La Cerbero y Nico | Temporada 2
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La Cerbero y Nico | Temporada 2

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Story Notes

La Parte 1 se encuentra gratis entre mis historias.

Summary

La Cerbero y Nico: Temporada 2 sigue a la trío de cabezas y al humano que se cruzó en su camino cuando el equilibrio entre el mundo de arriba y el de abajo empieza a crujir. Nuevos lazos, viejas deudas y una atracción que ya no se puede ignorar empujan a todos a decidir hasta dónde están dispuestos a llegar por el otro… y por sí mismos.

Status
2h ago
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+
This is a sample

La primera mañana de verdad

La noche en que la madre de Nico se fue dejando atrás una tregua frágil y un café frío sobre la mesa, los cuatro se quedaron abrazados en la cama grande hasta que el cuerpo pidió más que palabras. Se amaron con ternura, con locura y con esa perversidad dulce que ya no les daba vergüenza. Dora le entregó todo, incluso el lugar más íntimo, y Nico lo tomó como lo que era: una entrega. Se dijeron cosas que hasta entonces solo habían pensado. Se prometieron quedarse. Y cuando la mañana empezó a filtrarse por las cortinas, ya no era un secreto a medias ni una aventura escondida. Era una decisión. Nico no se fue. Se quedó. Y las tres cabezas, sobre el mismo cuerpo enorme y cálido, durmieron sabiendo que la cama ya no estaba incompleta.

La historia de Nico y la Cerbero no terminó esa noche. Apenas estaba empezando a volverse vida.


La luz de la mañana entró torcida por la rendija de la cortina. Era una luz de domingo, perezosa, de esas que no tienen apuro por despertar a nadie. Nico abrió los ojos despacio. Estaba acostado de costado, la cara medio hundida en el pelaje gris del pecho de Dora. Una de las tetas pesadas le hacía de almohada. El cuerpo grande y caliente lo rodeaba por completo. Encima de ese único torso, las tres cabezas descansaban en ángulos distintos: la central (Dora) con los ojos cerrados y la expresión suave, la de la derecha (Vera) con el hocico cerca de su nuca y una media sonrisa, la de la izquierda (Mara) con el ceño apenas fruncido incluso dormida, como si en sueños también estuviera vigilando.

Por un segundo no supo qué día era. Después lo recordó todo: la discusión con su madre, el café, la promesa, el sexo largo y sucio y tierno, la forma en que se habían quedado dormidos enredados. Y la certeza nueva, todavía frágil, de que esta cama era ahora también la suya. De que el cuerpo de tres cabezas que lo sostenía ya no era una visita. Era su casa.

Se movió un poco. La cola esponjosa le rozó el muslo de Dora. El cuerpo entero se removió. Las tres cabezas reaccionaron casi al mismo tiempo, cada una a su manera.

—Si te levantás ahora te muerdo —amenazó Mara, la voz pastosa de sueño, sin abrir del todo los ojos. —Ni se te ocurra —agregó Vera, apretando un poco más el hocico contra su cuello—. Estoy demasiado cómoda. —Es tarde —susurró Nico, aunque no tenía ni idea de la hora. —Es domingo —contestó Dora, la central, abriendo al fin los ojos turquesa—. Los domingos no existen las horas.

El cuerpo grande se estiró lento, pesado, delicioso. Las tres cabezas bostezaron en distintos momentos: primero Vera, después Dora, por último Mara, que lo hizo casi con bronca. Nico se quedó quieto un rato más, disfrutando el calor. El pelaje gris le hacía cosquillas en la mejilla. Podía sentir los tres ritmos de respiración sobre el mismo pecho. Nunca había dormido tan pesado en su vida.

Cuando por fin se incorporó, el cuerpo de Dora protestó con un gruñido colectivo. Nico se sentó al borde de la cama. El piso de madera estaba frío bajo las plantas de los pies. Se pasó las patas por la cara y miró la pieza con ojos nuevos. La ropa de él tirada en una silla. La remera larga de Dora en el piso. El vaso de agua sobre la mesa de luz. El olor a sexo y a pelaje que todavía flotaba. Su mochila, apoyada en un rincón, ya no parecía de visita. Parecía que había llegado para quedarse.

—Voy a poner agua para el mate —dijo. —Y el desayuno —agregó Dora, incorporándose con todo el cuerpo—. Hay huevos. Y pan de ayer. Y si quemás la tostada te saco cagando.

Nico soltó una risa chica y salió desnudo hacia la cocina. Detrás escuchó el crujido del colchón y el ruido de las tres cabezas acomodándose, alguna putada baja de Mara, una risa de Vera. Sonrió solo.

La cocina estaba exactamente igual que siempre y al mismo tiempo distinta. Porque ahora él sabía dónde estaba cada cosa. Sacó la pava, puso el agua, buscó la yerba. Mientras esperaba que hirviera, abrió la heladera y encontró los huevos. También encontró un tupper con restos de guiso que su madre había dejado. Se quedó un segundo mirándolo. El guiso era una tregua hecha comida.

Cuando el cuerpo de Dora apareció en la puerta de la cocina, todavía en la remera larga de dormir que le llegaba a mitad de muslo, Nico ya tenía el mate cebado y los huevos revueltos a medio hacer. Las tres cabezas lo miraron al mismo tiempo: Dora con ternura, Vera con picardía, Mara con esa expresión de “no me hagas enojar tan temprano”.

