Prologo
Veinte años atrás, durante una de las tormentas más brutales jamás vistas en las tierras de Ferandor, los generales de más alto rango -héroes de guerras olvidadas en los ecos de la historia- llevaron a cabo un golpe de estado contra el rey Alaric IV. Irrumpieron por la fuerza en el palacio, asesinando a todo aquel que osara detener su avance con espadas envueltas en llamas, el fuego bendecido por el dios de la guerra.
Mientras un grupo de guardias leales a la Corona escoltaba al rey y a sus hijos mayores hacia los aposentos de la reina Emeline -quien acababa de dar a luz a la princesa Alyndra-, un trueno impactó contra las torres del palacio. Fue como si Kareth en persona desatara su furia, sacudiendo los cimientos de piedra y haciendo temblar las antorchas en sus soportes.
En la penumbra de la habitación, perfumada por el sudor del parto y el miedo, el rey Alaric tomó a su hija de los brazos debilitados de la reina. Sus ojos, empañados por la traición, se clavaron en Sir Alen Varros, su guardia y amigo más leal.
-Llévala contigo, amigo mío, y protégela con tu vida -susurró, depositando un último beso en la frente de la recién nacida, cuyo llanto se ahogaba en el rugido de la tormenta.
Alen envolvió a la pequeña Alyndra en su capa bordada con el emblema de la familia real, y se escabulló por un pasaje secreto justo cuando la puerta voló en pedazos. Los traidores irrumpieron, invocando un torbellino de magia incendiaria -el aliento abrasador de Kareth- que devoró la habitación en un infierno de llamas danzantes. Los gritos de la familia real se confundieron con los truenos que azotaban el suelo, dejando solo cenizas y un silencio profano.
Afuera, bajo la lluvia torrencial, Alen Varros corrió hacia los bosques septentrionales, perdiendoce en la oscuridad del bosque.