EL REGALO

LIBRO 1 · EL REGALO (BDSM)
Eduardo Salvatierra cumplía treinta y ocho años y dirigía una importante compañía financiera de Madrid. Acostumbrado a dar órdenes y a decidir por los demás, apenas encontraba situaciones en las que alguien pudiera sorprenderlo. Su secretaria, Patricia Montes, conocía bien esa faceta de su carácter. También conocía otra mucho menos pública: mantenían encuentros íntimos esporádicos y, en una de sus conversaciones, él le había confesado su curiosidad por las prácticas de dominación.
A primera hora de la mañana, Patricia dejó sobre su mesa un sobre. Contenía la dirección de una habitación reservada para una sesión privada de BDSM y una dedicatoria: «Feliz cumpleaños. Esta noche no serás director de nada. A las diez. Patricia». Eduardo acudió a la dirección indicada sin saber cómo se desarrollaría la sesión. Encontró a Patricia esperándolo en la habitación que había reservado.
Al entrar, observó que Patricia llevaba un vestido negro de cuero, ceñido a la cintura y ajustado a sus curvas. Los tacones realzaban su figura y el antifaz de encaje añadía misterio a un rostro que conocía perfectamente. Estaba especialmente atractiva. Eduardo se quedó mirándola un momento más de lo necesario, pero ella no sonrió: se limitó a indicarle que la siguiera.
La habitación era amplia y deliberadamente sobria. La cruz de San Andrés ocupaba uno de los laterales. Había también un potro, un banco y un espejo de cuerpo entero, situado junto a la alfombra. Sobre una mesa, Patricia había dispuesto correas, una venda negra, una pala de cuero, una fusta, otro antifaz, unos guantes y algunos objetos cuya utilidad Eduardo no cnocía. El orden meticuloso de aquel material lo impresionó más que su cantidad.
Se acercó hasta quedar frente a él y le recordó que la prueba era voluntaria y que podía detenerla en cualquier momento. Las palabras de seguridad serían rojo, amarillo y verde. Rojo significaba terminar inmediatamente; amarillo, reducir la intensidad o detenerse para comprobar qué ocurría; verde confirmaba que podía continuar. También aclaró que, si más tarde proponía la entrada de una tercera persona, se lo consultaría antes y protegería su identidad. Eduardo aceptó dejar abierta esa posibilidad, aunque todavía no sabía qué había preparado Patricia.
Antes de apartarse, Patricia añadió una última regla. Eduardo no hablaría salvo para responder a una pregunta, utilizar las palabras de seguridad o cuando ella se lo permitiera. Mientras durase la prueba, cada vez que pronunciara una palabra tendría que dirigirse a ella como «ama». A Eduardo le costó más aceptar aquella palabra que las instrucciones anteriores, aunque no protestó.
Patricia puso música y lo sorprendió con la primera orden.
—Desnúdate muy despacio para mí. Te ayudaré poniendo un poco de música sensual. Ya me entiendes.
Eduardo entendió lo que se esperaba de él y empezó a quitarse la ropa intentando acompañar el ritmo de la música. Era completamente arrítmico. Dudaba antes de cada gesto y, cuanto más se esforzaba por mostrarse sensual, más torpe resultaba. Se dio cuenta de que Patricia estaba a punto de reírse y aquello solo consiguió ponerlo más nervioso.
Patricia intentó mantener la seriedad, pero terminó soltando una carcajada. No era una risa cómplice. Eduardo se detuvo, desconcertado; el hombre que presidía reuniones sin perder nunca la compostura no sabía dónde colocar las manos delante de ella.
—Eres patético, un verdadero inútil. Yo esperando que consiguieras ponerme un poquito cachonda y lo único que has logrado es que se me baje completamente la libido.
Apagó la música.
—Ahora quítate lo que te queda. Todo. Y esta vez no intentes hacer nada especial, que lo vas a estropear. Simplemente desnúdate.
Eduardo obedeció. Sin música y sin posibilidad de esconder su torpeza detrás de ningún movimiento, terminó de quitarse la ropa. Patricia lo observó sin apartar los ojos. Él estuvo a punto de preguntarle qué venía después, pero recordó que no tenía permiso para hablar.
Cuando estuvo desnudo, Patricia señaló la cruz de San Andrés.
Eduardo se acercó. Patricia esperó hasta que quedó colocado contra la cruz y comenzó a sujetarlo de espaldas a ella. Aseguró primero las muñecas y después los tobillos, comprobando cada correa con calma. Eduardo probó instintivamente a mover los brazos y se detuvo: había llegado el momento de obedecer sin saber qué ocurriría a continuación.
