DOBLE VIDA: LAS AVENTURAS DE DOS LOBOS ALFAS.
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DOBLE VIDA: LAS AVENTURAS DE DOS LOBOS ALFAS.

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Summary

¿Qué pasaría si la persona que más te irrita termina siendo la única capaz de entenderte? Emma White siempre ha sabido que su vida no es normal. En Rivalds, donde aparentemente solo existe un pequeño pueblo rodeado de bosques, ella guarda un secreto que jamás podría contarle a sus compañeros: pertenece a una especie que los humanos consideran monstruosa. Su vida cambia cuando Ryan Brown llega al instituto. El nuevo estudiante es arrogante, misterioso y demasiado seguro de sí mismo. Pero hay algo en él que Emma no consigue explicar. Su presencia despierta una sensación extraña, como si ya lo conociera de alguna parte. Y Ryan tampoco consigue ignorarla. Entre provocaciones, discusiones y una atracción que ninguno de los dos quiere admitir, ambos descubrirán que tienen mucho más en común de lo que imaginaban. Pero mientras intentan descubrir qué está pasando entre ellos, una serie de acontecimientos comienza a poner en peligro el secreto que han protegido durante años. Criaturas desconocidas aparecen en el bosque. Vampiros cruzan territorios que jamás deberían pisar. Y alguien parece estar buscando a los lobos de Rivalds. Porque en un mundo donde humanos, vampiros y lobos llevan años enfrentándose... enamorarse puede ser el menor de sus problemas. Y quizá el verdadero peligro no sea descubrir quién es Ryan. Quizá sea descubrir quiénes fueron ellos antes de conocerse.

Genre
Adventure
Author
Marian
Status
1mo ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter CAPÍTULO 01.

CAPÍTULO 01.

La sala está alumbrada solo por la luz de la televisión.

Me llevo las palomitas a la boca sin mirar el tazón. Hay una persecución entre un hombre y una mujer que no me deja desviar la vista del frente.

Instintivamente muevo la cabeza al escuchar el sonido del basurero de afuera caerse.

Suspiro rodando los ojos. Dejo a un costado el tazón y me levanto del sofá.

Abro la puerta trasera. El viento sopla fuerte; se escucha perfectamente el susurro de las hojas chocando contra las ramas.

Ahí enfrente se encuentra un enorme perro de pelaje marrón oscuro con motas blancas. O, mejor dicho, mi padre transformado en lobo revisando la basura.

Y se supone que yo soy la que debe controlarse.

—Vamos, ya déjense. Métanse en la casa. Mamá, vos también —les digo.

Me miran con sus intensos ojos amarillos. Los rodeo lentamente hasta que caen por un agujero que da al sótano; mi padre cae de una y mi madre se sujeta de los bordes.

Me saco el crocs y le doy un golpe para que caiga.

Cierro la puertita, le pongo el candado y vuelvo a echar arena con tierra encima para camuflarla.

Espero que mañana me perdone.

A veces son tan inmaduros que no sé cómo pudieron criarme o mantener en secreto nuestra especie.

LA MAÑANA SIGUIENTE.

Bajo corriendo las escaleras. Mi madre está sirviendo el desayuno: tocino con huevos revueltos, y mi padre está leyendo un periódico.

Mi mamá viste su pijama. Tiene el pelo completamente lacio, de un negro intenso, recogido en un moño desordenado. Su piel blanca resalta con los rayos de sol que se filtran por la ventana, y sus ojos son de un color verde esmeralda, algo que heredé de ella.

Mientras tanto, mi padre ya está perfectamente vestido para ir a la oficina.

Tiene el cabello desordenado, negro como el azabache, una piel ligeramente bronceada y unos ojos color marrón miel.

Agarro unos cuantos trozos de tocino con las manos y me tomo rápidamente el jugo de naranja.

—Debes dejar de ver la televisión hasta tan tarde —me regaña mi madre—. ¿Y cómo te atreves a golpearme, cachorrita?

