Prólogo.
La muerte es una vieja amiga mía; le he dado muchas almas y la he visto de frente un par de veces. Pero siempre que quiero irme con ella, se niega a llevarme.
La conocí a los cinco años, cuando vi cómo aquel hombre de extraño aspecto entró a nuestra casa sin permiso ni razón.
«Sería tonto esperar a que el cazador le explicara a la presa por qué quiere cazarla» pensé observando la sombra pasar junto al pasillo.
Aunque quizá eso no era lo que debería estar pensando una niña pequeña.
Casualmente, era una noche bastante oscura. La luna se ocultaba detrás de las nubes grises que predecían tormenta. No había nadie afuera; los guardias del lugar se habían resguardado del frío intenso que no dejaba ni asomarse sin congelarles la nariz.
Mi padre siempre fue un hombre ocupado. Tenía un trabajo muy importante que le tomaba demasiado tiempo, o al menos eso decía; yo siempre supe que prefería pasar las horas con cualquier persona antes que conmigo o con mamá. Ella, por su parte, trataba de consolarme a su manera cuando él no estaba, pero nunca supe si alguien podía consolarla a ella o si solo se resignaba a quedarse sola con sus pinturas.
Le encantaba pintar. Decía que se imaginaba dentro de esos paisajes hermosos, corriendo sin mirar atrás, sin tener que preocuparse por ser la esposa de alguien que no la quería o la madre de alguien a quien no amaba.
Esa noche se había terminado toda la botella de ron blanco que tenía a un lado, sobre la mesa, y seguía pintando. Usaba los audífonos con el volumen al máximo para "no escuchar mi voz".
Afuera relampagueaba y los truenos sonaban con fuerza haciendo vibrar los cristales del estudio, le habría sido imposible escuchar si alguien se acercaba.
Escogió la peor noche para hacerlo: no se dio cuenta de que el hombre extraño estaba justo detrás suyo.
Siempre creí que, por tanto alcohol, ni siquiera sintió cómo el filo del cuchillo atravesaba su piel una y otra vez. El hombre la dejó caer al piso y le besó la mejilla antes de irse. Un gesto extraño para alguien que cometía una atrocidad así. Se llevó consigo todo lo que pudo encontrar de valor en el estudio, pero, por suerte, no revisó las gavetas blancas de la pared... o yo no estaría contándolo.
Lo vi todo.
Fue tan sencillo entrar a una casa sin que se dieran cuenta y clavarle un cuchillo en la espalda a una persona; pareció tan simple quitarle la vida y luego seguir caminando como si nada hubiera pasado.
Escuché cómo la puerta principal se cerraba con fuerza. Esperé unos minutos para asegurarme de que ya no había nadie y entonces salí de la gaveta.
Los relámpagos iluminaban el lugar a cada paso que daba mientras me acercaba a ella. Me detuve al sentir algo frío en los pies descalzos.
¿Qué tan rápido puede desangrarse una persona?
La sangre había avanzado por el piso al menos a unos cuarenta centímetros del cuerpo. Me agaché para verla más de cerca; tenía los ojos abiertos y la música en los audífonos seguía sonando.
El cuchillo de cocina que había usado el hombre estaba debajo del caballete, cubierto de la pintura azul que goteaba combinándose con el rojo intenso de la sangre para crear un violeta que jamás había visto.
Parecía que el intruso quería que supieran quién lo había hecho porque no fue cuidadoso de ninguna manera; seguramente sus huellas estaban ahí. Aunque no pareció importante para nadie encontrarlo. Mi padre no hizo nada; nadie hizo nada para averiguar quién había sido.
Unos hombres con trajes blancos recogieron el cuerpo y limpiaron el piso luego de llevársela.
A la mañana siguiente, mi tía me dijo que debíamos vestir de negro para el funeral. Luego fuimos al cementerio, donde vi cómo enterraban el ataúd que llevaba a la mujer que me había odiado tanto como yo la quise. Y ví cómo lo único que tenía importancia en mi vida se perdía entre la tierra húmeda.
Nunca pude decirle que yo no la odiaba, y que lamentaba haber arruinado su vida.




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