Patricia tomó la pala de cuero.
—Te voy a dar lo que merece tu patético baile.
Los primeros golpes fueron secos y medidos, siempre sobre la misma nalga. Al principio, Eduardo sintió un leve dolor que poco a poco fue transformándose en un hormigueo, mientras la piel se le iba enrojeciendo con cada azote. Patricia dejó tiempo entre uno y otro, observando cómo cambiaba la respiración de Eduardo y cómo desaparecía definitivamente cualquier resto del ridículo striptease anterior. La risa había terminado, pero la humillación continuaba.
Después, Patricia dejó la pala sobre la mesa. Eduardo siguió sujeto a la cruz de San Andrés. Oyó sus tacones, el ruido de una silla al moverse y, enseguida, silencio. Intentó adivinar dónde estaba. Ella consultó el reloj sin decir una palabra. La espera se prolongó mucho más de lo que Eduardo había previsto.
Eduardo tenía los pies apoyados en el suelo y las muñecas sujetas sin presión excesiva. Patricia comprobó varias veces que mantenía la movilidad de los dedos y que podía sostener la postura. Entre aquellas visitas, Eduardo intentó calcular cuánto tiempo llevaba allí. Habría dado cualquier cosa por mirar el reloj, hacer una pregunta o interrumpir el silencio con una orden; ninguna de esas posibilidades estaba ahora en sus manos.
—En la empresa me exiges informes, explicaciones y resultados —dijo ella, situándose de nuevo a su espalda—. Esta noche quiero una respuesta sincera. Ni un discurso, ni una excusa.
Le recordó que no mantenían una relación exclusiva. Sin embargo, cada vez que Patricia mencionaba a un amigo o llegaba tarde a una cita, Eduardo encontraba un pretexto para preguntar con quién había estado. Ella conocía demasiado bien aquellas preguntas disfrazadas de curiosidad. Él las llamaba interés; jamás celos.
—Dentro de un rato podría venir un hombre —anunció Patricia—. Es amigo mío. No os conocéis.
Patricia recogió la pala y le preguntó qué sentiría si besara a aquel invitado delante de él. Eduardo respondió que no le importaba. Ella esperó unos segundos y le dio otro azote. Volvió a preguntárselo. Eduardo replicó que Patricia era libre de hacer lo que quisiera, como si estuviera respondiendo a una cuestión de principios y no a lo que acababa de escuchar.
Patricia lo dejó buscar una explicación convincente y esperó. Eduardo bajó la cabeza. Se le ocurrían varias respuestas capaces de cerrar una discusión en la empresa, pero ninguna servía allí.
—No quiero escuchar que no tienes derecho a sentirlos —insistió—. Quiero saber si los tienes.
Eduardo volvió a negar con la cabeza. Llegó otro azote y, después, una nueva pausa. Apretó los dedos contra la madera. Patricia llevaba años a su lado y sabía interpretar hasta el menor cambio de su voz. Si volvía a mentir, lo notaría; lo peor era que él mismo empezaba a cansarse de aquella mentira.
—Sí, ama. Estoy celoso —admitió al fin—. Muchísimo. No soporto pensar que puedas desear a otro hombre.
Patricia dejó la pala sobre la mesa al oír la confesión. Se acercó y esperó a que Eduardo recuperara el aliento. Él no quiso levantar la cabeza. Había soportado los azotes sin protestar, pero decir en voz alta que estaba celoso le había costado mucho más.
Eduardo permaneció todavía un buen rato en la cruz de San Andrés. Patricia le acarició suavemente las nalgas enrojecidas y habló con él en voz baja. No volvió a castigarlo allí. El tiempo seguía pasando, pero ahora a Eduardo le preocupaba menos la espera que la posibilidad de que aquel invitado llegara de verdad.
Finalmente, Patricia aflojó las correas y lo liberó.
—Ahora, de rodillas. Y no de cualquier manera. Quiero que te arrodilles delante de mí como si me estuvieras adorando. Soy tu ama. Inclínate.
Eduardo obedeció, bajando la cabeza hasta adoptar la posición indicada. Patricia permaneció de pie frente a él, satisfecha. Fuera de aquella habitación él habría protestado por un gesto semejante; allí tardó apenas unos segundos en obedecer.
