Capítulo único
Por las mañanas, Eva miraba el reloj durante unos minutos antes de levantarse. Cuando daban las 6:12, se sentaba lentamente, sacando sus pies de la cobija, y los posaba en la alfombra. Desde ese lugar, su espalda obstruía la luz de la ventana, aunque mucho más las cortinas. A Eva no le gustaba encender la luz, y el sol tampoco se veía desde ella, por lo que su departamento estaba siempre oscuro. Tenía la costumbre de peinarse el cabello con sus manos; al no tener mucho, usaba sus dedos para deshilar los nudos y sus palmas para asentarlos. A las 6:20 se levantaba, buscaba sus calcetines y comenzaba el día.
El único espejo estaba en la habitación, en el centro de la pared junto a la puerta. Cada vez que caminaba por allí, sin prestarle atención, se reflejaba su delgada figura cubierta en una ancha camiseta. El espejo tenía algunas marcas que no escondían lo suficiente las pegatinas animadas, y sobre el mueble solo había dos o tres prendas dobladas. Mantenía su habitación tan limpia, que la diferencia con el desorden de la cocina parecía de otra persona. Como no había opción, tuvo que lavar una taza para poder desayunar. Eva odiaba la sensación del agua fría o caliente en cualquier parte de su cuerpo, por lo que apenas se duchaba, con molestia, una vez a las dos semanas.Sobre el lavavajillas había una pequeña ventana, en la que entraba la luz del sol tan fuerte, que provocaba una migraña en ella todos los días.
Una vez limpia la taza, suspirando, se dirigió al otro extremo de la cocina para prepararse un café. Aunque no era lenta, hacía las cosas lo suficientemente despacio para apenas hacer ruido. Incluso si se lastimaba, no alcanzaba a emitir algun quejido, pues se aturdía consigo misma. Solía pensar que el ser silenciosa era su cualidad más valiosa como ser humano, y despreciaba a las personas escandalosas.
Tomó asiento en su pequeña mesa ratona. No había televisión, y tampoco tenía consigo el teléfono. Sus ojos de poca vista se mantenían en la ennegrecida puerta del baño. Estaba abierta. Su primer sorbo fue amargo, desagradable. En realidad, pensaba, nunca volvería a sentir un sabor delicioso. Sus habilidades para la cocina eran nulas, y aunque tuviese cafetera, no tenía esperanza en que algo preparado en su hogar supiera bien. Porque de eso se trataba: la casa.
Habrían sido apenas tres meses desde que se mudó, y Eva estaba segura. No estaba viviendo sola.
Volvió a apoyar la taza en la mesa. Su paladar todavía hormigueaba por la acidez de un mal café. Se levantó y caminó hasta el baño.
El baño era el único lugar sin ventanas, y el único agujero se hallaba en el piso, donde se iba el agua al ducharse. No eran las condiciones adecuadas, pero sí lo mejor que recibía por su sueldo. Originalmente, sobre el lavabo no había espejo, el único se hallaba en el cuarto. Ella colgó uno pequeño para poder lavarse los dientes, sin embargo, ahí estaba. Hecho pedazos.
No importaba cuántas veces comprara uno diferente, todas las mañanas, lo hallaba roto, dispersado en el suelo del estrecho baño. Al levantar el pie, se dio cuenta que estaba sangrando. Finalmente, pronunciaba las primeras palabras del día:
—Qué molestia.
Por alguna razón, el espejo del cuarto no recibía el mismo odio que el del baño, aunque a veces aparecía una marca nueva, nunca terminaba de quebrarse. ¿Será porque ella misma colgaba uno allí, o será quizás por el tamaño? Todavía no podía saberlo, y su solitaria vida no le permitía contar con nadie. Aún si tuviera la confianza de alguien, Eva movería el mundo con tal de evadir esa opción. En realidad, siempre movía el mundo ante las cosas que le resultaran una molestia, pero por mucho que se esforzaba, no podía apaciguar esta.