—No lo hubiera hecho si ustedes no se hubieran comportado como unos cachorros —bufo rodando los ojos—. Y ya no soy una cachorrita.

—¿Te llevo al colegio, Emma? —pregunta mi padre levantándose de la silla.

Me lavo las manos y me las seco con el trapo de la cocina.

—Saben que llegaré antes de que puedan aullarle a la luna con solo correr.

Les doy un beso a cada uno y salgo corriendo.

Entro al bosque como si fuera parte de la naturaleza. Paso entre los árboles como si fueran simples instantáneas. El viento sopla contra mí, permitiéndome olfatear cada uno de los aromas. El césped y la tierra humedecen mis zapatos por las gotas que dejó la neblina.

Bajo la velocidad al llegar al asfalto. Hay muchos estudiantes de aquí para allá, de todas las edades. El Instituto Rivalds es el único de nuestro pequeño pueblo; tiene desde primaria hasta secundaria.

Entro en la institución ignorando a cada uno de mis compañeros. Recorro el pasillo hasta llegar a mi casillero. Intento utilizar la mínima parte de mi fuerza para abrir ese candado, que además está más oxidado que no sé qué.

Me desespero en cuestión de segundos, por lo que termino rompiéndolo por tercera vez en una semana.

¡Estupendo! El mundo me odia.

Tiro mi mochila dentro del casillero y luego le doy una patada.

—Ehh, amaneció de malas la niña —se burla Iker, apoyándose en el casillero de mi mejor amiga, Sara, que viene justo detrás de él.

Iker es un amigo carismático; bueno, digamos que ya es casi un hermano.

Tiene un tono de piel moreno, cabello negro con rulos, ojos marrones y hoy vino vestido con unos pantalones negros, la camisa del colegio, la corbata y unas Converse.

Sara, por su parte, es de las mejores amigas que te pueden tocar. Es re inteligente, buena onda, cool... de todo.

Es morenita, de ojos claros y con un pelazo rojizo y ondulado que resalta al caminar. Siempre llama la atención de todos, aunque ni siquiera les dé bola.

El uniforme siempre hace resaltar su figura. Mete la camisa dentro de la pollera para marcar más la cintura.

—Yo diría que te hace falta una buena pijamada de chicas —propone Sara mientras me abraza.

Intento tranquilizarme para no soltar una palabrota.

Cuando me descontrolo suelo decir muchas babosadas.

—Cambiando de tema, ¿escucharon que viene un nuevo estudiante? —nos comenta Iker mientras mira cómo Sara se maquilla frente al espejo que tiene en su casillero.

—Pues ahora lo sabemos, gracias por el chisme —dice cerrando su casillero—. Vamos a clase o llegaremos tarde.

Cierro más o menos mi casillero. Por el camino le diré al conserje que me lo arregle.

Estamos por salir cuando se nos ponen enfrente las

Cash

.

Las tres chicas más adineradas del instituto. En el medio está la líder: Anita, la más rica de las tres.

Camina siempre con el mentón en alto y la espalda bien recta. El uniforme le favorece mucho a su piel blanca, ligeramente bronceada. La pollera es de cuadros azules, celestes y blancos. Lleva un bolso azul colgado del brazo y sus tacones negros resuenan por todo el pasillo.

A sus costados están las gemelas Smith: Luana y Lucero. Son prácticamente idénticas; sus diferencias son mínimas. Son morenitas, con ojos achinados de color miel. Miran a todos como si fuéramos inferiores a ellas.

—Las reinas llegaron —ironiza Sara haciendo una mueca de asco.

—Vamos a clase —mascullo.

Llegamos justo a tiempo. Nos sentamos y suena la campana.

—Buenos días, clase —saluda el profesor Harris entrando al aula.

Es un hombre ya mayor, con canas, pero con muchísima sabiduría. Siempre viene con un traje y sus pequeños anteojos.