En lugar de castigarlo, tomó la fusta y la pasó lentamente por su espalda, desde los hombros hasta el culo, sin golpearlo. El cuero apenas rozaba su piel. A veces detenía el recorrido en la nuca; otras descendía por la columna y, al llegar a los glúteos, le daba dos golpes suaves, casi juguetones. Eduardo nunca sabía si el siguiente roce sería una caricia o terminaría convertido en otro azote. Patricia disfrutaba prolongando aquella incertidumbre.
Se situó detrás de él y deslizó la palma de mano por su nuca. Eduardo se tensó ligeramente, anticipando algo que todavía desconocía. Patricia tomó entonces el collar ancho que había preparado y lo cerró alrededor de su cuello, comprobando el ajuste.
Después le mostró la venda negra y le cubrió los ojos. La oscuridad alteró inmediatamente su percepción de la habitación. Ya no podía calcular las distancias ni anticipar los movimientos de Patricia. Para ella, en cambio, cada silencio adquiría una importancia mayor.
—Ahora, a cuatro patas. Vas a ser mi perrito. Pero como debes estar cansado, voy a permitirte que, antes de caminar, estires las patitas delanteras.
Eduardo obedeció y adelantó los brazos hasta acercar el pecho al suelo. La postura hizo que sus nalgas quedaran mucho más elevadas. Patricia permaneció detrás de él unos segundos, contemplándolo. Después se puso unos guantes negros de látex y volvió a acercarse. Apoyó una mano abierta entre sus omóplatos y la deslizó lentamente por su espalda, siguiendo la curva de los riñones hasta los glúteos.
A continuación, extendió abundante lubricante sobre los guantes y le dijo:
—Voy a hacerte otra pregunta y quiero que esta vez me respondas con absoluta sinceridad. Si intentas engañarme como antes, tendré que castigarte de nuevo.
Eduardo permaneció en silencio.
—¿Te gusta que yo te dé por culo?
Vaciló antes de responder, pero finalmente admitió que sí.
—¿Cuánto? ¿Mucho, bastante o solamente un poco?
Eduardo dudó de nuevo.
—Contesta. Y rápido.
Patricia le propinó otro azote. Después de dos golpes más, Eduardo terminó respondiendo:
—Sí, me gusta, ama.
—Eso ya lo sé. Te he preguntado cuánto.
Ante una nueva vacilación, Patricia insistió con otro azote.
—Mucho. Me gusta mucho que me des por culo, ama.
—Muy bien, perrito. Eso es lo que quería escuchar.
Entonces, Patricia se agachó para tenerlo más cerca y comenzó a acariciarlo alrededor del esfínter antes de introducir lentamente un dedo en el ano. Esperó unos segundos a que su cuerpo se relajara y admitiera sin molestias la penetración.
—Esto te gusta muchísimo. Ya lo creo. He descubierto que te va un montón. Pero quiero que me lo digas tú.
—Sí, ama.
—Muy bien. Entonces continuamos.
Patricia retiró el dedo, añadió más lubricante y, tras una breve pausa, repitió el gesto con dos. Volvió a preguntarle si le gustaba. Eduardo respondió afirmativamente mientras ella continuaba acariciándolo alrededor del esfínter y penetrándolo.
—Perrito, ¡qué culo más calentito tienes ahora! Ayúdame a follártelo con mi mano.
Eduardo comenzó a mover las caderas hacia delante y hacia atrás, permitiendo que los dedos de Patricia entraran y salieran. Ella mantenía la mano en posición mientras él aceleraba progresivamente el ritmo. Patricia insistía en que reconociera cuánto estaba disfrutando de aquella experiencia.
Al advertir su evidente erección, Patricia comenzó a masturbarlo suavemente durante unos instantes.
—Te gusta, ¿verdad?
—Sí, ama.
—Pues ya te diré cuándo tienes que correrte. Ahora vas a aguantarte las ganas
Después retiró la mano y se incorporó. Para recordarle su condición de sumiso, le propinó otro azote, esta vez con la fusta. El golpe le dejó una marca bien visible y fue tan intenso que Eduardo necesitó unos instantes para recuperarse. Mientras recobraba el aliento, Patricia le dijo:
—Veo que cada vez te gusta más y que ya ni siquiera intentas disimularlo. Estás completamente empalmado y tu polla empieza a lubricarse. Pero no te hagas ilusiones, porque ahora no vas a meterla en ningún sitio.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Y como soy muy buena, voy a hacerte un regalito para que puedas lucirlo.
Patricia tomó de la mesa el juguete que había reservado para aquel momento. Era un plug anal rematado en una cola de plumas. Lo lubricó, lo introdujo despacio y retrocedió unos pasos para contemplar el resultado.
