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Ruido de fondo

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Summary

.

Genre
Horror
Author
Malva
Status
21h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Del otro lado

La Urvan frenó de golpe en la parada del puente y Daniel bajó casi por inercia. Eran las seis de la mañana. Traía los ojos pesados y secos después de doce horas de turno nocturno en el almacén de plásticos. Doce horas midiendo rebabas con el calibrador, rechazando piezas chuecas hasta que la vista se le cansó de buscar defectos.

Hacía un frío que calaba hondo. La colonia apenas despertaba: olía a humo de camión, a tierra mojada y a la masa del puesto de tamales que apenas estaban montando en la esquina. Caminó cuatro cuadras con las manos clavadas en la chamarra, esquivando los baches de siempre y toreando el ladrido de los perros en las azoteas. Conocía esa calle de memoria.

Se detuvo frente a su puerta la número 43-B. La pintura blanca descarapelada por la humedad y el marco de fierro eran los de todos los días. Metió la mano a la bolsa del pantalón y sacó el manojo de llaves.

El llavero era el suyo: la placa de lámina con publicidad vieja de una llantera, despintada de una esquina, y la argolla de alambre grueso que siempre le pellizcaba los dedos. La chapa de la puerta también era la de siempre, una Phillips gastada con el rayón que él mismo le hizo hace años al subir un tanque de gas.

Pero cuando estiró los dedos para separar la llave de la entrada, tocó algo que no reconoció.

Daniel bajó la mirada, pensando que el sueño lo estaba haciendo alucinar.

Del aro no colgaban sus llaves de toda la vida. Había tres piezas raras, de un material cenizo que no reflejaba la luz del poste. Una parecía un tornillo largo con espirales tan torcidas que mareaba verlas. Otra era una laminilla doblada en ángulos chuecos, sin lógica. La última parecía un trozo de hueso gris, lleno de ranuras diminutas y ásperas al tacto.

Ninguna tenía dientes. Ninguna servía para una chapa común.

Quiso sacudir el manojo para ver si se le aclaraba la vista, pero las piezas no sonaron a metal. Chocaron con un ruido sordo, blando, como si golpearas dos piedras húmedas adentro de un charco.

Se quedó helado. Levantó la vista hacia la cerradura.

El orificio donde debía meter la llave no tenía los pernos de bronce por dentro. Era una ranura oscura y honda, un hueco que parecía no tener fondo.

Daniel se acercó más. Por la rendija de abajo no salía la luz del foco ahorrador que siempre dejaba prendido en la cocina. Salía una sombra espesa y un aire helado que traía un olor extraño: no a cañería ni a gas, sino a piedra quemada por un rayo, a polvo viejo de cueva profunda.

Entonces, del otro lado de la puerta, la chapa dio una vuelta completa sobre sí misma.

El pestillo se retrajo con un crujido seco, como el de una rama gruesa partiéndose a la mitad. La puerta se abrió despacio hacia adentro, sin rechinar.

Daniel quiso dar un paso atrás, pero las piernas no le respondieron.

En el umbral, recortada contra ese vacío interminable que ahora ocupaba su sala, apareció una figura. Al principio parecía una masa oscura y pesada, pero conforme la vista de inspector de Daniel intentó enfocarla, medirla y darle sentido, el aire se le atoró en la garganta.

La cosa que estaba parada frente a él tenía su propia chamarra de mezclilla raída. Tenía sus mismas manos agrietadas por el solvente. Tenía su misma cara pálida, con las ojeras moradas del turno nocturno.

Pero no era un clon ni un reflejo en un espejo.

Esa figura estaba desdoblada en cientos de capas a la vez. Daniel se vio a sí mismo entrando por esa puerta miles de mañanas distintas; se vio parado ahí antes de que la colonia existiera, y se vio ahí cuando la tierra fuera sólo ceniza fría. Su propio rostro se multiplicaba en ángulos imposibles, parpadeando con ojos que no miraban a la calle, sino al fondo de un abismo donde el tiempo no corría en línea recta. La entidad sonrió con su propia boca, pero la voz que resonó en su cabeza no salió de unos labios: fue un zumbido agudo que le reventó los tímpanos, como el chillido de mil calibradores rayando lámina al mismo tiempo.

El cerebro de Daniel, simplemente no aguantó. Algo se quebró detrás de sus ojos, un chasquido mudo que apagó cualquier rastro de lógica.

El manojo de llaves resbaló de sus dedos insensibles y cayó al suelo, tragado de inmediato por el pavimento blando.

La puerta se cerró de golpe.

A las seis de la mañana, cuando la primera Urvan baja pasaje junto al puente peatonal, se alcanza a ver a un hombre flaco y desencajado caminando pegado a las paredes. Trae las manos metidas en los bolsillos, buscando a tientas cosas que ya no existen entre la tela rota. Se detiene frente a fachadas distintas, mira los cerrojos con ojos idos y vacíos, y susurra preguntas sin sentido antes de seguir su camino, buscando una casa a la que no puede volver.

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