Capítulo 1
El tren llega con ese chirrido de frenos que Vera ya conoce como se conoce su propia respiración, y cuando se abren las puertas, la marea humana la empuja hacia dentro antes de que ella decida entrar.
Es la línea de cercanías de las 8:14. El vagón tres. El de siempre.
Y Damián está donde está siempre, de espaldas a la puerta del fondo, apoyado en la barra con una mano cerrada alrededor de ella y la otra sujetando el asa del techo. Camisa gris arremangada hasta el codo. Un reloj que no se ha quitado ni en el verano. La mandíbula apretada. La mira un segundo cuando la ve entrar y vuelve a mirar al frente, como si no, como si nada.
Vera sonríe para dentro y se abre paso entre cuerpos.
Huele a todo. A colonia barata, a lluvia vieja en las chaquetas, a café de máquina y a la piel limpia y caliente de cien personas que se despiertan unas contra otras sin pedir permiso. El vagón va hasta arriba. No queda un hueco, no hay asientos, no hay aire. Solo cuerpos, y el suave traqueteo que a las 8:14 convierte el metro de la mañana en un matadero de voluntades.
Ella lleva la falda de punto. La corta. La negra. Y debajo, nada que a él le interese disimular —un tanga fino, de encaje, del color de la sangre—, porque Vera se viste para el vagón como otras se visten para la cena.
Se coloca justo delante de él. De espaldas. A un palmo del pecho de Damián.
El tren arranca, y la primera sacudida ya la pega contra él. Siente el contacto a lo largo de toda la espalda: el torso ancho, el calor, el olor a él, esa mezcla de jabón de sándalo y algo más áspero que es solo Damián. Y siente, muy abajo, dónde exactamente termina su cuerpo y dónde empieza el de él. No se aparta.
No se aparta.
—Buenos días —dice él, la voz pegada a su nuca. Baja. Neutra. Ensayada.
—Buenos días —responde ella, y en la palabra hay todo lo que él no se atreve a poner.
El tren coge velocidad y la gente se compacta. Un hombre mayor se le incrusta por la izquierda, una chica con auriculares por la derecha, y Vera queda atrapada en un sándwich de gente donde el pan de atrás es Damián. La mano libre de él —la que sujetaba el asa— baja por reflejo para que ella no pierda el equilibrio. Le cae en la cadera.
Y se queda ahí.
Cinco segundos. Diez. El tren traquetea. La mano no sube.
Vera respira despacio y hace lo que lleva un año queriendo hacer: empuja un poco la pelvis hacia atrás. Lo justo. Lo medido. El culo se le apoya contra el bajo vientre de Damián y ella nota —Dios, lo nota— cómo el cuerpo de él responde antes que la cabeza. Un endurecimiento lento, inconfundible, que se le clava en la raya de la falda.
Él traga. Ella lo escucha tragar.
—Perdona —dice él, como si tuviera algo que perdonar.
—No he dicho nada.
—Por eso.
Y Vera se ríe, una risa corta que se le queda dentro, porque sabe exactamente lo que ha dicho sin decir nada.
El tren frena en un túnel y los empuja a todos hacia delante. La mano de Damián se cierra sobre su cadera para sostenerla, ahora sin disimulo, los dedos abiertos sobre el punto de tela. Y en el frenazo, sin querer, la otra gente del vagón la aprieta contra él, y el bulto de Damián se le restriega por el culo de arriba abajo, y los dos se quedan quietos, conteniendo la respiración, mientras un matrimonio de sesenta años discute sobre la compra a dos centímetros de sus caras como si ahí no estuviera pasando nada.
Ahí está pasando todo.
Vera decide que hoy rompe la tregua.
Desliza su propia mano hacia atrás, fingiendo buscar la barra. Y en vez de la barra, encuentra el muslo de él. Se apoya. Los dedos se le cuelan por debajo del borde de la camisa arremangada, en la piel del antebrazo. Él se estremece.
—Vera.
—¿Qué?
—Que vas a hacer que pierda el tren.
—Tú no te bajas hasta Atocha. Quedan seis paradas.
—Por eso lo digo.
Ella se muerde el labio y no contesta. Bajo la falda, muy abajo, el encaje se le ha humedecido y lo sabe porque el aire del vagón, cuando la falda se mueve, le llega frío ahí donde está caliente. Está empapada. A las ocho y veinte de la mañana, de pie en un tren lleno de desconocidos, con la mano de su padrastro en la cadera, Vera Solís está empapada como si llevara una hora en la cama.
Y quiere más.
Se gira un cuarto de vuelta, como quien busca postura. Ahora está de perfil, el pecho rozándole el brazo a él. Y cuando el tren vuelve a moverse, aprovecha el vaivén para subir la mano por el muslo de Damián, por encima del pantalón, hasta la cadera. Hasta más arriba. Hasta rozar con los nudillos la costura donde el pantalón se abulta.
Él baja la mirada. La mira desde arriba, muy serio, y por primera vez en todo el trayecto se le escapa la máscara. Tiene los ojos oscuros, la boca entreabierta, y la nuez subiéndole y bajándole.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —pregunta él, en un susurro que solo ella puede oír entre el ruido de las vías.
—Lo sé perfectamente.
—Aquí. Delante de toda esta gente.
—Sobre todo delante de toda esta gente.
Y esa frase —sobre todo— es la que lo termina de romper.
