Capítulo 1: La mujer implacable.
Han Seo-yun no creía en las segundas oportunidades.
En su experiencia, las personas cometían errores porque no prestaban suficiente atención, no se preparaban lo necesario o, simplemente, no estaban a la altura de sus responsabilidades.
Cualquiera que fuera la razón, el resultado era el mismo: alguien terminaba pagando las consecuencias.
Y Han detestaba que ese alguien fuera su empresa.
—¿Me está diciendo que nadie se dio cuenta?
La pregunta fue formulada en un tono tan tranquilo que nadie en la sala se atrevió a responder de inmediato.
Han Seo-yun permanecía sentada en uno de los extremos de la extensa mesa de reuniones, con las manos delicadamente entrelazadas sobre una carpeta negra. Su traje de chaqueta, impecablemente confeccionado, no presentaba una sola arruga; su cabello blanco caía con elegancia sobre sus hombros y sus ojos recorrían los documentos frente a ella con una frialdad que habría hecho sudar a cualquiera.
Al otro lado de la mesa, varios ejecutivos intercambiaron miradas fugaces.
En la enorme pantalla que presidía la sala se mostraban los detalles de una reunión que nunca había llegado a celebrarse como estaba previsto.
Un encuentro con un inversionista importante había terminado en un fracaso administrativo que ahora amenazaba con poner en riesgo un acuerdo millonario.
—Señora Han, estamos verificando lo sucedido —respondió uno de los directivos—Parece que hubo un problema con la actualización del calendario y…
—No le he preguntado qué están verificando. Le he preguntado si nadie se dio cuenta.
El hombre cerró la boca.
A través de los enormes ventanales, Seúl se extendía bajo la luz de la mañana. Los rascacielos brillaban a lo lejos y el movimiento de la ciudad continuaba como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Dentro de aquella sala, sin embargo, el ambiente se había vuelto tan tenso que hasta el más mínimo movimiento parecía fuera de lugar.
Han bajó la mirada hacia el informe.
—Tenemos un acuerdo importante en riesgo, un inversionista que perdió su tiempo y un equipo que aparentemente considera que revisar los detalles es opcional.
Dejó el documento sobre la mesa con un movimiento preciso.
—Quiero saber quién fue responsable. Y quiero una solución antes de que termine el día.
Nadie necesitó preguntar qué ocurriría si no la conseguían.
El silencio se prolongó durante varios segundos.
—¿Y bien? —insistió Han, alzando la mirada—. ¿Nadie va a decirme quién fue el responsable?
Nadie respondió.
Algunos de los presentes mantenían la vista fija en sus documentos; otros fingían revisar sus notas, como si encontrar una cifra interesante entre aquellas páginas pudiera salvarlos de la atención de su directora ejecutiva.
El aire parecía haberse vuelto más denso. Incluso en una sala tan amplia, rodeada de cristal y con una vista privilegiada de la ciudad, ninguno de los presentes parecía sentirse capaz de respirar con normalidad.
Han se puso de pie.
Su movimiento fue elegante, casi mecánico. Ni siquiera la posibilidad de perder un contrato de millones de dólares parecía capaz de alterar su impecable compostura.
—Ya que nadie parece dispuesto a identificar al responsable, asumiré que todos los que están en esta sala comparten la culpa. Si son incapaces de…
—La responsable fue Kim Hye-jin.
La voz surgió de uno de los extremos de la mesa.
Un ejecutivo había hablado de repente, interrumpiéndola a mitad de la frase.
Tenía las manos rígidas sobre sus documentos y evitaba cuidadosamente encontrarse con la mirada de Han.
—La secretaria Kim Hye-jin fue quien actualizó el calendario —añadió, con una voz que apenas consiguió mantener firme.
Han guardó silencio durante un instante.
Después, volvió lentamente la cabeza hacia él.
—¿Está seguro de lo que acaba de decir?
—Sí, señora Han. Según los registros, ella fue quien realizó los cambios.
Han no respondió de inmediato. Su mirada descendió hacia el informe, como si acabara de encontrar la pieza que faltaba para completar un rompecabezas.
—Solicite la presencia de la señorita Kim Hye-jin en esta sala. Ahora mismo.
El ejecutivo asintió apresuradamente y tomó su teléfono.
Han volvió a sentarse, acomodó la carpeta frente a ella y esperó.
Para cuando la puerta se abriera, ya habría tomado una decisión.
Unos segundos después, el sonido de unos tacones resonó por el pasillo, acercándose progresivamente a la sala de juntas hasta interrumpir el silencio.
Las puertas se abrieron.
Kim Hye-jin entró con expresión nerviosa. Llevaba una tableta apretada contra el pecho y varios documentos sujetos bajo uno de sus brazos. Sus dedos se aferraban a ambos con tanta fuerza que los nudillos comenzaban a palidecer.
Avanzó unos pasos hasta detenerse frente a la directora ejecutiva. Después, inclinó respetuosamente la cabeza.
—¿M-me llamó, directora Han?
Han levantó la mirada de los documentos que estaba revisando.
