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Centinelas: La Ira del Invierno

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Summary

Cuando una criatura ancestral destruye el taller y secuestra a padre, Hope Claus se verá obligada a huir de su propio hogar y emprender un viaje peligroso para traerlo de vuelta, pero antes necesitará la ayuda de la única persona a la que todos advierten que no debe acercarse: Jack Frost.

Status
9h ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

1.


Siete infracciones. Ese numerito era un mantra tóxico que se repetía en la mente de Julien. Siete. Un número impuro, desordenado, deshonroso, inaceptable. El duende no podía siquiera permitirse imaginar el gesto de Nicholas Claus, su jefe: en el momento preciso en que Julien tuviera que confesar la verdad: su duende en entrenamiento, la criatura que él debía haber moldeado a su imagen y semejanza, había logrado la proeza, la desgracia absoluta, de incurrir en siete descaradas y monumentales faltas reglamentarias en un lapso exagerado de menos de sesenta minutos ¿Cómo podía ser eso posible?.

La bilis le quemaba la garganta de solo pensarlo, el ácido que ascendía desde su estómago hasta su pequeña boca con cada recuerdo de aquel desagradable asunto. Claus, el líder inigualable del Polo, Centinela de la Bondad y la Fe; pensaría sin lugar a dudas que Julien no era tan buen mentor como él seguramente esperaba. El pensamiento era un puñal afilado que no lo dejaba respirar con tranquilidad. Todos sus años de dedicación incondicional a la planta principal, ese tiempo precioso de su existencia invertido a perfeccionar el ensamblaje y la pulcritud de los juguetes, habrían sido completamente en vano gracias a ese… BUENO PARA NADA. Julien, el duende modelo, el aspirante a líder de escuadra, no lograría ascender. Se quedaría estancado. ¡Increíble!

Trescientos veinticuatro años, dos meses y cinco días de servicio intachable, de esfuerzo constante y de pulcritud obsesiva, ¿echados a la basura por un novato? Era una afrenta cósmica a la organización. Había mantenido una asistencia perfecta, tan precisa como el solsticio de invierno. Su puntualidad también era impecable, digna de un engranaje suizo. Había exhibido una eficiencia de envidiar que superaba a la de las máquinas mismas, y sus juguetes… WOW… Sus juguetes eran de una excelentísima calidad, reliquias que harían sonreír a cualquier niño en el mundo. ¿Pero quién, en los vastos y helados dominios del Polo Norte, se iba a imaginar que un aprendiz, un recién llegado sin entrenar, se transformaría en el catalizador de su caída? Cometiendo no una, ni dos, sino siete infracciones. SIETE.

Mientras Julien avanzaba por el pasillo principal de la planta de ensamblaje, sus diminutas piernas, enfundadas en pantalones de lana verde: se movían con una velocidad casi cómica. Propulsadas por la ansiedad y una furia contenida. El Taller zumbaba a su alrededor: era una sinfonía de martillos, sierras y alegría pre-navideña, pero Julien no escuchaba nada más que el eco de su fracaso inminente y el ritmo frenético de sus propios latidos al recordar la catástrofe de la que era testigo.

De camino a su destino una voz profunda y melosa (bastante casual y relajada para la gravedad del momento), irrumpió en su burbuja de crisis personal.

—¡Julien! ¡Mi querido bebedor de cerezas! ¿hacia dónde te diriges? —preguntó su colega del departamento de pintura, Greg.

Un duende fornido y perezoso, conocido por su habilidad para evadir el trabajo con mucha facilidad. Greg, como de costumbre, había salido a su “pequeño descanso” de tres horas. Su hazaña diaria de holgazanería siempre a espaldas de su supervisor: Un anciano con problemas auditivos al que era fácil eludir.

Greg llevaba consigo, como era tradición a esas horas del día, su enorme jarra de chocolate caliente; una vasija metálica casi de su mismo tamaño que humeaba con la bebida más dulce de todo el Polo, espesa y peligrosamente azucarada. Julien no lograba comprender cómo demonios aquel holgazán consumía tanta cantidad de chocolate sin colapsar en el acto. Pero esta vez, el misterio de la sobredosis de cacao con azúcar no era su prioridad. Tenía un reputación y un vida profesional importante que proteger.