Damián mira rápido alrededor. Nadie los mira. Nadie mira a nadie en el tren de las 8:14; todos van con el sueño pegado a los ojos y el móvil en la mano. La chica de los auriculares tiene la cabeza girada hacia la ventana. El matrimonio sigue con la compra. Están rodeados de doscientas personas y, en la práctica, están solos.
Entonces él mueve la mano.
La baja de la cadera, lenta, aprovechando que el tren sigue traqueteando para disimular. Se le cuela por debajo de la falda de punto y le llega a la parte alta del muslo. La palma de Damián es ancha y caliente y áspera de callos de arquitecto, y en cuanto toca la piel desnuda de Vera, los dos se quedan quietos a la vez, como dos animales que acaban de oler sangre.
—Estás helada de cintura para arriba —murmura él, y el pulgar se le mueve, solo un poco, sobre la cara interna del muslo—. Y aquí…
—Aquí no.
—Aquí no.
Y sube.
El tren entra en el túnel largo antes de Atocha y la luz cambia, se vuelve amarilla y sucia, y en esa penumbra la mano de Damián sube por el muslo de Vera hasta el borde del encaje. Los dedos le rozan el tanga por encima. Lo encuentran empapado. Se detienen un segundo, como si él no diera crédito, y luego él presiona, muy despacio, la yema del índice justo donde el encaje se hunde.
Vera cierra los ojos.
—Joder —dice Damián, y es la primera vez en un año que le oye decir una palabra así, y le recorre la columna como un latigazo.
—Sí —responde ella, sin abrir los ojos.
—¿Y esto lo haces todos los días?
—Todos los días me subo a este tren contigo. Sí.
—No me refiero a eso.
—Ya lo sé.
Él mueve el dedo, un círculo pequeño, por encima del encaje. La gente sigue ajena. La chica de los auriculares tararea algo. Un hombre tose. Y en medio de ese mundo indiferente, el padrastro de Vera le está acariciando el coño a través de la ropa en el vagón de las 8:14, y a ella se le está yendo la cabeza.
—Damián —susurra.
—Dime.
—Méteme un dedo.
Él la mira, incrédulo y hambriento a la vez, y luego aparta el encaje con el pulgar y desliza el índice dentro de ella, despacio, hasta el fondo, con el cuerpo de los dos tapando la maniobra y una mano de él todavía sujetando la barra para que nadie sospeche que el arquitecto de cuarenta y cuatro años lleva la mano bajo la falda de su hijastra en hora punta.
Vera ahoga un gemido contra su propio hombro.
Está apretada, está mojada, está abierta, y el dedo de Damián la llena de una forma que ningún otro dedo ha llenado nunca, porque es él, porque lleva un año mirándola de reojo, porque ahora por fin está dentro. Él la mueve despacio, con el ritmo del tren, y cada frenazo le mete el dedo un poco más y cada arranque se lo saca, y Vera tiene que morderse el labio para no gritar en un vagón lleno de gente.
—No pares —dice.
—No pienso parar.
El tren anuncia Atocha por megafonía. Dos paradas. Dos.
Él curva el dedo dentro y le encuentra el punto, y el pulgar se le va al clítoris por encima del encaje corrido, y Vera apoya toda la cabeza contra el pecho de Damián, cerrando los ojos, con la respiración rota, y empieza a temblar de esa manera que solo se tembla cuando ya no hay vuelta atrás.
—Me voy a correr —dice, en un hilo de voz—. Aquí. Delante de todos.
—Córrete.
—Y tú no vas a poder hacer nada.
—No voy a poder hacer nada —confirma él, y se le nota en la voz que está tan cerca como ella.
El tren frena. La gente se empuja hacia las puertas. El vagón entero se mueve, y en ese caos de cuerpos y maletas y prisas, Damián le mete el dedo hasta el fondo, le aprieta el clítoris con el pulgar y se lo dice al oído, muy bajo:
—Ahora.
Y Vera se corre.
Se corre en silencio, con los dientes apretados y las uñas clavadas en la barra, en medio de un vagón abarrotado de desconocidos que no se enteran de nada, mientras un orgasmo largo y profundo le sube por la espalda y le baja por las piernas y le deja el encaje empapado y la cabeza vacía. Nadie la mira. Nadie sabe. Y por eso mismo es mejor.
Damián saca el dedo despacio, y ella lo siente salir, y luego lo siente llegar a su cadera, mojado, y quedarse ahí como una firma.
Las puertas se abren en Atocha.
La gente se derrama hacia el andén. Y en el hueco que de pronto se hace a su alrededor, Damián baja la cabeza y le habla al oído con una voz que ella no le había oído nunca.
—Esta noche, en casa —dice—, no vas a llevar nada debajo de la falda.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque voy a comprobarlo yo. Con la mano. Igual que ahora. Pero sin tren, sin gente y sin excusas.
Vera levanta la cara y lo mira. Él sigue serio, impecable, la camisa arremangada, el reloj en su sitio. Como si no acabara de meterle un dedo en hora punta. Como si no le hubiera cambiado la vida en seis paradas.
—Vale —dice ella, y se lame el labio—. Pero antes de que te vayas… —le coge la mano que aún tiene húmeda y se la sube un segundo a la boca, delante de todo el andén, y se chupa su propio sabor del dedo de Damián sin dejar de mirarlo—. Así sabes a lo que sabe.
Él parpadea. Se le escapa un gesto pequeño, casi una sonrisa, la primera en mucho tiempo.
Y luego los dos salen del tren, se separan entre la marea de gente, y se van a trabajar como dos desconocidos que se acaban de conocer.
A las seis de la tarde, en casa, alguien va a tener que explicar muchas cosas.


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