Por un momento dejo de escuchar todo lo que ocurre en el salón.

Huelo a un Sangre de Lobo detrás de esa puerta.

Es un aroma nuevo, casi embriagador.

No pertenece a esta manada.

Mis instintos de supervivencia despiertan de manera inconsciente. Escucho sus pasos uno por uno hasta que se detienen al lado del profesor.

—Estudiantes, tenemos un nuevo compañero. Él es Ryan Brown.

Alzo la vista y lo veo.

Un chico alto, rubio y de ojos grises. Su camisa se adhiere a su cuerpo bien definido. Su expresión es seria mientras mira a todos lados, como si estuviera analizando el lugar.

Escucho los murmullos de mis compañeros

.

Él deja de recorrer el aula con la vista y se queda mirándome fijamente.

Sé que se dio cuenta.

Nos desafiamos con la mirada.

—Toma asiento, Ryan —le dice el profesor.

Él no me saca la mirada de encima hasta sentarse.

—¿Es mi imaginación o ese chico no te sacó la mirada de encima apenas entró? —chasquea la lengua Iker en mi oído mientras se apoya sobre su mesa.

—Bueno, abran sus libros en la página veinticuatro —indica el profesor, agarrando la tiza para escribir en el pizarrón.

Inhalo y exhalo.

Durante toda la clase sentí su mirada sobre mí. Debería hablarle, pero Sara está re cerca.

Suena la campana, dejándonos libres de la primera clase. El tal Ryan se levanta rápido y sale del aula sin prestarle atención a nadie.

Salgo con mis amigos. Todos están en el pasillo buscando sus libros para la siguiente clase.

—¿Eres irlandés, Ryan? —le grita con sorna Matheo.

El chico millonario que se creía mejor que todos. Y sí que estaba provocándolo

.

Él estaba cerrando su casillero cuando las Noxis empezaron a recorrer sus venas. Su pecho comenzó a subir y bajar rápidamente mientras cerraba los puños con fuerza.

—¿Qué pasó? ¿Te comió la lengua el gato? —dice Juan, su amigo, antes de empezar a reírse.

Ryan está a punto de atacarlo, pero soy más rápida y lo agarro de la mano.

—Ven —murmuro.

Sé que me escuchó.

Lo hago subir las escaleras y lo meto en el salón de artes. Cierro la puerta y me giro para enfrentarlo.

—Vete —me grita, moviéndose agitado de un lado a otro.

Está por transformarse. No se controla.

Las Noxis ya recorren casi todo su cuerpo. Sus ojos cambian a un color amarillo dorado y comienzan a aparecer sus colmillos, al igual que sus garras.

—Ryan, cálmate —digo acercándome lentamente.

—¡Que te vayas! Te voy a hacer daño —grita mientras retrocede, chocando con un mueble.

Tocan la puerta.

—¿Emma? —pregunta Iker, golpeando una y otra vez —. ¿Estás ahí?

Por la Diosa de la Luna...

—Ryan, cálmate. Respira.

Él se ríe negando con la cabeza.

Me agacho frente a él. Piensa Emma, piensa que podría ayudarlo.

Está asustado. Odiamos los espacios pequeños.

—Piensa que estás en un bosque. Que estás corriendo libre bajo el cielo despejado —susurro, intentando tranquilizarlo.

—¿Enserió? —suelta una carcajada.

Los golpes en la puerta continúan, pero Ryan ya está bien. Es decir, tranquilo

.

—¡Ja! Te ríes, pero sí que te funcionó.

Abro la puerta.

—Nosotros dos después tendremos una conversación —le digo antes de cerrarle la puerta en la cara.

Sara e Iker me están preguntando algo, pero mi mente queda completamente en blanco por lo que Ryan me susurra:

—

Como digas, Alfa.

Lo dijo con una voz tan melodiosa que se quedó rondando por mi mente.