—Huevos —dijo Dora, oliendo el aire con las tres narices—. Qué maridocito. —Todavía no soy tu marido —contestó él, y se puso colorado apenas lo dijo. —Todavía —repitió Vera, guiñándole un ojo. —No lo asusten —bufó Mara—. Que todavía no aprendió a dejar la tapa del inodoro.

Desayunaron en la mesa del comedor. Nico había puesto tres tazas, como ya era costumbre, aunque el cuerpo fuera uno solo. El pan de ayer tostado. Manteca. Mermelada que Dora juraba haber hecho hacía años. Mate amargo circulando de boca en boca: primero Dora, después Vera, después Mara, y de vuelta a Nico. La luz de la mañana les pegaba de costado y dejaba al descubierto cada detalle: las arrugas en el hocico de Dora, la cicatriz chica cerca de la ceja de Mara, el pelo un poco enredado de Vera, la forma en que la cola de Nico no paraba de moverse bajo la silla.

—Esto es raro —dijo él de golpe. —¿El qué? —preguntó Dora. —Todo. Desayunar. Estar desnudo. Que nadie me diga que me apure. Que ustedes tres estén acá —miró las tres cabezas— y no sea un secreto. —Acostumbrate —contestó Mara—. Porque no pensamos echarte. —Aunque dejes la toalla tirada —agregó Vera—. Que ya la vi en el baño. —La iba a colgar —se defendió Nico. —Mentira. La ibas a dejar ahí hasta que criara hongos —rió Dora—. Sos un desastre. Pero sos nuestro desastre.

La primera pelea boluda llegó poco después. Nico fue a lavar los platos y dejó el rejunte de agua con grasa en la pileta. El cuerpo de Dora se acercó. Las tres cabezas miraron la pileta al mismo tiempo. Dora suspiró. Vera se rio. Mara fue directa:

—¿Sos ciego o te gusta vivir en el asco? —Es agua —dijo Nico. —Es grasa flotando en agua. Se limpia. Ahora. —Después. —Ahora.

Se miraron dos segundos. Nico abrió la boca para discutir. Después se rio. Se rio de verdad, con la cabeza tirada para atrás. Las tres cabezas lo miraron como si se hubiera vuelto loco.

—¿De qué te reís? —preguntó Mara, todavía con el ceño fruncido. —De esto —dijo él, señalando la pileta y después el cuerpo de tres cabezas—. De pelear por la grasa del agua. De que esto sea mi vida ahora. Es ridículo. Y me encanta.

El cuerpo de Dora se acercó por detrás y lo abrazó. Las tetas pesadas se apoyaron contra su espalda. Las tres cabezas le hablaron cerca de las orejas, cada una a su modo.

—Limpiá igual —dijo Dora. —Pero reíte todo lo que quieras —agregó Vera. —Y la próxima vez usá detergente, pelotudo —terminó Mara.

Nico limpió. Después se secaron las patas con el mismo repasador y se quedaron parados en la cocina, mirándose. El sol ya había subido un poco más. El barrio afuera empezaba a hacer ruido: un portón, una radio, el grito lejano de alguien vendiendo algo. Adentro, el tiempo parecía ir más despacio.

—Vení —dijo Dora de pronto, con las tres cabezas mirándolo. —¿Adónde? —Al sillón. Todavía es domingo. Y todavía estamos solos.

No hizo falta que lo dijera dos veces. Se fueron al sillón. Se cayeron encima como si el cuerpo les pesara rico. El sexo de esa mañana fue perezoso, sin apuro, de gente que ya no tiene que demostrar nada. El cuerpo de Dora se sentó encima de Nico. Las tres cabezas lo miraban desde arriba mientras ella se lo metía despacio. Vera se reía bajito y le hacía cosquillas en el pecho con la lengua. Mara le gruñía al oído puteadas suaves que sonaban más a cariño que a insulto. Dora lo besaba lento entre gemido y gemido. Se movieron con el ritmo pesado del cuerpo grande. Nico se corrió primero, profundo, con la cara escondida entre las tetas. El cuerpo de Dora lo siguió poco después, temblando esa tembladera larga y grave que sacudía las tres cabezas al mismo tiempo. Después se quedaron abrazados, todavía unidos, el mate olvidado sobre la mesa, el sol dibujando rayas en el piso.

—Así podría ser todos los días —susurró Nico. —Así va a ser —contestó Dora, la central—. Con grasa en la pileta, con peleas boludas, con el barrio mirando y con esto. Todo junto.

Vera se acomodó lo mejor que pudo sobre el mismo hombro. —Y conmigo pidiendo rondas extras. —Y conmigo quejándome —agregó Mara—. No se olviden de eso.

Nico soltó una risa cansada y contenta. La cola se le movió bajo el cuerpo enorme. Cerró los ojos. Escuchó los tres corazones (o el mismo corazón contado tres veces). Y por primera vez desde que había nacido, tuvo la certeza absurda y perfecta de que estaba exactamente donde tenía que estar.

Afuera el domingo seguía su curso. Adentro, en la casa de la Cerbero, la primera mañana de verdad terminaba de asentarse. Y el pibe flaco y el cuerpo de tres cabezas, todavía desnudos y pegajosos y vivos, empezaban a aprender cómo se habitaba una vida que ya no era secreta.

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