CAPÍTULO DE LAS BUGANVILIAS - Acto 1
Acto 1 - La flor escondida
—¡Mamita!… ¡Mamita!
La voz de un niño rompía la tranquilidad de un amplio jardín bañado por la cálida luz de la tarde. Corriendo entre césped y macizos de flores de vivos colores, buscaba con la mirada a la persona que siempre respondía a sus llamados.
—¡Estoy aquí, hijito!
Aquella voz dulce y familiar llegó desde la parte más alejada del jardín, donde crecían los árboles frutales. El niño sonrió de inmediato y echó a correr siguiendo el llamado.
Al llegar, la encontró sentada bajo la sombra de una frondosa higuera. La anciana descansaba sobre un pequeño banco de madera mientras sostenía un cuenco repleto de higos recién cosechados. El viento hacía danzar lentamente las hojas del árbol, proyectando sombras que se mecían sobre el suelo.
—Por fin te encuentro, abuelita.
—Ven, siéntate conmigo.
El niño obedeció sin dudar. Apenas tomó asiento, la anciana escogió dos higos maduros y los depositó cuidadosamente en sus pequeñas manos.
—Gracias, mamita.
Mordió uno de ellos con entusiasmo. La dulzura del fruto parecía no tener comparación alguna. Mientras saboreaba cada bocado, levantó la vista hacia el enorme árbol que los cubría. Su curiosidad infantil no tardó en salir a relucir.
—Abuelita tengo una pregunta… ¿por qué en todos estos años que este árbol nos ha dado higos nunca he visto una flor? ¿Acaso está triste?
La mujer soltó una breve risa, incapaz de contener la ternura que le provocaba aquella pregunta.
—Claro que no, hijito. Este árbol es muy feliz aquí.
El niño frunció ligeramente el ceño.
—¿Entonces, sí tiene flores?
—Por supuesto que sí. Yo misma las he visto.
Los ojos del pequeño se abrieron con asombro.
—¿De verdad? Y entonces… ¿por qué yo nunca he visto ninguna?
La anciana levantó lentamente la mirada hacia las ramas de la higuera. Durante unos instantes permaneció en silencio, como si recordara una vieja historia para después sonreír.
—Te contaré algo.
El niño acomodó su cuerpo de inmediato, completamente atento.
—Dicen que, durante una noche de luna llena, cuando el viento deja de soplar y el mundo entero guarda silencio, aparece la flor más hermosa que existe.
El pequeño escuchaba sin pestañear.
—La llaman… la flor del higo.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—No cualquiera puede verla. Solo se muestra ante las personas más afortunadas.
—¿Y cómo es?
—Es tan hermosa que ningún pintor podría retratarla. Pero apenas permanece unos segundos abierta. Cuando esos segundos terminan… la flor se marchita y, en su lugar, nace un delicioso higo.
El niño quedó maravillado.
—Abuela… ¿esa historia es real?
La anciana sonrió con absoluta tranquilidad.
—Claro que sí. Si no fuera real… ¿cómo crees que yo pude verla?
El pequeño contempló nuevamente la copa del árbol, imaginando aquella flor escondida entre las hojas. Quizá algún día él también tendría la suerte de verla. Seguido de esto, la anciana se levantó lentamente del banco y acomodó su vestido.
—Bueno, ya es hora de comer. Seguro que tu mamá ya terminó de cocinar. Vamos.
Vamos…. Aquella última palabra comenzó a repetirse una y otra vez.
Vamos… Vamos…
La voz de su abuela empezó a distorsionarse y la luz que atravesaba las hojas de la higuera se volvió cada vez más intensa. Un rayo de sol iluminó directamente el rostro del niño. Cada vez brillando más. Hasta que todo quedó completamente blanco. El niño cerró los ojos, dejando solo la oscuridad. Y, desde algún lugar lejano, un pitido constante empezó a abrirse paso entre el silencio.
Piiii… Piiii… Piiii…
El sonido aumentó de volumen hasta hacerse insoportable. Los párpados del joven se abrieron lentamente, viendo un techo blanco que ocupaba toda su visión. Parpadeó varias veces mientras intentaba enfocar. Sentía la cabeza pesada y el cuerpo completamente entumecido. Giró ligeramente el rostro, viendo que el pitido provenía de un monitor conectado a su brazo mediante varios cables. Identifico que era una habitación de hospital, inspirando profundamente, puesto que no entendía dónde estaba ni por qué. Al mover la vista hacia un costado descubrió a una mujer dormida sobre una pequeña mesa. Permanecía con la cabeza apoyada entre los brazos, como si el cansancio finalmente hubiera vencido a la preocupación.
El joven intentó incorporarse pero apenas levantó unos centímetros el torso, un dolor punzante atravesó su cabeza.
—Ah…
Se llevó una mano a la sien y dejó escapar un leve quejido. Ese pequeño ruido bastó para despertar a la mujer, quien levantó la cabeza sobresaltada. Cuando sus ojos, rodeados de profundas ojeras, se encontraron con los del joven. Permaneció completamente inmóvil por unos segundos, como si no pudiera creer lo que estaba viendo. Levantándose de golpe.
—¡Hijo!
Lo abrazó con tanta fuerza que apenas le permitió reaccionar.
—Gracias al cielo… gracias al cielo despertaste… Pensé que te perdía…
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—Debo llamar al doctor.
Antes de que el joven pudiera pronunciar una sola palabra, la mujer salió corriendo de la habitación. Él permaneció inmóvil sobre la camilla mirando la puerta para ver después sus propias manos. Puesto que sentía que todo aquello le resultaba completamente ajeno. No sabía dónde estaba, ni quién era, y tampoco entendía por qué aquella mujer había llorado al verlo despertar.
Pocos segundos después, la puerta volvió a abrirse. La mujer regresó acompañada por un médico de mediana edad, acercándose enseguida comenzó a revisar sus pupilas, comprobó sus reflejos y observó atentamente los constantes signos vitales que aparecían en el monitor. Todo parecía marchar correctamente. Finalmente, el médico sonrió con alivio.
—Parece que la recuperación va por buen camino.
Sin embargo, la siguiente pregunta del joven hizo desaparecer aquella expresión de inmediato.
—¿Quiénes son ustedes?







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