Y al imbécil no le bastó, sino que soltó una leve risita que hizo que mi corazón se acelerara.

—¡Emma! —grita Iker en mi oído.

Me llevo las manos a los oídos, tapándomelos. Duele una banda. Lo miro con mala cara.

—¡No estoy sorda! Vámonos, que ya sonó la campana.

Toda la mañana estuve de mal humor sin saber por qué. Solo sabía que no podía dejar de pensar en ese chico. Ryan llegó misteriosamente y me llamó Alfa sin siquiera ser de mi manada.

¿Será que se escapó? No, eso no es posible.

¿O tal vez lo mandaron para iniciar una guerra? Sí...

Eso es lo más probable.

En el almuerzo no pude evitar escuchar sus conversaciones. Ese lobo sí que es impulsivo; casi golpea a Alex solo por sentarse en su mesa.

Las Cash no dudaron en ir a hablarle, pero él ni siquiera les prestó atención a sus intentos de coqueteo.

En cambio, hizo una pregunta que captó por completo mi atención.

—¿Quién es esa chica de ahí? —preguntó Ryan, señalándome con la cabeza.

Las Cash se miraron entre ellas y luego me observaron. O, al menos, sentí que sus miradas eran como dardos.

—Ella es Emma White, una chica rarita —respondió Anita, restándole importancia—. ¿Cuál es el interés?

—Nada de tu incumbencia.

Con solo decir eso, se levantó de la mesa. ¿Por qué quería saber sobre mí?

Eso me hace pensar que, literalmente, no me conoce.

Todo el día estuve ansiosa esperando que sonara la última campana.

Afuera del colegio busco a Ryan con el olfato y encuentro su aroma hacia el lado derecho del patio, recostado contra una pared.

—¿Vamos al club? —pregunta Sara con una sonrisa.

—Yo no iré hoy. Nos vemos mañana.

Me alejo de ellos.

Camino hasta quedar sobre la mitad del césped, antes de entrar al bosque.

—Ryan, vamos a hablar —ordeno.

Sé que me escucha. Levanta la cabeza y me mira directamente a los ojos con esas pupilas tan intensas.

—Voy.

Comienza a caminar hacia donde estoy. Nos adentramos en el bosque. Las ramas crujen bajo nuestros pies.

—Ahora dime... ¿quién eres? —pregunto, mirándolo de arriba abajo.

Empezamos a caminar en círculos, preparándonos por si alguno de los dos atacaba.

—Ryan, veo que eres igual a mí —dice mientras me analiza de pies a cabeza.

—Ya sé que te llamas Ryan —mascullo, intentando ocultar mi sonrisa—. ¿Con qué razón viniste?.

—Vine con mis padres. Dijeron que nos uniríamos a una nueva manada. Creo que es la tuya.

Es lo más seguro. Pero mis padres no comentaron nada.

¿Cuál será la razón?

—Somos la única manada de Rivalds.

Me quedo en mi lugar. Él se acerca a mí, me rodea y empieza a olfatearme.

Luego se queda quieto para que yo haga lo mismo.

Lo hago.

Huele a tierra mojada, ansiedad social... y un poco de rabia.

—No sé si debería decir esto, pero... siéntete en casa —le sonrío.

Me cae bien, pero eso no quita el hecho de que siga siendo un completo desconocido.

Hablamos durante un rato por el camino.

Al parecer, estuvo viviendo con su familia en el norte de Australia y decidieron mudarse por una razón que nunca le explicaron.

—Bueno, te presento mi acogedor hogar —digo mientras abro la puerta de mi casa.

Los dos empezamos a olfatear antes de entrar.

Están mis padres...

Y dos personas que huelen casi igual que Ryan.

—Mis padres están aquí —dice, hasta él parece sorprendido.

—Lo sé. Para tu información, yo también puedo oler muy bien.

Ruedo los ojos mientras entramos.

