Create New List
Share with your friends
Customize readability

Susurros de venganza

All Rights Reserved ©

Summary

Una historia se oculta detrás del solsticio de invierno que cada año tiene lugar el veintiuno de diciembre... Sombras y susurros se escuchan entre las tumbas. Los espíritus claman la ayuda de Elisabeth, anhelan ser libres y lograr el descanso eterno. Lo que la joven desconoce es que la maldición lleva el sello de su legado... Una herencia que lleva la oscuridad a todos los rincones, y de la que será muy difícil escapar. ¿Podrá Elisabeth romper la maldición, o su alma estará condenada a vagar entre las tumbas?

Genre
Mystery,Horror
Author
CPN
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

La maldición

—Mamá, ¿puedo ir a jugar al jardín cuando lleguemos? —preguntó Lizzy removiéndose inquieta en el asiento trasero del vehículo.

—Es casi media noche, mañana podrás jugar con la luz del sol —respondió su madre con su cántico habitual.

—Vale —aceptó resignada—... ¿Queda mucho? —reformuló la pregunta por vigésima vez en los últimos diez minutos.

—No, ya casi hemos llegado —contestó su padre con tono agotador.

La pequeña Lizzy abrió los ojos como platos. Aún en la penumbra de la noche, pudo contemplar la silueta torcida de aquella horrible casa. Sus paredes, agrietadas y cubiertas de musgo, parecían respirar con vida propia cuando el eco del viento se colaba entre sus rendijas. El mismo que balanceaba la puerta chirriante, como si fuese un peculiar timbre que avisaba de su llegada. El crujido de cada pisada sobre la madera vieja parecía estar susurrándole secretos escondidos. Una atmósfera sombría que contrastaba con el clima cálido de la chimenea y el fulgor de las velas.

La niña siempre se había sentido atraída por aquella tétrica mansión que parecía sacada de las películas de terror. La primera vez que pisó aquel lugar fue en su sexto cumpleaños, cuando sus padres decidieron llevarla para que conociese a su abuela materna... Y de eso, ya habían pasado cuatro años. Se había convertido en un ritual para su familia: un día después de cada solsticio de invierno, Lizzy y sus padres se alojaban allí para pasar las vacaciones. La pequeña solía tachar cada día del calendario en su afán de calmar sus ansias por que llegase ese día. La emoción de reencontrarse con su abuela casi un año después podría ser lo que cualquier otro niño más desearía. Si bien, Lizzy parecía estar más feliz de volver a pisar aquellas extrañas tierras que de ver a la anciana.

El recibimiento de la anfitriona seguía el mismo patrón año tras año. La mujer se rehusaba a mantener cualquier contacto físico con su nieta, negándole toda muestra de afecto que la pequeña intentara profesarle. Siempre alegaba el mismo pretexto: “Una vieja como yo solo podría contagiarte cosas malas”. El significado ambiguo de la frase siempre terminaba con un mohín en los labios de la pequeña Lizzy.

La niña subió a su dormitorio, ese que decía ser solo para las princesas. Se acostó en la cama con doseles y cerró los ojos con fuerza, como si en apenas unos segundos la oscuridad de la noche fuese reemplazada por la luminosidad del día. Segundos u horas, el tiempo transcurrió, y con el primer rayo de sol colándose a través de los opacos ventanales, Lizzy se levantó de la cama y se dirigió con pasos sigilosos al jardín.

El majestuoso árbol centenario, con sus raíces resurgiendo sobre la tierra, parecía responder a la llegada de su invitada favorita. Sus hojas, de un verde colorido, resaltaban entre el paisaje sombrío y casi lúgubre de las lápidas que yacían a sus pies. Cuántas veces había jugado la niña a tomar el té con sus antepasados fallecidos, a contarles sus batallitas de la escuela... Aquellos cuerpos que descansaban en las tumbas bajo el sueño eterno de Morfeo, eran los únicos amigos que la pequeña tenía.

Que cada conversación mantenida con ellos se convirtiese en un monólogo solitario con preguntas respondidas por silencios, no implicaba que no pudiesen escucharla. Los espíritus, algo que Lizzy fue aprendiendo con el paso de los años, estaban ahí, observándola, esperando a que cualquier fuerza divina proveniente del más allá les diese voz para comunicarse con ella.

Un día, la joven Lizzy comprendió que eso no ocurriría. Su padre le había asegurado que nadie podía hablar con los muertos, porque sus voces habían abandonado este mundo al igual que sus almas. Para que la niña lo entendiese mejor o, más bien, desistiese en sus intentos, ante las incontables preguntas, su padre decidió asemejarlo a los animales. Sin embargo, aquel brillante símil solo sirvió para despertar más la curiosidad insaciable de ella. “¿Y si no tenían voz pero sí que podían comunicarse de otra forma?”, se preguntaba.

