Capítulo 1
En algún punto del centro de Monterrey, entre las calles llenas de tráfico, puestos de comida y edificios que parecían haber sido construidos unos encima de otros, había un call center.
No era particularmente grande ni particularmente bonito.
Se llamaba Asociados y Seguros Nueva Esperanza S.A. de C.V., un nombre demasiado largo para un lugar donde casi todos terminaban refiriéndose a él simplemente como el call center.
Estaba cerca del Metro, rodeado de otros edificios de oficinas, pequeños comercios. En esa zona había tantos que uno podía encontrarse con personas haciendo prácticamente lo mismo: ponerse unos audífonos, abrir un sistema y tratar de resolver problemas.
Era uno de tantos lugares en los que la gente iba a trabajar sin saber muy bien cuánto tiempo pensaba quedarse.
Algunos estaban ahí por su primer empleo. Otros llevaban meses diciendo que iban a renunciar la próxima semana. Otros llevaban años diciendo exactamente lo mismo. Había quienes habían llegado siendo adolescentes y ahora, después de tantos años, ya no sabían qué otra cosa podrían hacer.
Gente sociable.
Gente insoportable.
Gente que necesitaba el dinero.
Gente común.
No importaba.
En medio de todos ellos estaba nuestro grupo.
Y, aquella mañana, Marco llevaba aproximadamente dos horas preguntándose por qué seguía ahí.
—Te juro que se lo expliqué como cinco veces.
Marco tenía los audífonos puestos y miraba fijamente la pantalla mientras esperaba que entrara otra llamada.
A su lado, Tomás giró ligeramente la silla.
—¿Cinco?
—Cinco.
—¿Y entendió?
Marco soltó una risa seca.
—No.
Tomás se quedó unos segundos en silencio.
—Entonces fueron seis.
Marco lo miró.
—¿Qué?
—La sexta vez seguramente sí entendió.
Marco negó con la cabeza.
—Le expliqué que tenía que acudir personalmente. Me preguntó si podía hacerlo por internet.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
—¿Y qué dijo?
—Que por qué.
Tomás soltó una carcajada.
Marco intentó aguantarla, pero terminó riéndose.
—No tiene sentido —dijo—. Le expliqué exactamente lo mismo cinco veces.
—A lo mejor quería que le dieras otra respuesta.
—Pues no tenía otra.
—Entonces la culpa es tuya.
—¿Mía?
—Sí. Debiste inventarle una.
Marco volvió a mirar la pantalla.
—“Señor, si gira tres veces sobre sí mismo y dice su número de póliza frente a un espejo, el sistema le permitirá hacerlo desde casa.”
Tomás se tapó la boca para no reírse.
—Eso sí lo hubiera entendido.
Los dos intentaron contenerse.
No lo consiguieron.
Tomás soltó una carcajada demasiado fuerte.
—¡Tomás!
La voz de Saúl llegó desde unos cuantos lugares atrás.
Tomás se enderezó inmediatamente.
—¿Qué?
Saúl se levantó de su silla y caminó hacia ellos.
Era de esos hombres que podían hacer que una reprimenda pareciera parte de la rutina diaria.
Se detuvo junto a Tomás.
—¿Qué parte de “hay que guardar silencio” no entiendes?
—Estábamos hablando bajito.
—Sí, claro. Y yo soy nuevo aquí.
Saúl señaló los audífonos de Tomás.
—Hay compañeros atendiendo llamadas. Si estás riéndote como si estuvieras en una cantina, los desconcentras.
Tomás asintió.
—Sí, señor.
Saúl lo miró unos segundos.
—Y otra cosa...
Tomás esperó.
—Aquí venimos a trabajar.
—Sí, señor.
—No a estar jugando.
—Sí, señor.
—Ni haciendo ruido.
—Sí, señor.
Saúl se quedó callado.
Después añadió:
—Y menos cuando viene el director.
Tomás parpadeó.
Marco levantó la vista.
Saúl miró hacia el pasillo por donde, efectivamente, unos segundos después apareció uno de los directivos.
Saúl regresó a su lugar.
Tomás esperó a que se alejara.
—Le importaba más que lo viera el director.
Marco sonrió.
—Obviamente.
—¿Entonces por qué me dio todo ese sermón?
—Porque funciona.
Tomás negó con la cabeza.
—Qué hipócrita.
En ese momento entró una llamada.
Tomás miró su pantalla y dejó de sonreír.
—Me tocó.
—Suerte.
Tomás se acomodó los audífonos.
—Gracias. La necesitaré.
Marco volvió a mirar su monitor, pero unos segundos después desvió la vista.
No estaba buscando a nadie en particular.
Al menos eso se dijo.
Miró hacia el otro lado del piso.
Entre filas de escritorios, pantallas y personas con los audífonos puestos, alcanzó a distinguirla.
Serena estaba de pie junto a otra asesora.
