Prólogo
Dicen que la mente tiene poder, que el pensamiento puede manifestarse en acciones y reacciones en el cuerpo.
¿Pero alguna vez han pensado qué pasaría si esos pensamientos lograran tomar forma?
Siempre han existido entre nosotros: seres creados a partir del pensamiento colectivo, seres nacidos de nuestros miedos, deseos y pasiones.
Han tenido muchos nombres a lo largo de los siglos, pero ahora esta es la historia de cómo el fenómeno que les dio vida… casi invade el nuestro.
—Japón, año 789—
Una gran guerra azotaba el país. Las tropas Emishi no daban descanso alguno; eran firmes, letales y, sobre todo… feroces.
Miedo, agonía, tristeza, dolor y furia.
Emociones humanas primitivas, emociones que cientos de personas sentían día tras día.
Entre guerreros, familias abandonadas y víctimas de daños colaterales, la guerra era un fenómeno que no conocía el alto en su marcha fúnebre.
Las lágrimas y la sangre teñían el suelo. Los cadáveres putrefactos eran una muestra clara de los horrores que podía provocar el salvajismo.
Y, sin que nadie lo supiera, todas aquellas emociones estaban alimentando algo.
Algo que todavía no tenía forma estaba a punto de despertar.
Hace años, cuando inició la guerra, comenzaron a ocurrir fenómenos inexplicables.
Sombras deformes, manos invisibles y la sensación de que algo observaba a los pobladores se volvieron cosa de casi todos los días.
Era tan solo una ligera manifestación de la acumulación de tantas emociones y pensamientos negativos.
En el campo de batalla, un fuerte temblor hizo estremecer la tierra, provocando que las casas de los alrededores colapsaran.
Enormes grietas comenzaron a formarse desde el manto inferior, extendiéndose por la tierra hasta que…
Él nació.
Una gigantesca criatura emergió de las grietas, saliendo desde una especie de portal que solo conectaba con aquello que la mente humana podría imaginar como el “vacío”.
Alimentada por décadas e incluso siglos de dolor, la nueva bestia se alzó ante los guerreros.
Miradas atónitas. Ojos desorbitados. Hombres que no podían apartar la vista de aquel ser que desafiaba toda ley natural.
Ante ellos, todo orden establecido se quebraba sencillamente por la existencia de aquella nueva especie.
Una especie que había llegado para quedarse.

La anomalía solo se quedó mirándolos por un rato, como si estuviera analizando su propia existencia y su nuevo propósito.
Hasta que, de un solo garrazo, arrancó una gran franja de tierra, lanzando por los aires a los humanos que encontraba.
Ellos intentaron defenderse. Fue inútil.
Sus armas solo chocaban contra él, sin causarle siquiera una microherida.
En ese momento, las placas de su espalda comenzaron a vibrar con gran intensidad, hasta que un sonoro rugido salió de su hocico.
Un gigantesco pulso fue emitido en todas direcciones.
Más grietas comenzaron a formarse a lo largo de la tierra.
La bestia prosiguió con su ataque, ahora dirigiéndose a gran velocidad hacia las ciudades vecinas.
No hubo tiempo de evacuar.
No hubo tiempo ni siquiera de reaccionar.
Solo pasó como un haz de luz y… todo quedó reducido a escombros.
Sencillamente, arrasó con todo sin siquiera detenerse a mirar.
Los humanos que estaban en la guerra solo pudieron observar. No podían procesar qué era lo que acababa de pasar.
Aquella criatura era algo que jamás habían visto.
Algo que podía acabar con la vida que conocían.
No pasó mucho tiempo para que ocurrieran más avistamientos de la criatura.
Esta vez, fulminó 5 pueblos enteros y 2 ciudades en menos de 2 horas, hasta que finalmente se resguardó en una montaña y dejó de moverse.
La noticia llegó a oídos del emperador, pero… eso no era todo.
Durante los días siguientes, más monstruos comenzaron a invadir los pueblos y las ciudades.
Y, en poco tiempo… el mundo.
Seres que representaban pensamientos, ideas, pesadillas y emociones comenzaron a nacer después del ataque de aquella bestia, que inútilmente sería bautizada como “Zaigan”.
Los monstruos que aparecieron serían llamados “Kyōkai”.
Los pobladores que se encontraron con uno de ellos y lograron sobrevivir coincidían en varias cosas:
- No podían ser lastimados, heridos ni asesinados por armas de ningún tipo.
- No todos eran agresivos. Algunos incluso podían llegar a ser amigables y empáticos.
