminaba junto a Aquilo.

—No veo rastros de armamento pesado —comentó con voz grave—. Nada de impactos balísticos, ni residuos térmicos.

Aquilo mantuvo la mirada fija sobre la gigantesca entrada principal cubierta parcialmente por hielo.

—¿Conclusión?

El Cabo tardó algunos segundos en responder.

—No lo sé, señor... y eso es precisamente lo que no me gusta.

Aquilo realizó una breve señal táctica hacia los escuadrones yel pelotón reaccionó inmediatamente. La mitad de los soldados se desplegó alrededor del perímetro estableciendo posiciones defensivas entre restos de vehículos y estructuras derrumbadas, cubriendo todos los posibles accesos hacia la instalación. El otro Pelotón avanzó directamente hacia la entrada principal siguiendo al Subteniente, quien había decidido encabezar personalmente el grupo encargado de encontrar una forma de ingresar.

La gigantesca compuerta frontal permanecía completamente inmóvil, incrustada parcialmente dentro del hielo y rodeada por mecanismos industriales apagados desde hacía quién sabía cuánto tiempo. Las placas metálicas mostraban décadas de desgaste extremo y varias zonas parecían haber sufrido daños estructurales severos, aunque resultaba imposible determinar si habían sido provocados por el clima o por algo mucho peor.

Aquilo observó rápidamente el área antes de dirigirse hacia Harlas.

—Busca una fuente auxiliar de energía. Si conseguimos alimentar parcialmente el sistema quizá podamos abrir la puerta.

El Cabo levantó apenas la mirada hacia la estructura.

—¿Y si lo que sea que ocurrió aquí sigue adentro?

—Entonces lo descubriremos pronto.

Harlas soltó una leve exhalación por el comunicador interno antes de acercarse a un generador secundario parcialmente cubierto por nieve y hielo junto a uno de los muros exteriores. Varias luces de advertencia completamente apagadas permanecían visibles bajo capas de escarcha mientras el clon desplegaba herramientas de ingeniería desde su módulo portátil.

—Este equipo es antiguo —murmuró mientras retiraba paneles congelados—. Muy antiguo.

Aquilo permanecía cerca de él supervisando el perímetro mientras varios soldados apuntaban constantemente sus rifles hacia la tormenta. La sensación de estar siendo observados se había intensificado considerablemente desde que llegaron a la instalación. Cada ráfaga de viento parecía traer consigo movimientos breves más allá de la visibilidad, sombras que desaparecían inmediatamente antes de que alguien pudiera identificarlas con claridad.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Aquilo.

Harlas conectó varios módulos energéticos externos antes de responder.

—Si el núcleo del generador no está destruido... unos minutos.

El Subteniente observó nuevamente las estructuras oscuras de la instalación.

—Hazlo rápido.

Mientras el Cabo continuaba trabajando, Aquilo comenzó a recorrer lentamente el muro cercano a la compuerta principal. Las luces tácticas iluminaron fragmentos de antiguas inscripciones industriales cubiertas parcialmente por manchas oscuras imposibles de identificar debido al deterioro y al hielo acumulado. Fue entonces cuando algo llamó inmediatamente su atención.

Las siglas “AXIOM”.

La palabra permanecía grabada sobre el metal ennegrecido de la pared, aunque parte de las letras estaba cubierta por una sustancia seca y oscura que no parecía óxido ni combustible industrial. Aquilo acercó lentamente la luz de su rifle hacia aquella mancha, observando cómo ciertas zonas parecían haberse adherido al metal de manera casi orgánica.

—¿Reconoce el nombre, señor? —preguntó Harlas desde el generador.

Aquilo tardó algunos segundos en responder.

—No.

Aquello lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

El Cabo volvió a concentrarse sobre el sistema energético mientras conectaba manualmente varias líneas auxiliares. Chispas azuladas comenzaron a surgir desde el interior del generador acompañadas por un sonido grave y metálico que resonó alrededor de toda la dársena.

—Vamos... vamos, pedazo de chatarra...

De repente, el generador rugió violentamente.

Las luces exteriores de la instalación comenzaron a encenderse una tras otra en medio de la tormenta, proyectando destellos amarillentos sobre las estructuras cubiertas de hielo y revelando todavía más fragmentos del complejo enterrado dentro de la montaña. Durante algunos segundos, toda la instalación pareció despertar lentamente después de siglos de abandono.

Harlas dio un paso hacia atrás observando cómo múltiples sistemas comenzaban a reactivarse parcialmente.

—Listo, señor. Aunque no sé cuánto tiempo mantendrá energía.

Aquilo giró inmediatamente hacia la gigantesca compuerta principal justo cuando los antiguos mecanismos internos comenzaron a vibrar. Un estruendo metálico recorrió toda la estructura mientras enormes cantidades de hielo se desprendían desde los bordes de la puerta. El sonido producido por aquellos engranajes era profundo, áspero y antinatural, semejante al lamento de una criatura gigantesca despertando después de un sueño interminable. Entonces la puerta empezó a abrirse lentamente.

Las placas metálicas avanzaban a tirones violentos mientras los motores internos rechinaban con un sufrimiento mecánico insoportable. Desde el interior emergió una corriente de aire helado mucho más densa que la tormenta exterior, acompañada por un hedor extraño y repugnante que ni siquiera los filtros de las armaduras lograban identificar ni tapar correctamente.

Harlas observó la oscuridad absoluta del interior antes de hablar con voz mucho más baja.

—Subteniente... tengo un muy mal presentimiento sobre esto.

Aquilo sostuvo el rifle con firmeza mientras las luces tácticas comenzaban a iluminar parcialmente el acceso.

—Mantenga la formación y siga avanzando, Cabo. Ya estamos demasiado dentro de esto para retroceder.

Los escuadrones comenzaron entonces a ingresar uno por uno siguiendo protocolos tácticos cerrados. Las luces montadas sobre las armas recorrieron lentamente los primeros pasillos y estructuras internas de la instalación mientras los clones avanzaban en completo silencio.

Apenas cruzaron el umbral comprendieron que el interior de la instalación era mucho peor de lo que cualquiera de ellos había imaginado…