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𝕷𝖆 𝕭𝖊𝖘𝖙𝖎𝖆

Summary

Darién Chiba es un expresidiario que después de haber estado encerrado en prisión durante 10 años decide continuar con su vida en compañía de lo único que sabe hacer, el boxeo. Viviendo entre la oscuridad es considerado una máquina mortal capaz de todo con tal de obtener la victoria. Su vida cambia tras un trágico accidente cuando sin querer mata a unos de sus oponentes en el ring, este acto lo conlleva a cuestionarse sobre si lo que el ha hecho con su vida es lo correcto.

Status
12d ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝕻𝖗𝖔́𝖑𝖔𝖌𝖔

⎮Cʟᴀsɪғɪᴄᴀᴄɪᴏ́ɴ +18 : ˡᵉⁿᵍᵘᵃʲᵉ ⁱⁿᵃᵖʳᵒᵖⁱᵃᵈᵒ, ᵛⁱᵒˡᵉⁿᶜⁱᵃ, ˢᵉˣᵒ, ʸ ᵗᵃˡᵛᵉᶻ ᵈʳᵒᵍᵃˢ.


ꜱᴀʟɪᴏʀ ᴍᴏᴏɴ ʏ ᴛᴏᴅᴏꜱ ꜱᴜꜱ ᴘᴇʀꜱᴏɴᴀᴊᴇꜱ ꜱᴏɴ ᴘʀᴏᴘɪᴇᴅᴀᴅ ᴅᴇ ʟᴀ ɢʀᴀɴ ɴᴀᴏᴋᴏ ᴛᴀᴋᴇᴜᴄʜɪ.


Desde niño entendí algo que otros tardan años en aceptar: la compasión no era para mí. Tal vez existía en algún rincón del mundo, pero nunca en el mío.

Aprendí a sobrevivir como sobreviven los animales: sin espacio para la ternura, sin permiso para el miedo. Sentir era un lujo. Y yo no podía darme lujos.

Quizá por eso, cuando el único al que llegué a llamar familia me traicionó, no sentí sorpresa. Ni rabia. La traición no duele cuando ya esperas lo peor de todos.

Después de que mis padres murieran en un accidente que nunca terminó de explicarse, la calle se convirtió en mi única casa. No hubo manos extendidas. No hubo voces que preguntaran si estaba bien. Solo el concreto frío y mi sombra que se alargaba todos los días al atardecer.

Durante tres años mi única compañía fue el hambre y el silencio.

Había estado viviendo entre callejones oscuros, cuando un día lo vi. Andrew. Tenía mi misma edad. Y estaba en el suelo.

Cuatro tipos lo rodeaban.

Cuatro contra uno.

Que puta injusticia.

Siempre he odiado las injusticias.

Verlo ahí me devolvió a mis primeros días en la calle, yo era mas pequeño, y flaco, alguien fácil de romper. Recordé las risas, los empujones, los golpes cuando me atrevía a resistirme.

— Maldita sea… — recuerdo que murmuré, sintiendo cómo la rabia se me subía por la garganta.

Entonces cuando ví que uno de ellos recogió un pedazo de ladrillo.

No lo pensé dos veces.

De inmediato corrí.

— ¡Ya basta! — llegué gritando, al interponerme justo cuando iban a descargar el golpe.

El rubio me miró apenas un segundo antes de estrellarme un puñetazo en mi cara.

— ¿Y tú quién demonios eres?

El era más grande que yo. Robusto. Ojos claros. Con una sonrisa de hiena.

— Miren nada más — se burló uno de sus acompañantes, al soltar a Andrew —. La rata trajo refuerzos.

— ¿Quién te crees para meterte en mis asuntos? — gruñó el rubio.

Yo no respondí. Solo me lancé contra él.

Mi puño había encontrado su rostro con un sonido seco. La sangre qué brotó de su nariz, me hizo darme cuenta que tenía ventaja.

— Esto es por jugar sucio — le escupí antes de intentar darle un segundo golpe.