Se quitó el trozo de vidrio del pie, lo lanzó al piso y regresó a la cocina, dejando huellas de sangre. Agarró su taza y vertió con desdén el café en los platos sin lavar, todavía sintiendo palpitaciones en la herida. Dejó la taza, se enjuagó la boca, y caminó hasta el cuarto. Su pie se enfriaba cada vez más en el piso blanco, amortiguando y empeorando a su vez el dolor. Con un suspiro, se sentó en la cama para quitarse el calcetín. Observó con detenimiento la herida: la sangre tan roja la fascinaba. La luz hacía parecer que el brillo era parte de la herida.
De pronto, mientras apretaba su herida manchando el piso, tuvo una sensación. Levantó la cabeza y miró hacia el espejo de la pared. No le prestaba atención durante los días, pero su cerebro inevitablemente registraba los patrones de los lugares en los que estaba; un reconocimiento común nacido de la costumbre. Fue por eso, que al mirarlo esta vez, notó que el enorme espejo redondo se hallaba un poco más debajo de lo normal. Soltó su pie y se inclinó en la cama. Quizás sería el ángulo o la oscuridad lo que estuviera afectando su visión. Pero al hacerlo, otra sensación la asustó. Su cuerpo parecía pesado, a punto de caerse si se inclinaba un poco más. Eva regresó a su postura natural. Primero, fueron sus ojos los que se dirigieron abajo. Despacio, su cabeza también acompañó. De nuevo, la sensación de un peso desequilibrado la abrumó, pero no se detuvo. Se agarró con fuerza de la cama, y siguió bajando la cabeza. Su corazón palpitaba con más fuerza. Ahora podía verlo con claridad: era su cuello el que había crecido. La respiración comenzaba a escaparse por su boca. Veía su tórax elevarse y contraerse.
De golpe, se puso de pie, olvidándose de la herida. Corrió hasta el espejo: se congeló ante su reflejo. No solo el cuello; las piernas y los brazos se habían alargado, aunque no tan exageradamente. El peso de la cabeza le daba una joroba desagradable.
Eva perdió el equilibrio.
El sonido lejano del teléfono la despertó. Alguien llamaba. Intentó acomodarse mientras respiraba con dificultad.
Estaba sudando, y su cabello negro revoloteado, con las puntas húmedas. Permaneció unos instantes observando la oscuridad, y entonces, llevó los ojos al reloj. Eran las 6:12. Al quitarse la cobija, una enorme mancha de sangre la congeló. El teléfono seguía sonando.
Se levantó de pronto, sintiendo la parte baja del cuerpo mojada, y se llevó una mano a la cabeza. Tenía fiebre. Llevó ambas al frente y observó. Pálidas, arrugadas, como si recién hubiera salido de ducharse. Analizó las piernas, el tamaño parecía normal.
Agobiada por el tono lejano de la llamada, se puso de pie rápidamente y se dirigía a la cocina. «¿Quién es el que está llamando como un loco?», se preguntó, y cuando el sonido se intensificó al llegar, se vio a ella misma de pie frente a la ventana, sosteniendo el teléfono, ahora mudo. Estaba paralizada. Su reflejo comenzó a girar la cabeza hacia ella, despacio, pero cuando estaba a punto de ver su rostro, todo se oscureció.
Abrió los ojos, la cara se sentía fría, algo estaba sobre ella. De inmediato retrocedió, viéndose a sí misma, en su habitación. ¿Se había desmayado frente al espejo? Una fuerte presión azotó su cabeza, mareándola de pronto. Despacio, se alejó del espejo con la mano en la frente, y levantó la vista: había una mancha roja en el centro del vidrio. ¿Se había golpeado con él? Al verse los dedos, había sangre.
El sonido de su teléfono comenzó una vez más, acoplándose a sus oídos, apenas recuperando la conciencia. Trató de ponerse de pie, tenía las piernas débiles y se tropezó con las rodillas antes de reaccionar. Gotas rojas cayeron al suelo. Finalmente, levantó la cabeza y enderezó la espalda, teniendo cabello todavía en el rostro. Sufría una fuerte migraña, quizás a causa del golpe.
