Azul
Azul.
En la escuela, Kotaro no hablaba con muchas personas. Algunos maestros olvidaban su nombre, pero otros lo veían como un niño muy juicioso y lo escogían para participar en clase; cuando lo hacía, las palabras se le trababan en la boca.
Kaito y Shin eran amigos de Kotaro. Sabían que, cuando Kotaro empezaba a contar sus historias o a jugar con ellos, algo cambiaba en él y ya no había nadie que pudiera callarlo.
Kaito siempre quería ser el héroe de las historias. Le gustaba mucho que Kotaro creara historias para ellos. Shin prefería el misterio, pues eran sus libros y películas favoritas. Siempre estaban juntos, muchas veces hablando de las series que habían visto a escondidas de sus papás.
Un día, Kotaro llegó con unas ojeras gigantes; se veía como un panda. Kaito y Shin se rieron de él todo el día. Pero eso no fue lo único que Kotaro trajo: también había llegado con una nueva historia.
La historia de su nueva amiga, Yuki, una niña muerta. Yuki era una niña pequeña. Vivía en la “casita”; allí no había reglas y había toda clase de juegos. Kotaro les decía que ella era muy inteligente y que se sabía muchos chistes inapropiados. A Kaito y Shin no les sorprendió mucho; estaban acostumbrados a las cosas de terror, les encantaban.
Pero después todo se volvió un poco extraño, pues Kotaro no dejaba de hablar de Yuki. A los dos amigos se les ocurrió que Kotaro podría estar hablando de una niña que le gustaba, pues ya los tenía un poco cansados de escucharlo hablar siempre de ella.
Tal vez esa era la única forma que tenía de contarles que le gustaba una niña sin llenarse de vergüenza. La curiosidad invadió a Kaito y a Shin, y empezaron a pedirle a Kotaro que trajera a Yuki o que los llevara a conocer la “casita”, pero Kotaro les decía que a Yuki le daba pena, porque la casita era muy pequeña y un poco vieja.
Cuando la campana de fin de clases sonaba, Kotaro salía como un caballo de carreras. Kaito y Shin sabían que a Kotaro le daba miedo que sus padres lo regañaran por llegar tarde a casa, pero aun así siempre se quedaba diez minutos hablando con ellos en el parque.
Shin tuvo una idea: tal vez Kotaro se iba rápido para encontrarse con Yuki. Kaito se sorprendió mucho por la deducción. La única forma de saber si esto era cierto o no era siguiendo a Kotaro.
Ambos fueron lo más silenciosos posible para que Kotaro no se diera cuenta. Lo siguieron hasta el parque, lo vieron caminar por el estadio del pueblo e incluso, antes de llegar a su casa, lo vieron detenerse cerca de un callejón muy tenebroso.
Los dos quedaron muy confundidos, porque no vieron a ninguna niña, pero ambos notaron que todo el tiempo Kotaro parecía hablar solo y que, cuando se detuvo frente al callejón, se despidió muy feliz sin haber nadie ahí.
Cuando llegaron a la escuela al día siguiente, Kotaro los sorprendió con una noticia: Yuki los había invitado a ir a la “casita” a jugar con ella. Podían ir después de la escuela y conocerla.
Esto le pareció extraño a Shin, porque los padres de Kotaro nunca lo habían dejado ir a la casa de nadie antes. Shin le preguntó si sus padres le habían dado permiso para ir a jugar. Kotaro dijo que sí, pero no los miró a los ojos.
Ese día, los profesores estaban sorprendidos con Kotaro, pues este estaba participando en clase con una gran sonrisa. Cuando la campana sonó, salió rápido como un rayo para buscar a Kaito y a Shin; era tanta su intensidad que ambos pensaron que su corazón iba a explotar.
Los dos amigos se sorprendieron cuando llegaron a la “casita”: ya habían hecho ese recorrido antes, incluso ya la habían visto. La “casita” estaba en el callejón tenebroso del día anterior.
La “casita” no tenía puerta.
Solo quedaba el marco, ya muy gastado y viejo.
Las paredes estaban llenas de grafitis sin sentido.