En la sala están sus padres, quienes se parecen muchísimo a él.

Su padre guarda un enorme parecido con su hijo: el cabello rubio, los ojos grises... Incluso lleva un traje, igual que mi padre.

Su madre es hermosa.Tiene una larga cabellera rubia con ondas, ojos verdes y lleva una camisa blanca con una pollera negra ajustada.

Diosa...

Son una familia bellísima.

Aunque, siendo sincera, la genética de los Sangre de Lobo ayuda bastante. Nos hace mucho más saludables.

—Llegaron los cachorros —grita mi padre levantándose del sofá.

Ryan cierra la puerta y se adentra en la casa con demasiada confianza.

—¿Tienen hambre? —pregunta mi madre agarrando algo que estaba sobre la mesa.

En el comedor Ryan y yo devoramos el puerco del almuerzo. Nos ensuciamos de aquí para allá. No pueden juzgarnos; en el colegio no dan comida como esta.

—Bueno, chicos, vemos que ya se volvieron a encontrar —dice el padre de Ryan—. Yo soy Joel y ella es mi esposa, Malena —se presenta, señalándose a sí mismo y luego a su mujer.

—Mucho gusto, padres de Ryan —digo mientras sigo comiendo sin darles mucha importancia.

—Oh, cariño, si antes me llamabas suegra con solo tres añitos.

Me quedo con los ojos abiertos como platos al escuchar lo que dice la madre de Ryan.

Eso no era posible. No me acuerdo de ellos. ¿O tal vez sí y pienso que no?.

Mis padres y los padres de Ryan se están riendo como si fuera algo de lo que hablaran siempre.

Giro la cabeza hacia Ryan y él sigue comiendo tranquilamente, como si no hubiera escuchado nada.

Niego con la cabeza pensando que capaz solo me estén tomando el pelo.

Pasan unos minutos durante los cuales nuestros padres se quedan mirándose entre ellos con una tensión que se huele a kilómetros.

—Ya digan lo que tengan que decir, apestan —reclama Ryan.

Me río de lo que dice. Mis padres me ponen mala cara, como diciendo: «Comportate, cachorrita».

—Cachorros, nos iremos al extranjero por un tiempo indefinido.

Nos atragantamos con nuestra propia comida. Me llevo una mano al pecho sin dejar de toser.

—Miren, chicos, sabemos que han pasado muchos años desde que dejaron de verse, pero se quedarán como manada —prosigue mi madre—. Haremos esto porque confiamos en Ryan y, además, tú eres la líder, Emma.

Con lo que dice mi madre me quedo en blanco.

"Como digas, Alfa."

Entonces yo, Emma White, seré la Alfa.

No lo puedo creer. Estoy más que segura de que mis ojos parecen dos discos ahora mismo.

No sé si reírme o llorar, pero eso no importa. En la mayoría de los casos le dejarían el cargo a Ryan solo por ser hombre, pero me lo han dejado a mí.

—Confiamos en que serán responsables y sabrán cuidarse. Confiamos en ti, Ryan. Serás el macho Alfa —le dice mi padre apuntándolo con el dedo.

—¿Qué? —reclamo rápidamente, mirándolos.

Yo no necesito ningún niñero. Sé cuidarme por mí misma.

Pero hacen caso omiso a mi pregunta.

—Lo que usted diga, señor. No se preocupe, que la cuidaré bien —confirma mientras sigue tragando.

—¡Papá! No necesito protección —espeto levantándome de la silla.

—No será protección, serán compañeros. Los dos tienen el mismo rango, así que no peleen por tonterías. Fin de la discusión —resopla mi padre.

Miro nuevamente a Ryan, quien siente mi mirada y me responde con una sonrisa burlona antes de volver a concentrarse en su plato.

A veces me olvido de que tenemos un gran hocico.

Tuvimos unas charlas más y luego se fueron por la noche. Se irán por asuntos de trabajo encubiertos, por lo tanto nos quedaremos juntos, codo a codo.