Se acomodó las gafas con un gesto mecánico y observó a su secretaria durante unos segundos, sin invitarla a sentarse.
—¿Es consciente de las consecuencias que ha provocado su error el día de hoy, señorita Kim?
Hye-jin tragó saliva.
—L-lo siento, directora Han. Cuando reprogramé la reunión con el señor Márquez, actualicé el calendario interno, pero olvidé informar del cambio a su equipo de trabajo. Creí que, una vez actualizado el calendario, la notificación se enviaría automáticamente a todos los participantes.
Su voz fue perdiendo firmeza a medida que explicaba lo sucedido.
—Me di cuenta del error cuando el equipo del señor Márquez se comunicó con nosotros. Para entonces, él ya había abandonado nuestras instalaciones.Intenté comunicarme con su asistente para explicarle la situación, pero no conseguí que aceptaran una nueva reunión para hoy.
Hye-jin bajó la mirada hacia la tableta que sostenía contra su pecho.
—Asumo toda la responsabilidad por lo ocurrido. Sé lo importante que era esa reunión y comprendo que mi error haya puesto en riesgo las negociaciones. Ya estoy preparando una propuesta para disculparnos formalmente y solicitar otra oportunidad de reunirnos con él.
Durante unos instantes, nadie habló.
Han dejó los documentos sobre la mesa y entrelazó los dedos frente a ella.
—¿Así que cometió un error, no verificó que la información hubiera llegado a su destinatario y solo descubrió el problema cuando ya era demasiado tarde?
Hye-jin apretó los labios.
—Sí, directora Han.
—¿Y su solución consiste en enviar una disculpa y esperar que nuestro inversionista decida concedernos otra reunión?
—No, señora. También estoy preparando un informe con las posibles alternativas para recuperar su confianza. Puedo contactar personalmente con su asistente, explicar lo sucedido y…
—Basta.
La palabra cayó sobre la mesa como un golpe seco.
Hye-jin se quedó inmóvil.
Han se quitó las gafas y las dejó junto a la carpeta. Su expresión no reflejaba ira descontrolada; era algo mucho más difícil de afrontar.
Parecía haber llegado a una conclusión y no encontrar ningún motivo para reconsiderarla.
—¿Sabe cuál es el problema, señorita Kim? No es únicamente que haya cometido un error. Es que su error ha tenido consecuencias para toda la empresa.
—Lo entiendo, directora Han. Le aseguro que no volverá a suceder.
—¿Cómo puede asegurármelo?
Hye-jin abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.
—Puedo establecer un procedimiento de confirmación para cada reunión reprogramada. Verificaré personalmente que todos los participantes hayan recibido las notificaciones y…
—¿Y por qué no lo hizo antes?
La secretaria bajó la cabeza.
No tenía una respuesta que pudiera satisfacerla.
Había cometido un error. Uno importante, sin duda, pero también uno que había reconocido y que estaba dispuesta a corregir. Sin embargo, cuanto más intentaba explicarse, más evidente resultaba que Han no estaba interesada en escuchar sus propuestas.
La directora ejecutiva volvió a ponerse las gafas.
—Señorita Kim, recoja sus pertenencias y comuníquese con el departamento de recursos humanos. A partir de este momento, deja de trabajar para Haneul Group.
Hye-jin levantó la cabeza de golpe.
Por un instante, pareció no haber comprendido las palabras.
—¿Q-qué?
—Está despedida.
El rostro de la secretaria perdió el poco color que le quedaba.
—Directora Han, por favor… Sé que cometí un error y no pretendo justificarlo. Solo le pido que me permita corregirlo. Trabajo para usted desde hace tres años y nunca había ocurrido algo semejante. Puedo asumir una sanción, aceptar una reducción de responsabilidades o cualquier medida que considere necesaria, pero…
—No necesito excusas, señorita Kim. Necesito personas en las que pueda confiar.
Han tomó nuevamente la carpeta, dando por terminada la conversación.
—Puede retirarse.
Hye-jin permaneció inmóvil unos segundos más. Sus labios temblaron ligeramente, pero terminó inclinando la cabeza en una última reverencia.
—Entiendo… Gracias por la oportunidad que me dió, directora Han.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con la tableta y los documentos todavía apretados contra el pecho.
Esta vez, el sonido de sus tacones parecía mucho más lento.
Cuando las puertas se cerraron tras ella, Han pasó la página de su carpeta.
El problema estaba resuelto.
O, al menos, eso era lo que ella creía.
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Kim Hye-jin caminaba por los pasillos de Haneul Group rumbo a los elevadores, con los brazos pegados al cuerpo y la mirada fija en el suelo.
El mármol pulido reflejaba su figura mientras avanzaba. A cada paso, sus tacones producían un sonido discreto que se mezclaba con las conversaciones lejanas y el tecleo constante de los empleados que continuaban con su jornada.
Todo seguía igual.
Las personas entraban y salían de las oficinas, los teléfonos no dejaban de sonar y las pantallas de los escritorios permanecían encendidas. Para la mayoría, aquella no era más que otra mañana de trabajo.