—Me encanta verte así. Ahora mueve la colita para que tu ama pueda verla.
Eduardo obedeció. Movió lentamente las caderas y la cola de plumas comenzó a oscilar detrás de él. Patricia soltó una breve carcajada, esta vez mucho más contenida que durante el striptease.
—Muy bien, perrito. Como te has portado tan bien, voy a quitarte la venda.
Patricia se quitó los guantes y se colocó detrás de él para deshacer el nudo. Eduardo parpadeó varias veces al recuperar la visión. Ella permaneció unos segundos frente a él, todavía sujetando la correa enganchada al collar.
—Ahora, vamos a dar un paseíto.
Patricia comenzó a caminar despacio, guiándolo con la correa mientras él avanzaba de rodillas y apoyado sobre las manos. No necesitaba tirar con fuerza. Una ligera tensión bastaba para indicarle hacia dónde debía moverse.
Después de un pequeño paseo por la habitación, le indicó que se sentara sobre los talones y levantara el torso, imitando la posición de un perro esperando una recompensa. Se colocó frente a él, le sujetó las mejillas con una mano y apretó ligeramente hasta juntarle los labios.
—Muy bien, perrito. Te has ganado un premio.
Acercó lentamente la boca a la suya.
Eduardo creyó durante un instante que iba a besarlo.
Patricia se detuvo a pocos centímetros y, en lugar de hacerlo, le escupió en la boca.
—Eso es por no haber sido sincero a la primera.
Patricia abrió un estuche y sacó un antifaz negro, más amplio y firme que el de encaje que ella llevaba. Cubría buena parte del rostro de Eduardo, pero dejaba libres los ojos. Antes de colocárselo, le permitió comprobar las aberturas y le explicó su propósito.
—Es para que él no pueda reconocerte. Aunque no os conocéis y quizá no haría falta, prefiero que no sepa quién eres. No le diré tu nombre.
A Eduardo le pareció una precaución extraña, pero aceptó. El otro hombre no sabría que era el director de una compañía financiera ni que Patricia trabajaba para él. Podría verlo allí sin reconocerlo más tarde en la calle. Aquella protección lo tranquilizaba, aunque no lograba aliviar la inquietud que sentía ante su llegada.
—¿Quieres que lo llame? Si prefieres que no venga, me lo dices ahora.
Eduardo dudó. Seguía pensando en el beso que Patricia había anunciado mientras estaba en la cruz. Finalmente asintió.
—Sí, ama. Que venga.
Patricia tomó el móvil. Iván, un amigo suyo, esperaba una señal para acudir a la habitación; todavía no sabía nada acerca de la identidad de Eduardo.
Patricia envió el mensaje, dejó el móvil sobre la mesa y abrió la puerta, que permaneció entreabierta. No le dijo a Eduardo cuánto faltaba para que llegara el invitado.
Patricia había preparado una mordaza de bola roja, pero decidió dejarla sobre la mesa. Antes quería que Eduardo pudiera hablar con libertad cuando conociera a Iván. El antifaz negro seguiría protegiendo su identidad.
Desde el pasillo llegó entonces un ruido apenas perceptible.
Patricia no apartó la mirada de Eduardo. Él también lo había oído. Permaneció completamente inmóvil, sentado sobre los talones, hasta que la puerta se abrió lentamente y Iván apareció en el umbral.
Iván sabía que la identidad del hombre presente en la habitación debía permanecer en secreto. Patricia le había pedido discreción y que no intentara averiguar nada acerca de él. Eduardo observó al recién llegado a través del antifaz; tampoco reconoció su rostro. Ninguno sabía quién era el otro.
Iván se detuvo ante la escena. Vio a un hombre enmascarado, desnudo y arrodillado, con un collar y una cola de plumas. No preguntó su nombre.
Patricia caminó hasta Iván, se colocó a su lado y le pasó un brazo alrededor de la cintura, acercándolo ligeramente hacia ella.
—Creo que todavía no os han presentado como es debido.
Miró primero a Eduardo.
—Mira, este es mi amigo Iván. Hay algo que quiero que sepas: es bisexual. Le gustan tanto los hombres como las mujeres.
Eduardo levantó la cabeza. Le desconcertaba que Patricia precisara aquel detalle, como si anunciara una sorpresa que todavía no alcanzaba a comprender.
Después volvió la cabeza hacia Iván y señaló a Eduardo con una sonrisa.
