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Cuando regrese la primavera

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Summary

En una Europa que se desangra, Émile, un joven español exiliado que huye del franquismo, se une a la Resistencia Francesa. En una noche de nieve, conoce a Marianne, una pintora que vive en secreto, ocultando mensajes en sus cuadros para los rebeldes. Entre ruinas y disparos, nace un amor imposible, hecho de silencios, heridas y promesas. Antes de partir a una misión casi suicida, Émile le promete regresar “cuando vuelva la primavera”, cuando el mundo vuelva a florecer.

Genre
Drama
Author
IzaacGu
Status
1yr ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

🌸 Capítulo 1–El invierno en los ojos.

Parte I

El invierno había durado demasiado.

En las paredes de la vieja casa, la humedad se mezclaba con el humo del carbón y el olor agrio del miedo. Afuera, la nieve cubría los cuerpos como una manta piadosa, ocultando lo que la guerra había dejado atrás. Marianne no los miraba ya; hacía tiempo que había aprendido a no contar los muertos.

Pintaba.

Siempre pintaba.

Aunque la pintura se hubiera vuelto un lujo y el silencio, una tortura.

Su taller era una habitación sin cristales, donde el viento se colaba como un ladrón. Tenía las manos agrietadas, manchadas de color y sangre seca. Frente a ella, un lienzo incompleto mostraba un campo de amapolas —una primavera inventada—, tan roja que parecía doler.

Era su manera de resistir: inventar flores donde solo quedaba ceniza.

Cada trazo era un recuerdo, una súplica, una negación.

Pintaba para no oír los gritos.

Pintaba para no recordar el rostro de su hermano cuando lo arrastraron por la calle.

El reloj se había detenido hacía meses, pero ella seguía midiendo el tiempo por las sirenas.

Cuando las escuchaba, apagaba la lámpara, bajaba la cabeza y se quedaba quieta, como si la inmovilidad pudiera hacerla invisible. Después, cuando todo pasaba, volvía a pintar, temblando todavía.

Esa noche, la sirena volvió a sonar.

Lenta, lejana, como un lamento que cruzaba los tejados. Marianne dejó el pincel y fue hacia la ventana. Afuera, la nieve caía silenciosa sobre las ruinas del pueblo. El cielo se iluminaba en destellos intermitentes, no de estrellas, sino de fuego.

Una iglesia ardía en la colina.

La vio sin llorar. Ya no tenía lágrimas para eso.

De pronto, un ruido la hizo girarse: un golpe en la puerta trasera.

Tres toques, secos, cortos.

El código.

Marianne respiró hondo, fue hacia la mesa y movió un frasco de vidrio. Debajo, había un trozo de papel doblado y un pequeño sello metálico: el símbolo de la Resistencia. Lo tomó.

No podía ignorarlo, aunque el miedo le mordiera el estómago.

Se ajustó el abrigo, apagó la lámpara y bajó las escaleras.

El pasillo olía a pintura vieja y humedad. Cada escalón crujía, como si la casa misma quisiera detenerla. Cuando abrió la puerta, el viento le azotó la cara. No había nadie. Solo un sobre en el suelo, cubierto de nieve.

Lo recogió y lo metió en el bolsillo.

Volvió adentro, cerró con llave y esperó un momento antes de encender la vela.

El sobre no tenía nombre. Solo una palabra escrita a mano: “Resiste.”

Dentro, una hoja arrugada con coordenadas y un dibujo diminuto: un molino, el del pueblo al norte.

Suspiró.

Otra entrega, otro riesgo, otra noche sin dormir.

Sabía lo que tenía que hacer: pintar el molino, esconder el mensaje entre las pinceladas, y entregar el cuadro a la mujer del mercado, que a su vez lo pasaría a alguien más. Era el modo de comunicarse sin palabras.

Mientras preparaba los colores, un trueno —no del cielo, sino de un bombardeo— sacudió los cristales rotos. La vela se apagó.

Por un instante, la oscuridad lo devoró todo.

Marianne se quedó inmóvil.

Escuchó los pasos, lejanos, los motores, los ladridos.

El miedo le recorrió la espalda como una sombra viva.

Pensó en correr, pero se obligó a respirar.

“Solo una noche más”, se dijo.

“Solo hasta que regrese la primavera.”

Y volvió a pintar.

Con manos temblorosas, pero firmes.

Con el alma rota, pero viva.