Me di una ducha y me acosté.

No sé cómo explicar por qué mi corazón late tan fuerte con solo estar cerca de él. Claramente tuve que controlarme para que se moderara, ya que se daría cuenta.

Lo más probable es que solo haya empezado a salirse de control porque me sacó de quicio apenas apareció en el salón.

En fin, solo sé que ahora todo será mejor. Hay un chico de mi edad con el cual podré ser tal cual soy, sin secretos ni miedos. Con muchas peleas por estupideces, pero, al final, alguien como yo.

Con una sonrisita que mi boca forma inconscientemente, me acomodo bien para dormir.

¥

Mi sonrisa crece con cada paso que damos. Corremos sin ningún tipo de miedo por el bosque Rivenshade.

En menos de cinco minutos ya llegamos. Me tiro sobre su espalda riendo sin filtro.

Él me sostiene como si no pesara nada, pero se me borra la sonrisa al ver a Sara e Iker mirándonos como si estuviéramos locos.

Me bajo de encima suyo acomodándome el uniforme.

—Uh... hola, chicos. Ya conocen a Ryan —los saludo procurando que mi sonrisa no sea tan falsa.

Me sorprendió bastante que hayan llegado tan temprano.

¿O nosotros llegamos muy tarde?.

—¿Y ustedes son? —Iker mira a Ryan con una expresión muy seria.

—Él es mi... —lo miro para que me dé una idea, pero él solo me devuelve su sonrisita ladeada—. Es mi amigo de la infancia.

Sara me mira para comprobar que estoy diciendo la verdad. Al cual le respondo con una sonrisa y un asentimiendo de cabeza.

—Pues bienvenido a Rivalds, amigo —le dice antes de darle un abrazo.

Nos vamos todos juntos hacia el salón. En la esquina que da a las ventanas había un grupo de personas rodeando a otra.

Algo había pasado, lo más seguro.

—¿Qué pasó? —soy la primera en preguntar.

—Piensan que hay un monstruo en el bosque —se ríe Matheo mientras se sienta en su silla.

Ryan y yo nos miramos.

¿Será que alguien nos vio cuando jugábamos? Era lo más probable.

—Por fin pasa algo interesante en este pueblo —lo toma con demasiado entusiasmo Sara—. Deberíamos buscar al monstruo.

Cada uno se va a su asiento.

—Un día después de que se fueron nuestros padres y ya damos indicios de que hay algo en el bosque —susurro para que solo Ryan pueda escucharme.

—La cosa es que nosotros sí sabemos divertirnos —se ríe agachando la cabeza.

—¡Ryan Brown! —grita, hastiado, el profesor.

Al parecer ya había repetido su nombre varias veces.

—Presente, profesor Harris —grita Ryan entre risas.

Siento la mirada de Iker sobre mí, potente, como si le molestara el simple hecho de que esté sentada junto a Ryan.

La clase continuó como todos los días: normal y aburrida. Bueno, no tan aburrida como otras veces, ya que Ryan me sacaba una que otra risa.

La campana suena anunciando que es hora del almuerzo.

—No olviden que pasado mañana tienen el examen de matemáticas —nos recuerda la profesora Barney.

—Vamos rápido, tengo un hambre... —dice Sara a mi lado.

—Como que ustedes estuvieron muy juntitos en clase —escucho que Iker le dice a Ryan.

Él le responde algo, pero no pude escucharlo, ya que al mismo tiempo Sara me dice:

—El viernes de la semana que viene es la fiesta de disfraces —comenta emocionada—. Y quiero hacer un casting para ser la voz principal junto a la banda de Liam.

Empieza a dar saltitos mientras pasamos el umbral que da al comedor.

—Eso es estupendo, Sara. Sé que lo lograrás —la animo con una sonrisa.

Ella tiene una voz increíble y sé que tiene todo el potencial necesario.