—Y este es mi perrito. Todavía no le he puesto nombre porque lo he recogido hoy. Si te fijas, tiene una cola muy bonita.
—Venga, perrito. Enséñasela a Iván.
Eduardo permaneció inmóvil apenas un instante. Después obedeció. Se inclinó hacia delante, apoyó las manos en el suelo y movió lentamente las caderas para que la cola de plumas oscilara detrás de él.
—Quiero que mires con mucha atención para que aprendas. Así, cuando algún día tengas una perrita, sabrás cómo hacer cositas con ella.
Patricia pasó de nuevo un brazo alrededor de la cintura de Iván y lo acercó hacia ella. Esta vez no miró inmediatamente a Eduardo. Levantó la cara y besó a Iván despacio. El primer contacto fue casi tranquilo, más una confirmación que un arrebato. Iván respondió, pero no intentó dirigir el beso. Recordaba perfectamente lo que Patricia le había advertido: aquella noche no tomaría ninguna iniciativa que ella no le permitiera. Cuando el beso se hizo más profundo y sus lenguas se acariciaban continuamente, Patricia apoyó una mano en su pecho y dejó que la otra descendiera hasta su cintura.
Eduardo recordó lo que acababa de admitir en la cruz. Había imaginado que podría soportar la presencia de aquel hombre si conseguía tratarlo como a un desconocido sin importancia. Pero Patricia lo besaba con una familiaridad que él conocía demasiado bien. Bajó la mirada un momento y volvió a levantarla, incapaz de apartarla de los dos.
—Desnúdate, pero solo lo que yo te vaya indicando. Quiero verlo poco a poco y ver si tu polla va a estar preparada para después.
—Primero la camisa. Quítatela y déjala ahí, junto a él.
Iván obedeció. Se desabrochó la camisa sin apartar la vista de Patricia y, cuando terminó, la dejó en el suelo, a pocos centímetros de Eduardo.
—Ahora los zapatos.
—Ahora el pantalón.
Patricia no tenía ninguna prisa. Quería que Eduardo viera cómo Iván se iba desnudando delante de él, pieza a pieza, hasta comprender exactamente para qué se estaba preparando.
—Los calzoncillos también.
Iván terminó de desnudarse y dejó la última prenda junto a las demás, todas al lado de Eduardo. Entonces Patricia dio una vuelta lenta a su alrededor. Eduardo podía verlo todo desde muy cerca y esa proximidad convertía la escena en algo mucho más incómodo que una simple exhibición. Patricia observó durante unos segundos a los dos hombres: uno desnudo porque ella acababa de ordenárselo; el otro desnudo, arrodillado y obligado a contemplar cómo el desconocido se preparaba para follarla.
Patricia miró a los dos hombres. No había llamado a Iván solo para que Eduardo lo contemplara: quería ofrecerle una experiencia inesperada antes de que la velada siguiera su curso.
—Perrito, esta noche tienes la oportunidad de vivir algo que seguramente nunca habías imaginado. Como ya sabes, mi amigo Iván es bisexual y quiero proponerte que se la chupes un poquito. Nunca lo has hecho, ¿verdad?
—No, ama. Nunca.
—Pues hoy tienes la oportunidad de probarlo. Iván está dispuesto, pero quiero saber si tú también lo deseas. No tienes que hacerlo si no quieres., pero debes saber que me encanta mirar a dos hombres haciendo cositas intimas entre ellos. Me pone muchísimo. Piensa en que yo estaré a mil al veros.
Eduardo vaciló. Aquel era precisamente el hombre por el que había reconocido sentir celos. Observó a Iván, después a Patricia, y comprendió que no necesitaba fingir seguridad para responder.
—Nunca he estado con otro hombre, ama. En principio no me agrada mucho la idea, pero si a ti te gusta verme hacerlo, estoy dispuesto a probarlo hoy por primera vez.
Patricia sonrió.
—Muy bien, perrito. Cada vez descubro cosas más interesantes de ti.
Eduardo comenzó la felación. Al principio con dudas y más tarde con mayor seguridad. También seguía alguna indicación de Patricia como que le acariciara los testículos mientras le chupaba la polla. La experiencia íntima entre ellos iba fluyendo poco a poco bajo la atenta mirada de Patricia. Para Eduardo significó atravesar un límite que nunca había imaginado y, sobre todo, hacerlo con el mismo hombre cuya presencia le había despertado los celos.
Patricia se acercó y apoyó una mano en el hombro de Eduardo para indicarle que se detuviera.