🌸 Capítulo 1 — El invierno en los ojos

Parte II

Al amanecer, Marianne se envolvió en un abrigo demasiado grande y bajó las escaleras con cuidado. El suelo crujía bajo sus pies, y el aire helado le mordía la garganta. No recordaba la última vez que había dormido una noche entera.

Tal vez antes de que el cielo empezara a rugir.

La calle olía a humo, a hierro, a polvo de ladrillos rotos.

El pueblo, su pueblo ya no tenía forma. Solo quedaban esqueletos de casas, ventanas vacías, y el eco de voces que ya nadie pronunciaba. En la esquina, una bicicleta oxidada seguía apoyada contra un muro caído. Un perro la olió y se alejó cojeando.

Marianne avanzó con la cabeza gacha.

Llevaba el lienzo envuelto en una tela gris, con el dibujo del molino pintado en tonos apagados. Era su mensaje para la Resistencia, disfrazado de paisaje. Nadie debía sospechar.

Cada paso resonaba como una confesión.

Pasó junto a una casa desplomada. De entre los escombros asomaban una muñeca sin cabeza y un zapato infantil cubierto de ceniza. Marianne sintió un vacío extraño en el pecho, pero no se detuvo.

En la plaza, las fuentes estaban secas.

Solo un grupo de soldados vigilaba desde lejos, fumando y riendo en un idioma que no quería entender. Sus voces eran una herida en el aire.

Ella caminó sin mirarlos.

En el mercado improvisado, las mujeres hablaban en susurros. Intercambiaban pan duro por cigarrillos, botones por sal, una mentira por otra.

Marianne entregó el cuadro a una anciana de rostro severo. Ninguna habló. Solo se miraron por un segundo, y en esa mirada se dijeron todo: miedo, esperanza, silencio.

Al salir, el cielo empezaba a oscurecer de nuevo, aunque aún era de día.

Una tormenta, o quizás otro bombardeo. En el aire flotaba esa tensión previa al desastre, ese momento en que el mundo parece contener el aliento.

Marianne tomó el camino del río.

El agua estaba congelada, cubierta por una capa de hielo sucio. A un costado, los árboles desnudos parecían sombras humanas. Ella se detuvo allí, respirando hondo.

El viento arrastraba ceniza, pero también algo más: el eco de un llanto, o tal vez un gemido.

Giró lentamente.

No vio a nadie, pero la sensación no desapareció.

Siguió caminando, aunque el instinto le decía que no estaba sola.

A lo lejos, una bandada de cuervos levantó vuelo.

Y entre el sonido de sus alas, escuchó algo más.

Un disparo.

Marianne se agachó instintivamente, el corazón golpeándole el pecho.

El eco del disparo se perdió entre las colinas. Luego, silencio otra vez. Un silencio demasiado perfecto.

Esperó unos segundos.

Luego, otro sonido: pasos, rápidos, irregulares, acercándose.

El miedo le subió por la garganta.

Buscó refugio detrás de una carreta volcada. Desde allí, vio una figura entre los árboles, un hombre corría tambaleante, con el abrigo desgarrado y las manos ensangrentadas. Tropezó, cayó, intentó levantarse.

Detrás de él, nada. Ningún perseguidor visible.

Solo la niebla.

Marianne contuvo el aliento.

El hombre levantó la vista. Sus ojos se cruzaron por un instante.

Los de él eran oscuros, desesperados, vivos.

Ella no sabía si debía huir o ayudarlo.

Pero cuando lo vio arrastrarse hacia el río, vio también cómo la sangre se mezclaba con la nieve.

Y algo dentro de ella —algo dormido desde hacía mucho— despertó.

Salió de su escondite.

Avanzó con pasos lentos, temblorosos.

El hombre intentó hablar, pero solo tosió.

—No... no grite —murmuró él, en un francés torpe, entrecortado—. No me delate, por favor.

Marianne lo observó.

Llevaba un brazalete arrancado, un trozo de insignia militar quemada. No era alemán. Tampoco parecía francés.

—¿Quién eres? —susurró.

Él respiró con dificultad.

—Nadie... si me encuentran, moriré como nadie.

Y cayó inconsciente frente a ella.

Marianne miró alrededor. No había tiempo para pensar. Los pasos que había escuchado podían volver en cualquier momento.

Lo tomó del brazo, lo arrastró con esfuerzo hasta su casa, sintiendo cómo la nieve se teñía detrás de ellos.

No sabía su nombre, ni de qué lado estaba, solo sabía que, esa noche, había decidido no dejar morir a otro desconocido bajo la nieve.

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