CAPÍTULO 1: EL REGRESO A CASA
El ronroneo discreto del motor del coche era el único sonido que rompía el silencio de hielo que se había instalado en el habitáculo.
Arthur conducía en un silencio sepulcral, manteniendo los ojos fijos en la carretera secundaria.
Su discreción era absoluta, pero el ambiente dentro era denso, asfixiante, cargado de una expectación que me hacía latir el corazón con violencia.
Mi madre permanecía a mi lado en el asiento trasero, con los ojos hinchados y un pañuelo arrugado entre los dedos, consumida por un llanto sordo que ya no tenía lágrimas.
En el asiento delantero, mi padre mantenía la vista fija en la carretera.
Tenía la mandíbula tan rígida que parecía tallada en el mármol más frío.
No me miraba.
No me hablaba.
El peso de su desprecio era un bloque de plomo que me oprimía el pecho de forma insoportable.
Sostuve la cabeza erguida contra el respaldo de cuero, cruzando los brazos con fuerza sobre la americana azul marino del Saint Jude, que permanecía desabotonada.
Bajo la tela de lana, mi piel aún ardía.
Las mentiras del internado habían terminado, pero el verdadero juicio aristocrático apenas comenzaba.
El trayecto hasta la capital se me hizo eterno, una tortura psicológica donde los kilómetros avanzaban al mismo ritmo que mi propia paranoia.
Arthur detuvo el motor.
Rodeó el coche para ayudar a bajar primero a mi madre y, acto seguido, me abrió la puerta a mí.
Agarré mi bolso y caminé hacia la entrada con la cabeza alta, forzando a mis piernas temblorosas a mantener el tipo.
En cuanto cruzamos las imponentes verjas de nuestra mansión de Londres y las pesadas puertas de roble se cerraron tras nosotros, la tormenta que se había contenido durante el viaje estalló con una violencia salvaje en mitad del gran vestíbulo.
—¡Es una aberración, Valerie! ¡Una maldita locura demente! —rugió mi padre, girándose de golpe nada más entrar, con el rostro pálido por una furia gélida que jamás le había visto—.
»¡Infiltrarte en un internado masculino de élite, suplantar la identidad, falsificar documentos para no ir a tu colegio, dormir en pabellones comunitarios rodeada de hombres...!
»¿Tienes idea de la deshonra pública que has arrojado sobre este apellido?
»¡Has arrastrado el honor de los Vane por el fango más asqueroso!
—Lo hice por Julian —respondí, forzando mi voz natural de mujer, sosteniéndole el escrutinio con una audacia que heredé de él—.
»Hablemos del honor de los Vane.
»Ese honor que consistía en ignorar los llantos de mamá en los pasillos mientras Julian se destruía.
»Te importaba Oxford, te importaban las malditas apariencias, pero pasabas olímpicamente de él.
¡ZAS!
El impacto de su mano abierta contra mi mejilla giró mi rostro de golpe.
El sonido de la bofetada resonó en toda la entrada.
La marca roja de sus dedos se dibujó de inmediato en mi piel, ardiendo con una humillación física que me escoció los ojos, aunque me tragué las lágrimas por puro orgullo.
—¡Edward, por Dios, basta! —gritó mi madre, cubriéndose la boca con horror.
—¡Cállate, Eleanor! —rugió mi padre, girándose hacia ella antes de clavar de nuevo sus ojos paranoicos en mí.
La suficiencia de mi padre estaba herida en lo más profundo—.
»Has violado el perímetro de una institución centenaria.
»El nombre de los Vane ha salido perjudicado, las empresas de Londres caerán antes del anochecer y la prensa nos destruirá.
—¿Qué han descubierto, papá?
»¿La verdad que el Saint Jude quería enterrar?
—No quiero volver a escuchar una sola palabra sobre lo que pasó en Saint Jude en esta casa —sentenció mi padre, dando media vuelta, recuperando su máscara implacable de hombre de negocios—.
»Te has comportado como una delincuente ordinaria, Valerie.
»Has jugado con nuestra cordura y vas a pagar el precio de tu transgresión.
Se giró despacio, mirándome desde su imponente altura.
»Arthur te llevará al piso de arriba ahora mismo.
»Vas a despojarte de esa aberración de uniforme, te vas a lavar la cara y vas a meter en una sola maleta lo estrictamente necesario.
—¿Para qué papá?
»¿A dónde se supone que iré? —pregunté en un hilo de voz, sintiendo que la asfixia regresaba a mi garganta.
—Al St. Mary’s —sentenció mi padre con una sonrisa fría, calculadora—.
»Un estricto internado femenino de élite en el condado de Lancashire, donde la disciplina se encarga de enderezar a las chicas indomables como tú.
»Volverás a llevar falda, Valerie.
»Volverás a lucir tu cabello y estarás bajo estricta vigilancia las veinticuatro horas del día.
»No saldrás de allí ni tendrás permisos hasta que yo lo decida.
Me dio la espalda, dando por terminada la conversación mientras subía las escaleras hacia las habitaciones.
Me quedé quieta en mitad del vestíbulo de mármol, mirando con cara de incredulidad a mi madre, buscando ayuda en ella y con la mejilla latiendo por el golpe de mi padre.
El castigo era oficial.
Había saltado todas las normas de esta casa y entre la hija perfecta y su padre se había creado una grieta profunda.
El destierro hacia la jaula del St. Mary’s acababa de comenzar.
Alistair Blackwood creía que podríamos comunicarnos.
Lo que su brillante mente racional no sospechaba... es que las mentiras se habían cobrado su primera víctima, y que nuestro próximo encuentro no sería en un pasillo, sino bajo el peso prohibido de una distancia que nos iba a quemar la piel.