- No dejarían de aparecer mientras la entidad conocida como Zaigan siguiera con vida.
Pasarían los años y el fenómeno Kyōkai se volvería cada vez más preocupante.
Los protocolos para contenerlos se hacían cada vez más inútiles, debido a que ciertos Kyōkai no atacaban físicamente, sino que atacaban la mente.
El reinado del emperador se vino abajo por aquellas criaturas, pero hubo una idea que dejó para su sucesor.
Una idea demasiado simple, pero que llevaría años en realizarse.
Deberían combatir fuego con fuego.
Durante los últimos años de su reinado, se puso en marcha la idea de frenar de una vez por todas a los Kyōkai.
Un grupo de guerreros honorables que pudiera controlar su propia mente y crear Kyōkai mediante pura fuerza de voluntad.
En la era Heian, en el año 794, surgió una nueva clase guerrera que se convertiría en un símbolo de esperanza.
Los samuráis.
El primer grupo de samuráis salió a combatir.
Años de entrenamiento, años de preparación, finalmente dieron sus frutos.
El líder blandió su katana y ocurrió algo impensable cuando se enfrentó a una de aquellas bestias.
La hoja afilada atravesó la carne del Kyōkai con una facilidad que parecía un sueño.
Una pequeña muerte para aquella especie.
Un gran paso para la humanidad.
Los samuráis, al ver que finalmente podían matar a esas criaturas, decidieron iniciar una gran guerra en contra de aquellos seres que tanto habían atormentado a las familias.
El emperador daría inicio a la gran era de los samuráis, nombrándolos como defensores de Japón.
Las grandes campañas de exterminación de Kyōkai se extenderían por grandes zonas.
Pueblos serían salvados. Ciudades liberadas de la amenaza.
Todo iba de bien en mejor.
Pero esta gran matanza… llamó su atención.
Zaigan retomaría su actividad, destruyendo de un solo movimiento de su brazo aquella montaña.
Soltaría un rugido furioso al sentir cómo los de su especie eran asesinados, así que tomaría represalias.
Volvió a moverse a gran velocidad, pero esta vez no atacaría Japón directamente.
Decidiría dirigirse hacia los territorios vecinos, donde los humanos no podían defenderse adecuadamente contra él.
Su primer objetivo sería la dinastía Tang. Zaigan arrasaría varias regiones de su territorio, sembrando el caos y haciendo que miles de personas sucumbieran ante la desesperación.
Después dirigiría su atención hacia la península de Corea. Ciudades y asentamientos de Silla caerían uno tras otro ante su paso.
Al norte, los territorios de Balhae tampoco escaparían de su furia. Sus ataques se extenderían por las regiones que conectaban el reino con el continente.
En poco tiempo, gran parte de las tierras que mantenían contacto con Japón habían sido devastadas.
Zaigan no estaba atacando al azar.
Quería aislar a Japón.
Quería asegurarse de que nadie pudiera acudir en su ayuda.
El Imperio japonés estaba aterrado. Aquella bestia parecía saber lo que estaba haciendo; parecía que ahora sí habían conseguido enfurecerla.
Se fortalecía cada vez más con cada ataque, con cada nación que llegaba a conocer su existencia.
Los samuráis sabían perfectamente que no podían enfrentarlo. No con el poder que tenían ahora.
Zaigan volvió a su inactividad. Se sentía satisfecho por el caos que había provocado.
Ahora, los de su especie tenían más fuerza para acabar con los humanos.
La guerra entre los humanos y los Kyōkai se hacía más y más intensa con el pasar de los años.
Las academias para entrenar a futuros samuráis se hacían cada vez más comunes, debido a que aquellas bestias eran cada vez más fuertes.
Hasta que algo horrible ocurrió.
Uno de los samuráis cayó en batalla, siendo despedazado por un Kyōkai.
Esto desestabilizó al equipo, dejándolos vulnerables ante la amenaza.
Sus ataques eran cada vez más débiles. Uno a uno, serían fulminados por aquellas bestias de pesadilla.
Los samuráis poco a poco iban perdiendo territorio. No estaban en su mejor momento; sus mentes empezaban a deteriorarse por el estrés, el cansancio y el miedo.
A pesar de su entrenamiento y sus batallas, enfrentarse constantemente a seres que superaban por mucho a los humanos ya les estaba pasando factura.
Pero, para suerte de todo Japón, la nueva generación de samuráis ya estaba lista para combatir, uniéndose a la alineación original.
Al haber desarrollado nuevas artes de meditación y control del pensamiento interno, la nueva generación poseía una mayor capacidad para manifestar sus propios Kyōkai.