—No te hagas ilusiones, perdedora. Ese papel será mío —amenaza Anita, golpeándola en la cara con el movimiento de su cabello al pasar a nuestro lado.

Siempre se cree una diosa.

Rápidamente, mi furia recorre todo mi sistema. Soy consciente de cómo la Noxis se expande por mi cuerpo de una manera sorprendente.

—Yo diría que la que no debe hacerse ilusiones eres tú, idiota —le grito desde mi lugar.

Ella se gira con sus dos gatitas detrás, abre la boca como si no pudiera creer lo que acabo de decirle.

—¿Acaso me estás amenazando? —finge miedo. Lo sé porque lo único que emana es enojo.

—No te amenazo, solo te advierto —respondo un poco más alto de lo debido.

—Tranquila, Emma. No dejes que se adueñe de ti ahora —me susurra Ryan, abrazándome por detrás.

Su cercanía me transmite calma. Respiro y, sin darme cuenta, huelo el aroma que desprende.

Me doy la vuelta entre sus brazos para quedar frente a él. Puedo notar cada poro de su piel, cada mota de color que conforma el iris de sus ojos. Sus pestañas son largas y oscuras. Levanta apenas la comisura derecha de los labios formando una sonrisa.

—Gracias... —le agradezco.

—Gracias por defenderme.

Me suelto del agarre de Ryan para recibir el abrazo de Sara.

—Pero muévanse, queremos comer —dice Iker detrás de nosotros.

Nos movemos en la fila.

Me distraigo mirando los costados del comedor. Es bastante espacioso y de colores fríos. Este lugar es igual que los pasillos: se puede escuchar todo y es demasiado estresante.

—Ay, no... No huelo carne —murmura Ryan para que lo escuche—. Quiero carne, no verduras.

Me río ante su comentario sin sentido.

Me toca pedir.

—Dame macarrones con queso y un poco de tocino, por favor—pido, a lo que la cocinera asiente y me sirve.

—Qué bueno que al menos hay eso. Pensé que nos convertirían en conejos —susurra con un tono de voz aliviado.

Me da risa su forma de actuar.

Estamos comiendo cuando escucho la conversación de Matheo y sus amigos.

—Vayamos hoy después del colegio. Vamos a desmentir al supuesto monstruo —comenta él.

—Sí, seguro nos haremos famosos si conseguimos algo —le responde su amigo Juan.

Escucho la leve risa de Ryan. Lo miro y me contagia con su alegría.

—¿Vamos a Nova hoy por la tarde? —pregunta Iker, moviendo los vegetales con el tenedor.

—Hoy no podemos. Mis padres quieren que me quede en casa después del colegio —bufo mientras tomo un poco de agua.

Sara me mira extrañada, pero no le doy importancia.

Espero que Ryan dé una buena excusa.

—Pero no nos tomará ni una hora compartir —reclama Sara, hastiada.

—Debe ser en otro momento. Voy a ir con Emma a su casa —dice mientras sigue comiendo tranquilo.

Iker y Sara lo miran esperando una mejor explicación.

¡Es que no puede poner una buena excusa!

Lo golpeo bajo la mesa mientras lo miro con una ceja enarcada.

Hace una mueca de dolor que claramente significa: me la pagarás.

—Porque nuestros padres harán una cena y debemos ir sí o sí —dice algo nervioso.

—¿Sus padres se conocen? —nos señala Iker con el tenedor.

—Obviamente. Te dijimos que somos amigos de la infancia. Nuestros padres también son amigos, por lo que quieren compartir para recordar viejos tiempos.

Suena la campana, entonces nos apresuramos para ir a clase.

Tuvimos tres clases más, las cuales pasaron rápido.

Luego de eso, nos fuimos los cuatro al salón de artes, ya que es un club en el que estamos Iker, Sara y yo.

Ahora también agregamos a Ryan, ya que nos comentó que le gusta mucho la materia.