Lizzy ideó un plan, se propuso lanzar preguntas dicotómicas al aire. Cualquier sonido representaría el “sí”, mientras que el silencio respaldaría el “no”. Las preguntas, infantiles y todas en referencia a diversas propuestas a las que jugar, no generaron ninguna disrupción en el ambiente que denotase una respuesta a sus cuestiones. La niña entendió aquella pasividad de los espíritus como una falta de interés, e incluso de cariño, para pasar tiempo con ella.

Así que regresó enfadada al interior de la casa. Sus días allí consistían en ir del jardín a la cocina, al baño o a su dormitorio, y viceversa. Por lo que adentrarse en los pasadizos que recorrían la vieja mansión de arriba a abajo, la mantuvo entretenida durante horas. Con aquello, ella misma se demostró que no necesitaba jugar bajo el centenario árbol ni entablar conversaciones inconclusas con espíritus.

Subió y bajó las escaleras, recorriendo cada planta de la mansión, hasta que su mirada se posó en los peldaños resquebrajados que daban al desván. Aquella era una de las zonas catalogadas como prohibidas, así se lo había hecho saber la abuela el primer día que pisó su casa. La puerta entreabierta tentaba su inquietud, como si hubiese algo oculto que la invitase a descubrirlo. Sin más dilación, Lizzy atravesó el umbral, hallando una estancia dominada por lo místico.

Retratos antiguos, marcos de madera carcomida que albergaban las fotografías de personas de otras épocas, que habrían vivido allí miles de años atrás. Y si había algo de cierto en dicha afirmación era la procedencia de los fotografiados, todos posaban en frente de la tétrica mansión. Como si fuese un legado del que sentirse orgulloso, una promesa que juraron mantener con vida más allá del paso del tiempo.

La siguiente conclusión que se podía deducir era esa, los años que aquellos cuadros llevaban olvidados en el desván. Y prueba de ello era la gruesa capa de polvo que los recubría, pequeñas motas que acabaron por adentrarse en las fosas nasales de Lizzy, provocando un estornudo atroz que la hizo trastabillar y chocar con algo en lo que no había reparado: una preciosa caja ornamentada que contenía documentos en su interior.

La niña la cogió entre sus manos y corrió en busca de sus padres para enseñarles su “cofre del tesoro”. No obstante, la idea que en un principio parecía ser brillante, la hizo detener sus pasos y cambiar de rumbo. Si les mostraba su secreto, se estaría delatando por haberse colado en una de las habitaciones prohibidas. De modo que, con la vista fijada en el jardín, corrió hacia el árbol y les enseñó a los espíritus el objeto descubierto. El rencor había pasado a un segundo plano, la emoción se translucía en su sonrisa.

Con su inocente voz, se dispuso a leer el mensaje de una de las notas que previamente había desdoblado. “La maldición siempre te perseguirá”, pronunció algo impactada por la rotundidad de las palabras. Aquella frase provocó que las ramas del árbol crujieran. Un apabullante vendabal le sucedió y, en consecuencia, decenas de papeles volaron del interior de la caja quedándose suspendidos en el aire. Aquello hizo que Lizzy se percatase de que había algo más que hojas en su interior, un relicario brillaba bajo una cegadora luz.

—Debes entregárselo, o jamás podremos escapar de esta maldición —una voz suave y áspera, como de ultratumba, le susurró al oído.

Al principio, Lizzy creyó que solo eran voces en su cabeza producto de su imaginación. Tal vez el viento había remolineado y su mente, en su afán por conseguir comunicarse con el más allá, había tergiversado el sonido. Pero no, no era así. Los espíritus la veían, la conocían, la habían visto crecer desde que tenía seis años. Con una década de vida, y siendo su único pasaporte al jardín del descanso eterno, los espíritus habían logrado comunicarse con ella. No les interesaban temas mundanos, ni mucho menos elegir un juego infantil, pero esa caja contenía la llave hacia su libertad.

La realidad empezó a desdibujarse, como si la línea entre lo tangible y lo fantástico se fundiera en un lienzo irreal, repleto de formas retorcidas y sombras que bailaban oscilantes. El pánico acabó apoderándose del sistema de la pequeña, que observaba incrédula lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Temblando de miedo apretó con fuerza la carta que aún sostenía entre sus dedos, la depositó dentro de la caja y corrió con ella hasta el interior de la casa.