Con esta nueva alineación, rápidamente pudieron recuperarse y eliminar varios de aquellos monstruos con una facilidad aterradora.
Zaigan no toleraría más esto.
Las montañas temblaron. El suelo se quebraría con pavor.
El Kyōkai Primordial volvería de su letargo, solo que ahora estaba decidido a acabar con los samuráis.
Al levantarse, rastreó la energía de aquellos “traidores”.
No se refería a los humanos.
Se refería a los Kyōkai que habían decidido luchar junto a ellos.
Entonces dijo algo.
Una palabra completamente humana, pronunciada con un tono que parecía estar bañado en odio.
—Ustedes.
Se dirigió hacia la capital, pero en su trayecto algo lo impactó de lleno.
Sintió cómo una afilada hoja atravesaba su carne, desgarrándole ligeramente el hombro.
Nunca había experimentado el dolor en carne viva. Era algo nuevo, pero también molesto.
Los samuráis se habían posicionado frente a las fronteras de la capital, realizando un ritual en el que concentraban sus mentes y sus Kyōkai en un solo ataque.
O, en este caso, en varios.
Zaigan volvió a emitir otro pulso, atrayendo a los Kyōkai cercanos hacia la capital y dándoles la orden de detener a los samuráis.
Hordas de seres aberrantes se dirigieron hacia los guerreros honorables, pero no contaban con que los pobladores también se unirían a la pelea.
Con armas y trampas, intentaron comprar tiempo para que los samuráis pudieran derribar a la bestia colosal.
Uno a uno, los Kyōkai serían frenados y retenidos.
Otro corte gigante impactaría al coloso, esta vez provocándole un dolor aún más agudo y obligándolo finalmente a atacar.
Se dirigió a toda velocidad contra el ritual, golpeando lo que parecía ser una barrera mental que protegía a los guerreros.
Golpe tras golpe, Zaigan iba destruyendo la protección a un ritmo acelerado, pero al mismo tiempo se había descuidado en algo: no se estaba defendiendo.
Sintió cómo unas manos gigantes lo golpeaban en el rostro, mientras otro corte atravesaba su pecho con una velocidad aterradora.
El Kyōkai decidió utilizar un ataque devastador. Sacrificó al resto de su especie que se encontraba en la capital, almacenando sus energías en su boca y concentrándolas en un poderoso ataque de energía.
El impacto fue a quemarropa contra la barrera. Zaigan sintió la enorme resistencia de la voluntad humana, como si algo estuviera desgarrándose dentro de su ataque.
Otro poderoso corte atravesó su cabeza, destruyendo gran parte de lo que sería su cerebro.
El cuerpo de Zaigan quedó inmóvil. Por unos segundos, la barrera mental también cayó.
El Kyōkai comenzó a desmoronarse. Su cuerpo se fracturó en múltiples pedazos y se deshizo como ácido.
Por fin, él había caído.
Pero la victoria tuvo serias consecuencias.
Varios samuráis de la primera y segunda generación perdieron sus Kyōkai al romperse la barrera, cayendo en un estado de coma e incluso… sufriendo muerte cerebral.
El mayor de los males había sido eliminado, pero las consecuencias aún continuaban.
Muchos Kyōkai seguían regados por todo Japón. Incluso otros habían surgido durante la batalla.
La guerra contra estos seres aún no terminaría.
Pero, por el momento, estaban desprotegidos. El futuro de Japón aún era incierto, pero muy pronto una nueva generación de estos valientes guerreros se alzaría.
Y así fue durante los siguientes siglos.
La vida con los Kyōkai se volvería cada vez más común, incluso llegando a existir enciclopedias que registraban los tipos de seres que existían.
Los humanos aprendieron a convivir con ellos, estudiarlos y, cuando era necesario, combatirlos.
Los samuráis también evolucionaron.
Nuevas técnicas, nuevas formas de meditación y nuevas maneras de manifestar Kyōkai fueron desarrolladas generación tras generación.
Hasta que, muchos siglos después…
—Japón, año 1470—
La era de los samuráis había alcanzado su decimosexta generación.
Los Kyōkai ya no eran una leyenda.
Eran parte del mundo.
Pero mientras Japón se hundía nuevamente en una época de guerras…
Algo estaba a punto de cambiar.
Muertes, epidemias, hambruna… todo eso se extendía a lo largo del planeta.
Las emociones que alguna vez dieron vida a un Kyōkai tan poderoso que podía arrasar ciudades se estaban acumulando de nuevo.
Era solo cuestión de tiempo para que él volviera.
-Continuará






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