—Nos vemos mañana entonces, chicos —nos dice Sara una vez que terminan las horas extras de los clubes.

—Sí, chau, nos vemos —me despido de ellos mientras doy pequeños saltitos.

Salimos corriendo con el rubio. Es tan bonito poder compartir esto con él. Corremos como las almas libres que somos. No tenemos cadenas ni ataduras. Somos salvajes domesticados que buscamos encajar entre los corrientes.

—Espera, Emma.

Ryan me hace parar en seco. Me sujeta del hombro y nos deja detrás de un árbol.

—¿Qué pasa? —enarco una ceja.

—Escucha —me dice señalándose la oreja.

Agudizo mi oído. Escucho las hojas de los árboles moviéndose con la brisa del viento, el canto suave de los pájaros y de otros animales.

Abro los ojos al escuchar:

—Debería estar por acá, según dijeron.

Es la voz de Matheo.

Así que sí vinieron a buscar al supuesto monstruo.

—Hay que darles un monstruo... —sonrío maliciosamente ante la idea que se me acaba de ocurrir.

—¿Qué estás pensando, Emma? —me mira con una expresión cómplice.

—Nuestros padres no están —doy una vuelta alrededor de él, pasando un dedo por su brazo—. Entonces podemos divertirnos.

Lo miro directamente a los ojos, mordiéndome el labio inferior.

—¿No nos meteremos en problemas? —pregunta, llevándose una mano al cabello alborotado.

—No, solo nos divertiremos. ¿O es que tienes miedo? —lo reto con la mirada.

—Yo no tengo miedo. Asustemos a esos niñatos.

Se ríe mientras empieza a transformarse.

Dejo que la Noxis recorra libremente todo mi cuerpo. Miro mis manos, donde las venas ya se vuelven negras. Mis colmillos comienzan a salir, al igual que las garras. Nuestro corazón empieza a latir con fuerza y, en cuestión de segundos, ya estamos convertidos en lobos.

Su pelaje es hermoso, completamente amarillo dorado.

Me mira con una especie de sonrisa antes de aullar y salir por el lado derecho. Hago lo mismo por el otro lado. Somos veloces y me gusta que quiera divertirse conmigo.

Sé que nuestros padres nos matarán si se enteran, pero un poco de diversión no le hace mal a nadie.

¿O sí?

—Eres una tortuga —me aúlla Ryan desde el otro lado.

¡¿Cómo se atreve a decirme eso?!

—Mira, están ahí —le digo cuando veo a Matheo y a los demás.

Nos movemos sigilosamente. Matheo se asusta con el simple crujir de unas ramas.Se ponen uno al lado del otro, con la boca abierta y el corazón queriendo salírseles del pecho.

Juan saca un arma de su bolsillo y empieza a disparar hacia donde escucha los ruidos entre los árboles.

¿Acaso es legal tener un arma? Es menor. Creo que eso no está permitido.

No me doy cuenta cuando una bala roza mi pata trasera derecha.

—¡Emma! —grita Ryan.

—¡Mierda! —exclamo volviendo a mi forma humana—. ¡Ryan, me muero!

Me hago la dramática ocultando una risa.

—No exageres, mujer. Mañana ya estarás curada.

Él revisa mi pierna con mucha atención. Parece preocupado, pero al mismo tiempo está feliz por haber asustado a esos cobardes.

—Necesito ayuda. Cárgame hasta casa —ordeno, cruzándome de brazos.

Por la Luna... duele un montón, aunque finja que no.

—Vamos, te llevo.

Me carga entre sus brazos. Literalmente me carga como si fuera una bolsita de papas.

—Al final creo que hicimos mal en venir a asustarlos —confieso mientras apoyo la cabeza cerca de su cuello.

—Valió la pena ver la cara de estúpidos de esos tontos.

Se ríe. Su pecho sube y baja por las carcajadas.

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