Se puso de pie, despacio, caminando hacia la cama. Creyó que su teléfono estaba perdido entre las sábanas, pero en realidad, estaba abajo. Su cama era angosta pero pesada; debajo de ella apenas entraban zapatos o medias, nunca cajas o algo más. Entre la oscuridad y el polvo, vio la pantalla brillante del teléfono. Se acostó en el suelo y estiró el brazo poco a poco, todavía no lo alcanzaba. El cabello le obstruía la vista y se elevaba con su respiración estruendosa. Estaba tan concentrada y embriagada en el ruido del teléfono, que no se dio cuenta de la mujer atrás suyo acercándose.
Frustrada e impaciente, Eva metió la cara bajo la cama, y sus dedos lograron alcanzaron a tocar el teléfono, pero lo empujaron. La mujer detrás suya se acercaba despacio; aunque borrosa y lejana, sus articulaciones parecían anormales, deformes, como si los huesos de las rodillas y los hombros fueran demasiado largos para la piel. Eva alcanzó a tomar el teléfono, emitiendo un gemido de victoria, y lo arrastró rápidamente con el dorso de la mano hacia ella. Sacó el rostro de abajo y se recompuso, sin ver a la mujer retroceder y esconderse tras la puerta.
Vio que la persona llamando era mamá.
—Hola. —atendió, suspirando y sentándose con las piernas abiertas.
—¡Eva! —habló la voz a través del teléfono—, ¡por Dios!, ¿por qué no contestabas? ¡Me preocupaste!
—Estaba ocupada.
—Hija… No me has mandado ni un mensaje desde tu mudanza, tampoco has respondido, ¿cómo esperas que no me asuste?
—Lo siento, mamá.
—No, no… Yo lo siento, es solo que mamá se preocupa, cariño, no me acostumbro a que mi pequeña hija ya viva por su cuenta, ¡incluso después de un año!...
La voz de su madre seguía sonando, pero los ojos de Eva se distrajeron en el piso amarillento. Reconoció sus huellas rojas y las fue siguiendo con la vista en toda la habitación, desde la puerta, la cama, y el espejo. Sin embargo, habían muchas más en toda la habitación. Parecían repetirse en círculos, sobrepuestas, como si hubiera buscado algo en cada esquina sin detenerse.
—Sí.
—… ¿Qué tal el trabajo? ¿Y el departamento?, ¿cómo es? ¿Es bonita la ciudad?
Estaba confundida, lo último que había hecho fue mirarse al espejo antes de que perdiera la conciencia y tuviera aquella pesadilla. ¿Habría sido real? Las palpitaciones del pie y la cabeza la abrumaban todavía más.
—No lo sé —musitó—, no he salido todavía, he estado cansada.
—¿Todavía no te han llamado? —se escuchó el llanto de un bebé—, ya, ya. Hija, no te desanimes, es un día muy hermoso. ¿Por qué no sales a tomar algo?
¿Habría sido real? Las palpitaciones del pie y la cabeza se intensificaban con cada segundo. No era capaz de hallar sentido en lo que sucedía, en si era real o solo estaba mareada.
—No lo sé, mamá.
—Bueno. Puedo ir a visitarte entonces, ¿qué te parece?
Entonces, sus ojos encontraron algo más. Debajo de la puerta, apenas era diferenciable. Quizás se trataría de una confusión. Observó por unos instantes, sintió el pecho enfriándose. Eran pies humanos.
—No… debes ayudar a Lidia… con mi sobrina... Escucha, mamá, tengo cosas que hacer, luego te llamo.
—¡Podemos ir las tres! —Fue lo último que escuchó antes de colgar.
Su corazón palpitaba, más fuerte, más rápido que ambas heridas. Temblorosa, en silencio, se fue levantando del piso, sin quitar los ojos de la puerta. Su cuerpo apenas respondía ante el miedo. Una vez de pie, buscó con la vista algun objeto con el que defenderse. Junto a la cama, decoraba su mueble un florero de vidrio. Se acercó sigilosa, lo tomó y quitó las flores. Al regresar la vista, sin embargo, bajo la puerta ya no había nada. Sostuvo con fuerza el florero y caminó hasta allí.