Incluso había manchas de humedad que lo empeoraban todo.
Lo que más resaltaba era una ventana que se estaba cayendo a pedazos, con una cortina que no era más que una tela mordida por el tiempo.
Por ella el viento entraba con fuerza, haciendo notar el eco del vacío del lugar.
Kotaro les dijo a Kaito y a Shin que Yuki los estaba esperando.
Kaito se lo tomó a broma, pero Shin no lo vio así.
Este se enojó, porque no le parecía un lugar para hacer bromas.
Kotaro les dijo que hablaba en serio, esa era la “casita”.
Ambos le respondieron que era mejor irse, que ya no estaban jugando.
Kotaro se enojó porque no lo entendían.
Les dijo que se largaran; él ya estaba acostumbrado a estar solo.
Avanzó hacia la casa.
Shin le dijo que se detuviera y que iría por él.
Pero una pequeña figura roja, algo borrosa, lo distrajo.
Kaito avanzó enojado para llevarse a Kotaro.
Un grito tan agudo como el de una cabra los detuvo a todos.
Era la mamá de Kotaro.
Ella empezó a regañarlo, lo tomó del brazo y lo jaló con tanta fuerza que cayó al piso como un muñeco de felpa.
Lo levantó con otro grito, más fuerte que el anterior.
Regañó también a sus amigos y los culpó de todo.
Ellos solo dijeron que no estaban haciendo nada malo.
Pero ella, con un tercer grito aún más fuerte que los anteriores, les respondió:
—¡Mi bebé no debe estar aquí!
Al salir del callejón hacia la calle principal, Kotaro intentó explicarle, pero ella lo calló únicamente con una mirada.
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza en la escuela, pero Kotaro aun así llevaba puesto un saco grueso como el pelaje de un oso. Kotaro comenzó a evitar a sus amigos.
La mamá de Kotaro les contó a los profesores que Kaito y Shin lo habían llevado a un lugar muy peligroso, donde hacían cosas malas.
Los profesores regañaron a Kaito y a Shin y hablaron con sus padres. Los dos trataron de explicar lo que pasó, pero los profesores no les creyeron.
Cuando los dos intentaron hablar con Kotaro, este solo se escondía y pasaba de ellos con indiferencia.
Esto los hizo enojar y dejaron de buscarlo.
Las calificaciones de Kotaro empezaron a empeorar. Ahora solo pasaba el recreo encerrado en su salón. Una de sus maestras se dio cuenta de que Kotaro ya no escribía cuando estaba en clase; solo se dedicaba a hacer dibujos. Ella le preguntó por qué hacía esto. La respuesta de Kotaro fue:
—No sé.
Después de esto, la maestra les contó a sus padres.
El pupitre de Kotaro estaba vacío al día siguiente; solo resaltaban los dibujos hechos en él. La mayoría eran garabatos, pero había uno especial que destacaba por sus detalles: dos niños sentados en el techo de una “casita” viendo el atardecer.
Kotaro había faltado; eso era algo extraño. Incluso cuando estaba ardiendo en fiebre, sus padres lo enviaban a estudiar.
Los maestros informaron a la directora. Kaito se encontraba con ella, pues se había golpeado en clase de educación física. La directora lo enviaría a la enfermería, pero cuando Kaito iba de salida escuchó que hablaban de Kotaro y se escondió detrás de la puerta de la oficina para escuchar a la directora hablar con el papá de Kotaro.
Shin estaba en clase de matemáticas cuando, de la nada, entró Kaito, agitado y llorando.
La ventana de la habitación de Kotaro estaba abierta; su ropa estaba tendida en el suelo junto con algunos de sus juguetes rotos, mientras el llanto de la mamá de Kotaro rebotaba por las paredes.
Los colores de la ambulancia cubrían las paredes de la casa de Kotaro, y el llanto de su mamá comenzó a ser opacado por el ensordecedor ruido de las sirenas.
El cuerpo de Kotaro yacía en el suelo, al pie de las escaleras; tenía puesto su uniforme cubierto de sangre y su mirada vacía descansaba en una pelota morada.