Era una mujer mayor que llevaba tantos años en la empresa que algunos de los empleados más jóvenes decían que probablemente ya trabajaba ahí antes de que ellos nacieran. Estaba cerca de jubilarse y Serena conversaba con ella como si no tuviera ninguna llamada esperando.
La mujer dijo algo.
Serena se rio.
Después se despidió con un gesto de la mano y volvió a su lugar.
Marco la observó durante un par de segundos más.
Hasta que una palmada cayó sobre su escritorio.
—¡Eh!
Marco dio un pequeño salto.
Saúl estaba junto a él.
—¿Qué pasó?
—Que dejes de distraerte.
—No estaba distraído.
Saúl miró hacia donde Marco había estado observando.
Después volvió a mirarlo.
—Ah.
Marco supo inmediatamente lo que venía.
—No.
—Las mujeres son la perdición, muchacho.
Nadie dijo nada.
Saúl esperó.
Nada.
Miró a Marco.
Después miró a Tomás, que seguía atendiendo su llamada.
—¿Nadie se va a reír?
Marco negó lentamente con la cabeza.
—No.
—Qué ambiente tan muerto.
Saúl volvió a su escritorio.
Marco soltó una pequeña risa por lo bajo.
No por el chiste.
Por la seguridad con la que Saúl había esperado que alguien se riera.
Un rato después, cuando Tomás terminó su llamada, volvió a girarse hacia Marco.
—¿La viste?
Marco supo inmediatamente de quién hablaba.
—Sí.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Por qué nunca la invitas a salir?
Marco soltó una pequeña risa.
—Porque probablemente me va a decir que no.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Pues que te diga que no.
—Gracias por el apoyo.
—De nada.
Marco miró la pantalla.
—Además, seguramente me ve como amigo. O compañero. No sé.
Tomás se encogió de hombros.
—Es una buena chica.
—Sí.
—Tan buena que probablemente te diga que sí por cortesía.
Marco lo miró.
—Eso no me ayuda.
Tomás sonrió.
—Era broma.
—Ya sé.
—Aunque deberías intentarlo.
Marco no respondió inmediatamente.
Volvió a mirar la pantalla.
No parecía muy convencido.
—Algún día.
—Ese “algún día” lleva meses.
Antes de que Marco pudiera responder, Saúl volvió a hablar desde atrás.
—¡Ustedes dos!
Tomás cerró los ojos.
—Ya viene.
—¿Qué les dije de estar hablando?
—Que no habláramos.
—Exactamente.
Tomás miró a Marco.
—¿Ves? Ni siquiera podemos enamorarnos tranquilos.
—Trabajen.
—Sí, señor.
Marco llevaba meses trabajando ahí.
Cinco, para ser exactos.
Y durante esos cinco meses había aprendido varias cosas.
Había aprendido a reconocer cuándo una llamada iba a ser difícil desde los primeros diez segundos.
Había aprendido qué clientes gritaban porque estaban enojados y cuáles simplemente gritaban porque podían.
Había aprendido a detectar el tono de voz de un supervisor cuando realmente estaba molesto y cuándo solamente quería aparentarlo.
Y también había aprendido que Serena siempre sonreía.
No importaba demasiado qué estuviera pasando.
Podía estar terminando una llamada complicada, ayudando a alguien nuevo, llevando documentos de un lado a otro o simplemente hablando con otra persona.
Siempre tenía algo amable que decir.
Siempre parecía encontrar la manera de ayudar.
Para Marco, eso era probablemente lo que más le llamaba la atención.
No sabía exactamente cuándo había comenzado a fijarse en ella.
Quizá había sido durante alguna llamada.
Quizá durante un descanso.
Quizá simplemente había sucedido poco a poco, como casi todas las cosas que uno no nota hasta que ya llevan demasiado tiempo ahí.
Serena llevaba más tiempo que él en la empresa.
Dos años y medio.
Conocía prácticamente todos los procedimientos, sabía dónde encontrar cada cosa y podía ayudar a un empleado nuevo sin siquiera levantarse de su lugar.
Era de esas personas que parecían encajar perfectamente en cualquier sitio.
Y Marco no podía evitar mirarla de vez en cuando.
Cerca del final de la jornada, Saúl llamó a Marco.
—Necesito que lleves esto al grupo de Miriam.
Le entregó una carpeta con varios documentos.
—Son los F1.
Marco la tomó.
—¿Todos?
—Sí. Necesito las firmas de los asesores.
—¿Ahorita?
—No, el próximo martes.
Marco lo miró.
Saúl sonrió.
—Sí, ahorita.
Marco tomó la carpeta.
—Está bien.
Saúl volvió a su computadora.
—Y no te tardes.
Marco empezó a caminar hacia el otro lado del piso.
No sabía que Saúl había escogido precisamente a él.
O, si lo sabía, no le dio demasiada importancia.
Cuando llegó al área de Miriam, ella levantó la mirada.