—¡Un escándalo! —fue lo único que pudo expresar Julien, sin siquiera dignarse a voltear a ver a su colega, sus pequeños pasitos avanzaban con una gran, casi desesperada, velocidad hacia la gran puerta de madera, que se alzaba majestuosamente al final del pasillo.

Esa puerta, con sus tallas antiguas, era el umbral al despacho del Rey del taller.

Ni siquiera la conciencia de los trescientos cuarenta y dos escalones que (debido a su pequeña estatura) debía saltar y subir antes de llegar frente su jefe: resonaba en su pequeña cabecita. El cansancio era insignificante en comparación de lo que acababa de pasar. Su mente estaba saturada. El espacio craneal, generalmente dedicado al ensamblaje, estaba ahora mismo inundado por una marea incontrolable de nervios y estrés. El pensamiento de las escaleras no era nada comparado con la humillación que le esperaba.

Julien había forjado su vida entera en el Taller, centímetro a centímetro, día tras día. Su puesto: el número siete, en la máquina tres, en la planta de ensamblado. Pertenecía a la escuadra número cinco, indiscutiblemente la mejor escuadra en su área. Un mérito que Julien, con una humildad se atribuía a sí mismo como el responsable de aquel logro. Su asistencia perfecta y un desempeño más que brillante durante cientos de años le habían otorgado un gran estatus. No solo dentro de su área de ensamblaje, sino en el Taller completo.

Su prestigio era ya casi comparable con el de los mismos ancianos líderes de escuadra, el puesto que anhelaba alcanzar algún día y que, hasta hace una hora fatídica, sentía que estaba a punto de tocar.

Pero entonces, apareció él… FINN.

Ese asqueroso bastardo. El nuevo aprendiz. Había llegado al Taller con el único propósito de barrer el suelo con esa reputación, como si fuera una escoba vieja. Había llegado a manchar su imagen pulcra y perfecta, con la impronta de la ineptitud. Y eso era algo que el gran Julien no iba a permitir. Estaba totalmente decidido a llegar a esa puerta, entrar al despacho con suma determinación, plantarse frente a Nicholas Claus y a exigirle que sacara a esa alimaña inútil de la planta de ensamble antes de que su torpeza hicieran que todo el Taller, la base de su vida y ambición, se viniese abajo.

—Con permiso, por favor. —se escuchó la dulzura de aquella voz justo detrás de su espalda.

Una voz cristalina, como el tintineo de un cascabel: se escuchaba por encima del movimiento del pasillo, aunque no por esto el duende se detuvo. No tenía tiempo para cortesías o peticiones más allá de la caída de su estatus.

—Permiso. Disculpen.

Hope Claus, la única hija de Nicholas, intentaba caminar entre el montón de duendes que transitaban por el pasillo. Avanzaba desesperadamente entre el montón de trabajadores. Una marea de gorros y lana; verdes y rojos: en movimiento perpetuo. Hope caminaba lo más rápido que podía, casi de puntillas y dando pasitos cuidadosamente calculados, luchando por esquivar a todos los pequeñines que iban de un lado al otro con una coordinación preocupante si no estabas acostumbrado a ella, pero siempre agradable por su eficiencia al final. Los sombreros se alzaban por delante de sus rodillas, haciendo que fuera mucho más difícil para Hope avanzar por la densa masa del Taller. Iba casi a la misma velocidad que Julien, pero impulsada por una urgencia muy diferente.

—Necesito pasar, por favor. ¡Es importante! —señaló, incómoda por tener que imponerse ante todos ellos.

No podía alzar la voz lo suficiente como le gustaría. Su posición le exigía mantener la calma para no alarmar a los miles de trabajadores de su padre.