No lo logré. Pues dos de sus amigos me habían sujetado por detrás.

El primero me golpeó en el estómago. El segundo me pateó las piernas. Yo caí al suelo y solo pude cubrirme la cara mientras las patadas llovían sobre mí.

— Tranquilos — les ordenó el rubio, acercándose mientras sacaba una navaja de sus bolsillos.

La hoja brilló frente a mis ojos.

— Ahora vas a aprender quién manda aquí.

El tipo sonreía como un loco.

Y yo… yo solo sentía que ya no tenía nada que perder.

Me lancé contra él antes de que la hoja tocara mi piel.

— ¡¿Qué demonios?! — me gritó al caerse conmigo al suelo.

Ambos rodamos entre polvo y basura. Yo logré ponerme de pie primero.

— El único idiota aquí eres tú — le grité —. Tú y tu manada.

El se levantó furioso.

— ¡Mátenlo! — les ordenó el hijo de puta.

Y entonces todos se vinieron  a la vez.

No recuerdo cada golpe. Solo recuerdo haberme movido, mientras golpeaba, esquivaba, caía y me volvía a levantar. Uno a uno fueron retrocediendo hasta que el rubio terminó en el suelo, con la cara bañada en sangre.

— ¿Quién demonios eres? — me preguntó, entonces jadeando.

Yo lo miré desde arriba.

— Darién. Darién Chiba.

No dijeron más. Y solo se fueron.

El silencio volvió a la calle.

Me acerqué a Andrew y lo ayudé a incorporarse.

— ¿Estás bien? — le pregunté mientras lo ayudaba a ponerse de pie.

— Sí… gra… gracias — me murmuró el con dificultad.

Yo le extendí mi mano.

— Darién — le dije sonriendo.

— Andrew — me respondió, al estrechala.

Estaba herido. Demasiado.

— Necesitas un hospital — le sugerí, un poco preocupado.

— No puedo pagarlo — añadió con un poco de vergüenza

— Entonces llamemos a tus padres.

En el momento en el que mencione aquellas palabras, el bajó su mirada.

— No tengo — reveló.

El peso de esas palabras me resultó demasiado familiar.

— ¿Y ahora qué hacemos?

— Vete — susurró —. Yo estaré bien.

Yo solté una risa corta.

— ¿Y dejarte tirado? — le exclamé con asombro. — No soy tan desalmado.

Y entonces de la nada escuché una voz a mi espalda.

Fue una voz grave.

Desconocida.

— Deberías ser un poco más considerado con tus contrincantes, ¿no crees? — era la voz de un hombre con un aspecto descuidado.

— ¿Eh? — murmuré, confundido, mientras miraba a Andrew, que tenía la misma expresión perdida que yo.

— Tienes talento, hijo. Mucho talento —  añadió el sujeto.

Este llevaba un sombrero amplio que le proyectaba una sombra sobre su rostro, una camisa negra gastada y unos jeans oscuros deslavados. Su presencia era extraña, casi intimidante.

— Y dime… — continuó mientras encendía un cigarrillo con absoluta calma — ¿has pensado en aprovechar ese potencial?

— ¿Eh? — repetí, todavía más desconcertado.

Su apariencia daba de qué hablar. No era solo la ropa. Eran los tatuajes que cubrían sus brazos, algunos le trepaban hasta el cuello, rozando un poco su rostro. Tenía el aire de alguien que había vivido demasiado… y sobrevivido a todo. Parecía un criminal. O algo peor.

— No me mires así — dijo, notando mi desconfianza —. Solo quiero proponerte un trato.

— ¿Un trato? — le pregunté, con genuina curiosidad.

— Sí. Pero antes, déjenme ayudarlos. Es evidente que tu amigo necesita un médico para esas heridas.

Por un instante había olvidado lo mal que estaba Andrew. Cuando volví a mirarlo, la realidad me golpeó: apenas se mantenía en pie. Entonces sin pensarlo demasiado acepté.

El nos condujo hasta su camioneta, estacionada cerca de un depósito de basura. Era vieja, oxidada, pero funcional.