Para Hye-jin, sin embargo, el mundo acababa de cambiar.
Sus ojos comenzaban a enrojecerse. Apretó los labios y respiró profundamente, intentando contener los sollozos que amenazaban con escapar de su garganta. No quería llorar allí. Mucho menos delante de sus compañeros.
Durante tres años había trabajado para Han Seo-yun.
Conocía sus exigencias, sus horarios y hasta la manera en que prefería recibir los informes. Había aprendido a anticiparse a sus necesidades y a resolver pequeños problemas antes de que llegaran a su escritorio.
Y ahora todo aquello había quedado reducido a un solo error.
Uno que no podía deshacer.
Hye-jin no levantó la mirada ni una sola vez durante el trayecto. Aun así, no necesitaba mirar a nadie para saber que la observaban.
—¿Qué le habrá pasado?
—Pobrecita. Seguro que la directora Han la reprendió por algo.
—¿Crees que cometió un error importante?
Las voces eran bajas, apenas susurros que se apagaban cuando ella pasaba cerca. Nadie se atrevía a preguntarle directamente qué había ocurrido.
Tampoco nadie intentó detenerla.
Las puertas del elevador se abrieron con un suave sonido. Hye-jin entró y se colocó frente al panel de botones, pulsando el correspondiente a su piso.
Cuando las puertas se cerraron, el silencio la envolvió.
Por primera vez desde que había abandonado la sala de juntas, ya no tuvo que preocuparse por mantener una expresión profesional.
Bajó la cabeza.
Sus dedos se aferraron al borde de la tableta mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Se la limpió rápidamente con el dorso de la mano, molesta consigo misma por no haber conseguido contenerla.
—Tres años… —susurró.
Las puertas volvieron a abrirse.
Hye-jin salió del elevador y se dirigió a su antiguo lugar de trabajo.
Su escritorio permanecía exactamente como lo había dejado esa mañana: Una pequeña taza cerca del monitor y una fotografía que había colocado discretamente en una esquina. Sobre una libreta descansaba un bolígrafo que utilizaba a diario.
Pequeñas cosas.
Objetos insignificantes para cualquier otra persona, pero que, de pronto, le recordaban cuánto de su vida había invertido en aquel lugar.
Se quedó inmóvil unos segundos.
Después, abrió uno de los cajones y sacó una caja de cartón que guardaban para organizar documentos. Comenzó a colocar sus pertenencias en su interior, una por una.
La taza.
La libreta.
El bolígrafo.
La fotografía.
No se despidió de nadie. No porque no tuviera compañeros a quienes apreciar, sino porque no sabía qué decirles. ¿Cómo se despedía una persona de un lugar del que jamás había imaginado marcharse de aquella manera?
Cuando terminó, sujetó la caja entre los brazos y observó el escritorio vacío.
Había llegado allí aquella mañana pensando en todo lo que todavía debía hacer antes de terminar el día.
Ahora ni siquiera tenía un lugar al que regresar al día siguiente.
Hye-jin respiró hondo, se secó los ojos y abandonó la oficina sin mirar atrás.
No hubo despedidas, discursos ni nadie que la acompañara hasta la salida.
Simplemente obedeció la orden que había recibido.
Y se marchó.
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Mientras tanto, en la sala de juntas, Han Seo-yun terminó de revisar el último documento y cerró la carpeta que tenía delante.
—Quiero que recursos humanos inicie hoy mismo el proceso para encontrar una nueva secretaria —ordenó, dirigiéndose a la directora de operaciones—Necesito a alguien que pueda incorporarse cuanto antes.
Choi Min-jung, sentada a su derecha, consultó rápidamente su agenda electrónica.
—Entendido. Puedo solicitar una lista de candidatos con experiencia en puestos ejecutivos antes de que termine la jornada.
—No quiero una lista interminable de personas que apenas cumplen con los requisitos. Seleccione a los candidatos más capacitados y programe las entrevistas. No pienso dedicarle más tiempo del necesario a este asunto
—Me encargaré personalmente.
Han asintió, satisfecha con la respuesta.
Para ella, la conversación había terminado.
Hye-jin había cometido un error, había asumido las consecuencias y ahora correspondía encontrar a alguien capaz de ocupar su puesto.
No había ninguna razón para seguir pensando en ello.
Al menos, eso se dijo mientras recogía sus documentos y se dirigía a la siguiente reunión de su agenda.
El resto del día transcurrió entre informes financieros, negociaciones y llamadas que exigían toda su atención. Han trabajó hasta que los últimos rayos del sol desaparecieron detrás de los edificios de Seúl, sin detenerse más de lo estrictamente necesario.
Cuando finalmente abandonó las oficinas de Haneul Group, su agenda estaba prácticamente despejada.
Había sido una jornada agotadora, pero productiva.
El acuerdo seguía en riesgo, por supuesto, aunque su equipo ya estaba preparando alternativas para recuperar la confianza del inversionista. La vacante de su secretaria también sería cubierta pronto.
Problemas pendientes, soluciones en marcha.
Nada que no pudiera controlar.
O eso pensaba.