Se aclaró la garganta con fuerza para llamar la atención de todos. Pero al lograrlo solo consiguió una ola de saludos alegres y efusivos que parecían no tener fin. Y sin embargo, a pesar de todo el afecto y el respeto que le tenían, nadie se atrevía a abrirle paso hacia la gran puerta que llevaba al despacho de su padre.

Algo estaba pasando... Hope lo había sentido en la médula. Lo sabía con esa certeza que solamente ella podía percibir en raras ocasiones (normalmente las urgentes), pero no podía hacérselo saber a su padre si antes no esquivaba toda esa marea de duendes frente a ella. Tarea que parecía cada vez más imposible. Intentar atravesar el Taller en temporada alta era un reto destinado al fracaso. Pero debía encontrar una forma.

Quizás él ya lo había intuido también. Quizás ya estaba más que informado que la misma Hope sobre aquella situación que la arropaba. Pero..., ¿y si no? ¿Y si algo trivial en medio de todo ese caos festivo había distraído a su padre? Era muy posible en esta época del año. ¿Y si los preparativos para el Gran Día lo habían sobrecargado lo suficiente como para no percatarse del extraño comportamiento de las estrellas que se sentía en el reino? No podía darse el lujo de no comentárselo, por si las moscas… Por si la duda se convertía en tragedia.

—Necesito que me dejen pasar, se los ruego. —pidió una vez más., pero… fracaso rotundo. Su súplica se perdió en el murmullo de los hombrecitos.

Justo en ese momento, logró visualizar el sombrerito verde chillón y los bigotes rojizos y puntiagudos de Julien; abriéndose camino a golpes de furia a través del tumulto de duendes, directo a la puerta de su padre.

—¡Julien! —intentó alzar la voz, pero su llamado no logró atravesar la multitud, ni la neblina de aquella obsesión del duende—. ¡Julien, necesito que le digas algo a mi padre por mí!

—¡Pamplinas! —ladró el duende, con pasos firmes y molestos, acelerando su paso hasta convertirse en un borrón de verde y rojo.

¡Qué duende tan odioso y antipático! Ni siquiera podía hacerle un simple favor a la hija de su jefe, la única en ese taller que realmente se dirigía a él con respeto genuino y no como un deber. Se acabó. Hope no tenía más esperanzas. No había forma de llegar al despacho, y su única fugaz oportunidad, le había dicho ¡PAMPLINAS! Ahora, Julien estaba a punto de perderse de su vista y atravesar la puerta que daba a las escaleras de caracol hacia el despacho de su padre.

Pero apenas Julien puso sus pequeñas manos en la madera tallada de la puerta, sintiendo seguramente la promesa de la vindicación: Esta se abrió de golpe y de par en par. No con la fuerza solo de una mano, sino con la intensidad de una explosión contenida y súbita.

Julien salió disparado por los aires, volando de forma cómica y violenta a través de más de la mitad del pasillo principal. El impulso lo envió casi de regreso a su puesto de trabajo, estrellándose con un montón de duendes asustados.

Los demás no tardaron en reaccionar. Hicieron un espacio apenas vieron al pelirojo atravesar el aire y en cuestión de segundos, ya habían creado un pasillo lo suficientemente abierto para que su fornido jefe transitara con total libertad entre ellos.

La habitación, el pasillo entero, se había inundado de una helada preocupación. La atmósfera se había vuelto pesada y tensa pues la expresión de terror que se visualizaba detrás del blanco invernal de esa barba inconfundible: confirmó la certeza de su hija. Algo inaudito, algo terrible, estaba sucediendo en el Polo Norte. El miedo comenzó entonces a invadir a todos los duendes cuando el brillo azul y plateado de las Heladas Boreales (espadas de Hielo Perpetuo, fabricadas con la magia del Polo) se asomó brevemente por debajo del abrigo vinotinto de Nicholas, como una advertencia de tormenta mágica, acompañada de singulares brillos primaticos en su interior.