Los sollozos y los gritos alertaron a sus padres, que continuaban enfrascados en una rutinaria charla con la abuela. La niña, aún presa del pánico, se abalanzó sobre su madre presionando su cuerpo contra ella, como si fuese su escudo protector. Después de unos minutos tratando de calmarla, la pequeña entre suspiros y pucheros consiguió balbucear un par de palabras inconexas:

—Jardín... Espíritus...

—Elisabeth, tranquilízate, no hay nada en el jardín —explicó su madre, señalando a través del ventanal.

La niña contempló la escena. No había ni rastro del caos que tiempo antes se había desatado. Las sombras, las cartas volando, el fuerte viento... Todo estaba en calma. Su respiración pareció acompasarse al ritmo normal del latido de su corazón. ¿Estaría durmiendo y había tenido una horrible pesadilla? Con la mirada vidriosa, Lizzy abrazó con fuerza a su madre. Entonces fue cuando se percató de que la caja que traía consigo había caído al suelo, dejando su contenido esparcido sobre las viejas tablas de madera.

—¿De dónde has sacado eso, Elisabeth? —le reclamó la abuela. Por su tono de voz, supo que estaba metida en un buen lío.

—Yo... yo... —las palabras no salieron de su boca, sino que fue la voz de su padre la que acaparó toda la atención.

—“La maldición siempre te perseguirá”... ¿Qué es esto? —preguntó incrédulo, al tiempo que su esposa cogía el relicario entre sus dedos.

—Esta foto... —la mujer enmudeció al vislumbrar la imagen que guardaba en su interior.

—Será mejor que os marchéis —imploró la anciana arrebatándoles el papel y la joya—. Vamos, coged vuestras cosas y no volváis jamás —concluyó temerosa.

Lo que sucedió después parecía un recuerdo borroso en la memoria de Lizzy. Maletas, pasos apresurados, puertas cerrarse, el motor encendido del coche... y la mansión. Aquella casa siniestra, cuyos detalles y vivencias siempre quedarían grabados en su mente, fue lo último que Elisabeth supo de su abuela hasta una década más tarde, cuando su madre le confirmó que tristemente había fallecido.

La trágica noticia reavivó los recuerdos de la pequeña Lizzy. Nunca tuvo la valentía, aunque la curiosidad la mataba, de preguntarle a sus padres cuál fue el motivo real que los forzó a huir de allí, impidiéndoles regresar. Pero ahora que su abuela ya no estaba, nadie podía oponerse a que indagara sobre aquel terrorífico episodio. Con la maleta en una mano y las llaves del coche en la otra, Elisabeth avanzó por el pasillo que daba a la cocina. Allí se encontraba su madre entretenida en alguna de las extravagantes recetas que adoraba preparar.

—Mamá, ¿dónde están las llaves de la mansión de la abuela? —preguntó la joven, rebuscando entre los llaveros que colgaban del perchero.

—¿Para que las necesitas, Lizzy? —levantó la mirada con cierta inquietud—. ¿No estarás pensando en ir?

—Pues sí, quiero retomar la rutina... Ya sabes, ir el día del solsticio de invierno —intentó sonar casual.

—El día después del solsticio de invierno, cariño, el día después —repitió como si eso fuera una pieza clave del rompecabezas.

—¿Y qué importa, no? —contraatacó, sabiendo que era su oportunidad para desenmarañar la verdad oculta.

—Sí... bueno... no importa. Solo te lo decía por seguir con la tradición —tartamudeó, tratando de ocultar su nerviosismo. Desafortunadamente, la caída del cucharón con el que removía la mezcla la terminó delatando.

—Mamá, sé que estás escondiendo algo —la presionó con la mirada, haciendo que su madre tragase grueso.

—Tal vez ha llegado el momento de contártelo —admitió limpiándose las manos en un paño de cocina y sentándose frente a su hija—. Tu abuela no está muerta, o... bueno, quizá sí lo esté.

—¿Qué quieres decir? ¿y entonces por qué me dijiste que había fallecido? —exigió saber Elisabeth, mientras los recuerdos se agolpaban en su mente: la abuela nunca había querido mantener ningún gesto que implicara contacto físico. Además, todas sus visitas se habían producido exactamente en el mismo periodo de tiempo—. ¿Tiene eso algo que ver con el día después del solsticio de invierno?

—Cuando eras pequeña, en las últimas vacaciones encontraste una caja —su madre sopesó un momento, como si quisiera recordar algo—, sí, ya sé, el “cofre del tesoro”, así lo llamaste. Tu padre leyó la nota...

