Capítulo 1: El despertar
En una hermosa mañana tropical, la arena blanca resplandecía bajo el sol y el agua cristalina rodeaba la isla. En la playa se encontraba una persona inconsciente, con un libro sobre su abdomen. Los sonidos de la fauna resonaban por toda la isla que podía despertar a la persona en cualquier momento.
No obstante, el hombre dormido gruñía con los ojos fuertemente cerrados, mientras el sol le golpeaba el rostro. El joven despertó lentamente abriendo los párpados y miró a su alrededor. Luego, giró la cabeza de un lado a otro y se dio cuenta de que estaba perdido, sufrió un ataque de pánico y empezó a gritar, lo que hizo que los animales huyeran asustados por el estruendo producido por el hombre. También vio sus manos bronceadas y unos dedos firmes y fuertes.
—¡Qué carajos! —dijo el joven al observar sus manos y sus brazos musculosos.
Luego miró el libro que estaba en su regazo y lo agarró para leerlo, las páginas resultaron estar en blanco cuando lo hojeó. De repente, miró hacia abajo y vio que su cuerpo era grande y musculoso; se levantó del suelo y empezó a examinarse.
“Joder, este no es mi cuerpo”, pensó el muchacho. Ahora que el miedo ya se desvanecía y pensaba con claridad, empezó a mirar la playa. “¿Qué pasó?”, pensó el hombre consumido en sus pensamientos, no recordó nada de cómo llegó la isla y de su vida. Sus recuerdos estaban nublados cada vez que exploraba su mente y no encontró la causa de dichos eventos. Se dio por vencido por ahora, ya que en un futuro le revelaría las respuestas de su verdadero identidad.
— ¡Hola! ¿Hay alguien aquí? —gritó el joven, por si encontraba a otra persona en esta isla.
Caminó hacia el mar cristalino y vio su reflejo. Tenía el cabello corto y negro, una mandíbula fuerte, la piel bronceada, abdominales bien marcados y grandes pectorales. Lo que más le impresionó fue ver el pene flácido que colgaba entre sus piernas, de aproximadamente 15 centímetros, y el tamaño de sus testículos, idénticos al de una pelota de béisbol.
—Y eso que está durmiendo, imagínate cómo estará cuando esté parado —murmuró el muchacho y volvió a mirar su reflejo.
Además, su rostro era hermoso, con ojos violetas y una sonrisa encantadora, lo que emocionó aún más al joven.
—A las damas les va a encantar —dijo el joven con una sonrisa en el rostro.
Volvió para recuperar el libro que había dejado en la playa y miró las palmeras para ver si encontraba algo para comer.
— Primero lo primero: construir un refugio —dijo el muchacho mientras corría hacia la jungla en busca de materiales.
El hombre fue a buscar hojas de las palmeras. Sacudió una de ellas para hacer caer los cocos, pero el tallo se movió bruscamente, lo que provocó que los cocos cayeran al suelo. Conmocionado, intentó probar algo más: movió su brazo y golpeó la palmera con el puño. Su brazo atravesó el tallo, sus ojos quedaron perplejo por el poder que tenía y no sintió dolor al golpearlo.
—No puede ser… —dijo el joven, estaba conmocionado y gritó eufóricamente: —¡Tengo superpoderes!
Sorprendido por lo que acababa de descubrir, decidió probar qué otras habilidades tenía, así que corrió de nuevo a la playa. El joven se agachó en la arena, extendió los brazos al suelo y comenzó a hacer lagartijas. Subía y bajaba sin cesar. Cuando llegó a cien lagartijas, puso su brazo derecho detrás de la espalda y continuó con sus lagartijas apoyándose con la mano izquierda. Luego cambió su posición al llegar a doscientas. Después, con una pierna elevada, siguió haciendo el ejercicio. Sucesivamente, cuando alcanzó las trescientas, realizó la flexión vertical. Tras contar hasta cuatrocientas, se detuvo, bajó sus piernas al suelo y continuó haciendo sentadillas en la playa mientras volvía a contar.
Al terminar su ejercicio, vio que no tenía ningún rastro de sudor, miró la playa y le surgió una idea.
“Y si corro…” pensó el muchacho. Sin dudarlo, flexionó la rodilla, bajó la cadera con las palmas apoyadas en el suelo, extendió la pierna y comenzó a correr. Llegó al otro extremo y volvió de nuevo con una velocidad impresionante. Le tomó diez segundos en ir y otros diez en regresar.
—¡Increíble, también soy veloz! —dijo el joven, emocionado por su velocidad. Volvió a correr pero esta vez dando la vuelta por toda la isla en apenas veinte segundos.
—¡Woohoo! —exclamó el muchacho. Corrió con fuerza, saltó con el puño en alto y golpeó el aire en señal de victoria.
El joven respiró lentamente, calmado, miró sus manos y sonrió.
—Veamos, si tengo fuerza y velocidad, entonces debo tener más habilidades —dijo, llevando una mano al mentón.
