Días de escuela.
Era un día como cualquier otro. El timbre de salida sonó con su tono habitual, marcando el final de otra agotadora semana de clases. En cuanto el profesor salió del aula, el bullicio estalló como siempre: sillas arrastrándose, mochilas cerrándose de golpe y conversaciones superpuestas llenando el aire con energía renovada.
Me estiré en mi asiento, sintiendo la tensión en mis hombros tras haber pasado la última hora luchando contra el sueño en matemáticas. Al menos, ya era viernes. Un suspiro de alivio escapó de mis labios mientras me giraba hacia mi compañera de asiento.
—Dios, por fin es viernes. Ya me cansé de las clases y solo llevamos un trimestre —murmuré, pasándome una mano por el cabello.
A mi lado, Shiori dejó escapar una risa ligera mientras guardaba sus cosas en la mochila.
—Sí... No aguanto matemáticas —dijo, sonriendo de lado.
Fue en ese momento que noté algo.
—Oye... aún traes mi bufanda.
Shiori bajó la mirada un instante y luego volvió a sonreír de esa manera suya, como si no le diera importancia.
—Oh, sí. Se me olvidó devolvértela.
—“Se me olvidó“, claro —dije, cruzándome de brazos.
El día anterior, cuando habíamos salido juntos de la escuela, el frío había golpeado con más fuerza de lo usual. Abril siempre traía cambios de clima impredecibles, y Shiori, confiada como siempre, había salido sin ninguna prenda extra para protegerse del viento helado.
Habíamos caminado juntos, como muchas otras veces, pero noté cómo ella apretaba los brazos contra su cuerpo, encogiéndose un poco con cada ráfaga de aire. No lo pensé demasiado cuando me quité la bufanda y la puse sobre sus hombros.
—¿Sabes? Si te gusta tanto, podrías habérmela pedido y ya —dije, alzando una ceja.
—No es eso —respondió ella, pasándose un mechón de cabello detrás de la oreja—. Es solo que... es cómoda. Y huele a ti.
Mi cerebro se quedó en blanco por un segundo.
—¿Q-qué?
—Nada, nada —se apresuró a decir, dándome un leve empujón con el hombro—. No te hagas ideas raras.
Me quedé en silencio, mirándola con sospecha, pero ella simplemente sonrió con inocencia fingida y comenzó a caminar hacia la salida.
—Vámonos antes de que Asuka y Daiki nos dejen plantados.
No tuve más remedio que seguirla, aunque mi mente seguía atrapada en sus palabras.
“Huele a ti”.
¿Por qué decía esas cosas tan despreocupadamente? ¿Acaso lo hacía a propósito o de verdad no se daba cuenta?
Apreté el puente de mi nariz con frustración y suspiré. Como si no fuera suficiente con lo que ya me confundía de por sí, ahora tenía que lidiar con esto.
Shiori era... complicada. Desde que la conocí, siempre me cayó bien. Tenía esa forma natural de hacer que todo pareciera más llevadero, incluso algo tan tedioso como las clases. Era difícil aburrirse cuando estaba cerca, ya sea porque lanzaba comentarios sarcásticos al aire o porque me golpeaba con su cuaderno cada vez que la molestaba demasiado.
Pero había algo en ella que me confundía. A veces, cuando pensaba que solo éramos amigos, hacía cosas que me hacían dudar. Esas miradas que cruzábamos a mitad de clase, sus sonrisas que parecían dirigidas solo a mí, la forma en la que jugaba con su cabello cuando estaba nerviosa... ¿Era solo mi imaginación? ¿O realmente había algo más?
No tenía el valor ni el momento adecuado para preguntarlo.
Sacudí la cabeza, alejando esos pensamientos antes de que pudieran hundirme demasiado. Nos levantamos de nuestros asientos y salimos juntos del aula, avanzando entre el gentío que se apiñaba en los pasillos. Como era costumbre, nos dirigimos a los casilleros para guardar algunos libros antes de irnos.
Definitivamente, Shiori era un problema en mi vida. Uno del que, para ser sincero, no quería deshacerme.
—¿Qué planes tienes para hoy? —pregunté mientras giraba la combinación de mi candado.