—¡Estoy armada! —gritó, pero su voz nunca alcanzaba esa fuerza—. Sal si no quieres problemas…
Al empujar la puerta, no había nada. Observó hacia la cocina, y al fondo, vio la del baño cerrada. La imagen se deformó y los colores se alteraron de repente; el estómago de Eva se apretó y sintió el ácido caliente subir hasta la garganta, resultando por poco en un vómito. Su cuerpo se debilitó, obligándola a sostenerse del marco de la puerta para poder respirar y dejar pasar las náuseas. El movimiento había producido un crujido en la madera, que tras unos segundos, Eva se dio cuenta que no fue el del marco. Abrió los ojos de golpe, los colores se acentuaron a la normalidad, y lo primero que se encontró fue la puerta del baño abierta. Instintivamente retrocedió, buscando con la vista al intruso que creía escondido, sin embargo, su pie desnudo pisó otro trozo de vidrio, haciéndola caer. El golpe seco en el coxis más la perforación directa en su herida la hicieron chillar. Volvió a escuchar un ruido alrededor, pero no pudo concentrarse o mirar otra cosa que no fuera su cuerpo tirado y su pie sangrante. Enfurecida, se acercó y arrancó de la herida aquel trozo, salpicándose la cara y la boca al volver a gritar. Su mano lo soltó por el dolor, cayendo por su estómago y resbalando al piso, dejando un rastro rojo. Eva se estremeció y gruñó en agonía por unos minutos, hasta que la euforia la superó y la hizo volver a tomar aquel trozo ensangrentado. En él se reflejó su cara sudada y enrojecida; era un pedazo del espejo del baño. Al mirarse notó que el temblor en su mano aumentaba, moviendo el reflejo de su rostro de lado a lado, volviendo a provocarle mareo. Fastidiada, se sostuvo la muñeca con la otra mano, y su reflejo dejó de moverse. Su reflejo había dejado de moverse, y fue ahí cuando notó que el espejo rostro no había duplicado su rostro. Había otro. El rostro de una mujer que se acercaba a su hombro. Una mujer como ella.
Lanzó el espejo, aterrada, y trató de girarse hacia atrás. Escuchó pisadas fuertes alejándose, más no vio a la mujer. El pecho de Eva no se calmaba. El pánico le dio fuerza para arrastrarse de vuelta a la cocina y buscar la puerta para salir de allí. Se arrastró con los brazos y llegando a la mesa trató de ayudarse y caminar con un pie. La luz de la ventana la cegó por completo, tropezándose y chocando su espalda con el mueble del televisor. Se agarró de los bordes para evitar caerse. Volvió a escuchar pisadas alrededor, un crujido de la madera, como si estuvieran jugando con ella. Se obligó a abrir los ojos, todavía aturdida, y empezó a buscar por el mueble las llaves del departamento. Empujaba todos los objetos con las manos mientras su vista se volvía a acostumbrar al ambiente. Desesperada, se encaminó a apoyarse en la mesa, y seguido a la mesada de la cocina, buscando entre el desorden las llaves. Sentía que su cabeza iba a explotar del hervor. Apretó con ambas manos sus sienes, volvió a cerrar los ojos con fuerza, deseando hallar alivio, calma, silencio. Respiró, inflando el pecho. El ruido había cesado.
De pronto, escuchó el tintineo de las llaves. Abrió los ojos, inmóvil, esperando que aquello fuera parte de su imaginación, pero las llaves volvieron a sonar. Eva empezó a bajar los brazos, despacio, con temblores involuntarios en el cuerpo, como si el instinto primitivo intentara detenerla.
Eva se giró, arraigando sus brazos a la mesada. Escuchó el tercer tintineo llamándola desde la puerta abierta del baño. Sus ojos no veían más que oscuridad, y la fría parálisis en sus piernas y parte baja, no la dejaba acercarse. Solo podía estar allí, de pie, observando aquel muro de sombra negra. El silencio fue absoluto, no podía percibir los latidos de su corazón, más sí sentirlos como una cosquilla en el pecho. Los latidos eran constantes, apretados. Se volvieron palpitaciones cuando vio algo saliendo de la sombra. No fuertes, rápidas palpitaciones golpeaban y golpeaban su interior mientras de la oscuridad emergieron las llaves, colgando de una mano escuálida. Eva despegó las manos de la mesada, tan concentrada en el brillo de las llaves, que no se permitió pestañear. Todavía con las piernas heladas y tensas, comenzó a avanzar. Un pie, después otro, no importaba el dolor, no cerró los ojos. Las llaves seguían colgando en la mano blanca, como un adorno sin pulso. A un paso de la entrada, la mano se sumergió de nuevo en la oscuridad. Eva pestañeó entonces, antes de poner un pie en el baño. El herido.