—¡Basta, perrito! Como sigas así, no vas a dejarme nada a mí —dijo con una sonrisa burlona, mientras que proseguía unos segundos la felación iniciada.
Eduardo se apartó y levantó la mirada. Patricia estaba satisfecha con su respuesta, pero quería recuperar toda su atención.
—Muy bien. Ya has cumplido. Ahora voy a ponerte la mordaza para que permanezcas calladito mientras tu ama se divierte un poco con este señor.
Patricia tomó de la mesa la pequeña bola roja de silicona y la sostuvo delante de sus labios.
—Antes de ponértela, recuerda una cosa. Si necesitas que pare, levantas una mano y la mantienes levantada. Si quieres que compruebe cómo estás, das dos palmadas sobre el muslo. ¿Entendido?
Eduardo asintió.
—Muy bien. Abre la boca.
Obedeció.
Patricia introdujo la bola roja entre sus labios y utilizó una cinta negra para mantenerla en su sitio, rodeándole la cabeza y anudándola por detrás, sin desplazar el antifaz que le protegía la identidad. El collar quedaba completamente libre alrededor de su cuello.
Eduardo intentó pronunciar algo y solo consiguió emitir un sonido amortiguado.
Patricia tomó la correa enganchada al collar y sujetó el extremo libre a una argolla baja junto al banco. Dejó holgura suficiente para que no ejerciera presión sobre el cuello. El gesto era, sobre todo, otra forma de señalar dónde debía esperar.
—Ahora te quedas sentadito aquí. No te muevas. Hasta que tu ama no termine lo que va a hacer, no te muevas.
Eduardo permanecía desnudo y sentado sobre los talones, con el collar, la cola de plumas y la bola roja sujeta por la cinta negra. La correa descendía hasta la argolla sin tensión. A través del antifaz podía verlo todo, pero nadie en la habitación conocería su identidad por él.
Regresó junto a Iván y le tomó ambas manos. Las llevó hasta la cremallera de su vestido, pero fue ella quien terminó de bajarla. El cuero se abrió lentamente y Patricia dejó que la prenda resbalara por su cuerpo hasta caer al suelo. Debajo llevaba un tanga negro mínimo. Se quitó también el antifaz y lo dejó sobre la mesa. Después se quitó loszapatos de tacón, uno tras otro, sin apartar los ojos de Iván.
Durante unos segundos permaneció casi desnuda frente a los dos hombres. Eduardo la observaba desde el suelo. Iván estaba tan cerca que podía sentir su respiración. Patricia se quitó finalmente el tanga y lo dejó caer junto al vestido. La sensación fue distinta de cualquier desnudez anterior.
Patricia señaló la alfombra extendida junto a Eduardo. Estaba lo bastante cerca para que él pudiera verlos sin esfuerzo. Iván se tumbó primero. Patricia se arrodilló a su lado y volvió a besarlo. Las caricias fueron ahora mucho más directas. Recorrió con las manos su pecho y su abdomen, y Iván respondió acariciándole la espalda, las tetas y las caderas solo cuando ella se lo permitió. Eduardo permanecía a menos de dos metros, obligado a contemplar cada gesto.
Comenzó a rozarse contra Iván sin permitir todavía que la penetrara. El contacto aumentó rápidamente su excitación. Se inclinó para besarlo, volvió a incorporarse y miró de reojo a Eduardo. El efecto que buscaba estaba allí: celos, deseo y una frustración que ya no podía ocultar detrás de ninguna ironía. Patricia dejó que la imagen se prolongara unos segundos antes de volver a concentrarse en Iván.
Patricia tomó la polla de Iván con una mano y la lubricó en su boca, lentamente salivando en exceso para que quedase bien impregnada. La guio entre sus piernas. Permaneció un instante inmóvil antes de acomodarla en su vagina. La penetración fue lenta al principio. Patricia controló cada centímetro hasta tenerla completamente dentro. Cerró los ojos durante unos segundos y dejó escapar un aire de satisfacción y placer. Cuando volvió a abrirlos, volvió a mirar a Eduardo a través del espejo de cuerpo entero que había en la habitación.
Iván no tomó el mando. Esperó a que fuera Patricia quien empezara a moverse. Ella comenzó despacio, estando apoyada sobre su pecho y moviendo las caderas para que la polla se introdujera y saliera al ritmo que ella marcase. El ritmo fue aumentando poco a poco. La alfombra amortiguaba parte del movimiento, pero no los sonidos de sus cuerpos ni la respiración cada vez más profunda de ambos. Patricia no intentó contener los gemidos, al contrario, quería que Eduardo los oyera tan claramente como veía cada movimiento.