Shiori se apoyó contra los casilleros y se cruzó de brazos.
—Nada en especial. Aunque podría comer algo... me muero de hambre.
—Siempre estás muriéndote de hambre.
—No es mi culpa que las clases me drenen la energía —se quejó inflando las mejillas, fingiendo indignación.
No pude evitar soltar una risa. Su forma de actuar me recordaba a una niña pequeña cuando hacía esos gestos, pero al mismo tiempo, tenía esa aura tranquila y madura que me hacía difícil verla solo como una amiga.
—Vamos con Daiki y Asuka, seguro que ellos también quieren salir —dije, cerrando mi casillero de un golpe.
—Buena idea.
Salimos al patio de la escuela, donde el cielo empezaba a teñirse de naranjas y rosas con la llegada del atardecer. La brisa fresca de abril soplaba suavemente, revolviendo los mechones castaños de Shiori mientras caminábamos entre el gentío. Al fondo, los clubes deportivos seguían practicando, con gritos y sonidos de pelotas golpeando el suelo resonando en la cancha.
Encontramos a Daiki y Asuka esperándonos cerca de la salida, ambos apoyados contra la cerca de la escuela.
—¡Tardaron siglos! —se quejó Daiki, cruzándose de brazos.
—Es que Masaki tenía que arreglarse el cabello para verme —bromeó Shiori, dándome un codazo en el costado.
—Sí, claro —resoplé, rodando los ojos.
—Bueno, ¿y qué haremos? —preguntó Asuka, acomodando la correa de su bolso en el hombro.
Daiki se encogió de hombros.
—No sé, pero no quiero ir a casa todavía.
—Podemos caminar por la ciudad y ver qué encontramos —propuso Shiori.
La idea sonaba bien. No teníamos planes específicos, pero a veces esas eran las mejores salidas. Decidimos ir sin rumbo, dejando que nuestros pies nos guiaran mientras recorríamos las calles iluminadas por las primeras luces de la noche.
El tiempo pasó volando entre risas, bromas y pequeñas paradas en puestos de comida callejera. En algún momento, terminamos en un centro comercial, mirando ropa y tonterías sin mucha intención de comprar nada. Disfrutaba esos momentos. Eran simples, comunes, pero al mismo tiempo, tenían cierto encanto.
Nunca imaginé que esa noche marcaría el final de todo lo que conocía.
Saqué el teléfono y vi varias llamadas perdidas de mis padres. Había estado tan distraído que olvidé responder.
—Ya es muy tarde, si llego a esta hora me van a matar —dijo Daiki, suspirando.
—Lo mismo. Mis padres ya me están escribiendo —agregó Asuka con un gesto de fastidio.
Decidimos tomar un autobús en la vía principal para regresar a casa. Mientras caminábamos, Shiori propuso un atajo. Estaba cansado y la idea de caminar menos sonaba tentadora. Asentimos sin pensarlo mucho y doblamos por una callejuela angosta y oscura.
El callejón era sofocante. Olía a basura vieja y humedad. Las paredes tenían grafitis descoloridos y manchas de algo que prefería no identificar. Había un silencio pesado, roto solo por el zumbido de una farola parpadeante y el ruido lejano de los autos en la avenida.
—¿Estás segura de que es por aquí? Esto se ve horrible —murmuré, sintiendo un ligero escalofrío.
—Tú confía, me conozco toda la ciudad —dijo Shiori con confianza.
Seguimos caminando. Riendo. Sin preocuparnos. Fue entonces cuando ocurrió.
Dos hombres vestidos completamente de negro aparecieron de la nada, bloqueando nuestro paso. Sus rostros estaban cubiertos con mascarillas y guantes oscuros cubrían sus manos completamente.
—Entreguen todo lo que tengan, muchachos, y tal vez no les hagamos daño —dijo uno de ellos, su voz burlesca y carente de prisa.
Nos miramos entre nosotros. La opción lógica era simplemente darles lo que pedían y seguir con nuestras vidas. Pero cuando mi mirada se cruzó con la de Daiki, supe que pensaba lo mismo que yo: no podíamos dejarnos pisotear.