—“La maldición siempre te perseguirá” —pronunció la joven una frase que había perdurado en su memoria, venciendo el paso de los años.

—Al principio solo tu abuela y yo lo sabíamos... Con el tiempo, le confesé el secreto a tu padre —afirmó ensimismada en sus pensamientos—. Tu abuela murió el día que cumpliste seis años, la maldición nos impedía verla hasta el momento de su muerte —tomó aire antes de proseguir—. Nuestro linaje está maldito y ese fue el precio que tuvo que pagar... Ella eligió una vida solitaria con tal de protegernos a ti y a mí.

—¿Fue como un pacto para terminar con la maldición? —le preguntó a su madre en un intento de saciar su curiosidad... Una inquietud que escapaba de toda lógica—... ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Conocí a mi abuela “viva” el día en que murió!

—Te entiendo, cariño, es difícil de asimilar... Y efectivamente, eso fue lo que ella creyó, que rompiendo nuestro vínculo, estaríamos a salvo —confirmó, tomándola de la mano.

—¿Y no lo estamos? —inquirió asustada.

—No, si volvemos... La maldición que tu abuela creyó haber roto solo le permitió saltar un eslabón de la cadena. Mi vida no estará condenada, pero la tuya... —suspiró tratando de no romper en llanto.

—La mía sí —completó Elisabeth—... La imagen del relicario, ¿era yo, verdad?

—Era alguien idéntica a ti, pero eso no significa que fueses tú —al fin las lágrimas recorrieron el rostro de la mujer.

Elisabeth se soltó del agarre de su madre para tallarse los ojos. La revelación de la verdad oculta la había sobrepasado. Demasiada información, carente de toda lógica, que más parecía asemejarse a un thriller de terror que a la propia realidad. Si había entendido bien, su abuela había tratado de poner fin a la maldición que perseguía a toda su familia... La imagen de los retratos escondidos en el desván viajó a su memoria. Aquellos desdichados estaban anclados a una herencia maldita, los espíritus que revoloteaban sobre el mundo de los vivos y que aquel día le pidieron ayuda para ser liberados, seguían condenados a no alcanzar el descanso eterno. Seguían allí, esperando la ayuda de la única persona capaz de brindársela... Esperaban a Elisabeth.

—Tengo que romper la maldición —masculló para sí misma—... Mamá, ¿por qué era tan importante que fuésemos un día después del solsticio de invierno?

—Porque ese día, tu abuela regresaba al país de los vivos, como una más. Su espíritu recuperaba su apariencia física cada veintiuno de diciembre —explicó su madre, contemplando la mirada decidida de Elisabeth.

—Hoy es veintiuno de diciembre, tal vez la abuela sepa decirme cómo romper la maldición —gritó la joven, mientras cruzaba el pasillo y se dirigía directa al automóvil.

Elisabeth condujo absorta en sus pensamientos, tratando de hacer encajar cada pieza del rompecabezas. Conforme se adentraba en el camino, la silueta torcida de la mansión comenzó a ser visible. El sol se estaba poniendo, quedando la imagen iluminada por tenues rayos de luz anaranjados que jamás había visto en aquel lugar. La joven estacionó frente a la puerta, la mansión permanecía tal cual la recordaba: sus paredes agrietadas adornadas de musgo, la puerta chirriante que se abría invitándola a pasar...

Sin más dilación, se dirigió al jardín. El árbol centenario, con sus raíces huyendo de la tierra, lucía con las hojas marchitas. Nada quedaba del verde vivaz que recordaba... Acto seguido, posó la vista sobre las lápidas que yacían a sus pies. Jamás imaginó que una de ellas sería la de su propia abuela, y como si supiese que los espíritus habían despertado para recibir a su huésped favorita, clamaron auxilio:

—¡Ayúdanos! —imploró uno.

—¡Anhelamos la libertad! —exclamó otro.

—La maldición siempre nos perseguirá —reconoció la voz desolada de su abuela.

—¡Abuela! ¡Soy yo, Lizzy! He venido a romper la maldición —respondió ella vacilando su mirada entre las tumbas.

—Lizzy... —su eco resonó en el ambiente, como un susurro lejano.

—Mamá me lo ha contado... Dime cómo puedo ayudaros... cómo puedo liberarnos —le exigió en tono suplicante.

—Ve al desván... Allí encontrarás la caja —contestó con su voz sobrenatural.