Después, aquel hombre se nos presentó como Kenzio.

Minutos después. Los tres nos dirigimos a lo que, según él, sería nuestro nuevo hogar.

Está era una casona antigua, enorme, aunque deteriorada por el tiempo. Me explicó que años atrás había sido un casino importante en la zona, pero la crisis financiera lo había arruinado todo, dejándolo como una estructura abandonada… o eso parecía desde fuera.

— Bienvenido a tu nuevo hogar — nos indicó Kenzio al estacionase frente al portón oxidado —. No es un hotel cinco estrellas, lo admito… pero es seguro. Y eso vale más que el lujo.

Yo bajé de la camioneta con cautela, mientras ayudaba a Andrew, hacer lo mismo.

— Vamos, no tengas miedo — añadió Kenzio, señalándome la entrada.

La puerta principal se abrió antes de que tocáramos.

— ¡Señor Kenzio! — ¡Señor Kenzio! — ¡Señor Kenzio!

Varios chicos habían salido corriendo de la nada, para rodearlo.

— Hola, muchachos. ¿Cómo están? — les preguntó él con naturalidad.

— Bien, señor Kenzio — respondió uno de los chicos. Este era uno cabello castaño que aparentaba unos doce años.

— Me alegra, Nephrite — añadío Kenzio sonriendo.

Aquel chico llevaba unos guantes de boxeo sobre sus hombros.

— ¿Y él quién es? — preguntó otro, mirándome con evidente desconfianza.

— Él es…

— Darién. Me llamo Darién — interrumpí antes de que Kenzio respondiera por mí.

Entonces de la nada sentí una presencia detrás.

— ¿Y de dónde sacaste a este? — preguntó una mujer con voz firme.

— Es mi nuevo campeón — respondió Kenzio sin dudar.

— ¿Es una broma?

— No. En definitiva el será mi nuevo campeón.

— Kenzio, ya no tenemos espacio. ¿Por qué trajiste a otro niño sin consultarme?

— Te aseguro que no causará problemas, Neherenia.

— Señor Kenzio — intervino un joven alto, de mirada fría.

— ¿Sí, Kunzite?

— Permítame comprobar si el chico realmente vale la pena.

— ¿Cómo que comprobar si valgo la pena? — murmuré, cada vez más confundido aunque en alerta —. Oiga… creo que debería de ayudar a Andrew, tal y como lo dijo.

— Tranquilo, Darién. Tu amigo está en buenas manos.

— Aún no me ha dicho qué hago aquí.

Kenzio dio una calada profunda a su cigarrillo antes de sonreír.

— Lo verás ahora.

Después de aquellas palabras, mi vida dio un giro que jamás me había imaginado.

La vieja casona no era solo un simple refugio. Más bien era un centro de entrenamiento de boxeo clandestino. Chicos de todas las edades entrenaban día y noche para competir en torneos ilegales donde ganar no era cuestión de orgullo… sino de supervivencia.

Ahí entendí que la calle no era el único lugar donde se peleaba por vivir.

Kunzite me retó esa misma tarde. Un combate improvisado, rodeado por miradas expectantes. No sabían quién era yo. Solo veían a otro niño flaco con demasiado orgullo en los ojos.

Cuando lo derroté, el silencio fue absoluto.

Neherenia me observó entonces distinto. Mientras que Kenzio solo sonrió como si hubiese confirmado una apuesta invisible.

El silencio no fue admiración.

Fue cálculo.

Lo vi en sus ojos.

No estaban impresionados. Estaban midiendo cuánto valía mi presencia.

Kunzite siguió en el suelo, unos minutos más, mientras respiraba con dificultad, y una fina línea de sangre se le escapaba de su labio. El no lloró. No se quejó. Solo me miró con algo más peligroso que el odio: respeto contenido.

Neherenia cruzó sus brazos, segundos antes de que terminara con el silencio.

— Fue suerte — dijo, aunque su voz no sonaba muy convencida.