Con la mente ocupada, se olvidó que estaba varado en una isla desierta. Así que volvió a su tarea de construir un refugio y caminó hacia la palmera caída, arrancó las hojas y las movió hasta la playa. Luego agarró la otra palmera y la empujó con fuerza, lo que hizo que el tallo se rompiera y cayera al suelo con un estruendo. El hombre cargó la palmera en su hombro sin problema y la llevó hasta el lugar donde construiría su próximo refugio. Allí, clavó el tallo en el suelo y regresó para traer la otra palmera que derribó desde el principio.
—Muy bien, es hora de actuar —dijo el muchacho, crujiendo los nudillos para empezar a construir.
El joven se acercó hasta el borde de la vegetación, justo donde le daban sombras las palmeras y la arena de la playa comenzaba justo aquí. Tiene una vista increíble hacia el mar lo que fue una buena decisión de construir su refugio en este lugar.
—Despejaré de inmediato —dijo el joven, limpiando el terreno con sus manos.
Apartó las piedras, las ramas secas y demás escombros hasta dejar una superficie lisa. Luego clavó dos tallos en la arena a varios pasos de distancia. Después se fue a buscar a otra palmera más grande y la derribó empujándola con una sola mano. La levantó y se dirigió hacia los dos postes; luego, la colocó de forma horizontal sobre los soportes. . La estructura quedó firme gracias a su fuerza sobrehumana.
—Perfecto, ahora falta el techo —dijo el muchacho, asintió con la cabeza al ver su progreso.
El joven trajo ramas delgadas que consiguió en los límites de la jungla y las apoyó en diagonal contra el tronco horizontal. De este modo, formó un cobertizo inclinado orientado hacia la playa. Luego recogió hojas de la palmera y las colocó sobre el armazón, una encima de otra. También puso varias en el interior, sobre las paredes y el piso, para cubrir mejor el refugio.
El muchacho retrocedió unos pasos y observó su refugio. Tenía una forma triangular, con una entrada orientada hacia el mar y espacio suficiente para acostarse sobre las hojas secas.
—Nada mal para alguien que llegó perdido a la isla —dijo el joven con una sonrisa.
Viendo su proyecto finalizado, el muchacho miró el cielo y comprobó que todavía es de mañana, así que se dirige a recolectar los cocos que había dejado en la playa junto al libro. Agarró los cocos de la primera palmera que había derribado anteriormente, también toma el libro y vuelve al refugio. Se sienta en la entrada sobre las hojas secas y empieza a pelar parte de la piel de la fruta verde con una piedra afilada. Minutos después, logra llegar a la cáscara marrón y perfora para beber. Acerca el coco a su boca y sorbe el agua de su interior.
—¡Mmmm, qué rico! —dijo el joven mientras saboreaba el agua de coco.
Después de desayunar, el muchacho se acostó en las hojas del suelo y cerró los ojos para descansar y disfrutar dentro del refugio construido.
***
El hombre permanece tranquilo dentro del refugio, con los brazos detrás de su cabeza y la mirada fija en el techo de hojas. La brisa golpea suavemente las palmeras, mientras las olas chocan contra la orilla con un sonido constante. Desde que despertó por primera vez en esta isla, es en este instante cuando siente que realmente puede descansar, ha construido un refugio y ha descubierto que posee una fuerza extraordinaria y que también tiene la capacidad de moverse a una velocidad impresionante. Sin embargo, hay algo que todavía no deja de preocuparlo: el libro. Lo toma y coloca sobre sus piernas, pasa una página tras otra, pero todas continúan en blanco.
—¿Por qué tengo este libro? —murmura el joven, observando con el ceño fruncido—. ¿Y qué voy a hacer contigo? —como es de esperar, no recibe ninguna respuesta.
El muchacho suspira y cierra el libro, luego se acuesta nuevamente sobre las hojas secas; poco a poco sus párpados comienzan a pesarle: el calor, el sonido del mar y el sopor acumulado hacen que se quede dormido.
De repente, un ruido lejano lo despierta. Al principio cree que se trata de un sueño, pero abre los ojos con dificultad y se queda quieto, tratando de escuchar mejor. Entonces se repite el sonido: un estruendo grave y constante que proviene del mar.
—¿Qué demonios fue eso? —pregunta el joven al escuchar el ruido. Se incorpora rápidamente y sale del refugio.
El ruido se repite, cada vez más claro. El joven corre hacia la orilla y observa el horizonte. A lo lejos, una silueta oscura avanza sobre el agua.
Es un barco.
El muchacho está en shock, no puede creer que finalmente haya aparecido algo o alguien.
—¡Un barco! —grita el joven.
—¡Por aquí! —grita de nuevo, agitando los brazos y saltando, pero la embarcación continúa avanzando sin cambiar de rumbo. Quizá todavía no lo han visto—. ¡Estoy aquí!