Primero vio a Marco.
Después vio la carpeta.
Y su expresión cambió ligeramente.
—¿Qué necesitas?
—Traigo los F1 para las firmas.
Miriam extendió la mano.
—Dámelos.
Marco estaba a punto de entregárselos cuando recordó algo.
—Ah, también me dieron esto.
Sacó otro documento de la carpeta.
—Saúl dijo que lo llenaras mientras yo paso con los asesores.
Miriam miró el documento.
Después a Marco.
Después nuevamente el documento.
Parecía estar calculando cuánto le molestaba la situación.
Finalmente lo tomó.
—Pasa.
Marco sonrió.
—Gracias.
Miriam no respondió.
Marco siguió caminando entre los escritorios.
Una silla estaba vacía.
Otra también.
Y entonces escuchó una voz.
—¡Miriam!
Miriam levantó la cabeza.
Martha acababa de aparecer.
—Llegas dos horas tarde.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Martha dejó su bolso sobre la silla.
—Olvidé las llaves de mi carro en casa de mi mamá.
Miriam la miró.
—¿Y?
—Fui en camión hasta su casa.
—¿Y?
—Recogí las llaves.
—¿Y?
—Me regresé a mi casa.
Miriam permaneció en silencio.
Martha la miró.
—¿Qué?
—¿Por qué no te viniste en camión desde el principio?
Martha abrió la boca.
No respondió.
Volvió a mirar la silla.
Después miró a Miriam.
—...
Miriam cruzó los brazos.
Martha pensó durante unos segundos.
—No sé.
Se dio la vuelta y se sentó.
Miriam cerró los ojos.
—Dios mío.
Marco tuvo que contener una sonrisa mientras le entregaba a Martha los documentos.
—¿Me firmas esto?
Martha levantó la mirada.
—¿Qué es?
—Los F1.
—Ah.
Los firmó uno por uno sin hacer demasiadas preguntas.
—Listo.
—Gracias.
Marco recogió las hojas.
Después caminó unos cuantos lugares más.
Y entonces llegó al escritorio de Serena.
Ella levantó la mirada.
—Hola.
—Hola.
Serena sonrió.
Marco miró su cabello.
Llevaba un pequeño moño.
—Está bonito tu moño.
Serena tocó ligeramente el adorno.
—¿Sí?
—Sí.
Ella sonrió un poco más.
—Gracias.
Hubo un pequeño silencio.
No incómodo.
Solo breve.
—¿A qué hora sales?
—A las... —Serena miró su pantalla—. En unos veinte minutos.
—Ah.
—¿Y tú?
—Igual.
Serena volvió a sonreír.
—Entonces que tengas un gran día.
Marco soltó una pequeña risa.
—Todavía no termina.
—Bueno. Que tengas un gran final de día.
—Gracias.
Serena firmó los documentos.
Marco los recogió.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Y regresó a su lugar.
Tomás lo estaba esperando.
—¿De qué hablaron?
Marco se sentó.
—De los papeles.
—¿Nada más?
—Nada más.
Tomás lo miró unos segundos.
—Claro.
Marco se puso los audífonos.
—Trabaja.
Cuando terminó la jornada, Tomás se levantó y guardó sus cosas.
—Yo me voy directo a mi casa.
Marco se quedó sentado unos segundos.
—Yo voy a fumar.
Tomás lo miró.
—¿Otra vez?
—Estoy estresado.
—Eso dices siempre.
—Porque siempre estoy estresado.
Tomás sonrió.
—Bueno. Nos vemos mañana.
—Nos vemos.
Salieron por caminos distintos.
Marco encendió un cigarro y comenzó a caminar por el centro.
No tenía prisa.
El ruido de los autos se mezclaba con las voces de la gente que salía de trabajar, los camiones pasando por las avenidas y el movimiento habitual de la ciudad al final de la tarde.
Pensó en el trabajo.
En el cliente.
En Tomás.
En Serena.
Dio otra calada.
Y entonces vio algo en el suelo.
Primero no le prestó atención.
Un pedazo de tela.
Siguió caminando.
Después reconoció el color.
Se detuvo.
Era el moño de Serena.
Estaba tirado sobre la banqueta, sucio y ligeramente manchado.
Marco frunció el ceño.
Levantó la mirada.
A unos metros, en una banca, estaba Serena.
Estaba llorando.
No hacía ruido.
Solo permanecía sentada, encogida sobre sí misma, intentando abrazarse con un solo brazo.
Con la otra mano sostenía un chocolate.
Marco se quedó inmóvil.
Durante todo el día había visto a Serena sonreír.
Ahora la estaba viendo llorar.
Y, por primera vez, entendió que quizá nunca había sabido realmente cómo estaba.



![Fated to My Ex- Best Friend [Moving to Galatea]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_49edb1dbf9a28b50b9c4d68d8598359b.jpg)