— No — respondió Kenzio, apagando el cigarrillo contra la pared —. Fue hambre.

Y me señaló.

— Ese tipo de hambre no se enseña.

Los chicos comenzaron a murmurar. Algunos con recelo. Otros con una chispa nueva en la mirada.

Yo no dije nada. No celebré. No levanté los brazos. Solo sentía el pulso latiéndome en los nudillos.

Kunzite se puso de pie por su cuenta.

— No fue suerte — admitió, serio. Luego me sostuvo la mirada —. Pero la próxima vez no será tan fácil.

Yo le sonreí apenas.

— La próxima vez tampoco lo será para ti.

Eso arrancó una risa baja de Kenzio.

— Bien. Suficiente testosterona por hoy. Nephrite, lleva a Darien a que le curen las heridas. Y enséñale a dónde dormirán el y su amigo a partir de hoy.

Después de eso, Nephrite me guio por un pasillo estrecho que olía a sudor viejo y cuero gastado. Las bombillas desnudas colgaban del techo como ojos cansados, parpadeando cada vez que alguien pasaba cerca. Mis pasos resonaban demasiado fuerte en el silencio que había caído después del combate improvisado.

— Aquí duermen los nuevos — indico Nephrite sin mirarme, abriendo una puerta de madera astillada —. No es el Ritz, pero al menos no hay ratas que te muerdan los pies mientras duermes.

La habitación era pequeña: cuatro literas oxidadas, un armario que parecía haber sobrevivido a una guerra y una ventana con barrotes que dejaba entrar apenas un hilo de luz sucia. Sobre una de las camas inferiores había una sábana doblada con precisión militar y un par de guantes de boxeo nuevos, todavía con la etiqueta.

— Son tuyos — añadió Nephrite, señalándolos con la barbilla —. Kenzio los mandó traer antes de que llegaras. El tipo tiene un olfato para el talento… o para los problemas. Aún no sabemos cuál de los dos eres.

Me senté en el borde del colchón. Y este crujió como si protestara por mi peso.

— ¿Y Andrew? — pregunté, con la voz más ronca de lo que esperaba.

— Está en la enfermería del piso de arriba. Neherenia lo atenderá en cualquier momento. Es dura, pero sabe curar mejor que cualquier doctor de hospital público. — Hizo una pausa, mirándome de reojo —. No te preocupes por él. Aquí nadie deja que uno de los nuestros se muera por una paliza.

— ¿Uno de los nuestros? — repetí, casi riendo —. Llevo menos de dos horas aquí.

Nephrite se encogió de hombros y se apoyó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos con esa mezcla de indiferencia y sinceridad que ya empezaba a reconocer en él.

— Uno de los nuestros — repitió, como si fuera lo más obvio del mundo —. Aquí no se pregunta cuánto tiempo llevas. Se pregunta si estás dispuesto a sangrar por el que está a tu lado. Tú lo hiciste hoy por Andrew sin conocerlo. Y él… bueno, él ya está aquí respirando porque tú no lo dejaste tirado. Eso basta. Para Kenzio, para Neherenia, para todos. Familia no es la sangre, Darién. Familia es la cicatriz compartida.

Me quedé callado un segundo, dejando que esas palabras se asentaran en algún lugar dentro del pecho donde antes solo había eco.

— No estoy acostumbrado a eso — le admití en voz baja.

— Nadie llega aquí acostumbrado — respondió él con una media sonrisa torcida—. Pero te acostumbras rápido… o te vas. Y tú no pareces de los que se van.

No supe qué contestarle, por lo que solo asentí una vez, y lento.

El entonces se apartó de la puerta.

— Descansa un rato. Enseguida te traen algo de comer. Y no te preocupes por Andrew.

Segundos después, Nephritee se marchó sin haber hecho más ceremonia, dejandome la puerta entreabierta. El pasillo seguio oliendo a sudor, solo que en ese momento ese olor se mezclo con un leve aroma a café quemado que subió desde la cosina, la cual se encontraba en la parte baja de aquella casona.


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