La excitación creció con rapidez. Patricia no dejaba de mirar a Eduardo a través del espejo mientras Iván la penetraba. Él continuaba sentado sobre los talones, la bola roja todavía en la boca, incapaz de comentar nada de lo que estaba viendo. Patricia sintió que aquella imagen se mezclaba con el placer físico de una manera imposible de separar. Se llevó una mano entre las piernas y empezó a masturbarse con ansiedad mientras Iván seguía dentro de ella.
El orgasmo llegó poco después. Patricia se tensó sobre la alfombra, cerró los ojos y dejó de controlar durante unos segundos los sonidos que salían de su boca. Las contracciones recorrieron su cuerpo mientras Iván mantenía el movimiento. Cuando pudo volver a respirar con cierta normalidad, abrió los ojos y buscó inmediatamente a Eduardo. Seguía mirándola.
Iván estaba también muy cerca. Patricia lo notó por la tensión de su cuerpo y por el cambio de su respiración. Se abrazó más a él y dijo:
—Dentro, hazlo dentro, quiero sentir cómo tu polla me inunda.
Cuando Iván se corrió, Patricia permaneció tendida unos instantes antes de incorporarse. No tenía prisa. El semen de Iván y su propia lubricación se mezclaban entre sus piernas. Miró a Eduardo y comprendió que todavía faltaba el gesto que había imaginado desde el principio.
Se levantó de la alfombra y caminó hacia él completamente desnuda. Eduardo siguió cada paso con la mirada. Patricia se agachó y deshizo el nudo de la cinta negra que sujetaba la bola roja en su boca. Retiró la mordaza despacio y dejó la tela en el suelo. Eduardo abrió y cerró la mandíbula un par de veces, recuperando el movimiento.
—Quiero que me limpies con la lengua. Y presta atención. A ver si eres capaz de distinguir qué sabor es mío y cuál es de Iván.
Durante unos momentos, Eduardo permaneció inmóvil.
Patricia le propinó entonces una bofetada, no demasiado fuerte.
—¿Me has comprendido bien, perrito? ¿O tengo que repetírtelo de otra forma?
Se inclinó hacia él y reiteró su orden, exigiéndole que demostrara su obediencia.
—¿Entendido, perrito desobediente?
Patricia no repitió la orden. No hacía falta. Se sentó frente a él y a continuación se inclinó hacia atrás apoyándose en los antebrazos y abrió sus piernas, dejando el coño impregnado por el semen y su propia lubricación al alcance la vista y de la boca de Eduardo. A estas alturas, él ya conocía perfectamente las reglas, sus límites y sabía cómo detenerlo todo si quería hacerlo. Finalmente se inclinó hacia ella y empezó a lamerla.
Patricia sostuvo con las manos su cabeza y lo mantuvo cerca mientras su lengua recogía la mezcla que todavía quedaba entre sus piernas. La sensación la excitó de nuevo, pero lo que más intensidad añadía al momento era saber exactamente qué significaba para él. Eduardo estaba probando el semen del hombre con el que acababa de verla follar, mezclado con la lubricación extra del orgasmo de Patricia.
Ella dejó que continuara solo el tiempo suficiente. Después tiró suavemente de su pelo para apartarlo y lo obligó a mirarla.
—¿Y bien? ¿Has conseguido distinguirnos?
—No, ama.
Patricia se acercó a la ropa que Iván había dejado en el suelo, al lado de Eduardo, la recogió y se la tendió.
—Gracias por haber atendido mi llamada, Iván.
Iván sonrió mientras empezaba a vestirse. Cuando terminó, Patricia se acercó y le dio un beso breve en la mejilla.
—Buenas noches, Iván.
Iván respondió con una sonrisa, dirigió una última mirada a Eduardo y se encaminó hacia la puerta. Patricia lo acompañó y cerró suavemente cuando salió.
Patricia dejó pasar varios segundos. Eduardo seguía con el antifaz que había protegido su identidad durante la visita y guardaba silencio. Creía que todo había terminado, pero Patricia aún tenía pendiente la promesa que le había hecho.
Regresó a su lado y le acarició suavemente la mejilla.
—¿Creías que habíamos terminado, perrito?
Eduardo levantó la mirada.
—Todavía te debo tu último premio. ¿Recuerdas que te dije que sería yo quien decidiera cuándo podías correrte?