Todos los trabajadores del Taller miraron a su jefe con una mezcla de miedo y respeto. Todos conocían el protocolo de emergencia, sabían exactamente lo que tenían que hacer, pero debían esperar la orden final de su jefe antes de ir a los bunkers de seguridad. Ya la primera señal estaba clara. Las Heladas Boreales.

Al menos dos metros medía aquel ser, imponente y cubierto con un abrigo rojizo con una recubierta interna de piel negra, que llevaba también un gorro peludo de un tono azabache profundo que parecía absorber la luz. El blanco de su barba se extendía hasta llegar a su abdomen, una cascada de nieve virgen…, y sus manos eran tan rígidas, poderosas y frías como el mismo Hielo Perpetuo del Reino. Sus ojos, de un celeste brillante y penetrante (igual a los de Hope), emanaban una preocupación innegable.

Era la primera vez que su hija lo veía sudar y moverse de forma tan inquieta, tan descontrolada. Parecía que estuviese preparado para que en cualquier momento tuviera que desenfundar las Heladas. Cualquiera pensaría que era imposible que una figura tan poderosa como la Nicholas Claus pudiera ser intimidada, pero ahí estaba, con la respiración entrecortada y su mandíbula tan apretada que Hope pensó que estaba a punto de quebrársela.

—¡Duendes, a los bunkers! ¡Suenen la alarma! —dio la orden.

Los trabajadores no dudaron ni un segundo en seguir las ordenes de la forma más rápida que sus cuerpecitos se lo permitían. Era una estampida organizada.

Hope intentó hablar apenas estuvo frente a él, pero en esta ocasión fue su padre tomó la delantera.

—Tú también Hope. Rápido. Busca a tu madre y diríjanse a los bunkers. —le pasó por un lado sin titubear o siquiera detenerse. No tenía tiempo para pausas.

—¿Papá? ¿Lo sientes? ¿Qué está pasando? —inquirió Hope tímidamente, su voz ya estaba temblando—. Las estrellas…, ellas… ellas están...

Nicholas se giró solo un poco, su enorme figura proyectaba una sombra aterradora, lo cual no era nada normal en él..

—Las estrellas, el polo, el aire mismo, Hope… Todo se está conteniendo. Así que necesito que te escondas con tu madre. ¡Búscala y a los Bunkers! ¡Ahora!

Ordenó de nuevo, la palabra final resonó con autoridad. Pero Hope aún seguía paralizada. Estaba en lo correcto y era más preocupante de lo que se imaginaba. El miedo ahora la había anclado al suelo.

—¡Apresúrate! ¡Necesito que todos salgan de acá!

Pero en ese instante, en respuesta a la orden y a la inminente evacuación del taller: una tormenta antinatural y violenta invadió el gran castillo, abriendo las puertas principales de par en par. No era solo el viento; el aire mismo se hizo denso, y más gélido que de costumbre, cargado de una electricidad ominosa… Y Hope lo estaba sintiendo. Lo sentía con cada poro de su piel... No entendía por qué o por quién, pero lograba percibir el terror del reino manifestándose en cada centímetro del espacio, y finalmente apoderándose de ella.

Violencia. Muerte. Ira. Sentimientos intensos que batallaban y se mesclaban en el aire con cada vez más fuerza. Una lucha que intentaba dominar el castillo y el mismo reino. Hope tenía su mente tan nublada como aquella tormenta que ahora la estaba comenzando a rodear.

—Ya está aquí. —dijo su padre, para sí mismo, en un susurro que sonó como una aceptación fatalista—. Debo llamar a los demás… ¡Hope, sal de aquí ahora!

Hope intentó asentir, intentó retroceder, intentó moverse. Pero una vez más…, antes de que pudiera dar un paso, la tormenta se apoderó por completo del Polo. Una frialdad extrema abrazó sus músculos, congelándolos en su sitio… Pero, paradójicamente, esa misma frialdad la hizo titiritar de forma repentina, esa danza involuntaria que provocaba dudas y parálisis a cada paso que daba. Pero ella no se movió. No logró dar un solo paso. Se quedó clavada en la encrucijada del Taller. Atrapada en el ojo del huracán.

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