Corre por la playa y busca algo que pueda llamar la atención. Entonces recuerda las hojas secas, las ramas y el tallo que había reunido para construir el refugio.
—Necesito humo para hacer señales —dijo el muchacho, buscando los objetos para hacer una fogata.
Sin perder el tiempo, junta varias ramas secas y las coloca en un espacio despejado. Después añade las hojas verdes encima para generar un humo más denso, con la ayuda de dos piedras logra sacar chispas y prender el fuego, que crece rápidamente. Una pequeña nube gris se eleva sobre la playa. El joven alimenta la fogata con más hojas verdes y ramas hasta que una columna de humo se extiende hacia el cielo.
—¡Por favor, mírenme! —gritó el joven, pero observa cómo el barco continúa alejándose.
Siente que el corazón le aprieta el pecho; es la única oportunidad de salir de esta isla. Si desaparece detrás del horizonte, tal vez no vuelva a pasar un barco durante días, semanas o incluso meses.
“No me dejas otra opción” pensó el muchacho, empieza a correr por la playa a alta velocidad y se dirige a las palmeras para derribar los tallos utilizando sus propias manos. Después, los arrastra hasta la zona despejada y forma tres fogatas separadas colocadas de forma triangular. Aunque no sabe cómo esa técnica puede ser útil, le recuerda haber visto en algún lado.
—Tiene que funcionar… por favor, funciona —dijo el joven, que está nervioso por saber si su plan tenga éxito o fracase en el intento.
Enciende la primera fogata, luego la segunda y finalmente la tercera. El humo comienza a elevarse desde los tres puntos; el barco reduce lentamente la velocidad y el joven abre los ojos con esperanza.
—¿Me vieron? —se preguntó el muchacho.
Una figura aparece en la cubierta. Después surge otra, las personas a bordo parecen señalar a la isla.
—¡Sí! ¡Sí, me vieron! —dijo el muchacho, saltando y agitando los brazos. A pesar, de la distancia supo distinguir el movimiento de la embarcación cuando cambia de dirección.
Mientras tanto, el hombre observa con atención el velero, tiene un casco robusto de color marrón oscuro, una proa elevada y una popa amplia decorada con ventanas y detalles ornamentales. Cuenta con varios mástiles altos, numerosas cuerdas y grandes velas de color crema. En la cima del mástil mayor ondean dos banderas rojas, mientras que varias telas triangulares se extienden a los lados para aprovechar el viento.
Varias figuras aparece en la cubierta se mueven con prisa y señalan hacia la isla. Entonces, alguien grita para detener la nave:
—¡Ah del barco! —grita uno de los tripulantes—. ¡Hay alguien en esa isla!
El capitán se lleva una mano a la frente para protegerse del sol y examina la playa con atención.
—¡Veo el humo! —ordena el capitán desde la cubierta—. ¡Preparad la maniobra de aproximación!
Los marineros corren hacia los mástiles y aflojan algunas drizas, sueltan partes de las escotas para que las velas pierdan fuerza. Al mismo tiempo, otros tripulantes aseguran los cabos principales y alista el ancla. Las velas desinfladas flamean al viento durante unos instantes y reducen el impulso de la embarcación. Con la marcha bajo control, el velero avanza despacio hacia la orilla hasta quedar suspendido sobre las olas, a una distancia segura de la costa. .
—¡Mantened el barco estable! —ordena el capitán—. ¡No permitáis que la proa se desvíe hacia las rocas!
El barco se queda detenido sobre el agua, con el costado orientado hacia la isla. La tripulación aprovecha para descolgar una escala de cuerda y arriar una pequeña embarcación auxiliar.
—¡Lanzad el bote! —ordena el capitán—. ¡Y que dos hombres bajen a buscarlo!
Por otro lado, el muchacho ve cómo un pequeño bote tripulado por varios marineros que reman hacia la playa. Cuando llegan a la costa los marineros le hacen algunas preguntas para asegurarse de su estado.
—¿Te encuentras bien? —pregunta un marinero de hombros anchos y piel oscura.
—Sí, estoy bien, solo mareado porque desperté aquí sin recordar nada —dice el hombre con un leve gruñido, en voz calmado y directo, mientras se lleva una mano en la frente.
El marinero de piel oscura observa al hombre, de aspecto musculoso y bronceado que sostiene un libro entre los brazos, pero decide no hacer más preguntas.
—Sube. El capitán quiere hablar contigo —dijo el marinero con seriedad.
Así el protagonista mira por última vez la playa y el refugio donde había despertado. Los marineros empezaron a remar dirigiéndose hacia al barco. Mientras reman, el hombre se esfuerza por recordar de algo antes de despertar, al final fue en vano. En silencio, fija la vista en la estructura de madera del velero cada vez más cercano.
“Una gran aventura nos aguarda; estaré preparado para lo que viene” piensa el hombre mientras se aleja de la playa.
Con la mirada fija en el barco, el joven sin pasado se adentra en lo que será el verdadero comienzo de su viaje.

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