—Sí, ama.
—Pues ha llegado el momento. Ponte de pie.
Patricia soltó de la argolla el extremo de la correa que seguía unida al collar y esperó a que Eduardo se incorporara. Después se arrodilló frente a él, sin apartar la mirada de su rostro.
Patricia era ahora quien estaba de rodillas. Eduardo la miró, desconcertado por aquella aparente inversión. Entonces recordó que seguía siendo ella quien decidía cuándo acababa la sesión.
—Ahora debes obedecer esta orden. Quiero que te corras en mi boca. Me gusta tragarme la leche caliente de mis sumisos. Tócate muy despacio. Me encanta ver como se te va poniendo dura hasta que estalle. Pero debes avisarme cuando estés a punto de correrte.
Eduardo vaciló brevemente antes de obedecer. Comenzó a masturbarse lentamente ante Patricia. En cuanto sintió que se acercaba al límite, levantó la mirada para cumplir la condición que ella le había impuesto.
—Ama, ya estoy a punto de correrme.
Patricia le apartó la mano y lo interrumpió justo entonces.
—Ya te diré yo cuándo puedes acabar. ¿Entendido? Puedes continuar.
—Sí, Ama, pero me cuesta mucho aguantarme.
Eduardo volvió a intentarlo, y cuando la avisó por segunda vez, Patricia volvió a impedir que llegara al orgasmo. Él dejó escapar una súplica.
—Por favor, Ama, déjame correrme. Te lo suplico.
—¿Qué harías para que te dejara?
—Lo que quieras, Ama, pero por favor déjame correrme. No aguanto más.
Patricia recordó entonces que la noche había comenzado con un desafío a su orgullo. Todavía quería conocer hasta dónde llegaba realmente su disposición a obedecer, sin confundirla con una obligación.
—Te dejaré acabar si antes me das ese beso negro que te propongo. Pero quiero que me digas si lo aceptas.
Eduardo dudó unos instantes. Después asintió y aceptó aquella última condición.
Patricia se levantó y Eduardo se arrodilló ante ella. Cumplió la prueba que acababan de acordar, mientras ella mantenía el control sobre el final de la sesión. Patricia dio por concluido aquel último gesto y le indicó que se pusiera de pie.
—Vale, me has dejado satisfecha. Ahora vuelve aquí. Esta vez sí te dejaré acabar.
Patricia se arrodilló nuevamente frente a él y le concedió por fin el permiso que había estado esperando. Cuando finalmente Eduardo alcanzó el orgasmo, soltó una buena cantidad de semen producto de la tensión sexual que había vivido. Ella permaneció de rodillas hasta que acabó de eyacular.
Cuando Eduardo recuperó el aliento, Patricia se incorporó y le acarició la mejilla.
—Muy bien, perrito. Has obedecido hasta el final.
Esta vez no había burla en su voz. Le retiró cuidadosamente el antifaz, desenganchó la correa del collar y abrió la hebilla.
—La prueba ha terminado.
Él la miró sin responder. Patricia dejó el collar junto a la correa y le acarició brevemente la nuca, justo donde había estado apoyado durante buena parte de la noche. Después le indicó que se inclinara un poco hacia delante. Sujetó con cuidado la base del plug y lo retiró despacio. No hubo juego ni provocación en el gesto. Solo atención. Lo dejó sobre una toalla y volvió junto a él.
Tomó un refresco de la mesa y se lo ofreció. Eduardo bebió mientras Patricia comprobaba las muñecas y los tobillos, donde las correas habían dejado algunas marcas rojizas. Después recogió una manta ligera, se la colocó sobre los hombros y se sentó a su lado en la alfombra.
Durante un rato ninguno de los dos habló. Patricia apoyó una mano sobre su espalda y comenzó a acariciarlo lentamente, sin buscar ninguna reacción sexual. Eduardo permaneció quieto, recuperando el ritmo normal de la respiración. La mujer que hacía unos minutos le había ordenado lamerla mientras todavía conservaba el semen de Iván entre las piernas había desaparecido con la misma claridad con la que había terminado la prueba. Seguía siendo Patricia, pero ya no era su Ama.
—¿Estás bien?
Eduardo tardó unos instantes en responder.
—Ha sido duro. Muy duro. Pero sí, estoy bien. Un poco jodido, eso sí.
Patricia sonrió y le acarició la mejilla.
—Quería darte un regalo muy especial. Feliz cumpleaños, jefe.
Y le dio un beso largo y sentido en la mejilla.