Mi corazón latía rápido. Quería correr. Quería hacer algo. Pero no pensaba con claridad. Con las manos temblando, le lancé mi billetera a uno de los hombres, esperando que eso lo distrajera. Esperaba que la atrapara, pero no fue así. La billetera golpeó su brazo y cayó al suelo sin mayor efecto. Él apenas se inmutó, pero ese fue el impulso que necesitó Daiki para empujarlo con torpeza. Ambos cayeron al suelo.
—¡Mierda! —gritó el otro tipo.
Sin pensar, yo también me lancé. Intenté dar un puñetazo, pero mi golpe fue débil y algo descoordinado, nunca había peleado en mi vida. Apenas conseguí que el hombre retrocediera un paso. El pánico en mi pecho se hacía más pesado. Daiki forcejeaba con el otro tipo en el suelo, pero era un caos de brazos y piernas sin control. Parecía más una pelea desesperada que un intento de defensa real.
—¡Déjenlo en paz! —gritó Shiori, con la voz temblorosa.
—¡Váyanse al carajo! —masculló el hombre con el que peleaba Daiki.
Entonces, de repente, un ruido ensordecedor rasgó el aire.
Un disparo.
Me congelé. Mi cuerpo entero dejó de responder por un segundo eterno. Vi a Daiki caer de espaldas, sus manos cubriendo su abdomen, los ojos muy abiertos. Su respiración era errática, y la sangre se filtraba entre sus dedos, cayendo sobre el concreto.
—Daiki... —susurre, con la garganta seca.
La adrenalina tomó el control. Sin pensar, pateé la mano del hombre armado con todas mis fuerzas. No lo hice bien, pero él se sobresaltó lo suficiente como para soltar el arma. Me lancé sobre ella, mis dedos resbalando en el metal frío. Disparé sin apuntar. Otro estruendo llenó el callejón. La pistola cayó de mis manos por el retroceso y mi inexperiencia usando armas.
El hombre gimió y se sujetó el hombro derecho. Pero todavía estaba de pie.
—Carajo...
Otro disparo, no fue mío, claro. Un dolor punzante, ardiente y seco me recorrió la espalda. Todo mi cuerpo se estremeció. Mi boca se llenó de sangre caliente.
Caí al suelo. El aire no entraba. Mi pecho subía y bajaba en un intento desesperado por respirar, pero solo sentía cómo la sangre inundaba mis pulmones.
Escuche otro disparo. Asuka corrió hacia el hombre, pero su cuerpo se desplomó sobre Daiki, dejando un rastro de sangre en el aire. Intenté gritar, pero solo gorgoteé en mi propio líquido vital.
Shiori gritó. Por qué lo hizo...
Ese fue el último disparo que escuche. Ella cayó con una expresión de shock, con un agujero justo en el pecho. Su cuerpo tembló unos segundos antes de quedar inmóvil.
Los hombres se quedaron en silencio.
—Mierda, lo arruinamos totalmente —murmullo uno antes de salir corriendo. El otro lo siguió, dejando un rastro de sangre por la herida en su hombro.
Quise moverme, pero mi cuerpo ya no respondía. El dolor comenzaba a apoderarse de mí, un frio extremo, más que el de aquella helada noche, empecé a temblar, temblar mucho.
Arrastré mi mano hasta alcanzar la de Shiori. Su piel estaba tan helada como la mía. Su rostro, que tantas veces había iluminado mi mundo con una sonrisa, ahora estaba inmóvil, su mirada vacía. Se veía frágil. Inocente. Como si no perteneciera a una escena tan cruel.
Intenté hablar, pero solo logré expulsar más sangre. Unas lágrimas rodaron por mis mejillas, quemando como fuego. Me sentí tan estúpido. Nunca le dije lo que sentía. Nunca le pregunté si ella... si alguna vez...
“Así que... así es como termina todo...”
Mi visión se volvió borrosa. El mundo se desvaneció en la oscuridad y finalmente cerré los ojos...
Muerte.




![Fated to My Ex- Best Friend [Moving to Galatea]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_49edb1dbf9a28b50b9c4d68d8598359b.jpg)

![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)