Elisabeth no titubeó, y se dirigió hasta el lugar. La estancia permanecía invariable, exceptuando el grosor de la capa de polvo que recubría los objetos. Allí encontró la caja ornamentanda, regresando de vuelta al jardín. Con sumo cuidado fue extrayendo lo que guardaba en su interior, decenas de recortes de lo que parecían periódicos se entremezclaban con la carta y el relicario. A juzgar por las fechas, su abuela llevaba una década investigando y recopilando información. “El ritual del solsticio de invierno”, leyó en uno de ellos.

Por lo que dedujo de aquellos escritos, el solsticio de invierno simbolizaba el renacimiento y la renovación, así como el regreso de la luz. Un nuevo comienzo que marcaba el final de un ciclo y el inicio de otro, dejando atrás el pasado para recibir un nuevo devenir. Asimismo, podía considerarse como el punto de muerte del sol antes de su renacimiento en primavera. De ahí a que uno de los rituales más extendidos consistiera en el encendido de velas...

No obstante, fue otro recorte el que terminó acaparando toda su atención, en él rezaban las palabras que podrían acabar con aquel legado maldito: “Luz brillante rompe el mal, y haz que se vaya la oscuridad. Con tu brillo, la maldición caerá, y la paz volverá a brillar”. Se trataba de un conjuro que podía liberar a los espíritus, un hechizo que también serviría para salvarla a ella... Pero, ¿por qué la abuela no pudo romper el maleficio con ese rito y confiaba en que Elisabeth pudiese hacerlo?

—Fuego... —el susurro del espíritu de la abuela la sacó de su ensimismamiento—. Haz que todos nuestros recuerdos ardan, solo así acabará la maldición.

Decidida a lograrlo, Elisabeth reunió todos los troncos que encontró en las inmediaciones de la mansión. Prendió una gran hoguera, haciendo que las ondeantes llamas se convirtiesen en una potente fuente de luz capaz de iluminar los rincones más oscuros de aquel sombrío lugar. La abuela había sido concisa, los recuerdos de sus antepasados deberían arder para erradicar la maldición. De modo que fue arrojando uno a uno los retratos de cada antecesor. Las llamas devoraban cada imagen, como si consigo se llevasen el recuerdo que quedaba de ellos.

La joven sacó el relicario de la caja, contemplando la misma fotografía con la que su madre había palidecido una década atrás. Era ella, pero no la Lizzy de diez años, sino la Elisabeth de veinte. Como una premonición, un hallazgo que había predecido un momento tan señalado como aquel. Entonces comprendió su papel dentro de la maldición, su abuela creyó que protegería a su nieta alejándola de ella hasta el día de su muerte. Sin embargo, el destino estaba escrito... El relicario albergaba el rostro de la elegida, la única persona que podría deshacer el maleficio.

La joya brillaba entre las humeantes llamas de la hoguera, avivadas por cada fragmento de papel que Elisabeth arrojaba. Por último, recitó el conjuro mágico... Aquellas palabras generaron un tremendo vendaval. Las ramas del árbol centenario se azotaban con el viento, haciendo que las hojas secas acabasen desprendidas y conformasen un remolino alrededor del fuego. Las sombras ondeantes de los espíritus emergieron de las lápidas como si atendieran la inminente llamada de los cielos. Aquel fenómeno caótico y mágico parecía estar dando resultado. Las almas ascendían liberadas, abandonando el mundo terrenal. Lástima que Elisabeth tuviese que pagar un alto precio por ello...

—Has roto la maldición, pero tu venganza tendrá terribles consecuencias —una voz grave, de ultratumba, retumbó con un ensordecedor eco. La joven miró hacia la mansión, de donde parecía provenir el sonido—. Tu legado siempre te perseguirá, y tu vida estará condenada a la oscuridad —agregó, seguido de un estruendo diabólico que se asemejaba a una carcajada—. Los espíritus de tus antepasados han sido liberados, pero la luz de tu alma se apagará cuando el sol le dé paso a la luna, en la noche más larga del año.


††††††


Y así, es como acaba la historia que se oculta detrás del solsticio de invierno... Nadie conoció jamás por qué la familia de Elisabeth estaba maldita. Si bien, la tétrica mansión, aquella de la que presumían sus antepasados, escondía tantos secretos como interrogantes despierta en quienes hoy la visitan.Dicen que durante la noche más larga del año, puede vislumbrarse una figura entre la niebla que vaga alrededor de la mansión.El legado la persigue más allá del mito que escribió, donde la muerte no era el final, sino solo un comienzo... Un vasto juego de sombras y susurros que la mantendría atrapada para siempre en un sueño inquieto y oscuro.