Antes de poner su otro pie, fue agarrada desde el herido, arrastrando la mitad de su cuerpo adentro. Cayó de espalda, oyendo un crujido en ella y quedándose sin aire en el momento que la punta de una llave fue insertada en su herida abierta. Una, dos, y tres con la que abrió por completo la planta. La voz de Eva no salió.
Eran ahora ambas manos las que salieron de la oscuridad, solo para agarrarla de la camisa y arrastrar el resto de su cuerpo al baño. Eva era incapaz de levantar las piernas o emitir algún quejido pero también lo era de cerrar la boca o los ojos. Su cerebro estaba interrumpido por el dolor y el horror. Sin embargo, su cuerpo reaccionó ante la amenaza, aunque no con fuerza. Sus manos intentaron arañar los brazos de aquella cosa, pero no pudo penetrar su piel. Fue arrastrada adentro, sintiendo los trozos de espejo en el piso perforando y encajándose en sus piernas y espalda. Las manos escuálidas cerraron la puerta del baño.
Hubo silencio. El sol iluminó con más intensidad la cocina desde la pequeña ventana. Una sombra alcanzó la comisura de la puerta, y empezaron a tocar. Fueron varias veces. Se escuchó una voz llamando, y luego la sombra se dirigió a la ventana. El rostro de una mujer de mediana edad trató de ver hacia adentro y tocar tambien desde el vidrio. El teléfono de Eva sonó dos veces. La mujer se alejó y se oyeron más voces a los pocos minutos.
Dos horas pasaron hasta que el dueño del alquiler y dos policías abrieron la puerta. El dueño se quedó afuera, junto con la señora y otra mujer que mecía una niña bebé en sus brazos. Hablaban con angustia, y se asomaban impacientes, pero un policía cuidaba la entrada mientras el otro investigaba el interior. Intentó encender la luz, pero los focos estaban rotos. Tuvo que utilizar una linterna.
Observó el desastre de la cocina, los objetos caídos, la suciedad. Notó las huellas rojas y las siguió hasta la habitación. El reloj de pared estaba detenido a las 6:12, la cama estaba limpia y ordenada, el gran espejo, intacto. Vio un teléfono junto a la cama, pero no tocó nada.
Tras un rato observando, regresó a la cocina, vio más huellas que iban hacia el baño. Sacó su arma y le hizo una seña a su compañero, que alejó a los demás y cerró la puerta antes de acercarse para cubrirlo. El policía empujó la puerta y apuntó con la luz y la linterna. Lo primero que iluminó fue el rostro de una mujer de pie. Intercambiaron unas palabras, ella se veía indiferente y confundida. Los policías le pidieron que los acompañe. Ella salió del baño y cerró la puerta tras de sí.
Le preguntaron por las huellas, ella comentó que se había lastimado el pie. Al salir del departamento, la señora y la mujer con el bebé corrieron a abrazarla. Hicieron unas preguntas exasperadas, se alegraron y también lloraron, aunque la mujer solo sonreía y respondía. Los policías hablaron con el dueño, con las mujeres, y todo pareció haber sido una confusión. Después de un rato, los policías se retiraron. Las mujeres hablaron un rato más entre ellas y el dueño. Le propusieron algo, pero la chica rechazó con una sonrisa. Otra hora pasó, la señora y la mujer con el bebé también regresaron a su hogar.
Tras despedirse, la mujer volvió al departamento, descalza, y cerró la puerta tras de sí. El sol ya se había escondido, el interior de la casa estaba negro.
La mujer caminó directo al baño, en silencio. Empujó la puerta, y entró.








